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miércoles, 17 de diciembre de 2025

Subversión y "contestación" jesuítica al P. Arrupe

 Artículo de 1970

 El P. Leita, “contestatario” del P. Arrupe

 El padre Juan Leita, jesuita, desgraciadamente bien conocido de nuestros lectores por su libro anticatólico “El fonament irreligiós de l’Esglesia”, ha “contestado” con ocho afirmaciones al padre Arrupe, en su anunciada visita a los jesuitas españoles.

 Al padre Leita le nombraron sus actuales superiores profesor auxiliar de Sagrada Escritura en la Facultad de teología jesuítica de San Cugat del Vallés, al mismo tiempo que condenaban al ostracismo a otros beneméritos profesores del mismo centro. Hoy, ese mismo profesor Leita es un “rebelde” y “contestatario” contra los mismos superiores que lo encumbraron. Sus últimas actuaciones públicas han sido las declaraciones hechas al vespertino “Tele-Exprés”, el 5 del pasado marzo (1970), en las que desautoriza al padre Arrupe en vísperas de su visita a España.

 Las declaraciones de Leita son ocho “contestaciones” que suponen una toma de posición frente al padre Arrupe. Aunque su interés intrínseco es nulo, tienen el valor demostrativo de la descomposición interna de la gran Orden ignaciana. Leita pone de manifiesto el profundo descontento que existe en la gran mayoría de los jesuitas españoles jóvenes y el estado de inconformismo general que se da en los jesuitas de todos los niveles ante la ineficacia del gobierno del padre Arrupe. En entrecomillado citamos literalmente las “contestaciones” del Padre Leita numerándolas correlativamente.

 1. “No sé cuál es el motivo de la visita del Padre Arrupe a España”.

 De entrada, se le dice al padre Arrupe que su viaje carece de motivación. Ese viaje se mira, pues, con indiferencia, sin interés alguno. ¡Magnífica unión de los subordinados con su General!

 2. “Yo no la creo necesaria, ya que todo hace pensar que ser una visita al estilo clásico: causar impresión en los súbditos a base de discursos y charlas de café”.

 La repulsa del modo de proceder del padre Arrupe es manifiesta. Se pone en la picota su manera de “gobernar”: palabras, cartas, discursos, muchas secularizaciones y fracaso de su gobierno. Para que no quede ninguna duda, Leita lo relata en la siguiente afirmación:

 3. “Si ese sistema fuera bueno, seguramente no hubiéramos llegado a la situación actual”.

 Hay un hecho evidente que hace resaltar Leita. La actual situación es deprimente y desastrosa, y la inmensa mayoría de la Compañía en España, por una razón o por otra, está descontenta del sistema del padre Arrupe. Se ha perdido la confianza en él. En este punto hay unanimidad entre todas las llamadas “tendencias”. Incluso entre los mismos actuales superiores es voz común que se lamentan de la falta de apoyo que encuentran en Roma para los actos de gobierno en favor de que se cumplan las Constituciones de la Compañía. De ahí su deseo de abandonar cuanto antes los cargos de gobierno que ocupan.

 Eso no son suposiciones gratuitas. Los números cantan con una elocuencia aplastante. Se trata del “Survey”, encuesta realizada entre los jesuitas españoles. De los 3.900 jesuitas españoles, respondieron al cuestionario 1.775, es decir, un 45%. Y esto pese a las presiones y cartas de los Provinciales. Más de la mitad de los jesuitas españoles, en un asunto tan grave, se abstuvieron y mostraron una total indiferencia o desencanto por el actual sistema de gobierno de la Orden.

 Hay algo más grave aún: la mitad de ese 45% que responde está en disconformidad con la actual Compañía del padre Arrupe. Solamente el 50% contestaron que estaban “plenamente o bastante” conformes con el gobierno del padre Arrupe. Es decir, que la base de apoyo que tiene el padre Arrupe y sus inmediatos colaboradores, entre los jesuitas de España, apenas llegan a la cuarta parte. En este punto tiene razón el padre Leita. Un mal tan profundo y un descontento tan universal no se arreglan con charlas de café y con viajes triunfalistas.

 4. “Un posible motivo podría ser la dimisión propuesta por algunos jesuitas”

 Leita sabe muy bien que esos “algunos” son centenares y centenares, que no se atreven a pedirlo públicamente por temor a la represión interior. La mayoría de los jesuitas no tienen los apoyos de Roma y del Arzobispo de Barcelona, que tiene el padre Leita, para poder manifestar públicamente su pensamiento. Pero Leita apunta algo que es evidente: el padre Arrupe intentará frenar la sangría que supone para la Compañía de España la continuada salida de jesuitas, que suman ya varios centenares, en su mayoría jóvenes, y que son parte de los 2.000 y pico que han salido de la orden durante el actual desgobierno.

 Para que no siga esa sangría se ha propuesto la división. La han propuesto hombres de gobierno, de experiencia, personalidades relevantes de la Orden, hombres maduros y jóvenes. No se ha querido hacer ningún caso. Antes al contrario: el nombramiento de un Superprovincial para todas las provincias jesuíticas españolas pretende ahogar definitivamente la tentativa. Pero la preocupación manifestada por el propio Sumo Pontífice, reconocida en carta colectiva por el mismo padre Arrupe, y la respuesta afirmativa a la Santa Sede de 51 obispos españoles -más de la tercera parte del Episcopado español-, que respondieron afirmativamente al deseo de que la Compañía de España se dividiera, no es cosa que se puede ocultar sin más.

 Las salidas de la Orden son constantes. El recientísimo caso del P. Ferrer, misionero hasta hace poco en la India, que fue jaleado en su reciente venida a España por los superiores jesuitas, y que acaba de unirse con una señorita inglesa, ante un pastor protestante, sin que se enteren sus superiores de su salida y del abandono del sacerdocio, es una comprobación lastimosa de lo que viene sucediendo. Por lo visto, la señorita Anne Perry estaba mejor enterada de las actividades e intenciones del ex padre Vicente Ferrer que su propio provincial, Juan Masiá, Provincial de la Compañía de Jesús en Bombay. ¿Hay o no motivos de división? Son preguntas que podría contestar, por ejemplo, en pública comunicación a la prensa el padre Valero, Provincial de España.

 5. “Pero esto -la división- puede resolverse directamente desde Roma, simplemente reflexionando sobre la alternativa de permitir un sistema fracasado o animar a todos a un programa saludable”.

 Vuelve a insistirse en la ausencia de motivación en el viaje del padre Arrupe, pese a todo. Leita reitera que ese 75% de jesuitas descontentos del padre Arrupe no esperan de él discursos sino actos de gobierno. Y se le dice paladinamente que su sistema de gobierno ha fracasado. ¿Soluciones? Leita, que es un radical del modernismo teológico, empuja al padre Arrupe en la dirección de su corriente, para llegar a las últimas consecuencias. No afirmó el padre Arrupe en la Universidad Católica de Washington que la compañía existía para defender la libertad? Pues, según Leita, debe seguir acelerando en esa dirección. El padre Arrupe no puede ya retroceder.

 6. “La base de este progreso debería ser una libertad casi absolutamente para todos los miembros de la Compañía, para dejar así que surjan las personalidades reales dejando que éstas trabajen, sin dirigirlas ni sofocarlas. Luego ya veremos hacia qué forma más estructurada y concreta debemos ir. Y esto habría que dejarlo hacer con paz y tranquilidad. No creo que la Compañía pueda tener ahora otro objetivo más concreto que éste”.

 La casi absoluta libertad quiere decir que no ha de haber reglas, constituciones, normas, superiores, votos, historia que respetar. O que el elemento jurídico y los superiores no sean más que figuras decorativas que presidan la pura yuxtaposición de clérigos sin ningún vínculo entre sí. La Compañía actual, de tumbo en tumbo, se ha quedado sin mensaje, sin objetivos, sin fin. Es la auto-demolición de la Compañía de Jesús, la institucionalización en ella del modernismo que condena la “Pascendi” y la “Ecclesiam Suam”. Estamos a millones de años luz de la Compañía compacta y unida de San Ignacio. la de las “reglas para sentir con la Iglesia” y la de la seguridad doctrinal.

 7. “Por otra parte, pienso que no hay que marcarse objetivos muy concretos. No puede servir el marcado por el padre Arrupe: la lucha contra el ateísmo”.

 Una vez más se desautoriza al padre Arrupe. El encargo de luchar contra el ateísmo fue voluntad expresa de Pablo VI.  Pero Leita, para que no quede la más mínima duda, reafirma que los jesuitas no han de tener objetivos concretos. Estamos ante el puro subjetivismo, la total anarquía personal. Repitámoslo: la auto-disolución de la Compañía.

 8. “Sí, en cambio, pienso que puede hablarse de una función de la Compañía no como estructura e institución. La Compañía de Jesús -contrariamente a lo que se cree- siempre ha sido una Orden que ha dejado libertad a sus miembros en su acción. Esto es lo que debe ser acentuado”.

 La Compañía de Jesús ha quedado reducida a una “función”… Ese es el resultado de tanto combatir las “estructuras” y del afán de reformar las instituciones. El General, los superiores, para nada sirven: es algo puramente “funcional”, como todo el conjunto de la legislación jesuítica y de cuatro siglos de historia.

 Así se justifican todas las guerrillas, las herejías, los absurdos, el caos. El padre Leita no es un “contestatario”: es la consecuencia lógica de todo un sistema. No es culpa de los “jóvenes”; fueron otros “viejos” los que le prepararon para profesor de Sagrada Escritura de los nuevos jesuitas. Y es el Vicario episcopal del Arzobispo de Barcelona -doctor Marcelo González-, Juan Carrera -ahora implicado en la asistencia a una reunión subversiva en la Parroquia de San Isidro de Barcelona-, quien le premio y galardonó por su libro contra el Pontificado romano, que, a estas horas todavía la autoridad eclesiástica no ha desautorizado ni al autor del libro ni al que actuó como representante personal del Arzobispo. Como asimismo tampoco le ha descalificado por los motivos de su asistencia a la reunión ilegal aludida.

 Hoy se recogen las tempestades de los vientos que sembraron; y después se piensa en arreglarlo con algún sermón de conceptos sublimes, pero continuamente manteniendo a los Leita, a los Carrera y a todo lo que estos personajes significan.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

“El futuro ha comenzado: España volvió donde solía”

 Artículo de 1978 

 “El futuro ha comenzado: España volvió donde solía”

 “Yo no renuncio a ser español y no acepto ni la ruptura de la unidad de España, ni el triunfo sobre mi Patria, sobre mi tierra, sobre mis gentes, del movimiento comunista internacional”, declaró Antonio Izquierdo, director del diario “El Alcázar” en la conferencia pronunciada en nuestra Aula de Conferencias el pasado 7 de diciembre (1978), bajo el título: “El futuro ha comenzado: España volvió donde solía”, dentro del décimo ciclo. (…)

 Comenzó Antonio Izquierdo su conferencia, manifestando que desde el resultado del referéndum nacional venía a proponer una fórmula de análisis de futuro, aportando algunas ideas de cara al mismo, pero para eso hay que detenerse –dijo- en el pasado y en el presente, como punto de partida, porque ya tenemos Constitución, pero a cambio de ella hemos dejado de tener Patria. Hoy sí es un día histórico: España ha cruzado la frontera del futuro, un futuro incierto y oscuro, que nadie puede calibrar con exactitud porque nadie puede calibrar cuál será el rumbo que le aguarda a España.

 “Todo lo sucedido en estos tres años tiene su origen y gestación en ese mismo tiempo. En ocasiones he pensado que el régimen de Franco se labró a sí mismo su destrucción, y no por razones atribuibles al Caudillo. La crisis política sufrida por aquel régimen en febrero de 1957 fue definitoria, pues fue la más importante y decisiva de todas. La tecnocracia ofreció la vía para que España se hiciera sitio en Europa, y así se inició el desarbolamiento del sistema”, aclaró el señor Izquierdo. “Bajo la presión del grupo de López Rodó, quien acaba de conceder su “SI”a la Constitución más laica que ha conocido España, se desmontó todo, también lo más prometedor: el Frente de Juventudes y el SEU. Así, el Movimiento quedó fuera de combate y los sindicatos quedaron al servicio del neocapitalismo. Esto continuó con el “espíritu del 12 de febrero” (1974). Después, los acontecimientos se precipitaron con la enfermedad de Franco y el crecimiento del terrorismo, y el mundo se volvió contra España, con el que colaboró la Iglesia o un sector de la misma. (…)

 Más adelante, volvió Antonio Izquierdo al período de hace tres años, diciendo: “Franco vivió su jornada más estremecedora el 1 de octubre de 1975. El pueblo está con él, pero entre Franco y su pueblo existía ya un enorme vacío y la interferencia de quienes iban a traicionarle a partir del 20 de noviembre de 1975, donde se cerró para siempre la historia del régimen del 18 de Julio.

 “Qué había sido aquel régimen?”, se preguntó el conferenciante, el régimen que abolió los partidos políticos y canceló la lucha de clases y las pugnas separatistas. La historia de ese estado se divide en dos grandes etapas:

1. De 1936 a 1957.

2. De 1957 a 1973.

 El 20 de diciembre de 1973 caía asesinado el almirante Carrero Blanco, y con él se rompe el eslabón. Desde diciembre de 1973, el régimen estaba ya en manos de sus adversarios. “Lo que viene después lo estamos viendo aún”, declaró el señor Izquierdo. Con las reformas y cambios se derribaba un sistema para que viniera otro, de donde sólo saldrá un vencedor: el comunismo internacional. Lo que está claro y no admite ningún género de dudas –continuó- es que ya nadie podrá destronar a Francisco Franco.

 Habló en ese instante de la conducta de los políticos españoles, que han aceptado los riesgos constitucionales pero han votado “SÍ” a la Constitución por respeto a sus intereses personales. Mencionó a Fraga, Areilza y Osorio, a los que pronto les veremos ser portavoces de los sentimientos “nacionales”.

 “No he aludido al tema del terrorismo -dijo en otro momento de su conferencia-, porque éste juega un papel decisivo para los intereses de la KGB. El terrorismo marxista separatista ha sido la palanca para la demostración de la debilidad nacional, que se apunta en su haber una sangrienta victoria: la de hacer triunfar las mil y una banderas separatistas, donde las autoridades esconden la enseñanza nacional y sancionan a quienes la lucen”. ¿Qué hemos de hacer? Lo que nos dijo Girón en su conferencia del cine Europa: unidad de todos y cada uno de los partidos o grupos que conforman esa fuerza nacional capaz de llenar plazas y provocar fervores e ideales. La lucha que tiene planteada España es la lucha por su propia existencia, aunque esto no lo hayan comprendido las instituciones que asistieron silenciosas al cambio”.

 Y prosiguió el conferenciante: “La lucha política vuelve a plantearse entre la España y la Antiespaña, entre el concepto universal y cristiano que ha configurado la existencia de nuestra Patria y el espíritu disgregador a que se anima hoy a sus hombres. Ha llegado la hora de las fuerzas nacionales que en el último momento ponen de pie a España, como en el 2 de mayo de 1808; de las fuerzas nacionales que, siglo y medio después, volverían a congregarse en 1946 en el Palacio de Oriente para proclamar la independencia y libertad frente al mundo entero. Hoy es necesario convocar a los españoles a la comprensión y al entendimiento. Las corrientes políticas nacionales, Tradición y Falange, deben conjugar tradición y revolución, unidad y pluralidad para que nos lleven a un manantial de fe, para que se sienta el sagrado orgullo de ser español, de ser una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo.

 Pero el movimiento de unidad nacional ha de proponerse la reconstrucción nacional y del Estado, y ha de recobrar la libertad perdida y dar contenido al Estado, dentro del marco cristiano que ha presidido desde su origen la vasta civilización occidental, porque no es España lo que está sólo en peligro, son muchas cosas más y entre ellas la libertad. Sólo en ella encontrará el hombre su verdadero sentido de la Historia y del futuro. Para eso es necesario mirar la gravedad de los problemas que nos circundan, y recordemos aquella voz que nos instó en el último momento de su vida a permanecer vigilantes frente a los enemigos de España y de la civilización cristiana, que ya están en nuestro suelo. Dios nos dé animó para saber convertir de nuevo a España en una Patria con proyección y respeto universales”, finalizó Antonio Izquierdo su conferencia, con un ¡Arriba España! como broche.

 Para finalizar el acto fue Blas Piñar quien tomó la palabra manifestando: “Estamos al día siguiente de la Constitución de la discordia, porque no es la Constitución de la reconciliación y la concordia”. Dijo también que, a pesar de la campaña, casi la mitad de los españoles no han refrendado la Constitución. Pero lo importante es saber que no todo está perdido, ya que en todos los momentos importantes España recobró la moral. (…)


Revista FUERZA NUEVAnº 623, 16-Dic-1978


sábado, 13 de diciembre de 2025

Carlismo y Religión

 Artículo de 1967

  CARLISMO Y RELIGION

 Don Javier de Borbón-Parma, el abanderado del carlismo desde el fallecimiento de Don Alfonso Carlos, en 1936, acaba de dar testimonio de lealtad a la Causa y de estar en posesión de la legitimidad.

 La legitimidad real hispánica la reciben nuestros reyes por cuatro conductos. Don Javier la recibió, por una parte, del expreso deseo de su tío Don Alfonso Carlos. Por otra parte, de la Historia y de las leyes dinásticas que forman la Historia adjetiva de la Causa. Por otra, del deseo del pueblo carlista, que así se viene manifestando desde hace muchos lustros y, por fin, del propio ejercicio de la permanente lealtad a la dicha Causa. Los tres primeros conductos de legitimidad, si no fueran acompañados por el último, de nada servirían. En cambio, la posesión del último por sí sólo arrastra tras de sí al pueblo carlista que revalida la legitimidad, y sería suficiente, en ausencia de los restantes.

 En la reciente concentración-romería que ha tenido lugar en el Santuario de Fátima, y al que han asistido varios millares de requetés, Don Javier ha recordado que «los requetés son los soldados de la fe», según los llamó repetidas veces Pío XII. Una muy nutrida representación numérica del pueblo carlista se unió a la familia Borbón-Parma, en una serie de actos de religiosidad profunda en medio «de un mundo en desarrollo y desconcierto», en el que el carlismo «permanece fiel» a Cristo.

 Los carlistas y sus requetés no son soldados de la libertad, de la democracia, del progreso y del desarrollo, sino que son «soldados de la Fe», y siendo soldados de la fe, lo demás se obtendrá por añadidura. Porque cuando los gobernantes tienen sincera y manifiesta fe en Cristo, conceden a sus pueblos la justa libertad, les reconocen las instituciones representativas adecuadas, que son muy superiores a la falsa democracia, y con esas instituciones, basadas en el Evangelio, se logra una paz y un progreso que no está en pugna con la Religión,

 El carlismo no tiene otra solución que ser confesionalmente católico. No surgió para defender a ningún rey, ni tampoco para defender las libertades de los municipios y regiones, ni tampoco para el engrandecimiento de la Patria, sino que como oró Don Javier, los requetés «se levantaron en defensa de la Fe». Donde hay Fe pública y privada, queda salvaguardada la familia y se impide la subversión.

 Nadie como el carlista defiende la Patria. En efecto, ninguna ideología ha dado tantos héroes y mártires en los últimos ciento cincuenta años. Haciendas y vidas, en holocausto de la Patria, ha dado el carlismo. Para los tradicionalistas, la Patria española es una nación que tiene un destino ecuménico, marcado por la Divina Providencia. Para el carlismo, la Patria es una fracción de la Cristiandad, con destino expansivo de su ansia de espiritualidad y de fidelidad a Roma. Por ese concepto de Patria es por el que los requetés de pasadas generaciones lucharon en vida y paz, y por esa misma Patria es por la que el carlismo está en vigía permanente.

 Nadie como el carlista defiende las libertades de las Regiones, de los Municipios y de las Familias y personas. Para el carlismo, la región, el municipio y la familia no son más que las piezas esenciales con las que se construye la Patria. Son «Patrias chicas» para una Patria grande. Cuanto más sólidas sean esas fracciones de la Patria, más segura estará la Patria en su unidad total. Las regiones, comarcas y municipios y familias engarzadas adecuadamente, son la garantía de la seguridad de la Patria. El separatismo, en cambio, si bien se fundamenta en la fortaleza de esas fracciones, las deja sin el imprescindible nexo tan fuerte como la propia fracción, y es entonces cuando se desmorona la unidad Patria, y hace inútil e inservible la fracción separada. El carlismo a esas libertades de las «Patrias chicas» las llama «fueros», y tales libertades no tan sólo tienen la mira de la seguridad y grandeza del edificio «Patria», sino que no cabe olvidar de que se fundamentan en la dignidad de la persona humana, según el catolicismo, y en la doctrina de la «subsidiaridad» tan propagada y defendida por los .Romanos Pontífices. Esas libertades contribuyen a que la cristianización de la sociedad, en sus diversas modalidades y niveles, sea una mayor realidad; hasta el punto de que si los «fueros» sirvieran de pretexto o causa para atentar a los derechos de la Religión, el carlismo sería el mayor enemigo de los fueros y libertades.

 Nadie como el carlista es tan monárquico, porque sabe y cree que sin esa institución de Rey, España caería en poder de la subversión y de las fuerzas del ateísmo, liberalismo, materialismo y laicismo. La experiencia histórica así nos lo enseña, y el carlista intuye la Historia y, además, no la olvida. El carlista no es monárquico, para defender la existencia de esa institución llamada «REY», sino porque siempre ha tenido rey que haya defendido la Causa carlista, y solamente con esa institución real, ve la posibilidad de que haya una continuidad histórica. Si la Monarquía, en un momento dado, no sirviera para garantizar el destino religioso de la Patria, el carlismo dejaría de ser monárquico.

 Resumiendo la doctrina carlista, diremos que la RELIGION ES EL FIN la PATRIA y los FUEROS SON LOS MEDIOS PARA EL INDICADO FIN, y el REY ES EL MEDIO PARA EL FIN PRIMORDIAL Y SUS INDICADOS MEDIOS, CONJUNTAMENTE

 De una defectuosa interpretación de esta doctrina o postura política, se puede llegar a la conclusión falsa de que el carlismo pretende que «la Iglesia sea carlista». La realidad es muy otra. Para el carlismo, la Iglesia debe ser apolítica totalmente, esto es, no debe mezclarse en las luchas de los hombres y sus grupos sobre la forma de realización del gobierno y régimen temporal. Este apoliticismo de la Iglesia que defiende el carlismo no entraña necesariamente la aconfesionalidad del carlismo. Parece extraño, pero así es. La Iglesia no tiene por qué ser carlista, pero el carlismo sí tiene que ser necesariamente católico.

 Lo explicaremos con un ejemplo. La Iglesia, verbigracia, no tiene por qué inmiscuirse en un debate sobre importaciones y exportaciones, entablado entre las Cámaras de Comercio y las Cámaras Agrícolas. La Iglesia no puede pronunciarse en favor ni en contra de unas u otras Cámaras, pero tales asociaciones para la doctrina carlista deben ser católicas, porque en sus Estatutos o Reglamentos nada debe pugnar con la doctrina de Cristo y, además, deben contribuir a que sus asociados actúen como buenos católicos, tanto privadamente como en vida colegiada. Este es el servicio del carlismo a la Iglesia, que se entrega al servicio de la Religión, sin pedir nada. Como es lógico, agradece y estima el que miembros de la Iglesia—no la Iglesia— se percaten de la doctrina que no tiene otras miras que el Reino Social de Cristo en la tierra. 

El carlismo busca y pretende que todas las actividades humanas estén saturadas de un auténtico sentido cristiano, que busque, al propio tiempo, que la religiosidad, una paz y un progreso que sirvan de concordia entre los hombres que forman la gran familia cristiana.

 *****

El desvío de esa doctrina, en cuanto tal apartamiento suponga una ideología contraria, debe considerarse como de una traición a la Causa. Cuando así sucede, hay falta de fidelidad a la doctrina que se recibió para guardar, defender y propagar.

 El carlismo debe custodiar, «cueste lo que cueste», el tesoro de la Tradición, según los que han formulado la doctrina carlista y los reyes que la han consolidado y promulgado, y que nosotros hemos resumido. En todo tiempo ha habido carlistas que han intentado modificar la Causa, pero hoy los hay más que nunca y con más poder informativo y expansivo del error y del desvío. Si quienes desvían la doctrina son los que están más obligados a defenderla inmaculada y ortodoxa, entonces surge una falta de fidelidad a la Causa, y a esta falta de fidelidad es a la que llamamos traición, que puede ser por ignorancia o por mala fe.

 Nosotros, «cueste lo que cueste», lucharemos por la fidelidad a la doctrina con todas nuestras energías, aun a trueque de recibir ingratitudes y persecuciones. No entra en el modo de ser carlista el parapetarse ante una dificultad o el huir por temor a las persecuciones.

 Con nuestra difícil y arriesgada postura, contribuiremos a la meta que Don Javier Borbón Parma ha señalado en Fátima, la de «que podamos entregar a las jóvenes generaciones que nos siguen, una Fe firme en Dios y un amor grande y filial a la Virgen.» Nosotros así esperamos que sea, a pesar de todos los obstáculos que se presentan, porque el carlismo, mientras siga fiel a su Causa —mientras no haya traición—no morirá, porque es inmortal. El pueblo carlista jamás traicionará la causa, porque sería traicionarse a sí mismo.

  Roberto G. BAYOD PALLARES


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967  

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

El “Novus Ordo Missae” (1969)

 Artículo de 1969

 EL NUEVO “ORDO MISSAE”

 Los fieles preguntan sobre el futuro de la Santa Misa. Ha empezado la nueva liturgia en varias iglesias, por vía de ensayo, y la impresión general no es agradable, es extraña. Es posible que, después de algún tiempo, se acostumbren los fieles y se les haga familiar el nuevo rito. Pero no se trata de costumbres, de gustos, de impresiones. Se trata de dar expresión al dogma.

 Liturgia no es otra cosa que la manifestación sensible del contenido revelado. Tiene la liturgia razón de signo y concreta una relación de orden entre la cosa sensible, persona, objeto, acción y la cosa espiritual. Sacrificio y Sacramentos son signos simbólicos, realidades estupendas, “signos eficaces” de la vida divina. Los Apóstoles, antes de dispersarse, formaron su Símbolo; era un catálogo de verdades, pero era, al propio tiempo, un signo sensible de la fe profesada, lo que diríamos hoy “santo y seña” del cristianismo; para reconocerse, exigíanse mutuamente el símbolo: “da signum, da symbolum”. Es de admirar el esfuerzo del cristianismo en sensibilizar la profunda ideología de nuestra Religión.

 Cuando la fe ha sido vivida profundamente, la manifestación simbólica ha sido espléndida. Los siglos de cultura teológica vieron también el florecimiento más asombroso del simbolismo artístico; el genio cristiano había encerrado en él todo el tesoro de la verdad histórica, dogmática y moral, la Biblia y la hagiografía. El rito litúrgico, con sus signos y símbolos, ha templado las austeras lecciones de filosofía y teología cristiana, ha intervenido “en la enseñanza de los humildes, es el punto de unión donde el pensamiento de Dios llega al alma humana por un intermediario material”. El Sínodo de Arrás (1025) había dicho: “Lo que los literatos no pueden comprender por la escritura, se les debe enseñar por la pintura”.

 Cuando me preguntan mi opinión sobre el “Novus Ordo”,“a priori” puedo afirmar que dejará mucho que desear. Y la razón consiste, o radica, en el “vacuum” religioso de nuestros días, que nos hace sufrir al ver el desenfreno ideológico lanzado a la apostasía y al materialismo dialéctico. La verdad revelada tiene que expresarla el cristiano, el católico, con gestos, palabras, símbolos, acciones. Pero si la vaciedad es general, si la Iglesia está enferma, si el dolorido grito de Su Santidad nos habla de falta de oración, de desacralización, de deserciones sacerdotales sin cuento; si una corriente en la Iglesia, a nivel episcopal, se entrega en manos de sociólogos laicos, para los que “la gracia sobrenatural y la presencia vivificante de esa gracia son, si acaso, bellas palabras de un diccionario fantasmal, pero no realidades de luz, sangre y verdad”; si los sacerdotes, aunque en minoría, se avergüenzan de serlo y están en puestos claves, sin excluir altas esferas vaticanas, ¿qué lenguaje será el que traduzca sensiblemente, en el rito, el gran Sacrificio Eucarístico?

 Si se masca la falta de “impetus sacer” en los silencios responsables de Jerarquías indiferentes a las herejías y apostasías; si los cristianos sencillos y, sobre todo, católicos intelectuales se están quedando sin el pan de la doctrina y de la “realidad de Cristo”(Muñoz Alonso), ¿no seríamos muy optimistas si quisiéramos voltear campanas ante la nueva liturgia que empezará en noviembre (1969)? La Iglesia está enferma y, con ella, nosotros. ¿No se reflejará la anemia religiosa en el “Novus Ordo”? Mucho me temo que sí.

 No es extraño que miles y miles de sacerdotes se hayan dirigido al Santo Padre pidiéndole se conserve el rito y liturgia de San Pío V, junto a las nuevas rúbricas de la Santa Misa. El nerviosismo es general hasta el punto de que muchos prelados nos aconsejen “no temer” que el Santo Padre intervendrá e interviene constantemente en los problemas que se plantean en el Sínodo Romano”, etc., etc. Nosotros es lo que queremos de corazón: QUE INTERVENGA CON ENERGÍA TANTO EN LO LITÚRGICO COMO EN LO DOCTRINAL, ANTES DE QUE SEA TARDE.

 No podemos ni debemos criticar el “Novus Ordo” en plan negativo, sino constructivo. Consideramos muy constructivo el mantener la Misa de Pío V, aunque nos sujetamos a lo que diga el mejor criterio de nuestro Santo Padre. Nuestra petición se fundamenta doctrinalmente en los puntos siguientes, entre muchísimos otros que se podrían aducir:

 1º- El Culto Eucarístico es el núcleo central de todas las acciones de la Iglesia, es lenguaje de un contenido infinito, el canal por el que lo divino va configurando nuestra alma, en un proceso santificador constante.

 2º- En épocas de crisis doctrinal, como la presente, se precisa utilizar todos los resortes psíquicos, tanto de la inteligencia como de la voluntad, para conectar con las fuentes reveladas, que nos dan una visión clara de los Principios y Criterios Teológicos Sacerdotales, y fortalecen la voluntad con la virtud sobrenatural que nos proyecta a Cristo. Si claudica el pensamiento, le sostiene la voluntad; si la sensibilidad se extravía, la encauzan, con su luz y su fuerza, la inteligencia y voluntad. Todo el poder de nuestro espíritu debe ponerse en vilo para contener la irrupción del mal por el punto más endeble.

 3º- La Liturgia de la Santa Misa del Papa San Pío V ha educado a generaciones y ha engendrado hábitos para el ejercicio de las virtudes, indispensables siempre pero, sobre todo, en tiempos de claudicación general.

 He leído el “Novus Ordo” y noto que el concepto de UNIDAD ha desbordado el campo litúrgico hasta el extremo de que un “hermano” de Taizé, Max Thurian, haya afirmado que con el “Novus Ordo”, los no católicos podrán celebrar la Eucaristía con las mismas oraciones que los católicos. Pero lo primero no es la unidad, sino la doctrina. Por mantener la unidad no se puede claudicar ni ceder en lo doctrinal, aunque sea en parte y no del todo esencial, pero se le acerque. No es el camino para atraer a los “hermanos separados”. Cuando la reforma protestante repudiaba el dogma de la Real Presencia de Cristo en la Eucaristía, mataba, por este hecho, el simbolismo católico; porque si el templo no es la casa de Jesús, podrá ser un museo de curiosidades artísticas en donde estará ausente la verdad y la vida.

 El Concilio de Trento opuso toda la fuerza de la Tradición y todo el empuje de su autoridad al frío protestantismo que intentó hacer tabla rasa al simbolismo litúrgico eucarístico. Con otras palabras: en la confección del “Novus Ordo” ¿no se ha tenido demasiado en cuenta el complacer a los protestantes? Nos pone en guardia la apreciación del “hermano” de Taizé.

 Para que el “Novus Ordo Missae” produzca los efectos espirituales que deseamos, tendremos que partir de principios muy firmes y sobrenaturales de los que hablaremos en otra ocasión.

 Fr. Miguel Oltra, O.F.M.


Revista FUERZA NUEVA, nº 143, 4-Oct-1969 


martes, 9 de diciembre de 2025

Nulidades sobre la que se asentaba el Proceso Constituyente

 Artículo de 1978

 Nulidades sobre la que se asienta el Proceso Constituyente (*)

 (…) Por efecto de la conocida propaganda apabullante hecha en favor de los mitos liberales y democráticos del más rancio y anacrónico constitucionalismo (desastrosamente fracasado en nuestra patria tras siete ensayos del sistema, impuesto desde 1808 hasta este de 1978, para sojuzgarnos, por las potencias imperialistas dominantes), se le han hecho creer a nuestro pueblo varias mentiras; se le han ocultado muchas verdades, y se le ha despojado de grandes bienes con trucos como los que se emplean para engañar a los niños.

 Se hizo crear al pueblo por el referéndum de 1976 que sólo se trataba de perfeccionar el sistema institucional del Estado español. El presidente Arias dejó preparado el terreno hablando siempre de la gigantesca obra de Franco. Todo el aparato reformista del presidente Suárez se montó, como no podía ser de otra manera, tomando y pregonando como fundamento la legitimidad única existente: la de la Monarquía católica instaurada sobre las bases firmes y conocidas del Principio VII de la Promulgación de 1958.

 La Ley para la Reforma política (1977) se planteó, según declaraciones oficiales y promesas solemnes, como una Ley Fundamental sometida a los citados Principios, y como tal la aprobaron las Cortes Españolas ante las que el procurador ponente señor Fernando Suárez recalcó que con ella se reafirmaban los Principios más esenciales. Y el ministro de Justicia, Landelino Lavilla, empeñó su palabra diciendo que no se pretendía con esa ley ninguna derogación del Ordenamiento existente, sino una nueva pieza inserta en el conjunto de las siete Leyes Fundamentales anteriores. Por eso pudo considerarse innecesario el trámite preceptivo -cuya omisión invalida radicalmente dicha ley, según se adujo oportunamente por varios contrafueros- de someter en el proyecto elaborado por las Cortes al Consejo Nacional, para el dictamen sobre si vulneraba no los Principios del Movimiento.

 Después, se ha mentalizado a la gente hasta el extremo de hacer creer gratuitamente que la hueca democracia formalista sea un sistema perfecto al que todos los regímenes deben reconducirse, manteniendo al pueblo en la ignorancia de ser radicalmente incompatibles sus principios con los del sistema implantado por la revolución española (**), que, con su democracia orgánica, son mucho más modernos y perfectos; pero, sobre todo, esencialmente cristianos por basarse en la existencia de realidades históricas, espirituales, religiosas, naturales, sociales e institucionales que todo orden político tiene que reconocer, so pena de insertarse en la trayectoria contrahistórica de los materialismos humanistas antropocéntricos del tipo racionalista sin Dios, adoptados por los sistemas democráticos en pleno fracaso o declive, que culminan necesariamente en los regímenes comunistas por la fuerza lógica de una dialéctica consecuente, sin hipocresías burguesas ni pudibundeces democristianas.

 Por culpa de cultivar esa ignorancia entre el pueblo, ocultando la realidad verdadera de las cosas, han ido pasando inadvertidas las ilegalidades e imposibilidades absolutas derivadas de ese empeño absurdo consistente en suponer realizable dentro de la legalidad (como se decía con perversas intenciones) algo así como una “evolución perfectiva” desde un sistema como el español, de coherencia doctrinal con los principios del Derecho público cristiano, hacia el sistema radicalmente contrario de la titulada “democracia”. 

Se ha usado y abusado del tópico embustero de la soberanía del pueblo -que no es tal, sino la masa de electores, el noventa por ciento engañadizos, convocados a votar un día- reducida por supuesto al “sufragio universal” de meros individuos, para hacer creer a favor de masivas propagandas, que, con votaciones a favor de cualquier cosa esta cosa cualquiera queda convertida en la verdad y en la única fuente de toda autoridad. Lo cual es absolutamente falso.

 De aquí la acumulación ingente de nulidades absolutas sobre la que se asienta todo el proceso llamado constituyente y la titulada Constitución, imposible de sanar por votaciones ni aún por referéndum; ni por regias sanciones, ni por el transcurso del tiempo y el posible uso del poder, que no es más que tiranía cuando se ejerce sin autoridad.

 A ese cúmulo de causas de nulidad radical e insubsanable se refiere, en telegráfico resumen, la manifestación de los alféreces provisionales: carácter ilegal y por tanto faccioso de los partidos políticos autores de la proyectada Constitución ya aprobada por ellos (sólo son válidas las asociaciones ajustadas a la ley que regula las de carácter político); consiguiente invalidez de lo actuado por ellos en las Cortes; carencia de poderes constituyentes ejercidos sin título por a ello por el Congreso y el Senado (dualidad de cámaras incompatible con ese pretendido carácter constituyente); convocados como Cortes ordinarias y para el plazo normal de cuatro años y subsiguiente nulidad de todos los actos y disposiciones del proceso de “ilegitimidad Constituyente” emprendido a partir de la Ley para la Reforma Política -e incluso el anterior-, ahora rematado con tanta irresponsabilidad como torpeza y gravísima frivolidad.

 Sin el riesgo, siquiera, de una acción revolucionaria, sino tras el parapeto seguro y prestigioso de la Monarquía instaurada por el Movimiento Nacional; a la que, con el mito del “pueblo soberano”, la realidad conspiratoria de los partidos, con raíces y apoyos extranjeros e internacionales, ha transformado, bajo el nombre de “La Corona”, en una Monarquía parlamentaria, que es como decir prisionera de los mismos partidos detentadores del poder.

 Como decíamos, se ha despojado al pueblo de grandes bienes. sin que se dé cuenta de ello. Se le ha desmontado el Estado de Justicia, engañándole con la ficción legalista del “Estado de Derecho”, amparador de todas las usuras e injusticias, como se está viendo. Se han atropellado los derechos fundamentales e inviolables de las personas. Se pretende constituir la sociedad española, y ese Estado fantasmal, sobre una legalidad atea con todas sus malas consecuencias negativas de las instituciones básicas del matrimonio, la familia y la propiedad privada con protección e iniciativa. 

Y, en fin, se echan las bases para la desintegración de la unidad de España. Porque en la Constitución aparece claro el evento de posibles apelaciones de los pueblos o “nacionalidades” inventadas por ella ante los organismos internacionales para lograr su “autodeterminación” en ejercicio de los llamados “derechos humanos”, sin más que acogerse a la famosa Declaración Universal, redactada para uso de las grandes potencias, antes descolonizadoras y ahora “desnacionalizadoras” que manejan la ONU y sus conocidas comisiones, tribunales, secretarias o dependencias de alta presión.

 Tan colosal despojo se ha perpetrado con el sencillo truco que se emplea para quitarles a los niños lo que tienen en la mano; enseñándoles otra cosa cualquiera para que suelten aquello que se les quiere arrebatar. Primero se despojó al pueblo, con absoluta arbitrariedad y desafuero de sus poderosas organizaciones, no estatales, de sindicatos y movimiento organizados nacional, con la engañifa de “la democracia en el Estado español”, que ya sabemos lo que ha sido y para lo que ha servido. Ahora, el señuelo se titula “Constitución”: tiene veintitrés veces más artículos y disposiciones que aquella mini ley explosiva, de 4 de enero de 1977. Porque lo que importa es distraer al público, como a los niños. Y mientras se entretienen leyendo tanto, hacerle soltar, sin que se dé cuenta de lo que hace, nada más y nada menos que la totalidad del Ordenamiento Institucional legítimo de España, que estableció sobre las bases de Justicia que constituyen los principios permanentes de la Promulgación de 1958, un sistema de Leyes Fundamentales no cambiables ni aplicables a capricho, sino con sujeción a normas supremas inmutables. Lo cual es la única garantía verdadera y eficaz frente a los excesos o arbitrariedades de los órganos del poder sin límites que se arrogan los partidos políticos en la Constitución 78 para legislar juzgar y ejecutar todo según leyes hechas por ellos solamente y sin Ley de Dios. (…)

 Jaime MONTERO


Revista FUERZA NUEVAnº 623, 16-Dic-1978

 

(*) Título original: La manifestación de los alféreces provisionales”

(**) El llamado “franquismo”