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sábado, 25 de abril de 2026

Joaquín Costa contra el sistema parlamentario de partidos

 

¿UNA MONARQUÍA LIBERAL, DEMOCRÁTICA Y PARLAMENTARIA?

 El hombre es el único animal que cae tres veces o más en la misma piedra. Hay en España unos determinados grupos de presión, que esconden partidos políticos; que, como en toda su larga historia de traiciones, ignorancias, ineptitudes y fracasos, quieren—intencionada o no intencionadamente—ver a España sumida en el caos, en la anarquía y en la sangre fraterna.

 JOAQUIN COSTA, el hombre que precedió a la generación del 98 y que es conocido por el «León de Graus», es el que más escribió fórmulas para regenerar a España desde el punto de vista social, económico y político. No fue comprendido; había nacido con cien años de anticipación. Ha sido calificado como liberal y como republicano, porque superficialmente ha sido estudiado hasta fecha reciente.

 Nosotros hemos escrito muchas veces sobre Costa en sus efemérides, y hoy queremos poner sobre, el tapete la actualidad del pensamiento costista, a fin de que lo mediten los incordiadores, y para que los hombres de Estado que quieran o estén dispuestos a asumir las altas tareas de reinar o de gobernar, sepan cuáles son las normas que hace más de medio siglo aconsejara Costa.

 La experiencia de los años transcurridos después de la muerte de Costa (1911), nos demuestra que efectivamente tenía razón el rugiente aragonés. Solamente no escuchando las voces locas de los Parlamentos españoles, es cuando se puede hacer labor de regenerar la Patria. ¿Monarcas y Príncipes abanderando al pueblo para constituirlo en soberano al través de la Democracia y de la Libertad? ¡Jamás! La supresión del Parlamento soberano no es la supresión de un régimen representativo, ya que, en realidad, los Parlamentos soberanos sólo representan los intereses particulares y bastardos de las oligarquías dominadoras de los partidos.

 En vez de Parlamento, según los modelos de las Repúblicas o de las Monarquías alfonsinas o juaninas, lo que se requiere son unas Cortes tradicionales, que no sean «ollas de grillos».

 Ved lo que en 1908 decía Joaquín Costa:

 “GOBERNAR POR ACTOS, NO POR LEYES; HOMBRE SUPERIOR, NO PARLAMENTO

 Parece que este enunciado es nada y, sin embargo, en él se encierra la clave de todo el edificio. NO NECESITAMOS LEYES: CON LAS QUE TENEMOS HAY BASTANTES, no digo para hacer la requerida revolución desde el poder, sino para media docena de revoluciones que digamos y aun sobrarían muchas arrobas para la exportación. (Aplausos.)

 Lo que necesitamos, en vez de leyes, ES GOBERNANTE DE TRIPAS, DE ENTRAÑA, DE CORAJE, PENETRADO DEL OFICIO, QUE LAS HAGA CUMPLIR SIN CONTEMPLACION Y SIN MISERICORDIA.

 ¿Cuál es la receta?

 Lo contrario, de lo que se está haciendo en España (en el año 1906), donde leyes tan fundamentales como la Orgánica del Poder judicial, como la Municipal y la Provincial, como la de Procedimiento administrativo, sucumbieron a las embestidas del caciquismo (hoy quizá pudiéramos decir en alguna ocasión «de los grupos

de presión» que son los que caciquean), que les bastardeó o las soslayó o las retorció y las hizo caer en desuso, impidiendo que hubiera poder judicial independiente, Ayuntamientos autónomos. Administración pública del “selfgobernment”, sin burocracia y sin expedienteo, por no haber habido GOBERNANTES SERIOS Y DE ACCION, dotados de aptitudes, penetrados de su deber, que supieran convertir el precepto teórico en caso vivo; QUE SUPIERAN CUMPLIR Y HACER CUMPLIR lo ordenado por palabras en la Gaceta; por NO HABER HABIDO GOBERNANTES CON HUESO; por no haber habido más que GOBERNANTES DE CAUCHO, que al encontrarse en frente de la enfermedad nacida de las Infracciones sistemáticas y acumuladas y hechas cosa normal, EN VEZ DE EMPUÑAR VALEROSAMENTE EL BISTURI, haciendo POLITICA QUIRURGICA, dejaban en su cobarde abandono a la

ley y en su villana opresión al pueblo, y huían a las preocupaciones y al quebradero de cabeza, haciendo temblarse de moverse, articulando un proyecto de ley nueva que sustituyera a la incumplida o bordeada, a sabiendas de que quien no había sabido asegurar la efectividad de la primera ley, tampoco había de saber hacer efectiva la segunda; la de que si la una, POR FALTA DE HOMBRE, había sido letra muerta, letra muerta había de ser la segunda POR FALTA DE HOMBRE.

 POR FALTA DE HOMBRE, digo, pues en ESO ESTA LA CLAVE, NO EN LOS DIARIOS DE SESIONES ni en la GACETA.

Hombres, hombres, no papel mascado es lo que necesitan los pueblos en disolución, que necesitan UN ALMA EN LO ALTO, en quien se hayan fundido Aranda y Jovellanos para el programa, Fernando de Aragón y Cisneros para la acción, que no menos que estos cuatro titanes ideales se han menester para obra tan ingente como la de rescatar los tres o cuatro siglos malbaratados, para improvisar espíritu, para poner otra vez a flote la nave embarrancada del Estado: HOMBRE QUE TENGA ENCIMA DE LOS HOMBROS UNA CABEZA RELLENA DE SESO Y NO DE ESTOPA, Y EN LA CABEZA UNA BRUJULA, Y AL LADO DE ELLA DOS BRAZOS DE ACERO PARA EJECUTAR, NO AMARRADOS

A BANCOS AZULES NI DE NINGUN OTRO COLOR (Aplausos): hombre de cuyo corazón no emana tinta para emborronar expedientes. sino sangre para nutrir y calentar al pueblo, QUE SIENTA y QUE LLORE CON LA PATRIA, QUE LLAME A TODOS AL SACRIFICIO y les enseñe el camino no con letras y metáforas desde la Gaceta, sino en acción, poniéndose personalmente a la cabeza y echando a andar como el último, sin aguardar a saber si hay quien le sigue. (Aplausos).

 … soy enemigo de esa mohosa noria que llamamos, por un abuso del lenguaje, Congreso y Senado, CUYO ESTRIDENTE Y DESAPACIBLE CHIRRIDO sólo cabezas tan duras como las nuestras han podido resistir durante más de dos generaciones SIN VOLVERSE LOCOS.

 Hace poco más de un siglo, la Península Ibérica se había quedado sin nación y se quiso improvisar una: hombres, sin duda alguna geniales en clase de escenógrafos, los que levantaron, sobre el vacío solar de las dos Cámaras, una nación de teatro, buena para representada, pero que no bien se olvidó de lo que era y quiso tomarse a sí propia en serio, y ... desplomóse con todas sus bambalinas, viniéndose a tierra casi sin estrépito. ¡Y SEGUIREMOS

DESCANSANDO SOBRE ESA FICCION, OBRA DE LA MAS INSIGNE IMBECILIDAD!

 ... Parlamento por rutina mental. PARLAMENTO por puro sport, imitación simiesca de lo europeo, o para que los lobos guarden el rebaño, para que los caciques se fiscalicen a sí propios...”

 (Del discurso «Los siete criterios de Gobierno», pronunciado en Zaragoza el 12 de febrero de 1906).

 ***

DEL OFICIO DEL JEFE DEL ESTADO

 España, como otro país cualquiera y más que el mayor número, ha necesitado UN HOMBRE, pero en aquellos cien años, la dinastía actual ni una sola vez, por excepción, ha podido suministrárselo.

 Todo ese tiempo España ha sido UNA MONARQUÍA SIN MONARCA. Su trono ha tenido figura de cuna, sin otro efecto que estorbar la elección de persona que presidiera al Estado y velase por él.

 ¿SE QUIERE MAS CAUSA, QUE ESA FALTA DE CONDUCTOR EL EXPLICARSE EL QUE ESPAÑA HAYA ACABADO POR

DESCARRILAR Y ESTRELLARSE EN LOS DESPEÑADEROS DE LA HISTORIA?

 En cien años la MONARQUIA NO HA SIDO PROPIAMENTE UNA INSTITUCION, ha sido una TAPADERA DE PARTIDOS, y la historia nacional una orgía desenfrenada, en que todo se ha abismado. el INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LAS GENERACIONES PASADAS...

 (Del trabajo «El fin de la última tregua», publicado en «El Evangelio», el 1 de enero de 1902.)

 ***

 Muchas son las consideraciones que podrían hacerse de cada una de las frases de Joaquín Costa. Queremos que quede bien claro que la MONARQUIA no puede ser una MONARQUIA SIN MONARCA y mucho menos una TAPADERA DE PARTIDOS y que el Jefe del Estado no puede ser un hombre incapaz con la cabeza llena de estopa, ni un figurón, como lo han sido todos los reyes a los que se refiere Costa y como lo han sido las reyes que siguieron al tenor de Costa.

 La experiencia y la Historia han demostrado que la dinastía de los Borbones reinantes ESTABA GASTADA, según frase de Costa. Si gastada estaba a principios de siglo, consideremos que hoy (1968) no queda nada aprovechable, pues siguió el desastre tras el desastre.

 Es preciso buscar sangre nueva, estirpe regia con vitalidad. Esa fuerza solamente nos la hubiese podido dar la dinastía carlista porque, si bien era Borbón de apellido, en realidad era hispánica, era BRAGANZA, como Ias reinas esposas de Don Carlos María Isidro. Sangre de BRAGANZAS SON TAMBIEN LOS BORBON-PARMA, en los que la integridad, el españolismo, la inteligencia, el catolicismo, etc., hacen suponer que son los HOMBRES que buscaba Costa para España, ya que la experiencia ha demostrado que los HOMBRES QUE PUDO DAR LA REPÚBLICA AUN ERAN MÁS NEFASTOS Y MÁS INEPTOS QUE LOS DE LA MONARQUÍA LIBERAL.

 La Divina Providencia nos ha deparado UN HOMBRE, UN CAUDILLO, durante algunas décadas, pero se precisa la continuidad de ese HOMBRE, para que un nuevo desastre de dinastía borbónica -continuadora de la de los «tristes destinos»- no malbarate EL INMENSO PATRIMONIO HEREDADO DE LA ACTUAL GENERACIÓN.

Roberto G. BAYOD PALLARES

 

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968


jueves, 23 de abril de 2026

Fe en el mando y disciplina

 Artículo de 1979 

FE EN EL MANDO Y DISCIPLINA

 ES evidente que sin fe en el mando no puede haber disciplina en una organización de cualquier tipo que sea. A no ser la disciplina de los galeotes, es decir, la del látigo y la fuerza. Es la disciplina del «archipiélago» Gulag. Pero la fe en el mando no puede ser y no debe ser una fe ciega. La fe de ojos vendados no es humana. Ni siquiera la fe religiosa puede ser absolutamente ciega. La fe en el misterio religioso sólo llega a ser ciega cuando se han planteado antes unos fundamentos de credibilidad. 

Desde esos fundamentos, uno se lanza al abismo insondable del misterio. Si Dios quiere que seamos y sigamos siendo hombres, no puede exigimos que abdiquemos totalmente de nuestra razón. Los artistas pintan a la Fe con una venda sobre los ojos, pero al mismo tiempo con una antorcha en la mano. De la luz al misterio y del misterio de nuevo a la luz.

 Hubo un santo, al que podemos llamar el santo de la disciplina y de la obediencia ciega. Fue un español y se llamaba Ignacio de Loyola. Escribió largo sobre la obediencia a la autoridad de los superiores y terminó por decir que, llegado el caso, la obediencia tenía que ser ciega. Es verdad que, para pedir esa obediencia, exigía antes un montón de cualidades en el mando. A la disciplina de esa obediencia ciega han atribuido algunos (por cierto, neciamente) el éxito fabuloso que su institución consiguió en la Iglesia y en el mundo. Pero aun esa fe en la autoridad o en el mando era ciega sólo a medias. Antes de obedecer, tenía uno que sondear los postulados de la propia conciencia. E indudablemente puede darse el caso de que la conciencia se alce contra la autoridad y rompa la disciplina. 

Por tanto, ni siquiera en este campo de lo religioso, se puede hablar alegremente de fe en el mando sin la cautela de infinitas precisiones. Cuando uno obedece, no elimina automáticamente la responsabilidad de su acción. Aun en el terreno de lo militar puede haber criminales de guerra, que no hicieron sino obedecer a órdenes del mando. Tenían una insensata fe ciega en el mando.

 De todos modos, acepto que sí, que la fe en el mando es una de las bases fundamentales de la disciplina y aun tal vez la única base. Por consiguiente, si la disciplina empieza a resquebrajarse, podemos decir que la fe en el mando está en crisis. Fijémonos en dos ejemplos superiores y paradigmáticos: en el estamento eclesiástico y en el estamento militar. Son instituciones situadas en muy distintos planos, pero ambas coinciden en eso de exigir una fe y una disciplina, o sea, una obediencia al mando dentro del orden de sus escalones jerárquicos. El mando es la autoridad. Insisto en que la crisis de la disciplina connota de ordinario una crisis de fe en la autoridad. Fe en la autoridad significa confianza en ella.

 ¿Cuándo y por qué viene a resquebrajarse esta confianza? Yo distingo entre la autoridad moral y la autoridad meramente legal o jurídica. Hoy, tanto como siempre o más que nunca, parece imprescindible que el mando se apoye en mucho más que en un título jurídico. Hablando de los tiempos de Isabel la Católica, Menéndez Pidal aludía a «los dos principios cardinales de la vida colectiva: la justicia que la regula y la selección que la jerarquiza.» «Una minoría seleccionada y una mayoría disciplinada» son también las condiciones que Dalie Carnegie postula para la eficacia de cualquier institución.

 Selección y disciplina son factores que no pueden disociarse. Si no hay selección en las cabezas, será ineficaz exigir disciplina en los de abajo. Ahora bien, esa selección no se dará si no se atina encontrando una categoría sustantiva en los elegidos. Porque es obvio que esa sustantividad categórica no puede ser conferida a las personas ni por un real despacho ni por un montón de papeletas sufragistas ni siquiera por una bula del Pontífice romano. Eso puede conferir y confiere una autoridad legal o jurídica, pero no una autoridad moral

Un nombramiento o una consagración no infunden como automáticamente las cualidades personales, que se requieren para el mando. Si esas cualidades no se dan, la disciplina es a la larga humanamente imposible. Se puede suponer que en el nombrado o en el consagrado se dan esas cualidades. Pero ésta es una mera suposición. El tiempo y la práctica revalidarán o invalidarán esa hipótesis. Los que sean capaces de discernir, que examinen este binomio selección-disciplina y comprueben cómo se ha conjugado o se está conjugando en la España de ayer y en la de hoy.

 Pero téngase en cuenta que la disciplina obliga también al mando para que se mantenga dentro de los límites de sus funciones y dentro del modo razonable de ejercerlas y para que no ceda a la arbitrariedad o a sus personales intereses. La disciplina exige al mando que respete esos valores superiores y esos principios inalterables, contra los cuales sería insensato apelar a la disciplina. Aun prescindiendo de otros valores colectivos, pensemos en la conciencia personal, en el honor y aun simplemente en la dignidad humana. Sin el respeto a esos valores no tendríamos autoridad, sino tiranía.

 Pedro MALDONADO


Revista FUERZA NUEVAnº 631, 10-Feb-1979

 

martes, 21 de abril de 2026

Audiencia papal a terroristas

 Artículo de 1970

 

 TERRORISTAS EN EL VATICANO

 La audiencia concedida por Pablo VI a tres dirigentes de las bandas terroristas que actúan en las provincias portuguesas de África (Angola, Mozambique y Guinea Bissau) ha llenado de alegría a los comunistas italianos y de indignación a los católicos portugueses. Un resultado que, por sí solo, explica muchas cosas.

 Se ha intentado argumentar desde diferentes órganos vinculados a la Iglesia, que una audiencia pontificia no tiene la significación que ha pretendido dársele a ésta y que el Papa se limita a recibir a todo el que a él viene a pedir consuelo, sea o no católico. Es una cuestión en la que creemos que hay que encarar la verdad, sin disfrazarla con generalizaciones. Entendámonos: si el Papa recibe a un católico o, simplemente a un hombre de cualquier ideología que acude a él para testimoniar su adhesión, su respeto, su veneración, o para pedir su bendición, nadie tendría derecho a sorprenderse ni indignarse, sea cual fuere la significación política del visitante. El Papa es padre de todos y a todos recibe.

 Pero cuando concede o audiencia a tres terroristas portugueses, comunistas conocidos dos de ellos, responsables todos de crímenes inhumanos, entre los que se cuenta el asesinato de misioneros, y se sabe que han acudido a Roma para protagonizar, con la ayuda de los comunistas, una campaña contra Portugal, país católico, con el que el Vaticano mantiene relaciones normales, la audiencia deja de ser un asunto privado y eclesial para convertirse, aunque tal no fuera la intención, en una ayuda indirecta al terrorismo. ¿Es que podía ignorar nadie en el Vaticano la explotación que iban a hacer los comunistas de la audiencia, dadas las circunstancias en que se producía? ¿Por qué no se aconsejó a los terroristas que, si querían visitar al Papa, lo hicieran como humildes cristianos, en cualquier otra ocasión que no pudiera ser interpretada como apoyo a sus actividades criminales?

 Se observa, y en España tenemos en la materia dolorosas experiencias, que en algunos sectores del Vaticano existe una desconcertante facilidad para el desacierto y la imprudencia cuando se trata de herir a las naciones católicas donde la Iglesia goza de grandes privilegios y ayudas.

 No puede extrañar a nadie la serena, pero enérgica, protesta del gobierno portugués. El masoquismo de que hacen gala algunos sectores eclesiásticos no tienen por qué padecerlo Gobiernos conscientes de la dignidad de su nación.

 La justicia y el terrorismo

 El cardenal primado de Argentina, monseñor Caggiano, ha respondido en cierta forma por toda la Iglesia a las inquietudes que producen ciertas actitudes clericales en relación con el terrorismo. En una misa celebrada en desagravio del Sagrado Corazón de Jesús (a ese mismo Sagrado Corazón que otros prelados españoles no quieren rendir culto solemne porque hay curas encerrados por motivos políticos) dijo: “La justicia sólo nace del amor. No puede aceptarse la invocación de aquéllos que buscan justicia con la injusticia. Es inadmisible el terrorismo, el incendio, la depredación, el secuestro. No puede hacerse justicia con el odio”.

 Algo que sería lesionador que se leyera en las iglesias del País Vasco, del Brasil, de Paraguay e incluso en algunos despachos del Vaticano.

El culto como chantaje

 Ahora ha sido en Santo Domingo donde un obispo ha amenazado al Gobierno con cerrar las iglesias y no administrar los sacramentos si no levanta la orden de expulsión contra dos religiosos que habían incitado a los obreros a apoderarse de las tierras donde trabajaban. El mal ejemplo cunde pronto y de la huelga parcial de misa se pasa rápidamente a esta huelga general de sacramentos que Cristo, humanamente hablando, no pudo sospechar cuando los instituyó.

 El cristiano sencillo se pregunta: ¿Dónde está el sentido religioso de la instrumentalización de los sacramentos contra un Gobierno? Y cree recordar que en la época de las grandes persecuciones, los cristianos no dejaron de administrar los sacramentos ni de realizar prácticas religiosas porque Nerón o Diocleciano persistieran en su conducta. Al contrario, las catacumbas fueron el símbolo de una Iglesia que, pese a la persecución se mantenía en la fe y en los sacramentos, llegando al martirio si era necesario. Ni Pedro, ni Pablo, ni Tarsicio, ni Sebastián, ni Lorenzo hicieron huelga de misa ni huelga de comunión. ¿Qué clase de cristianos es esta recién aparecida que emplea el culto a Dios como arma contra el César?

 Juan Nuevo


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

domingo, 19 de abril de 2026

Contra la falsa “paz” predicada tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LA PAZ A TODA COSTA

 Por JULIAN GIL DE SAGREDO

 Trato un tema ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI, vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor.

 De esta manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica, la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al mundo en lugar de convertir al mundo a Dios

 Esto es propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida, supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.

 Ahora tiene que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas, excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc., impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.

 El pueblo cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias, homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.

 Es un pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación, paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,  el Sudeste Asiático; paz a costa de inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción para Ho Chi Minh.

 Son verdades vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido y siguen incurriendo esos significados elementos. No

confundamos la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas en manos del comunismo.

 En reciente discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad, la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último término aparece por fin Dios.

 Todos esos valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente, deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios, la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es Dios.

 Los ángeles cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de subvertir el orden cristiano y desarraigar

de la tierra el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni tampoco, por tanto, son dignos de la paz.

 Dios, pues, ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se dejaran avasallar, dominar y destruir.

 Bienvenida la paz, pero no a costa de nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria están muy por encima de la paz.

 «Paz sólo a los hombres de buena voluntad.»


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

viernes, 17 de abril de 2026

En el Régimen de Franco hubo elecciones

 Artículo de 1979

 EN EL RÉGIMEN DE FRANCO HUBO ELECCIONES Y VOTACIONES

 En la portada de la revista “Hola” del 13-1-1979, aparece el presidente Suárez. Y como es habitual en su señoría -siempre recogiendo rumores callejeros y pueblerinos- dice: “Hay personas que se han quejado de no haber votaciones en España durante los últimos cuarenta años, y otras se quejan ahora de qué hay demasiadas elecciones”. (…)

 Ante tan infame calumnia y tan rastrera patraña, quien esto escribe pasa a decir lo que sigue; Soy bastante más joven que el presidente Suárez, estrené mi mayoría de edad en tiempos del Caudillo, cuando no había democracia liberal, pero sí paz y orden: tuve la suerte de votar en el referéndum del 14-XII-1966, y mi voto fue afirmativo para la Ley Orgánica del Estado; entonces yo era juanista, y a pesar de eso mi voto fue afirmativo porque la ley era española, católica, justa y honesta: lo hice libremente, y sin propinas ni bocadillos. 

Desde esa fecha de 1966, y con Franco, voté en todas las elecciones que hubo: a concejales, consejeros locales del Movimiento, procuradores en Cortes… Emití el voto y pude elegir en 1971, en 1974, etc. Con Franco tenía mis representantes en las Cortes; ahora (1979) no tengo a nadie que me represente en el Parlamento.

 Me extraña que el anterior secretario general del Movimiento, el ahora líder de UCD, Adolfo Suárez, siendo más viejo que yo, pueda admitir que en tiempos del Caudillo no funcionarán las urnas, ya que don Adolfo habrá votado más veces que yo…

 También quiero recordar que mi padre votó en el referéndum de 1947. Quiero expresar que en los dos referéndums convocados por don Adolfo (1976, 1978), es decir, en los del pucherazo, a pesar de ser monárquico, mi voto ha sido negativo, entre otras cosas porque siempre sospeché de los elogios que de ellos hacían los izquierdistas. Por mi amor a la patria, no me gusta una España roja ni rota. En cuanto a que ahora hay demasiadas elecciones, eso es cierto; y que España no puede pagar esos gastos, pues en tiempos del Caudillo, los procuradores no chupaban del bote como ahora y no nos daban la monserga como lo hacen actualmente.

 Lo que en tiempos del Generalísimo no sucedía es lo que ahora con la democracia pasa: crímenes, asesinatos, asaltos, huelgas, separatismos, ultrajes a la bandera nacional. Cada día estoy más convencido de que muchos que no éramos franquistas votábamos libremente lo que nos decía nuestro Caudillo, y son ciertas las palabras del testamento político del Caudillo. Franco tuvo por enemigos a los enemigos de Dios y de España: y los que amábamos a Dios y a la Patria no podíamos ser enemigos de Franco.

 Son demasiadas elecciones. Menos palabrería liberal, menos democracia y más respeto a la libertad del hombre, pues el hombre es portador de valores eternos y para nada necesita un Parlamento ateo y rojo.

 R. CONDE DE CHILTON


Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979