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lunes, 12 de octubre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (9)

 Artículo de 1979

  LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (9)

La respuesta del progresismo a la pastoral contra la Constitución del Cardenal primado Marcelo González

EL ODIO A LA CRUZADA

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 “El País” (30-11-78) supera ampliamente las reticencias del comentarista Abel Hernández, en un editorial digno de unos tiempos periodísticos que parecían definitivamente superados. “La política del cardenal primado”, ese es su título, es un modelo de ataque personal y de afirmaciones gratuitas. Para el periódico, el documento no es más que “la rabieta de nueve posiciones personales (nueve obispos opuestos al proyecto de Constitución) incapaces de admitir una votación desfavorable”. Como si esos obispos no hubieran estado dando, a lo largo de mucho tiempo, una lección de paciencia y mansedumbre, viendo cómo todas sus propuestas eran rechazadas, una detrás de otra, por la mayoría episcopal. Su silencio y su aceptación de las tesis mayoritarias, que a muchos nos parecía excesivo, tenía un límite. Y eso es lo que muchos periodistas no saben entender. Porque la Iglesia no es una democracia.

 Podrían pasar por cuestiones más o menos secundarias y ofrecer a Dios el fracaso de legítimas aspiraciones en aras de una unidad que, por otra parte, no conduce a ningún buen puerto. Pero llegó un momento que el honor de aquellos nueve obispos, del que habrán de dar estrecha cuenta ante el tribunal de Cristo, les obligó a decir ¡Basta! Y sin pensar en el calvario personal que iban a padecer, porque lo cómodo, indudablemente, era dejarse arrastrar por la corriente del silencio y la claudicación, cumplieron con lo que entendían su sagrada obligación.

 Para “El País”, tan medido documento “no es la opinión de la Iglesia española y ni siquiera puede ser tomada por una carta pastoral que refleje la doctrina católica sobre el tema”, con lo que llegamos al colmo de la audacia y la frivolidad. Sin duda los periodistas de “El País” o los clérigos que en él habitualmente escriben, el P. Martín Patino, por ejemplo, a quien algunos supondrían más aficionado a la gloria que a la política, saben más de doctrina de la Iglesia que el cardenal de Toledo (mons. Marcelo González) o los ocho obispos que hicieron suya su pastoral.

 Como se ve, entramos en un terreno de auténticas esquizofrenia. No es de extrañar, pues, que, para esos periodistas, los nueve obispos no sean más que “los herederos -gracias a Dios minoritarios- de aquellos prelados que bendijeron dramáticamente con el nombre de Cruzada lo que fue uno de los más sangrientos fratricidios de nuestra historia”.

 Lo que “El País” oculta, o lo que ignora, es que aquellos obispos estaban, como lo están los nueve de hoy (1979), en fraternas comunión con el centro de unidad, el Papa, que bendecía la Cruzada contra los enemigos de Dios y de la Iglesia. Y con toda la Iglesia universal que respondió la Pastoral colectiva de 1937, con una solidaridad que, por mucho que escueza, era una auténtica bendición a los ejércitos nacionales.

 Y ese es el punto clave en el que venimos a tropezar siempre: el odio la Cruzada y a sus mártires. Que si puede  comprenderse en los hijos legítimos de los asesinos de obispos, sacerdotes y seglares, sin otro motivo que su carácter sacerdotal y su amor a Cristo, resulta verdaderamente repugnante en quienes son hermanos en el sacerdocio de los asesinados.

 Claro es que en el lado racional hubo actos injustificables y excesos que se debieron reprimir desde el primer momento. Pero eso es anécdota que no puede enturbiar la grandeza cristiana de un pueblo que se lanzó a luchar por su Dios y por su patria. Que quiso salvar su religión, sus iglesias y sus sacerdotes, amenazados de exterminio por unas hordas satánicas.

 Acto de legítima defensa

 Hoy pretende decirse que aquella guerra fue la lucha de una oligarquía militar y capitalista contra el “pueblo español”. ¿Cuántos millonarios había entonces en España? ¿Doscientos? ¿Mil? ¿Cinco mil? Y casi todos ellos en Madrid, Barcelona y Bilbao, ciudades perdidas desde las primeras horas para la causa nacional. Ellos no pudieron sostener una contienda que duró tres años y que causó cientos de miles de muertos. Era la lucha de la España con fe contra la España sin Dios lo que se dilucidaba. Un acto de legítima defensa de los que veían amenazados todos aquellos valores entrañables en los que creían y esperaban. No olvidemos que, antes de un mes de la  proclamación de la República, tuvo lugar la quema de conventos con la tolerancia del Gobierno republicano. Y, desde entonces, la persecución religiosa fue “in crescendo” hasta culminar en la bárbara masacre de 13 obispos, 7.000 sacerdotes y religiosos e innumerables seglares que dieron su vida con el nombre de Dios y de España en sus labios. Si aquello no fue un martirio es que nunca ha habido mártires en el mundo. Pues las persecuciones romanas nada tienen que envidiar a aquel derramamiento gratuito y salvaje de sangre católica por odio a la religión (…)

 Mienten descaradamente los que reducen nuestra guerra a motivos políticos, sociales o económicos. Porque la España católica fue la España pobre y campesina la España de las aldeas curtidas al frío al sol y al viento que entregó a sus mejores jóvenes para salvar la religión y a la patria como Abraham llegó Isaac a sacrificio porque Dios lo demandaba al Altar de la Patria acudieron voluntarios porque aquellos días fueron una explosión de generosidad los que no tenían más riqueza que manos encallecidas de la Hoz y del arado y los ojos llenos del cielo azul de España mil veces suplicado para que Granada las cosechas y si los trojes de la casa humilde y aldeana estaban siempre escasos del trigo candeal los del alba rebosaban patriotismo haciendo verdad los tres últimos versos de aquel soneto del carlista y burguesa Martín Hernández que decían:

 No supieron querer otra bandera

No supieron andar otro camino

No supieron morir de otra manera.

(…)

 Volver la vista a los héroes y a los santos

 ¿Por qué os hablo de esto? No sería mejor olvidar para siempre aquellos años como muchos, más obligados que nadie al recuerdo hoy intentan? En días de claudicaciones y apostasías de clérigos y laicos, hay que volver la vista a los héroes y a los santos para no contagiarnos de la inmundicia ambiente y para saber dónde está el norte que ha de guiar nuestros pasos. Y porque, además, hubiera sido estéril tan hermoso sacrificio si el pago de aquellas muertes fuese sólo una lápida en la parroquia del pueblo que el tiempo, el olvido o la mala voluntad terminan por hacer caer de los muros de la iglesia. Ellos se merecen más; tenemos un deber que cumplir con ellos y con nosotros mismos. (…)

 Por eso, cuando uno de esos obispos que hoy nos han tocado en suerte nos dice, con pretenciosa solemnidad, que aquella frase que decía que “España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España” no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y el mundo, entre la religión y la patria, ni entre la fe y la política, contradiciendo a todos sus hermanos en el episcopado de catorce siglos de historia de España, es preciso que, con con toda la firmeza de que seamos capaces, digamos que no.

 ¡Cómo se comprenden ahora tantas cosas! Si España puede seguir siendo España abjurando de su fe, de todo lo que la hizo grande y de todo lo que la hizo patria, claro es que hay que pedir perdón por nuestra historia. ¡Qué tremenda equivocación la de nuestro santos, la de nuestros héroes y la de nuestros muertos! ¡Cómo ha engañado la Iglesia a todos los españoles hasta que, para nuestra dicha e iluminación ha venido a presidir la Conferencia Episcopal Española don Vicente Enrique Tarancón! ¡Cómo se comprende que haya podido decir que el obispo de Cuenca, monseñor Guerra Campos era un pobre ignorante! Y sin duda lo serán también, aunque por benevolencia no lo haya querido decir todavía, los Osios, los Isidoros, los Ildefonsos, los Cisneros…

 Y yo le preguntaría el arzobispo de Madrid: ¿Quién nos devuelve el dinero? Porque cuando se engaña, y de  ese engaño resulta un quebranto económico, hay obligación de restituir. Y España por su catolicismo lo perdió todo. Perdió todo menos su alma y esa es la que hoy parece ser que también quieren quitarnos.

 “Ministros de reconciliación”

 Claro está que, pensando así, estuvieron bien asesinados todos los que cayeron en las cunetas de España aquel año de gracia y de dolor de 1936. Los 13 obispos, los 7.000 sacerdotes, religiosos y religiosas, los miles y miles de seglares que, en frase de los clérigos mal nacidos de hoy, reunidos en “asamblea conjunta” (1971), “no supieron ser ministros de reconciliación”. Tal vez hubieran salvado sus vidas si hubieran aplaudido a coro a Manuel Azaña, cuando dijo que España había dejado de ser católica. Si parece ser que aquello no tenía importancia…

 En verdad, aquel día de vergüenza para nuestra Iglesia, reunida en asamblea conjunta, se unieron los asesinos con los hermanos de los asesinados, los obispos cobardes con los clérigos amancebados, los que han perdido la fe en la consagración sacerdotal que recibieron con los incendiarios y los saqueadores de los templos en una votación sacrílega y traidora. Poco importa que no se hubieran alcanzado los dos tercios necesarios para la aprobación. La infamia ahí quedó para la historia. Y si se hubiera aprobado la propuesta tal vez se hubiese clarificado el triste panorama de la Iglesia española. Pues sabríamos definitivamente con quiénes no cabe reconciliación alguna, ya que los que reniegan de los mártires escupen al mismo tiempo al rostro de Cristo crucificado.

 Yo, pese a quien pese, prefiero quedarme con la España católica y con esa pléyade de españoles, padres y madres de familia, jóvenes, ancianos, niños algunos, monjes, sacerdotes y obispos asesinados por creer en Dios y por amar a España, que están reclamando por su virtud, por su heroísmo, por su santidad, una canonización que, por lo que se tarda, está denunciando algo demasiado triste y vergonzoso. Porque es verdaderamente inexplicable, o si es explicable, peor, que así como se venera a los innumerables mártires de Zaragoza no podamos hacer todavía lo mismo con los que, moleste a quien moleste, son, en toda justicia y algún día lo serán oficialmente, los innumerables mártires de la España de 1936.

 Francisco José Fernández de la Cigoña


Revista FUERZA NUEVA, nº 637, 24-Mar-1979

 

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