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martes, 6 de enero de 2026

Del Vich de Balmes al Vich postconcilar

 Artículo de 1970

 DEL VICH DE BALMES AL DE MOSÉN DALMAU

 De las tradiciones filosóficas y literarias de entonces al negativismo y a la confusión actual

 El nombre de Balmes tiene unas garantías, una autoridad, una aureola, una profundidad y una perennidad indiscutibles. Balmes ha sido el maestro de muchos pensadores y generaciones españolas. Sus obras se estudian y se estudiarán incansablemente. Recuerdo cómo, a raíz de uno de mis viajes a América, el entonces obispo vicense, monseñor Perelló, me urgía para que en mis colaboraciones y corresponsalías en la prensa hispanoamericana diera a conocer cuanto pudiera el nombre y la obra de Balmes. Incluso monseñor Perelló había considerado muy seriamente la conveniencia introducir el proceso canónico de la causa de beatificación de Jaime Balmes.

 Balmes ha mantenido, en sucesivas décadas, su nombre unido disolublemente al de la ciudad de Vich. El vigatanismo es una expresión típicamente nuestra -afirmaba Salarich Torrents-. Ninguna ciudad del mundo puede vanagloriarse de tener un símbolo como el nuestro que personalice la realidad afectiva de un pueblo.

 Esteban Mollet, en un “Pregón”, centraba las características del espíritu de Vich en estas coordenadas armónicamente conjuntadas: “Han actuado cuatro fuerzas distintas: la de carácter religioso, con su preocupación sobrenatural; la tradición jurídica local, originada por los varios señoríos y su colisión de intereses; la de carácter eclesiástico, por la influencia de los estilos, crudos y nuevos de la Curia con el centro humano y social; la cultura, con la doble vertiente de los estudios eclesiásticos y seculares, y de la tradiciones filosófico-poético y literarias”.

 Esta era la vieja Ausona… Pero Vich, desde el progresismo, ha perdido su primogenitura y el vino se ha vuelto vinagre. Aquella Vich que conocimos a través del inolvidable Travería y Puigrefagut -vlmente asesinado por su fe- y tantas viejas casas y nombres de una solera inmarcesible, está pasando actualmente por el calvario de la destrucción de sus tradiciones, y, como un símbolo de las dos épocas, de los dos estilos, de los dos climas, perfectamente quedan contorneadas al evocar el nombre y la obra sublime de Jaime Balmes, junto a las tartarinescas actuaciones y panfletos de mosén José Dalmau Oliver, sacerdote de la diócesis de Vich, en quien concretamos el escándalo de la actual coyuntura eclesiástica y católica del desolado y entrañable Vich.

 También mosén José Dalmau escribe libros. Desde luego, no tantos como Balmes, y de signo totalmente bufonesco, sarcástico y negativo. Sus libros comenzaron a publicarse en 1967. Incluso “Cuadernos para el Diálogo” quiso enriquecer la bibliografía de la literatura pro-marxista vertiendo al castellano el libro “Distensions cristiano- marxistes”. (…)

 Pero los libros de mosén Dalmau, que se han vendido desde 1967 con toda clase de facilidades publicitarias, con todos los trucos propagandísticos y que, a estas horas, sus primeros títulos incluso ya están olvidados, que carecen todos de la censura eclesiástica preceptuada a los libros publicados por sacerdotes; que, incluso, según nuestras noticias, la autoridad civil se prestaba a colaborar con la jerarquía eclesiástica para que algunos de estos libros denigrantes para la Santa Sede y la doctrina católica no se difundieran; ahora, en febrero de 1970, han merecido un divertido informe redactado por los reverendos A. Oriol, A. Pladevall, R. Pou, S. Raguant, C. Riera, R. Sala y R. Torrents, enjuiciando la producción de mosén Dalmau.

 Resumiremos de alguna manera lo que afirman los observadores de tales libros:

 Negativismo de mosén Dalmau

 Terminamos esta reflexiones alrededor del primer libro de mosén Dalmau, recordando brevemente algunos puntos -sin ningún ánimo de ser exhaustivos- que aparecen claramente en la obra y con los cuales estamos en desacuerdo.

 a) Una presentación sistemática y preferente de puntos negativos en la Iglesia, alternada por la mención también preferente y sistemática, de puntos positivos el socialismo-marxismo. El autor se muestra buen técnico en el uso de las medias verdades.

 b) Una presentación predominantemente social-sociológica del misterio de la Iglesia, paralela a una insistencia en formular de manera notoriamente subjetivista los temas de la Fe y de la Religión (“vivencia religiosa”).

 c) Una presentación tal de la Iglesia en los campos económico, político y de la enseñanza que, por un lado, por la falta de las matizaciones más elementales, resulta calumniosa; y, por otra parte, debido a los caminos de solución que propone, resulta manifiestamente simplista, como ya hemos tenido ocasión de mostrar a propósito de la cuestión de la apertura a todas las ideologías”. (…)

 Tras estos juicios que, sumariamente hemos extractado, mosén Dalmau, con fecha del 27 de febrero, ha contestado encajando deportivamente estos ataques con humoradas muy propias de su estilo, temperamento y catadura. Desde luego, puede hacer la digestión tranquilo y dormir la noche enteramente si al cabo de algunos años de haber escrito y divulgado las barbaridades reseñadas, todo se limita a unas páginas de literatura eclesiástica, sin otra particularidad…

 Quizás se pregunte lector cuál es la posición y determinaciones del señor obispo de Vich ante los libros de mosén Dalmau. El propio prelado confiesa que personalmente solicitó el informe publicado. Pero dice textualmente monseñor Ramón Masnou: “MI posición personal y jerárquica ante los casos que judicialmente han afectado a mosén Dalmau ha sido siempre decidida e inequívocamente a favor de mosén Dalmau”. Y esto, con todos los respetos, es lo que menos acabamos de entender del señor obispo de Vich.

 Porque, por ejemplo, en 10 de octubre de 1966, la prensa nacional publicaba esta noticia: “Detenido por intento de abusos deshonestos. –Barcelona, 10 (Cifra). Esta madrugada fue sorprendido el vecino de Gallifa, José Dalmau Oliver cuando, al parecer, realizaba abusos deshonestos con una menor, cuyas iniciales son P.A.N. de diecisiete años, vecina también de Gallifa, en el interior de su coche, en un bosque lindante de la carretera entre Sardañola y Barcelona. El citado señor y la joven fueron conducidos a la Comisaría de Policía de Horta, de esta ciudad”.

 El hombre de la calle se pregunta que, de ser ciertos tales hechos, tuvo lugar el proceso judicial que correspondía. O si la autoridad eclesiástica lo impidió, invocando cláusulas concordatarias. Si en tal caso mosén Dalmau fue sancionado canónicamente. Y si acaso la noticia no fuera exacta, cómo no se exigió, en virtud de la Ley de Prensa e Imprenta, la debida rectificación a la que obligaba la buena fama y prestigio personal de José Dalmau Oliver, incurso nada menos que en una acusación de abuso deshonesto de una menor. Porque la cuestión es de aúpa.

 También mosén Dalmau fue cabecilla principal de la manifestación del 11 de mayo de 1966 en la barcelonesa Vía Layetana. Aquella actuación fue explícitamente condenada por él C.E. de la Conferencia Episcopal Española. También la Secretaría de Estado de Pablo VI, en un documento enviado a la Embajada de España ante la Santa Sede, deploró la actuación facciosa y subversiva. Aquellos acontecimientos son los que, judicialmente sustanciados, merecieron la condena a mosén Dalmau y a otros compadres, que ahora -en virtud de la petición hecha por monseñor Marcelo González, arzobispo de Barcelona, y la propia Santa Sede- el Jefe del Estado español, generosamente, ha indultado.

 Quizás mosén Dalmau habrá tenido todavía otras implicaciones judiciales; pero aquí también cabe preguntar a monseñor Masnou si, frente a la Conferencia Episcopal Española y a la Santa Sede, su “posición personal y jerárquica ha sido siempre “decidida e inequívocamente en favor de mosén Dalmau”. Esperamos que el prelado de Vich informará debidamente a la opinión pública, pues los dos casos más resonantes de asuntos judiciales en los que ha sido envuelto mosén Dalmau abarcan nada menos que su moral personal y la disciplina eclesiástica, en un terreno que la propia Santa Sede ha tenido que justificarse diplomáticamente. Porque lo más grave ya no es mosén Dalmau y sus libros, sino claramente, esta defensa indiscriminada con que el actual obispo de Vich se pone al lado de mosén Dalmau, impune tras sus libros y glorificado episcopalmente por los hechos que lo han llevado a las comisarías y a los tribunales.

 Es muy urgente que el señor obispo de Vich aclare, por caridad, estos extremos. Porque, en un terreno más elevado, ya Jaime Balmes afirmó lo que seguramente será ya familiar a monseñor Masnou, en el texto que a continuación le recordamos: “Hasta los teólogos más adictos al Sumo Pontífice enseñan una doctrina que conviene recordar por la analogía que tiene con el punto que estamos examinando. Sabido es que el Papa, reconocido como infalible cuando habla “ex cathedra”, no lo es, sin embargo, como persona particular, y en este concepto podría caer en herejía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perdería su dignidad; sosteniendo unos que se les debería destituir, y afirmando otros que la destitución quedaría realizada por el mero hecho de haberse apartado de la fe. Escójase una cualquiera de estas opiniones, siempre vendría un caso en que sería lícita la resistencia; y esto ¿por qué? Porque el Papa se habría desviado escandalosamente del objeto de su institución, conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el dogma, y por consiguiente caducarían las promesas y juramentos de obediencia que se le habían prestado”.

 Si esto, en buena doctrina católica concierne al Papa, con más sobrado emotivo alcanza a un prelado. Monseñor Masnou verá lo que le atañe. Y si él no es juez adecuado en la cuestión, invocamos la autoridad del Nuncio de Su Santidad en España, de la Conferencia Episcopal y de la propia Santa Sede. Que estudien los organismos competentes los libros de mosén Dalmau Oliver y que, en conciencia y públicamente, nos digan si esto puede reducirse a un informe a tres años vista, en que prácticamente todo quede en agua de borrajas. Y a esperar nuevos libros de Dalmau con nuevos errores, groserías y absurdos para hacer tambalear la fe del pueblo. Si a los pastores les importa -les debe importar- lo que significa la vida espiritual de millares de católicos, opinamos no pueden cruzarse de brazos y callarse olímpicamente. O simplemente con pensar que en un informe publicado en un órgano inasequible prácticamente a la opinión pública, ya se ha cumplido.(…)

 Desde luego el Vich de Balmes está secuestrado y marginado por el Vich de mosén Dalmau. De lo sublime a lo ridículo. De lo glorioso al escándalo neto y favorecido. Pero lo que sobrepasa toda medida no es el hecho anecdótico de la figura y de la literatura (¿) de mosén Dalmau, sino el impunismo y el mecenazgo que dice su Prelado tenerle. Porque en esto estriba nada menos que continúe arruinándose la antigua diócesis de Vích y que se debilite tanto la fe que, incluso, falta ya el pulso para hacer las aplicaciones concretas que según exposición de Balmes, en este caso podrían ya deducirse.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970

 

domingo, 4 de enero de 2026

Las “maravillas” del Año de la Fe

 Artículo de 1967

  ¿DÓNDE ESTÁ EL AÑO DE LA FE?

 Por IJCIS

 (…) Lo que hace España

 La revista «Ecclesia» propone como modelos de mentalidad eclesial a los teólogos que oscurecen los dogmas y combaten las encíclicas.

 La Editorial Católica Nova Terra se encarga de traducir y difundir esa escandalosa y sangrienta diatriba contra la Iglesia que se llama Objetions to Roman Catolicism. A pesar del juicio durísimo y total repulsa de L’Osservatore Romano, se afanan en propagarla, muy apostólicamente, «Incunable».

  Ese mismo periódico sacerdotal nos viene a predicar por la pluma de dos clérigos díscolos y comprometidos «una nueva religión». Es la del hervidero holandés, en cuya vorágine naufragan las encíclicas y… ni las verdades más elementales del Catecismo sobrenadan. 

 «Sal Terrae» y «Ya»  ensayan una canonización anti Vaticano I del apóstata del sacerdocio y de la Iglesia, Charles Davis.

  «Cuadernos para el Diálogo» revista de Ruiz-Giménez, la figura laica española más cotizada (¿?), y, desde luego, más conocida en el ámbito internacional (y la más elevada en el Vaticano), se honra con las colaboraciones de Mosén Dalmáu, desorientador, de posiciones difícilmente conciliables con la doctrina auténtica de la Iglesia, cuya lectura constituye un serio peligro»… (Boletín Arzob. Barcelona). Más de una proposición temeraria, errónea y semiherética (por no decir herética) ha estampado en los Cuadernos el famoso cura (ver ¿Qué PASA, 8-X-66). 

De ahí que sea tan extraña y sorprendente la metódica oposición de la revista al Gobierno español, el que más se esfuerza por adaptar su legislación al pensamiento de la Iglesia. De ahí que no todos comprendan ese tragarse el camello de las herejías doctrinales en su periódico… para después colar el mosquito de discutibles (pero nunca condenables) procedimientos y opciones temporales (del régimen del 18 de Julio).

 Enrique Miret Magdalena, otra figura conspicua de nuestro catolicismo oficial, se había ganado a pulso, semana tras semana, con sus ataques directos e indirectos al juridicismo de la Iglesia esta repulsa inapelable de Pablo VI: «El que siente una aversión preconcebida por las leyes eclesiásticas no tiene el verdadero sensus Ecclesiae, y quien cree hacer progresar a la Iglesia demoliendo simplemente las estructuras de su edificio espiritual, doctrinal, ascético, disciplinar, prácticamente destruye a la Iglesia» (17-VIII-66). Mas, impertérrito, no contento ahora con alabar a los doctores neerlandeses censurados por el Papa, iniciarse en su catecismo y comulgar en sus altares, se revuelve una vez más contra el supremo magisterio… no encontrando nada bueno en la reciente encíclica.

 Los sacerdotes y religiosos de Amistad Judeo-Cristiana, que habían confundido al verdadero Pueblo de Dios con la escandalosa profanación de la iglesia de Santa Rita para «librar de títulos injustificados al buen pueblo de Dios», no se han conmovido ni parecen haber vibrado siquiera ante la increíble blasfemia que en su Boletín (nov-dic. 66) cargan en la cuenta de Juan XXIII y, por eso, y aun con el desmentido oficial de la Santa Sede, ni en este Año de la Fe abjuran de esta sacrílega imputación atribuida a la Iglesia, de “haber crucificado dos veces a Cristo: una en su carne divina; otra en su carne judaica…”

 ¿Quieren ustedes un bello comentario de las apremiantes apelaciones del Vicario de Cristo al sagrado Magisterio? Pues no faltará alguna publicación apostólica y social de los jesuitas (¿?) que escriba (sin que se encienda de vergüenza) en sus páginas: “que la única nota estridente del último Congreso Mundial del Apostolado Seglar en Roma… fue el discurso del Papa” (¡¡!!)

 Como si la confusión fuera pequeña, en la versión castellana del Canon de la Misa se nos dice que la palabra “católica” «estaba en el Canon mucho antes de que existiera como tal la confesión cristiana llamada católica». Se puede desorientar más?

 Por otra parte, las semanas y conferencias sobre ateísmo están radicalmente viciadas de problematismo escéptico, y más parecen encaminadas a turbar a los creyentes que a inquietar a los incrédulos…

 La nueva apologética busca sus argumentos en Nietzsche y Freud, Sartre y Simone de Beauvoir, y no se arredra de llamar traidor al Apóstol, a quien se le ocurrió la peregrina idea de que no teníamos morada permanente: ya que la «idea cristiana -dejarán flotando en el aire- de que el mundo es una peregrinación no es aceptable, porque es una traición al mundo».

 Como ven, es la manera ideal de… orientar nuestras ideas y aspiraciones al cielo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Jurar por Dios una ley contraria a Dios reviste sacrilegio

 Artículo de 1978

 EL REY  ESTA VEZ NO JURA

EDITORIAL

 Se debate estos días la conveniencia o inconveniencia de que el rey jure la Constitución, cuestión posiblemente resuelta cuando este breve artículo sea publicado, si es que no le amordaza antes el temor a posibles represalias del Gobierno.

 Sobre el asunto debatido cabe hacer dos consideraciones:

PRIMERA. La Constitución, según el cardenal primado (mons. Marcelo González), niega a Dios no sólo de manera nominal, sino efectiva, lo cual quiere decir que no se limita a omitir el nombre de Dios, sino que expresamente expulsa a Dios de la Ordenación Constitucional.

Según otros cardenales y obispos, que en la declaración de la Conferencia Episcopal sobre la Constitución dejaron abandonados a los católicos a su conciencia individual para formar juicio propio en materias relacionadas con la fe y la moral, patrocinando de esta manera implícitamente el “libre examen protestante”, según dichos cardenales y obispos –repito-,  la Constitución omite u oculta el nombre de Dios; omisión u ocultación que no significaría su negación.

 Pues bien: Si aceptamos la versión del cardenal primado, que además es la verdadera, se haría la siguiente pregunta: ¿Cómo el rey puede jurar por Dios una Constitución que niega a Dios? La contradicción es evidente: por un lado admite la Constitución, puesto que se compromete por juramento a obedecerla, pero, por otro lado, la rechaza, puesto que se su compromiso se funda en Dios y la Constitución niega a Dios. El Rey, entonces, quedaría vinculado a la Constitución por el juramento, pero quedaría desvinculado de la Constitución, porque al rechazar ésta a Dios, rechaza el juramento hecho por Dios.

 Si admitimos la versión de los otros cardenales y obispos, se incurre igualmente en cierta contradicción, ya que la omisión de Dios en la Constitución, al ser consciente, premeditada y calculada, significa virtualmente su negación, mientras que el juramento de dicha Constitución implica el reconocimiento expreso de Dios por una Constitución que expresa o virtualmente le niega, resulta contradictorio.

 SEGUNDA. El juramento, como garantía de fidelidad a la Constitución, carece de validez cuando la persona que lo utiliza lo estima como un valor de carácter relativo, es decir, variable según circunstancias accidentales de tiempo y lugar. El acto obliga moralmente a la persona que lo ejecuta a tenor de dos factores: inteligencia o concepto que tenga del mismo, y voluntad o forma de vincularse operativamente al mismo. Si en la inteligencia y la voluntad del que jura no concuerdan sustancialmente con el valor del juramento objetivamente considerado, el juramento es nulo. En el caso de la Constitución que estudiamos, el juramento además carecería de validez, e incluso podría ser sacrílego, porque jurar por Dios el cumplimiento de una ley que infringe el Derecho Divino Natural y Positivo no sólo afecta de nulidad al juramento, sino que además le revestiría del carácter de sacrilegio.


Revista FUERZA NUEVA, nº 624, 23-Dic-1978

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Democracia morbosa (José Ortega y Gasset)

 

DEMOCRACIA MORBOSA 

(José Ortega y Gasset)

 El plebeyismo, triunfante en todo el mundo, tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos.

 Tenemos que agradecer el adviento de tan enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y ruin. ¡Cuántas veces acontece esto: la bondad de una cosa arrebata a los hombres y, puestos a su servicio, olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta. La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.

 Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia, si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un vegetariano en frenesí que aspire a mirar el mundo desde lo alto de su vegetarianismo culinario: en arte censuraría cuanto no fuese el paisaje hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola; en religión no admitiría sino las arcaicas divinidades cereales; en indumentaria, sólo vacilaría entre el cáñamo, el lino y el esparto, y como filósofo, se obstinaría en propagar una botánica trascendental. Pues no parece menos absurdo el hombre que, como tantos hoy, se llega a nosotros y nos dice: ¡Yo, ante todo, soy demócrata!

 En tales ocasiones suelo recordar el cuento de aquel monaguillo que no sabía su papel, y a cuanto decía el oficiante, según la liturgia, respondía: "¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento!" Hasta que, harto de la insistencia, el sacerdote se volvió y le dijo: "¡Hijo mío, eso es muy bueno; pero no viene al caso!"

 No es lícito ser ante todo demócrata, porque el plano a que la idea democrática se refiere no es un primer plano, no es un "ante todo". La política es un orden instrumental y adjetivo de la vida, una de las muchas cosas que necesitamos atender y perfeccionar para que nuestra vida personal sufra menos fracasos y logre más fácil expansión. Podrá la política, en algún momento agudo, significar la brecha donde debemos movilizar nuestras mejores energías, a fin de conquistar o asegurar un vital aumento; pero nunca puede ser normal esa situación.

 Es uno de los puntos en que más resueltamente urge corregir al siglo XIX. Ha padecido éste una grave perversión en el instinto ordenador de la perspectiva, que le condujo a situar en el plano último y definitivo de su preocupación lo que por naturaleza sólo penúltimo y previo puede ser. La perfección de la técnica es la perfección de los medios externos que favorecen la vitalidad. Nada más discreto, pues, que ocuparse de las mejores técnicas. Pero hacer de ello la empresa decisiva de nuestra existencia, dedicarle los más delicados y constantes esfuerzos nuestros, es evidentemente una aberración. Lo propio acontece con la política que intenta la articulación de la sociedad, como la técnica de la naturaleza, a fin de que quede al individuo un margen cada vez más amplio donde dilatar su poder personal.

 Como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Por lo pronto, la contradicción del sentimiento mismo que motivó la democracia. Nace ésta como noble deseo de salvar a la plebe de su baja condición. Pues bien: el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus maneras, con su giro intelectual. La forma extrema de esto puede hallarse en el credo socialista —¡porque se trata, naturalmente, de un credo religioso!—, donde hay un artículo que declara la cabeza del proletario única apta para la verdadera ciencia y la debida moral. En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. (…)

 Si hay empeño en reducir el significado de la democracia a esta obra niveladora de privilegios, puede decirse que han pasado sus horas gloriosas.

 Democracia no es nada si no mira el hombre su obra de democracia tan sólo como el primer esfuerzo de la justicia, aquel en que abrimos un ancho margen de equidad, dentro del cual crear una nueva estructura social justa —que sea justa, pero que sea estructura—, los temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus corazones al pretérito. Vivir es esencial y antes que toda otra cosa, estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.

 Y si antes decía que no es lícito ser "ante todo" demócrata, añado ahora que tampoco es lícito ser "sólo" demócrata.

 Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, sino plebeyo.

 La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.

 A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: le llamó ressentiment. Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas calidades —inteligencia o valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse ante su propia vista negando la excelencia de esas cualidades. Como ha indicado finalmente un glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez en el fruto, y se contenta con negar esa estimable condición a las uvas demasiado altas.

 El "resentido" va más allá: odia la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su lugar triunfa lo inferior.

 El hombre del pueblo suele o solía tener una sana capacidad admirativa. Cuando veía pasar una duquesa, en su carroza se extasiaba, y le era grato cavar la tierra de un planeta donde se ven, por veces, tan lindos espectáculos transeúntes. Admira y goza el lujo, la prestancia, la belleza, como admiramos los oros y los rubíes con que solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es capaz de envidiar el áureo lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el venenoso "resentimiento". En los comienzos de la Revolución francesa una carbonera decía a una marquesa: "Señora, ahora las cosas van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará al carbón." Un abogadete "resentido" de los que hostigaban al pueblo hacia la revolución, hubiera corregido: "No,  ciudadana: ahora vamos a ser todos carboneros."

 Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarde en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para esas criaturas "resentidas", que se saben fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie.  (…)

 Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos "opinión pública" y "democracia" no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.

 (“El Espectador")

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 17516-May-1970


domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967