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miércoles, 14 de octubre de 2026

Vascongadas bajo dominio rojo-separatista (1936-37)


 “LAS VASCONGADAS BAJO EL DOMINIO ROJO-SEPARATISTA“

 El nacionalismo vasco al desnudo

 Hay como un complot, muy generalizado, para que lo ocurrido en nuestra guerra de Liberación se olvide. Los motivos son claros: Una vez que se consiga, bajo el espejuelo de que el recuerdo constante de nuestra guerra separa a los españoles, el olvido, las nuevas generaciones sobre todo se formarán ajenas a cuanto supuso el Movimiento Nacional, a sus motivaciones y su limpia ejecutoria. Después, el paso siguiente es más fácil. Tergiversar los hechos, cuando se ha olvidado la realidad, apenas cuesta ni ningún esfuerzo.

 Precisamente, uno de los capítulos más tergiversados por los interesados en el olvido a ultranza de nuestra contienda, es todo lo ocurrido a las Vascongadas desde la iniciación del Alzamiento hasta la conquista, por el Ejército Nacional, de esta región. En paciente y constante labor se pretende hacer creer que la dominación rojo- separatista en las Vascongadas tuvo un matiz especial; que allí, por el claro catolicismo de los habitantes, no hubo persecución religiosa, que allí no existieron desmanes, fusilamientos, torturas, robos y saqueos, incendios, devastaciones. Pero fue allí, precisamente, donde la política de “tierra calcinada”, ante el avance del Ejército Nacional, se llevó con más saña.

 Traemos hoy a nuestras páginas un extracto de lo ocurrido. Lo hemos obtenido del libro “Informe sobre la situación de las Provincias Vascongadas bajo el dominio rojo-separatista” (1938) publicado por la Universidad de Valladolid y realizado por la Comisión nombrada por su Junta de Gobierno con este fin. Lo firman personas tan poco sospechosas de parcialidad como el Decano y los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad citada.

 Un aleccionador libro que -simple coincidencia- ha desaparecido (1970) de las Bibliotecas de muchos centros oficiales donde antes estaba.

 Por razones de espacio nos vemos obligados a publicar un extracto del mismo en dos entregas sucesivas, que recogen los datos más interesantes sobre el tema. Veamos qué dice:

 La primera conclusión la que se llega, apenas se recorren unos cuantos pueblos del territorio vasco, es la de reconocer que el problema de esta región tiene caracteres peculiares específicos, que obligan a analizarlo aparte y separarlo de las demás regiones de la zona roja: este carácter distintivo de la zona vasca es debido a la presencia de lo que ellos llaman nacionalismo y que debe llamarse, lisa y llanamente, separatismo.

 El separatismo vasco, que es una de las más monstruosas aberraciones del espíritu humano, ha hecho posible el odio a España en gente nacida en territorio español, ha unido al sedicente católico con el sin-Dios, ha hecho posible la existencia de una parte inconsciente del clero regular y secular que asistía impasible a la profanación de las iglesias y ha permitido una desatada y especial propaganda que quería presentar al país vasco-separatista, ante el extranjero, como un oasis de tranquilidad, respeto ideológico y normalidad civil, frente a los desmanes anárquicos de las demás repúblicas rojas.

 La riqueza del País Vasco, sus relaciones comerciales de índole internacional, favorecían la extensión de esta propaganda; y todas las apariencias de normalidad que, inútilmente, querían buscarse en el resto de la España roja, se afirmaban como existentes en Vasconia y se pretendía, con ello, convencer al mundo de que  Vasconia era el único rincón donde había un Gobierno, se celebraba el culto normalmente y se vivía en un ambiente de legalidad. Este era el carácter específico del problema vasco, esto es lo que obliga a separarlo de todos los demás: la gran mentira euzkadiana que se desenmascara con la presente información, en la que resalta claramente la criminal falsedad de cuanto afirmaba la propaganda vasca.

 Su punto neurálgico, la normalidad religiosa, es plena y absolutamente falso. En la provincia de Vizcaya, sede del separatismo, han sido profanadas el 90 por ciento de las iglesias, ermitas y conventos; ha sido regla general, como puede deducirse de la lectura de las actas, el establecer en ellas cuarteles, parques de intendencia, depósitos de municiones, refugios para los huidos, etc. Como consecuencia natural, quedaba suprimido el culto, habiendo lugares en los que esta supresión ha durado todo el tiempo de la dominación roja, y como los ocupantes de los lugares sagrados, que unas veces eran separatistas y otras comunistas, socialistas o anarquistas, no tenían ningún respeto a los objetos religiosos, han dejado en los lugares ocupados la más patentes huellas de su salvajismo y arreligiosidad. Ha sido frecuente la destrucción, mutilación o quema de imágenes, el fusilamiento de las mismas o de cuadros religiosos, la destrucción de altares, violación de sagrarios, rotura de órganos y destrozo de mobiliario. No contentos con esto, se ha hecho burla sacrílega de actos y ceremonias de la religión católica, revistiéndose con ornamentos sagrados, profanando vasos sagrados, celebrando parodias de procesiones y matrimonios, conviviendo milicianos y milicianas en el interior de los templos y convirtiéndolos, más de una ocasión, en salones de baile y prostíbulos, en los que todo desmán era permitido.

 Cuando el avance victorioso de nuestros soldados les obligaba a retirarse, dejaban los lugares santos, en el mejor de los casos, convertidos en estercoleros, llenos de inmundicia y destrozos, pero si tenían tiempo –y, desgraciadamente, lo tuvieron en muchas ocasiones- incendiaban el templo o convento que habían ocupado, sin pensar en el valor material o artístico, a veces único, de los objetos que, con aquel incendio, se destruían. Elocuentes son las fotografías recogidas, pero quizás entre todas ellas sean las que más impresionen aquellas de monumentos bárbaramente destruidos por la dinamita, que convertía instantáneamente la casa de Dios en un montón de ruinas.

 Pero no era sólo la destrucción material, sino que a ella ha ido paralela a la persecución personal. Unos 50 sacerdotes han perecido asesinados en el feudo del que se calificaba “católico gobierno de Vizcaya”, centenares de párrocos y coadjutores han tenido que buscar en la fuga la seguridad de sus vidas; la totalidad del clero, salvo una insignificante minoría y ésta por sus ideas separatistas, ha tenido que abandonar las ropas talares por el peligro que su uso representaba; no se tocaban campanas ni se celebraban entierros católicos, ni se administraban, públicamente, los sacramentos; en los pueblos donde se pudo celebrar culto alguna temporada era éste restringido, anormal, sin predicaciones, reducido a escasas misas de primera hora y con asistencia de los pocos fieles que se atrevían a desafiar las burlas o amenazas de los milicianos dominadores.

 Y en Bilbao, en la propia capital que, fácilmente, podía recorrer el fugaz presidente de la diminuta república vasca, fue incendiada la iglesia de las Concepcionistas, ocupados y profanados todos los conventos, asesinados gran número de sacerdotes, mientras otros se hallaban en las cárceles por el solo delito de serlo. Cierto que había culto en las iglesias, pero esta era la gran farsa de la apariencia ante el extranjero, culto limitado en la mayoría de ellas, si se exceptúa alguna como la de los Santos Juanes, con su clero separatista; sacerdotes de seglar, sacramentos en secreto, silencio en las campanas, supresión de sermones, huida de sacerdotes, amenazas a los fieles, espionaje en las iglesias hábilmente disfrazado de guardia protectora: esta era la vida religiosa de la capital. En la misma basílica de Begoña, tan identificada con el sentimiento religioso del pueblo bilbaíno, se robaron joyas, se destrozaron vasos y ornamentos, se profanó el templo y se destrozaron y pisotearon dos copones llenos de Sagradas Formas. Esta era la “normalidad” religiosa que se disfrutaba en los dominios del llamado Gobierno de Vizcaya.

 También se intentó paralizar totalmente la riqueza industrial de la región mediante el desmonte y traslado de la maquinaria y el incendio de fábricas y talleres, pero, afortunadamente, el avance de nuestro invencible Ejército fue más rápido que la retirada separatista y buena parte de esa maquinaria ha sido recuperada en Bilbao. Lo que no puede recuperarse jamás es la riqueza de aquellos pueblos como Irún, Eibar, Munguía, Amorebieta y otros, que fueron víctimas escogidas de la barbarie rojo-separatista y perecieron destruidos con el metódico empleo de la gasolina y la dinamita y con el evidente propósito de que, al ser perdidos por “Euzkadi” no fuesen recogidos por España. También nuestro propio avance pudo evitar que se repitiesen tales destrozos colectivos en otros lugares como Ermua, Deusto y el mismo Bilbao, donde estaban preparadas las cargas que habían de hacerlos saltar y se conservan aún las huellas de tan siniestros propósitos.

 Metódica ha sido también la destrucción de las vías de comunicación: centenares de puentes volados, algunos tan valiosos como los de la capital vizcaína, cuya voladura ni siquiera se disimuló con una necesidad táctica de resistencia. Metódico el saqueo de las casas particulares, en el que tomaron buena parte los elementos separatistas. Metódico el pillaje de los bancos, con fractura de las cajas fuertes que constituían lo más valioso del cargamento que llevaban hacia el extranjero los barcos separatistas. Metódicas las matanzas en los barcos y cárceles, hechas con anuncio previo y sin la menor sombra de resistencia por parte de la autoridad: Ondarreta, Guadalupe, Angeles Custodios, Larrinaga, Galera, Cabo Quilates, son nombres que, para vergüenza eterna irán siempre unidos al pretendido Gobierno de Vizcaya. (…)

 Pero es que no han sido solamente los atropellos cometidos abiertamente, sin enmascararlos, con la función del que se deleita en el daño realizado y esparce su huella, con satisfacción insana, como firma y testimonio inconfundible de su autor. Más peligrosos son aquellos desmanes en los que actúa el disimulo: aquellos en que los verdugos intentan disfrazarse de víctimas, en que lloran, hipócritamente sobre el efecto, sin que se atrevan a mostrar la causa que lo produjo. Esos atropellos de refinada malicia, que en los mares se traducen por el torpedeamiento de buques extranjeros en funciones de control, que son, en los aires, agresiones a los aviones de países vecinos y originan, en la tierra, los asaltos a las embajadas y los asesinatos de súbditos extranjeros, todo ello bajo la máscara de la inocencia y la cobarde acusación contra nuestras gloriosas y nobilísimas fuerzas; esas diabólicas y criminales farsas, decimos, tienen también odiosa representación en el País vascongado con los dos nombres que más ha trompeteado por el mundo la propaganda rojo-separatista: Durango y Guernica. (…)

 Léanse los documentos que en esta información se aportan, contémplense detenidamente las fotografías, calcúlese que aún existen centenares de pueblos en los que el daño o saqueo, tan repetido, tan igual, no hizo precisa la redacción de nuevas actas que hubieran hecho interminable la información y, después de este examen, después de recibir las impresiones que tan a lo vivo conmovieron a esta Comisión, nada más fácil que coincidir con ella en las tres conclusiones que presenta como resumen de su viaje.

 1ª El pretendido “gobierno de Euzkadi” no era católico. ¿Qué importa que su presidente acudiese, con ostentación, a ceremonias religiosas; que la ínfima parte del clero separatista celebrase cultos pomposos en alguna iglesia bilbaína y que el cadáver de algún “gudari” distinguido fuese enterrado con solemnidad y gran profusión de máquinas y operadores cinematográficos? Esa era la apariencia farsante que quería mostrarse al extranjero, pero ese mismo presidente sabía que la Iglesia de Orduña, donde él hizo sus estudios y pasó su adolescencia, había sido brutalmente profanada con destrozos, violaciones y asesinatos; ese clero minúsculo que rehuía todo lo posible la ropa talar, conocía la vida de sus compañeros, sus angustias en los escondrijos, sus persecuciones, sus martirios; esos entierros, todo propaganda, contrastaban con los del resto de la población católica, hechos en secreto, sin cruces, sin ornamentos. Ese gobierno se unía con lo más encarnizados enemigos de la religión católica y ocultaba y falseaba la voz de la Jerarquía eclesiástica, cuando ésta tachaba de herética tan nefanda unión; ese gobierno permitía que en la mayor parte de su territorio se viviese sin culto, se muriese sin asistencia católica, desapareciesen los ministros del Señor y se destruyesen los templos que el espíritu católico había levantado para su adoración. Son demasiadas las profanaciones, los sacrilegios, las impiedades y los delitos de todo orden sufridos por la Iglesia de Vizcaya, para que se pueda justificar la conducta de su gobierno y, desgraciadamente, todo conduce a la misma convicción: no era católico el pretendido gobierno de Vizcaya.

 2ª El “gobierno de Vizcaya” no era patriota. No hay que hablar de. patriotismo sano y auténtico de la España una, grande y libre, que ha despertado pujante con el Movimiento nacional y vencerá cuantos obstáculos se le opongan hasta encauzar a la Patria por derroteros de Imperio; la misma falsa existencia del “gobierno de Euzkadi” era incompatible con este patriotismo, demasiado grande para los dirigentes vascos que, en un achicamiento inverosímil y suicida de los horizontes nacionales y con una soberbia e ingratitud verdaderamente satánicas, se enfrentaron como hijos desnaturalizados, con la Madre a la que debían sus glorias pasadas. Pero es que ni siquiera eran patriotas de Vizcaya, ni siquiera amaban la tierra que pretendían regir, pues, de lo contrario, nunca hubieran permitido que se la aniquilase, que se destruyese su riqueza, que desapareciese o disminuyese su tesoro artístico. Desde Irún, primera víctima colectiva de la furia rojo-separatista, sabía el llamado “gobierno de Euzkadi” lo que podía esperar de sus colaboradores y, al cabo de diez meses de guerra continua, seguía aliado con ellos y había visto destruirse los mejores pueblos de sus provincias. Los destrozos materiales, las enormes pérdidas industriales y agrícolas, el empobrecimiento del comercio, los saqueos de bancos, las penalidades de todo género sufridas por el pueblo vasco y que, en su inmensa mayoría, podían haberse evitado, nos afirma decididamente en nuestra segunda convicción: el “gobierno de Euzkadi” no era patriota.

 3ª El denominado “gobierno de Euzkadi” no era humano. Si el “gobierno de Euzkadi” veía impasible el incendio de sus pueblos y la destrucción metódica de su riquezas y vías de comunicación, podía, quizá, al alcanzar un refugio en el extranjero, hablar de monstruosas tácticas de guerra en las que se permitiese asolar regiones enteras para que nada pudiera aprovechar al vencedor; pero en esas regiones, asoladas y empobrecidas, había seres humanos, humildes habitantes de la región vasca ajenos a los complicados problemas de Vizcaya y que sólo aspiraban a que se les dejase vivir en paz. La conducta del gobierno de los gudaris y de sus aliados con los caseros vascos ha sido de una falta de humanidad inconcebible: los incendios de caseríos, los robos de ganados y enseres, las amenazas y violencias culminaron con la orden general de evacuación y retirada para aquellos seres, ancianos en su mayoría, que vivían más arraigados al propio terruño que sus mismos huertos. Esta evacuación forzada, cruel e inhumana, que se extendía a aldeas, pueblos y ciudades, que ha empobrecido o arruinado a millares de campesinos, que tenía que hacerse con la amenaza de la pistola y entre el llanto de los forzados, ha producido esa nota desoladora y triste que llenaba las carreteras vascas, después de la conquista, de gentes que a pie, en carro o con caballerías, con el pobre ajuar rescatado, volvían despacio a los rincones que les vieron nacer con la esperanza de reconstituir una vida que nadie debió interrumpir.


Revista FUERZA NUEVA, nº 193, 19-Sep-1970

 

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