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domingo, 28 de diciembre de 2025

Subversión en los nombramientos episcopales del franquismo

 Artículo de 1967

 Los derechos de la Santa Sede y el peligro de los de la Iglesia española

 Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI

 Rvdmo. Sr. D. Giovanni Benelli.

Arzobispo Sustituto de la Secretaria de Estado de su Santidad. ROMA


 Excelentísimo Monseñor:

Esta carta abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario ¿QUÉ PASA?

 Somos otro grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V. E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven, apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.

 Nos atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones, porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia, por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae, no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar, a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el plazo de unas horas no puede ser cosa que

ataña a la infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma. Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.

 Cuidado con las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo, carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.

 Continuando su campaña, los mencionados periodistas sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas, que ya los nuevos Obispos incorporados a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado, con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete diócesis, etc.

 Cuidado con escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.» Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la prensa diaria con la noticia de su promoción.

 Prudencia, Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño, obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas cambiaran de signo de tal modo que nuestra unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 


jueves, 25 de diciembre de 2025

Contra falacias “católicas” en favor de la Constitución

 Articulo de 1978

 El señor Attard y su disgusto

 El señor Emilio Attard, presidente de la Comisión Constitucional (…) ha hecho declaraciones a la prensa y ha incurrido en afirmaciones gratuitas y contradictoras.

 Digamos primero al señor Attard que, si es católico practicante, se supone que será “católico, apostólico, romano” y no “católico, apostólico, madrileño”. Lo decimos porque, en sus declaraciones, se apoya en el cardenal de Madrid (Tarancón) y en su vicario general (Martín Patino), amén de la Comisión Permanente Episcopal, pero no le vemos apoyarse, no digo ya en textos conciliares sino siquiera en textos de los Papas. La verdad es que un vicario general no es fuente de doctrina, sino de gobierno (el señor Attard lo sabe puesto que es un ilustre jurista). Un cardenal ya es bastante más, pero aunque alguien haya considerado “papable” a ese cardenal, no es un Papa, ni tampoco una Conferencia Episcopal es un Concilio. Si encima resulta que el cardenal presidente de tal Conferencia (Tarancón) es hombre discutido, incluso por otros cardenales como… Hoeffner en el Sínodo de 1971, habrá que extremar la prudencia y procurar beber en fuentes más altas. Me parece, además, que, incluso, ha elegido mal sus citas.

 Usted, señor Attard, dice que “la Constitución no es atea, porque para serlo tendría que negar a Dios”. Curioso, porque usted sabe que hay ateísmo práctico. Cita usted el artículo 16: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades”. Lo que es tanto como decir que la Constitución no hace suya ninguna ideología, aunque diga que “mantendrá relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”; esto no es hacer suya ninguna creencia, ya que dice que cooperará con todas. La Constitución no tiene ninguna creencia, concordando con el artículo 1º, 2, que declara la soberanía del Pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado, incluso la justicia (art. 17. 1); si usted ve a Dios y a su Ley natural por ahí, dígamelo, porque yo no veo ahí más Dios que el pueblo, ni más ley que su voluntad, ni más justicia que la que se le antoje. Todo eso se llama agnosticismo y laicismo y me parece lógico que lo defiendan agnósticos y laicos; lo que no me parece lógico es que usted lo intente bautizar con la ayuda del cardenal Tarancón y su vicario general. 

Después acude usted al texto de la Conferencia Episcopal, alegando que ha dicho: “No hay ninguna razón grave de carácter religioso”…; bueno, lo que dice es que no hay razón grave, ya que ese mismo texto reconoce reservas sobre estabilidad del matrimonio, protección de la familia y libertad de enseñanza. ¿Que esto no es grave? Puede que no lo sea para dicha Conferencia pero, señor Attard, ¿recuerda lo que el cardenal Poletti y Pablo VI dijeron a los católicos italianos que votaron en pro del divorcio? Pues les llamaron: traidores. ¿Grave en Italia y leve en España?

 Sigue usted citando: “El cardenal Tarancón afirma que si la Constitución coartara la profesión de fe de los cristianos o pusiera trabas a la actuación de la Iglesia, los cristianos estarían obligados en conciencia a oponerse con su voto a dicha Constitución”. Ha elegido mal su cita, porque ni el cardenal agota las causas negativas (no dice que sólo sean dos) ni que en la Constitución no se den, dejándolo a nuestro estudio. “Los cristianos son libres de votar como quieran, pero no por razón de su fe” –añade-. Y esa frase así dicha no dice más que la fe es un límite a ese voto, porque si lo que quiere decir, y no dice, es que a la hora de votar se ha de olvidar la fe, habrá que abrir la Gaudium et spes” del Vaticano II y leer en su n. 36 aquello de “Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras”, y usted es creyente, ¿verdad señor Attard?

 Cita usted a Martín Patino, y vuelve a elegir mal la cita, porque su cita hace radicar el cristianismo no en la mención de Dios “sino en cuanto garantice mejor los derechos y libertades del hombre”. Esto no sirve, porque en primer lugar hay que demostrar que la Constitución garantiza esto, y es claro que no garantiza ni eso, ni nada, puesto que no reconoce un orden moral objetivo por encima de la soberanía del pueblo. Todo queda a merced del poder. Eso es totalitarismo, como dijo hace poco el vicerrector de la Universidad de Ginebra, ¿lo recuerda? Le agradezco que no haya dicho usted nada de eso de la “Declaración Universal de Derechos Humanos”. Me ahorra la réplica de ese gato por liebre.

 Cuando le preguntan sobre familia y divorcio, usted recita artículos y añade: “La ley civil no puede imponer su doctrina a quienes no tienen fe” y que “el legislador civil, aunque sea católico, no tiene por qué elevar a la categoría de norma jurídica lo que es ideal cristiano”. La primera fase debe tener alguna errata, ya que lo cierto es que la ley civil sí que impone su doctrina tanto a los que tienen como los que no tienen fe. La segunda frase es más clara, pero no entiendo como un católico la dice, porque eso es una ley del embudo. 

¿De modo que los no católicos pueden imponernos sus ideales a los católicos, pero los católicos no podemos decir nada? ¿Ha olvidado usted a San Pablo: “Instaurar todo en Cristo” (Ef. 1,10). Pues se lo repite el Vaticano II (G. et S., 45), y antes, en el n, 43, le dice. “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena”. Gracias, otra vez, por no decir nada de aquello del “mal menor”.

 De repente, hace usted una llamada electoral: Lo que tenemos que hacer los católicos es actuar en política y ganar elecciones”. Muy bien, empecemos desde ahora. Yo ya he dicho “no” a la Constitución: lo demás ni me parece democrático, ni tiene sentido. Si tenemos ahora que prescindir de la fe, ¿por qué apelamos a ella para mañana?

 Dice usted, señor Attard, que la Constitución no es abortista, ha abolido la pena de muerte y establece que todos tienen derecho a la vida; pero resulta que hay países que también dicen eso y, no obstante, son abortistas; si con unas Leyes Fundamentales confesionalmente católicas, hoy aún vigentes, ha podido este Gobierno de centro y sus Cortes despenalizar el adulterio, el amancebamiento, la venta de anticonceptivos y la pornografía, dígame usted que harán los del futuro con esta Constitución permisiva, que todos califican de ambigua.

 También nos cuenta usted lo de la libertad de enseñanza. Eso es un hueso tan duro de roer que hasta la benigna Conferencia Episcopal ha manifestado sus reservas. Usted sabe que hay partido que ha hecho cuestión especial de este artículo. Es una libertad “planificada” y con “libertad de cátedra”; un colegio y unos padres católicos tendrán que soportar a un profesor que enseñe ateísmo en uso de su libertad de cátedra. (…) 

Jerónimo Cerdá Bañuls


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978 

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (3) : El escándalo holandés

 Artículo de 1970 

 Celibato sacerdotal : El escándalo holandés

 Parecía que la estupenda encíclica “Sacerdotalís coelibatus” iba a terminar definitivamente con todas las incomprensibles rebeldías que en torno al celibato clerical se habían manifestado de un modo tan audaz e irreverente. Pero los hechos inmediatos probaron lo contrario. Fue mal recibida y encontró fuerte oposición en los medios progresistas de siempre. El Papa -se decía- había procedido solitariamente sin consultar ni a los episcopados, y sin entrar en diálogo con los interesados, los mismos sacerdotes; el principio de colegialidad (entendido a su modo) había sido letra muerta. La cuestión seguía, pues, tan viva como antes. La cuestión vino a agravarse con circunstancias todavía más escandalosas: la encíclica “Humanae vitae” y el lastimoso asunto del Catecismo holandés.

 En este ambiente de rebeldía e indisciplina se comprende lo sucedido en la quinta sesión del Sínodo holandés de Noordwijkerhout, del 4 al 7 de enero de 1970. Una carta del Papa al Episcopado, de fecha 24 de diciembre de 1969, pero hecha pública sólo el 13 de enero siguiente, advertía paternalmente, pero con claridad, a los obispos holandeses que el informe-proyecto -ya permitido por los mismos obispos- iba todavía a poner a discusión temas ya decididos por la Santa Sede y, lo que es más, por el mismo Concilio Vaticano II. El episcopado holandés no cede, sin embargo; y casi no podemos concebir como el cardenal Alfrink pudo decir en su discurso de apertura que el Papa seguía el curso del Sínodo con sus oraciones… El nuncio, naturalmente, se niega a asistir por los mismos motivos; se van a poner en discusión temas ya decididos por la autoridad superior. ¿Qué concepto de autoridad superior tienen los señores obispos de Holanda? En tiempos no muy lejanos esto hubiera ocasionado las más severas medidas disciplinarias por parte de la Santa Sede. Hoy… ¿Qué está sucediendo -se pregunta obviamente el cristiano medio- en la Iglesia para que tamaños escándalos puedan “reproducirse”?

 El Sínodo holandés, contra todo y contra todos, tiene sus sesiones sin cambiar el orden del día. En vano ya el cardenal Alfrink intenta detener la marcha con su diplomático discurso inaugural. Es inútil todo, porque, a pesar de sus reservas en torno a la guarda de la propia responsabilidad y autoridad, el Episcopado holandés mismo es el que crea los hechos consumados que luego le arrastrarán fatídicamente. Efectivamente, de las cinco proposiciones aprobadas por masiva mayoría sobre el celibato, las cuatro primeras deshacen totalmente la disciplina tan solemnemente proclamada por el Vaticano II y por Pablo VI; y la quinta es una auténtica conminación enguantada dirigida al mismo Episcopado para que no se demore en ponerlas en práctica. El Episcopado, naturalmente, no votó; pero, de nuevo, ante el hecho consumado que él mismo se ha creado, ¿qué hacer?; dar  ejemplo de autoridad pastoral y declarar inválidas las votaciones? Pero, entonces, ¿dónde hubiera estado el tan decantado sentido del diálogo entre jerarquía y laicado?

 La tragedia llega por fin. El comunicado del día 21 de enero (¡dos semanas de angustias y de forcejeos con Roma!) puede, sí, sincerarse de la situación compleja en la que se encuentran los obispos; puede, igualmente, cubrir las apariencias, poniendo por delante las situaciones -que se afirman gratuitamente “semejantes” de otros países-… la verdad es que finalmente se acepta el resultado de las votaciones; y que, ya con un “nuevo hecho consumado” se tiene -¡ahora sí y, antes no!- la indelicadeza, la falta contra la colegialidad universal de presentarse -de quererse presentar- a un “diálogo con Roma”…

 Y todo esto envuelto en un concepto de colegialidad “horizontal” ciertamente erróneo, con el que se pretende dar estado de derecho, y aun sustancia teológica a los hechos más escandalosos de la actual indisciplina en la Iglesia, por parte de algunos obispos mismos. Por ejemplo, el cardenal Alfrink, el día 11 de enero -es decir, en el intervalo trágico- hace una interviú al diario milanés “Il Giorno”, en el que, evidentemente ya, muestra que está decidido a aprobar las decisiones del Sínodo. Pero, ¿puede un obispo de la “Catholica” manifestarse de este modo, enfrente de lo ya decidido por el Papa? Es claro, pues, que lo que se pretendía era un hecho consumado, un hecho-punta que pusiera a Roma entre la espada y la pared. El secretariado de la Conferencia Holandesa, en su declaración conjunta con el Secretariado del Sínodo, y en funciones de interpretación auténtica, lo dice con la claridad a la que no se han atrevido los obispos mismos: “por lo que se refiere al celibato, la conferencia de los obispos holandeses se obliga a conformar su línea de conducta pastoral a las recomendaciones del Concilio Pastoral. La aplicación de esta línea de conducta deberá ser realizada en común con el Papa y con los otros obispos”. Esta declaración es sorprendente por el hecho de que los obispos holandeses se juzgan más obligados con su pueblo que con el Papa. Con éste van a tratar, y desde un concepto de colegialidad errado, no ya el mismo hecho, sino el modo de aplicación. Esto es inaudito y será objeto del espanto de la historia de la Iglesia contemporánea.

 Ante esta posición, verdaderamente irritante, de la pequeña Iglesia “en” Holanda, la reacción ha sido clara y contundente entre los demás Episcopados: fuertes declaraciones en contra de los cardenales Journet, Bengsch, Danielou y Marty; cartas abiertas de obispos ilustres al cardenal Alfrink: Madrid, Sigüenza (para no hablar de la carta sibilina del señor obispo de Huelva); muchas conferencias nacionales y regionales: Francia, España, Suiza, Italia, países africanos, obispos belgas, valones, EEUU. Ha habido excepciones lastimosas: Suenens y Plourde, presidente de la Conferencia canadiense. Pero el cardenal de Berlín, Bengsch, mostraba todo el fondo del problema cuando advertía que toda la cuestión del celibato había sido encuadrada en un contexto de ideas subversivas sobre el sacerdocio, sobre el orden y sobre la Iglesia, que no podrían ser aceptadas por una comunidad de fe católica. Mucho menos cuando esta comunidad “da la impresión de querer reducir cada vez más los lazos de fidelidad y de obediencia que unen a todo obispo y a todo sacerdote al Sumo Pontífice a una relación consultativa, que no comporta compromiso alguno”.

 También la reacción del Papa ha sido esta vez decisiva: la carta al secretario de Estado muestra toda la amarga desilusión ante un Episcopado y una Iglesia hacia la que Pablo VI había demostrado toda la comprensión posible. Reafirmando de nuevo la disciplina eclesiástica tradicional, hace una alusión a la posibilidad de examinar en el futuro la conveniencia de ordenar a sujetos ya casados en circunstancias especiales; por más que el Papa no deje de formular serias reservas sobre esta posibilidad.

 Pero la resaca continúa… y tendremos que ocuparnos todavía de este asunto. Ahí está la carta de los 146 sacerdotes de Madrid como contrapartida a la carta del sr. arzobispo Morcillo; ahí la otra carta abierta del grupo alemán de la BRD; ahí el grupo progresista argentino; ahí también el grupo de teólogos romanos de Settegiorni… ¿Por qué no decirlo abiertamente? ¿Dónde está el fondo de la cuestión y por qué no plantearla con toda sinceridad? Intentaremos hacerlo en la próxima y última colaboración.

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970 

 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Incesante subversión en la Iglesia

 Artículo de 1967

 QUIEREN HACER DE DIOS, A LO MÁS, "EL CAMARADA DIOS”

 LAS PILDORAS ANTICONCEPTIVAS Y UNOS JESUITAS INCONCEBIBLES

 Acaba de llegar a mis manos la revista «América», editada por los jesuitas de los Estados Unidos de Norteamérica y del Canadá, cuyo número dedicado al Sínodo Episcopal ha publicado nada menos que un editorial pidiendo el cambio de la posición de la Iglesia respecto a los problemas del control de la natalidad, titulado «Anticonceptivos y Sínodo Episcopal».

 Sus autores hacen suya en «América» una postura extendida, según ellos, entre médicos «católicos». En dicho editorial se cita a «un importante médico católico», al que no se nombra: «En mi opinión, los anticonceptivos son indispensables para una vida sana de la familia católica. Digo bien: indispensables.» Esta defensa de los anticonceptivos sitúa a la revista «América» en posición doctrinal y moral contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Abiertamente se sitúa la revista jesuítica citada contra el Magisterio Pontificio cuando, seguidamente, afirma: «La mayoría de matrimonios no puede realizar los valores que la Iglesia proclama como componentes del estado matrimonial, si no pueden practicar, en ciertas situaciones—que «América» no expone—, el control de la natalidad. La Iglesia tendrá que cambiar, sea respecto a los anticonceptivos, o sea respecto al matrimonio. mantener ambos criterios es imposible para la Iglesia en el tiempo actual.»

 Los progresistas franceses, con la «doctrina» citada, sustentada por los jesuítas en su órgano «América», no pueden disimular su extraordinaria satisfacción y coincidencia. Y no digamos del progresismo alemán. «Herder korrespondenz» del pasado noviembre se ocupa también del tema del uso de los anticonceptivos, considerando despectivamente—como si sus oponentes doctrinales fuesen poco menos que unos atrasados mentales—que «todavía quedan médicos alemanes que respetan la doctrina papal, que aún condena rodo control artificial de la natalidad, sin tener en cuenta que en el empleo de los anticonceptivos se descubren, en ciertas situaciones, valores humanos tanto positivos como negativos».

 Lo más grave aún es el silencio de muchos obispos en tan importante materia, permitiendo se divulgue el error, en espera de que el Papa tome una definitiva solución. Como si a este respecto no existiesen anteriores enseñanzas pontificias.

 EL VANDALISMO, EN ACCION

 Las extravagancias litúrgicas van en aumento. «Temoignage Chretien» difunde su júbilo por la sistemática demolición de que viene siendo objeto toda la liturgia católica. Replicando a dicho semanario marxista-progresista, el Presidente de «Una Voce», de Lyon, monsieur Veyrat, ha calificado a tales innovaciones, muy justamente, de «indecence». Sin pelos en la lengua les dice: «Gracias a vosotros y a vuestros acólitos, los artículos 36, 54 y 116 de la «Constitución sobre la Sagrada Liturgia» son sistemáticamente olvidados y deliberadamente violados. La subversión litúrgica llevada a cabo por una banda de vándalos ha conseguido su objetivo: destruir el sentido de lo sagrado y transformar a Dios en un camarada.» «Temoignage Chretien» del 23 de noviembre (1967) le contesta a Mr. Veyrat lo siguiente: «Nos consuela el pensar que «nuestros acólitos» y la «banda de vándalos», en materia de violación de la Constitución Litúrgica aprobada por el Concilio Vaticano II, son precisamente nuestros Obispos.»

 Desgraciadamente, es la pura verdad. Hace ya demasiado tiempo que en ellos se escuda el progresismo. Lo cual prueba que la causa de tanto desastre radica en un estrato muy superior al del Episcopado. El «Consilium», y quien goza de autoridad encima de él, son los culpables de tanto desbarajuste.

 LA LIBERTAD RELIGIOSA, OBJETIVO CUMPLIDO

 Hasta hace algunos meses, el clamor en pro de la «libertad religiosa» resonaba en todos los ámbitos de la Iglesia. Desde Francia se veía bien claro que los disparos iban dirigidos contra España. A la unidad religiosa y a los países que—como España— profesaban en el espíritu de sus leyes la unidad católica, se les sentó prácticamente en el banquillo de los acusados en el Concilio. Algún día podrá saberse exactamente la virulencia y el alcance de los ataques de que fueron objeto los Obispos españoles. Pero desde que dichos países—concretamente, España—adoptaron su legislación a la nueva orientación de la Iglesia acordada en el Concilio, enmudecieron las cajas de resonancia antiespañolas igualmente instaladas fuera que dentro de la Iglesia. Una vez conseguido el objetivo de la libertad civil en materia religiosa impuesto por el Concilio Vaticano II a las naciones que profesaban en materia de unidad católica la doctrina que hasta entonces había enseñado la Iglesia, ya no ha vuelto a hablarse más de libertad religiosa. Los objetivos habían sido alcanzados.

 Los sectores franceses fieles a la integridad doctrinal de la Iglesia Católica han captado perfectamente la maniobra. (…)

 «TEOLOGIA RADICAL DE LA MUERTE DE DIOS»

 Mientras la mayoría de las publicaciones católicas han concedido sus elogios al comunismo con motivo del cincuentenario de la Revolución de Octubre, la revista «Exil et Liberté» ha recordado con tal motivo el carácter satánico del comunismo, no sólo por sus violencias y asesinatos, sino que también por el crimen cometido contra las inteligencias y contra los sentimientos para alcanzar una total desnaturalización del hombre, presentada como una liberación de la idea y del concepto de Dios. Efectivamente, el progresismo dominante está extendiendo con rapidez galopante su «teología radical de la muerte de Dios» y su «purificación de la fe», que nos presenta a un Cristo identificado con la humanidad material, y a los hombres como las únicas «piedras vivas», como si los sacramentos no hubiesen sido instituidos por Jesucristo y el sentido de lo sagrado hubiese ya desaparecido y hasta ahora hubiese sido el más grave error mantenido por la Iglesia durante dos mil años.

 Por eso se nos predica desde ciertos púlpitos que «la noción de lo sagrado está a punto de fracasar definitivamente porque es sustituida por el progreso de las ciencias físicas, las ciencias humanas y las estructuras sociales...», expulsando de la ciencia de los hombres el sentido de lo sobrenatural, «desmitizando el contenido de la fe y la persona de Jesús». Impunemente se puede negar la Divinidad de Jesús en un púlpito católico, y no pasa nada. Antes al contrario, se felicita a quienes predican «la transformation profonde de l’image que l’on se fait de Dieu»; son elogiadas «ciertas formas de ateísmo que son, para muchos «cristianos», un aliento sugestivo». En resumen: es la apostasía, la demencia, el auténtico satanismo y, en suma, el conjunto de todos los errores.

 También el enemigo pretende que la Iglesia haga su Revolución de octubre. (…)

  A. ROIG

Toulouse, diciembre de 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Conferencia Episcopal: su auto-desprestigio preserva nuestra fe

 Artículo de 1978

CONFERENCIA EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE 

 “Guías ciegos” llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie” de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón, componen hoy la Asamblea Episcopal Española.

 Afortunadamente, el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz político.

 ***

Una demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia asumió como propia y merece comentarse.

 El enfoque moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal, que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.

 Por lo que concierne al punto primero, el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la Constitución no es su conformidad o disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades, etc., según sostiene la Conferencia en el número tres de su Nota, sino la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es falsa y errónea.

 Por lo que concierne al punto segundo, sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa, que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras, si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la Constitución, según su conciencia. La afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para que la Constitución sea moral tiene que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo tengan.

 Pues bien: según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios por la del pueblo; que el  art. 117 coloque en la voluntad popular el origen de la justicia; que el art. 32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular, abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus hijos!

 ***

La “orientación moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.

 Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978