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LA POLITICA Y LOS FUNERALES
Querido amigo: La noticia está ahí, escondida en un recuadro de la
Prensa diaria, unas pocas líneas en extensión tipográfica, grandes en su
negativa significación. Los lectores detallistas que se detengan en algo más
que los titulares pudieron asombrarse con este texto:
«Sevilla.—En la parroquia de
los Remedios se celebró una misa en sufragio del alma de Ernesto «Che»
Guevara. Al parecer, los organizadores eran estudiantes, y el acto se
desarrolló con normalidad, aun cuando a la salida del mismo se pronunciaron
frases y expresiones en contra de la guerra vietnamita.»
La información se comenta por
si sola; ¡pobre juventud española!, buscando sus héroes en aventureros
extranjeros, con lo digno que sería fijarse en tantos y tantos héroes
españoles que, forjadores de quimeras y ambiciosos de gloria, asombraron
durante siglos a intelectuales estériles incapaces de entender su generosidad,
y que encendieron en fervor patriótico generaciones de juventudes, nobles
émulos de sus grandezas. Pero fuera de esta consideración moral, al lector
sagaz no se le escapa relacionar este hecho con otro bastante reciente. Bien
sé que eI recuerdo parece sobrar en este tiempo de vivir al presente, y el
habitual consumidor de periódicos únicamente busca la sensación destacable
pronto, sustituida por otra más reciente, y es poco dado a pensar por sí
mismo y elaborar su propia verdad política extraída de la comparación y el
comentar sincero de actitudes y eventos. Por otra parte, con la misma premura
que se difunden ciertas noticias convenientes a los propagadores de la mala
política, se ocultan otras menos propicias a estos ensalzadores de diálogos
que, a la hora de la verdad, son los más desvergonzados monólogos.
Probablemente recordarás que
por junio pasado (1967) «un grupo de españoles agradecidos» invitaron
«a todos cuantos hoy creen con fe y esperanza en la inmortal gesta de Europa»
a un funeral en sufragio «del alma de Adolfo Hitler y la de todos los que con
él murieron en defensa de la civilización cristiana y occidental». Si examinamos
con serenidad, a cualquiera le parecerá perfectamente licito que se celebren
estas honras fúnebres, porque, según la doctrina de la Iglesia, no consta la
cierta condenación de ninguna persona, por muy aparentemente alejada de la
religión que haya vivido, y aun aceptándola, es evidente que de «cuantos con
él murieron» alguno de buena fe habría, capaz de serle aplicado el famoso sufragio.
Pero, ¿cuál fue la consideración que mereció la actitud de Hitler hacia la
Iglesia Católica?
El 2 de mayo de 1945, al día siguiente
de su muerte, algunos periódicos españoles publicaron reseñas como ésta: «...
Un enorme ¡presente! se extiende por Europa porque Adolfo Hitler, hijo de
la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo la cristiandad. Sobre su tumba,
que es la enorme pira de Berlín, podrá escribirse el epitafio castellano:
"El que está aquí sepultado no murió, que fue su muerte partida para la
vida...’’. Sobre sus restos mortales se alza su figura moral victoriosa. Con
la palma del martirio, Dios entrega a Hitler el laurel de la Victoria... La
vida de Hitler ha sido digna de su muerte. Su muerte no es sólo la del héroe.
Es la muerte del grande y del caballero. Es ahora cuando la figura de este
ser excepcional empezará a ganar batallas decisivas...».
Vista esta opinión y lo que luego se ha escrito sobre este personaje,
sólo cabe pensar que o la prensa española de aquellos días lanzó una mentira,
cosa harto arriesgada cuando los ejércitos aliados y soviéticos se repartían
Europa impunemente, o que son los de ahora quienes han convertido en
monstruosa la figura de aquel político. Antes bien creo otra cosa: que con la
gallardía que nos caracteriza, con la misma dignidad con que España supo
decir “no” cuando era el señor del Continente, la tuvo para apreciar su
servicio cuando, vencido y muerto, con los vencedores rugiendo en nuestras
fronteras, se tuvo hombría para decir la verdad o, como ahora, para dedicarle
un piadoso recuerdo. El tiempo no cuenta para el pensamiento; por eso hay que
aceptar que aquellas consideraciones son verdad para siempre, y ninguna razón
de modernismo puede afirmar que lo que ayer era cierto pueda no serlo con el
tiempo; porque las personas pasan, sus acciones permanecen y, sean honestas o
ilícitas, ya nada puede cambiarlas.
Pero he aquí que veinte años después, cuando tanto perdón se pide, y
se concede, para los que por los años 36 fueron verdugos de España, se
intenta celebrar un sufragio por el alma de Hitler, que, consecuentemente con
los párrafos que te he citado, era digna de un cristiano, una nota de rango
sagrado lo prohíbe, como enmendando la plana a la Historia.
Otra figura, un tal «Che» Guevara, activo causante de la implantación
del comunismo en Cuba, ese comunismo repetidamente condenado por los Papas y
el mismo Concilio Vaticano II, no contento con encarcelar a su pueblo e intentar
borrar de él la imagen de Dios, se dedica a exportar revoluciones y
entregarse al bandidaje, la guerra y el odio hasta que muere como un vulgar
salteador, acorralado por los defensores del orden.
Para un cristiano, era vituperable su acción e inadecuado ofrecer por
su alma los servicios de una religión que persiguió; pero si esto puede
parecer un enfoque parcial, piensa que, equivocado o no en sus ideales, hay
que aceptar que los medios, tan reprobados en Hitler, son en este otro sujeto
tan reprobables o mucho más que los del gobernante alemán. Para éste no hay perdón;
el otro, el apóstol de la subversión y la injusticia, fresco todavía el
rastro de sus desmanes, sí es merecedor de la paz eterna; para él sí que rige
aquello de que «tras la muerte no hay querella». Como hombres, indigna y
subleva tan cruel discriminación; como cristianos, en base al inexcusable
deber de obediencia hacia la Jerarquía, acatamos con respeto tal decisión.
Si todavía tuviera algún valor el lenguaje de los hechos, si los que
presumen de tolerantes hacia las demás opiniones y dialogantes sinceros, no
estuvieran tan acostumbrados a encastillarse en sus ideas «a priori», sería
posible desarbolar el tinglado de algunos órganos informativos extranjeros,
conocidos por su tozudez en ofender a España con sus mentiras sobre nuestra
realidad. Porque, ¿dónde está la España autoritaria y dictatorial? Pocos
gobiernos pueden vanagloriarse de igual liberalismo práctico que el nuestro y
de mejor respeto a las opiniones personales. Y la Iglesia, con independencia
de su eventual error en esta cuestión, que no es de feo dogma, magnífica
lección de autonomía y criterio propio.
¿Qué dirían los que ahora callan si en Francia, por ejemplo, se
prohibiera un funeral por los partisanos de la Resistencia? Y ¿tolerarían en
Moscú un servicio religioso en memoria de los mártires de la revolución
húngara de 1956? Habría que oír las campañas que se desatarían contra la
intransigencia a los «héroes» de la democracia o el espíritu reaccionario,
contrarrevolucionario. Aquí, salvando la relación de personajes, se dan casos
parecidos, y nada se altera, todo sigue igual y en completa paz y armonía.
La razón de todas estas consideraciones se halla en el deseo de
mostrar la falsedad de muchos que nos acusan de defectos que ellos cultivan y
aprovechan. Imagínate que un día, en las iglesias españolas, se predicara una
Cruzada y a la salida se profirieran gritos de ¡abajo el comunismo! o ¡que
nos devuelvan Gibraltar! Tiempo les faltaría para acusarnos de triunfalistas
y fanáticos religiosos, o de vivir en un estado cesareo-papista; los
moderados argüirían, sin duda, la improcedencia de relacionar el sentimiento
religioso, para ellos cuestión personal, con las orientaciones políticas de
la nación. Pero date cuenta que estos mismos son los que ahora guardan el más
significativo silencio o apoyan sin rebozo y se alegran de que un acto religioso
se convierta en mitin, a cuya salida se ponen los concurrentes a gritar sobre
cuestiones totalmente dispares con el acto en cuestión. Porque te aseguro que
por muchas vueltas que le doy no concibo la relación que pueda haber entre el
revolucionario sudamericano, su misa de sufragio y las «frases y expresiones
contrarias a la guerra vietnamita».
Con extremada benevolencia, se puede tolerar ofrecer misas por tales individuos
que, siendo comunistas, están, por este hecho, excomulgados; pero si bien es
de cristianos amar y perdonar a todos (incluso aunque se llame Hitler), a
pesar de ser enemigos, mal se compaginan la piedad y la oración con el
escándalo gamberril sobre el conflicto vietnamita, que ni nos compete ni
tiene la más mínima relación con la causa del acto que, por lo que se ve, fue
motivo no ya para hacer la apología del «Che» y su desastrada vida, sino, y
eso es peor, de los móviles, ideas y razones ateas y marxistas que quisiera
justificar y cristianizar.
Esta es la táctica: desorientar, dividir, evitar firmeza de convicciones,
amoralizar la conciencia política y llenar de falsas ideas la imaginación de
los jóvenes, que no comprenden su pobre papel de instrumentos de la
subversión universal. Tengo escasa confianza en que se llegue a comprender la
trascendencia de noticias como la que hoy hemos comentado; es igual; para
nosotros habrá sido una certeza más de la exactitud y verdad de lo que
pensamos: saber que frente al alud de propaganda falsamente tranquilizante y olvidadera
de la realidad siguen teniendo fuerza las ideas, que se ven así refrendadas
por los hechos. No es poco.
FERNANDO LUIS GRACIA
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967
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