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domingo, 26 de octubre de 2025

El abandono del obligatorio velo de la mujer en el templo

 El milenario y obligatorio velo de la mujer en las iglesias fue abandonado, con dejación de autoridad, tras el Vaticano II; coincidiendo con el abandono de la sotana por los clérigos 

 EL VELO DE LA MUJER EN EL TEMPLO

 Carta abierta al reverendo padre director de “El Mensajero del Corazón de Jesús"

 Respecto de la cuestión del velo de la mujer en el templo, cuya opinión leí en uno de sus números de la revista, me permito y tengo el honor de responder lo que sigue:

 El canon 1262 (*), a mi entender, no trata de consejo, sino de Ley. «Mulieres, capite coperto et modesto vestltae», sobre todo al recibir la Comunión.

 Dice «El Mensajero» que existe una «frase de San Pablo».... Yo creo que existen varias, tantas cuantas razones aduce el Apóstol para llegar a la persuasión de lo que prescribe. (l.ª Ad cor. 11, 2) «sicut tradidi vobis, praecepta mea». El griego traduce las tradiciones. Santo Tomás dice que este lugar sirve para confirmar el Dogma Católico de las Tradiciones de la Iglesia, aun aquellas que pertenecen a la Disciplina, de que aquí se trata. En la Constitución sobre la Divina Revelación número 8 del Concilio Vaticano II se lee «que los apóstoles, al transmitir lo que ellos mismos han recibido amonestan a los fieles a que custodien las Tradiciones que han aprendido de palabra o por escrito». Este es el exordio del Apóstol para decir lo que sigue: «Toda mujer que ora... con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza porque el velo es una señal de sujeción, propia de la mujer al varón, que es cabeza de la mujer, puesto que ella fue formada del varón y para el varón, siendo gloria de él

 Continúa el Apóstol: «Debe la mujer traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción. Y también, por respeto a los ángeles. En Isaías 6, 2, se lee: «Alrededor del Solio (del Señor) estaban los serafines; cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro»... (En señal de adoración y respeto.) ¡Los ángeles cubiertos  sus rostros por respeto y adoración a su Divina Majestad! ¿Y las mujeres descubiertas su cabeza? Por eso dice el Apóstol: «por respeto a los ángeles». Los ángeles, modelos de adoración a Dios. ¡Que les imiten las mujeres en lo que es tan digno para ellas!

 Otros interpretan «propter angelos» aludiendo a los Sagrados Ministros que también son llamados ángeles por la pureza y santidad de su ministerio.

 Dicen algunos que no hay que dar tanta importancia a este asunto porque es cosa meramente disciplinar. Y hay que preguntarse: ¿Este precepto del Santo Apóstol no tendrá alguna relación con la moralidad específica de la mujer en la asamblea cristiana?¿Por qué el Código equipara a la modestia del vestido el cubrirse la cabeza? En efecto, esta idea la corrobora San Pablo cuando pregunta: «¿Decet...? ¿Es decente...? Esta palabra en boca del

Apóstol nos asombra. Porque la decencia o indecencia son conceptos que atañen directamente a la moralidad o inmoralidad de los actos.

 Es cosa sabida que la belleza femenina radica principalmente en el rostro y en el peinado. Dios, por medio de la naturaleza, enseña a la mujer a cubrir su belleza, para no dar ocasión de pecado, con el velo de su larga cabellera. Razón, pues, tiene San Pablo al hablar de la indecencia específica de la mujer en el Templo del Señor donde todo debe respirar modestia, recogimiento y oración. Razón tiene igualmente el canon 1262.

 No se encuentra en San Pablo otro texto más apremiante que éste para llevar la persuasión sin reservas, en lo que prescribe en esta materia al parecer, ¿sin importancia?

 Previendo todas las objeciones en el futuro, termina el Apóstol: «Si, no obstante nuestras razones, alguien se muestra terco, le diremos que nosotros (el pueblo hebreo, el pueblo de Dios) no tenemos esa costumbre. (Las buenas costumbres son el objeto de la moral.) Y continúa: «Ni la Iglesia de Dios.»

 Es de tener en cuenta que este asunto disciplinar es el de más larga tradición en el pueblo de Dios. Es muy significativo lo que le ocurrió al gran Patriarca Abraham, con el que Dios hizo su pacto de alianza (Génesis, 20). En el versículo 16 se lee que el Rey de Gerara dijo a Sara, esposa de Abraham: «Mira que he dado a tu esposo mil monedas de plata para que en cualquier lugar que vayas tengas siempre un velo sobre los ojos (en señal de casada) delante de todos aquellos con quienes te hallares...», lo que prueba, que es Tradición y Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, así como también es palabra de Dios oral y escrita en el Testamento Nuevo. Otra prueba es que nuestra Santa Madre la Iglesia continúa la Tradición en el Velo nupcial.

 «Qui spernit modica, paulatim decidet», dice el Espíritu Santo (Eclesiástico, 19, 1). No despreciemos las cosas pequeñas para no caer en otras mayores. Y, en efecto, esas mujeres irreverentes son las primeras que salen de la Iglesia después de comulgar, sin tiempo de rezar ni breves Padrenuestros en acción de gracias, al paso que con su desenfado van abriéndose camino a otros géneros de inmodestia en la Casa del Señor.

 Por otra parte, no hay derecho a llevar el escándalo y la interior indignación a otras almas más comprensivas y respetuosas con el Señor. Muchas señoras nos muestran su desagrado ante tal provocación. Hoy más que nunca hace falta la unión. ¿Por qué se ha introducido en la Asamblea cristiana esa cuña de desunión? ¿Cómo se atreven—dicen las cristianas sensatas—a recibir al Señor, cubierto con los Velos Eucarísticos, ocultando su Divinidad y su Humanidad, por un acto de Humildad Infinita, ellas, descubierta su cabeza, en signo de vanidad y ostentación?

 Si de una palabra ociosa, Dios nos pedirá cuenta, imaginémonos la de miradas y pensamientos que pueden correr en la Asamblea Santa. (…)

 Suyo afectísimo en el Señor.

 ANTONIO MENCHERO, Pbro.


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

(*) Antiguo Código de 1917


sábado, 25 de octubre de 2025

La Tradición teológica, jurídica y popular (...2) (Vázquez de Mella)

 

LA TRADICIÓN TEOLÓGICA, JURÍDICA Y POPULAR  (2)

DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 (...Continuación)

 Indudablemente que es tiránica la inversión de los fines, pero muy secundaria comparada con el que puede no serlo de administración, y puede serlo de secularización, que es más vasto campo. El que se considera arquitecto de una sociedad que procura destruir para reemplazarla con otra, fabricada según un programa que sea la negación de los tres derechos, que es el caso de la tiranía moderna, puede no oprimir con violencia (que provoque la reacción) las personas, y no ser codicioso, sino desinteresado y dispuesto a sacrificar, para servir a su ideal, salud y fortuna.

 Contra esta clase de tiranos no han tenido nuestros teólogos y políticos atenuaciones de ninguna clase para la resistencia, como lo prueba la magnífica y unánime doctrina sobre la ley injusta intrínsecamente. Contra ella es obligatoria la resistencia pasiva, desde el «obédecese y no se cumple» hasta el martirio y la imitación de los Macabeos, que con frecuencia invocan para servir a Dios antes que a los soberanos y contra los soberanos.

 Contra el usurpador, si hay medios para derrocarle, nadie duda, y el tirano del ejercicio es el mayor de los usurpadores. Su ejercicio del poder es una serie de usurpaciones. Si vulnera la constitución social, invade y usurpa; si la Constitución histórica, usurpa e invade; si la religiosa, confisca derechos y detenta atribuciones, y sienta el precedente para no dejar en pie una sola persona colectiva y aplastarlos a todos.

 La tradición antiabsolutista de los pensadores y políticos españoles es constante. Sólo algún aristotélico fanático, como Ginés de Sepúlveda, apologista de la esclavitud o algún legista adulador, interesado del Monarca, como Cerdán de Tallada lo defiende; y aun esos relativamente, rodeándole de los gloriosos Consejos, que sirvieron en parte de modelo a la organización de las congregaciones romanas y de los que dice un publicista contemporáneo que llegaron a tener más atribuciones que los Parlamentos modernos.

 Ni los más autoritarios comprendieron nunca que el Rey gobernase por sí solo ni sentenciase sin oír, antes bien reclamaron que le rodeasen y le asesorasen con su saber y experiencia los Consejos, parecer unánime que condensaba en esta clara y expresiva sentencia el ingenioso autor de las Centellas:

 «El que rige y manda.

si no se aconseja, se desmanda.»

 Y sabido es que en tiempos en que el cesarismo protestante y sus similares andaban desatados por Europa, la Inquisición española procesó a un predicador cortesano, que había dicho desde el púlpito y ante Felipe II «que los Reyes tenían poder absoluto sobre las personas de sus súbditos» y le obligó a retractarse desde el mismo sitio, leyendo esta declaración, que expresa el verdadero concepto de la Monarquía tradicional: «Que los Reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite el derecho divino y el humano y no por su libre y absoluta voluntad», que es proclamar, puesto que el divino es doble, positivo y natural, la norma de los tres derechos para que la autoridad sea legitima.

 El signo de la verdadera realeza, estampado en el primer Código que se levanta sobre las leyes de casta por los Padres Toledanos se perpetúa y se acrecienta con la soberanía social, cada vez más vigorosa de los tiempos medios.

 Sin evocar las Juntas vascas ni las Asambleas navarras, basta el recuerdo de las Hermandades Castellanas, que dan la Corona a Sancho IV y amparan la de Fernando IV y Alfonso XI; del Privilegio general de Pedro III, base de la Constitución aragonesa; de los radicalismos de la Unión y del definitivo, confirmado y ampliado por Pedro IV. para ver que el mismo espíritu de la Monarquía, limitada y socialmente responsable, se acrecienta hasta en épocas adversas condensándose en fórmulas como la llamada de Constitución de los comuneros castellanos, que es un programa tradicionalista, y la Proclamación católica de Cataluña, que recuerda la doctrina de la resistencia para defender sus fueros.

 La tradición continuó viva en el pueblo, que la transfundió en la poesía, pues hasta algunas artificiosas exaltaciones dramáticas de la Monarquía fueron vencidas por el Alcalde de Zalamea.

 En los héroes vivos, como Juan de Fiveller y Guillén de Vinatea, y en los que sublimó la leyenda, afirma la majestad de su derecho contra las extralimitaciones reales.

 La política que late en los romances, aún los que entran ya en la edad moderna, es antiabsolutista.

 Suponiendo una alianza con aquel Emperador, atentatoria a la independencia del Reino, el pueblo cuenta lo que Bernardo del Carpio, a la cabeza de los mejores, dice al Rey Alfonso el Casto: «Pidiéronle que revoque — la palabra que había dado — si no echarle han del Reino, y pondrán otro en su cabo — que más quieren morir libres — que mal andantes llamados.» ¡Ya se puede suponer lo que haría en estos tiempos Bernardo del Carpio!

 El Cid, Rodrigo de Vivar, no se contentaba con decir, como la que fue su esposa, Jimena Gómez, a don Fernando: «Rey que non face justicia, non debiera de reinare», sino que encarándose con Alfonso VI no le acepta el perdón que le ofrece sin exigirle que prometa antes, entre otras cosas, éstas que son un programa que afirma como suyo todo tradicionalista que no haya dejado de serlo pasándose al cesarismo: «Y que fasta ser oídos — jamás los desterraría — nin quebrantaría los fueros — que sus vasallos tenían — nin menos que los pechase — más de lo que convenía. Y si le tal ficiese — contra él alzarse podrían. — Todo lo promete el Rey — que nada contradecía

 ¡Como ahora! ¡Siempre la realeza sometida y ligada al derecho y negada si rompe el vínculo que la legitima.

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

jueves, 23 de octubre de 2025

Avance del marxismo entre los católicos

 Artículo de 1978

  AVANCE DEL MARXISMO

 A juzgar por el sondaje de opinión publicado (1978) en el diario “Informaciones”, relativo a los partidos de centro y de derecha, el marxismo avanza inexorablemente en España. Si fuera certero y objetivo ese sondaje, la mayoría del electorado español sería ya marxista y la Constitución y el Gobierno se habrían asentado sobre un polvorín presto a hacerlos volar.

 Como, por otra parte, todo el mundo afirma que la mayoría de los españoles somos católicos, indudablemente hay que pensar que muchos católicos votan al marxismo porque el Magisterio de la Iglesia lo consiente para su propia perdición. La Jerarquía, efectivamente, está cediendo con ingenuidad o con negligencia ante la seducción que el marxismo platónico, de papel o gobernado, ejerce sobre los espíritus insatisfechos y creyentes en que va a ser capaz de satisfacerles el marxismo gobernante. El marxismo está llevando a cabo una sagaz estrategia en España, tendente a convencer de que es posible conciliar teórica y prácticamente el marxismo y el catolicismo. ¡Y como no todo el mundo es capaz de discernimiento…!

 Los intentos que yo conozco de conciliar el catolicismo y el marxismo, invariablemente, adolecen de lo mismo: concilian o bien un catolicismo inauténtico, un pseudo-catolicismo, con un marxismo auténtico; o conjugan un catolicismo auténtico con un marxismo inauténtico; o maridan entre sí un marxismo y un catolicismo inauténticos, falsos.

 El catolicismo auténtico, el propuesto por el Magisterio oficial y tradicional de la Iglesia católica es teórica y prácticamente incompatible con el marxismo que caracteriza los escritos y los comportamientos de los maestros y dirigentes más calificados del marxismo. Como yo le manifestaba a Roger Garaudy, sin que supiera replicarme, en un turno de objeciones y cuestiones, tras su conferencia en el templo parroquial de Santo Tomás de Aquino, de Madrid, la mayoría de los católicos españoles no nos reconocemos creyentes en esa versión sui géneris del cristianismo propuesta por él; como tampoco se reconocerían muchos comunistas y socialistas en esa versión sui géneris del marxismo aventurada por él para acoplarlo al cristianismo, y por la cual lo han expulsado del Partido Comunista Francés.

 Es lo que le acontece también a Alfonso Comín, miembro del Comité Central del Partido Comunista de España y del PSUC, en su libro «Cristianos en el Partido, comunistas en la Iglesia». No piensa católicamente, no tiene fe católica quien, como Comín, escribe: «Politzer... afirma que vamos a asistir a través de la filosofía a esta lucha continua entre el idealismo y el materialismo. Este va a hacer retroceder las limitaciones de la ignorancia, y ésta será una de sus glorias y uno de sus méritos. Por el contrario, el idealismo y la religión que lo alimente harán todos sus esfuerzos para mantener la ignorancia y aprovechar esta ignorancia de las masas para hacerlas admitir la opresión, la explotación económica y social. Sin duda el desarrollo histórico de la religión cristiana permitía analizar su función social en estos términos. Tanto Politzer como los autores del Pequeño Diccionario Filosófico (soviético) habían conocido una dura experiencia histórica en la que la religión se había expresado predominantemente en una línea de opresión y de oscurantismo.» Aquí Comín, aceptando la interpretación marxista de la religión, apostata realmente del catolicismo. Es obvio que Jesucristo no quiso ser un Mesías temporal, un liberador político, sino el Redentor del pecado humano. Y la Iglesia no tiene por qué ser distinta de Jesucristo.

 Es claro que para la Iglesia lo único importante es hacer partícipes de la divina Revelación y de la Redención de Cristo a los hombres. Pero la divina Revelación y la Redención, lejos de ser opresivas y oscurantistas, son lo más valioso, lo más liberador espiritualmente y lo más luminoso intelectualmente de que puede disponer el hombre. Empezamos porque, como dice Pascal, por sí mismo el hombre ni siquiera sabe lo que es el hombre, a menos que

Dios se lo revele. Y es Dios, sólo Dios, quien revela que los creyentes somos hijos suyos y, por tanto, hermanos en Cristo. La ciencia no nos dice, no nos puede decir que somos hermanos, sino rivales, enemigos.

 El pensamiento y la ciencia del hombre contemporáneo, o bien dice —como el pensamiento de los marxistas— que el hombre no pasa de ser una porción de materia organizada (y entonces es lógico el archipiélago Gulag descrito por Soljenitsin, como son lógicas las checas españolas), o bien dicen que el hombre es una pasión inútil —como propone el existencialismo de Sartre— o una noción inventada en el siglo XVIII que ahora se desvanece como una huella que hubiéramos dejado a la orilla del mar, en una playa, como asegura el estructuralismo de Foucault. Así pues, tanto en el orbe de la ideología marxista como en el orbe de la ideología liberalista, desaparece la convicción de que el hombre es digno de todo respeto y titular de derechos inalienables, porque es criatura e hijo de Dios, con una naturaleza prefijada para siempre por el Creador, que nadie puede alterar ni dejar de respetar.

 Por el contrario, resulta realmente oscurantista y fatalmente opresivo el universo adonde se extiende la vulgata marxista, dogmáticamente impermeable a la noción cristiana del hombre, irrespetuosa de los fueros de la persona humana, fosilizada en los supuestos o postulados formulados por Marx, que no pueden abandonar los marxistas, a menos que dejen de ser realmente y confesionalmente marxistas. Cuando uno lee la Sagrada Escritura y los fines que Dios propone al hombre y lee las Resoluciones y los Estatutos del PCE en su último Congreso, observa que cristianismo y marxismo son diferentes e incompatibles.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 620, 25-Nov-1978

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

Pluralismo partidista y derecho natural

 Artículo de 1968

 PLURALISMO PARTIDISTA Y DERECHO NATURAL

 Como se ha escrito mucho, y se seguirá escribiendo, sobre el tema de los partidos políticos y sus excelencias y sobre que su prohibición en España constituye un atentado al derecho natural; y como en modo alguno esto que se dice tiene valor convincente, quiero salir al paso, en mi carácter de hombre independiente, de todo compromiso que sujete la libertad de mi conciencia, pretendiendo poner las cosas en claro.

 Para comenzar, formulo la siguiente interrogante: ¿Es el partido político resultado necesario del derecho natural?

 El problema no es sencillo de contestar sino para quien está formado en derecho por el previo estudio del mismo, la experiencia posterior y, además, tiene una regular capacidad asociativa. Creo que es necesario hacer constar que estamos educados excesivamente en derecho positivo, es decir, en derecho arreglado por los hombres de acuerdo con las circunstancias de cada época, y, por ello, muy diferenciado formalmente de un país a otro; pero se sabe muy poco de lo que en verdad es el derecho natural.

 Donoso Cortés opinaba que sólo Dios tiene derecho y el hombre solamente obligaciones. Está frente a quienes opinan que el hombre tiene derechos por el sólo hecho de ser hombre.

 Confieso que la lectura de esta opinión de un hombre célebre me produjo escalofríos. Mas el paso de la juventud a la madurez me ha proporcionado la comprensión de su certera verdad. Durante ese tiempo, el continuo roce con los problemas jurídicos humanos me ha hecho comprender lo que es la vida, y cuántas veces se toma a pecho la hojarasca confundiéndola con el tronco; o, dicho en clásico, el rábano por las hojas.

 Hoy no se escribe de esa manera tan teológicamente directa, como lo hizo Donoso Cortés; tenemos miedo a que nos llamen retardados. Nadie sabe nada de aquella época, o nos falla la memoria; pero en aquel tiempo también se perseguía con denuestos e ironías a quienes hablaban de los derechos de Dios.

 Sin embargo, sus tesis y otras semejantes son las únicas que explican el origen de los derechos naturales del hombre. Su autor es Dios, porque es nuestro creador. Comienza por señalarnos obligaciones porque nos ha creado libres, con una mente capaz de distinguir y elegir, dominando nuestros instintos o nuestras apetencias.

 Pero si el hombre es sujeto de obligaciones, por su propia naturaleza, debemos obtener la conclusión de que tiene facultad de cumplirlas según su capacidad; y es a partir de esta facultad cuando el hombre puede considerarse titular del derecho natural.

 El hombre es sociable por naturaleza, porque así ha sido creado. Por su facultad de elección puede vivir aislado; pero apenas vive así, sino que históricamente se muestra practicando vida comunitaria. Vida que va desarrollando la amplitud de la sociedad. De la familia a la tribu; de la tribu al municipio, que es una entidad extrafamiliar; del municipio a la nación, cuando el desarrollo de la civilización proyecta sus necesidades más allá del ámbito localista; al imperio, a las alianzas internacionales. La facultad asociativa del hombre es infinita.

 Y no cabe duda de que la facultad asociativa del hombre es la mayor riqueza que Dios nos ha dado. Solos somos limitadísimos e incapaces de desarrollar nuestra personalidad; en sociedad nos civilizamos o educamos porque tenemos semejantes con quienes contrastar y con quienes intercambiar y enriquecer nuestras experiencias y conocimientos. La sociedad prolonga nuestros sentidos y potencias; nos da todas aquellas cosas que nosotros, solos, no podemos alcanzar porque carecemos de tiempo y espacio.

 Pero este derecho de asociación debe estudiarse en su doble aspecto: necesidad de asociarse de un modo estable; familia, municipio, nación, y necesidad circunstancial o accidental para fines particulares, para intereses concretos de carácter concreto también. El municipio, por ejemplo, responde a la necesidad que tiene el hombre de vivir una vida comunitaria estable; y, asimismo, la nación, que en su origen más puro es una asociación de municipios, sin perjuicio de que muchos municipios y muchas naciones se han constituido por un poder superior a las comunidades; pero que, por ser tal situación natural en el hombre, se han consolidado por sí mismas.

 Por ello, estas sociedades estables exigen paz y autoridad internas. No se han constituido, como los frontones o los campos de fútbol, para ser teatro de contiendas entre hombres, sino para que los hombres se relacionen entre sí, se ayuden directa o indirectamente, y para que en sus accidentales disputas tengan una autoridad superior a su criterio individual, que solucione sus conflictos particulares.

 Cierto es que. para que las sociedades sean ideales, es preciso que sus componentes observen conducta ideal en términos de justicia y caballerosidad; y no lo es menos que los hombres dejamos bastante que desear frente a tal ideal de conducta. Nos dividimos y disputamos demasiado.

 Pero ante esta fragilidad humana no creo que se justifique que por esas mismas razones los partidos políticos sean fenómeno inexcusable. La aceptación de esta teoría sería acto contrario al derecho natural, pues no hay que confundir las manifestación subjetiva de la naturaleza humana con este derecho. El hombre no puede alegar otro derecho consustancial a su persona sino el de hacer el bien; pero no el de obrar de otro modo que los demás porque sea cojo o bizco.

 Es obligación que nos impone Dios la de amarnos los unos a los otros, y la de creer que no hay incompatibilidad esencial entre hombre y hombre, sino que el quehacer de todos es buscarnos, comprendernos y llegar a armonizarnos de tal manera que todas nuestras contiendas no tengan más categoría que las de una alegre partida de mus.

 De aquí que un día, 18 de julio, se comenzó la barrida de los partidos políticos que iban desuniendo pavorosamente a la nación en su vínculo más acusado, el espiritual; en defensa de ese naturalísimo derecho de los hombres a vivir en paz y a desarrollar una política de armonía y de promoción social.

 Quienes se sintieron vencidos entonces, quienes todavía tienen amor propio de derrota, pueden invocar un régimen de partidos por si lograran revancha innecesaria; pero por su egoísmo, no por amor patrio. A quienes crecieron más tarde y no tienen referencia propia de aquella historia, puede engatusárseles con el derecho natural a los partidos políticos. Pero a quien tenga cuatro dedos de frente no ha de escapársele que no es justo apoyar la soberanía de una nación en la base de un partido mayoritario que impone su capricho sobre los demás; que el Poder público ha de ser independiente de las apetencias particulares y ser tutela y gestión del bien común, que es el bien de todas las personas que viven en la sociedad, sin discriminación de aficiones.

 Porque no fue la Cruzada la que debeló una tradición histórica, sino que fue consecuencia del despertar del genio español que había sido sometido a tabla rasa por los constitucionalistas, que proporcionan a España un siglo vergonzoso; el mismo o semejante que le proporcionarían quienes, despreciando la verdadera problemática española, intentan fomentar el desconcierto entre nosotros.

 Ramón ALBISTUR


Revista FUERZA NUEVA, nº 72, 25-May-1968

 

martes, 21 de octubre de 2025

La victoria de 1939, camino del olvido

 Artículo de 1970

  ABRIL, 1939, VICTORIA PARA NO OLVIDAR

 Los olvidadizos de hoy, los desmemoriados y los amnésicos sostendrán quizá -ellos sabrán para qué objetivos tortuosos- que treinta y un años después de la Victoria, esta fecha puede entrar en las clases pasivas de la Historia. Y, sin embargo, ¿la recordáis? No hemos podido olvidar ni queremos hacerlo el frenético entusiasmo de las poblaciones definitivamente liberadas del miedo, el crimen, el hambre y el terror.

 Estas no son palabras vacías, abstractas, sino que están escritas con sangre y dolor en la carne de España. Detrás de cada una de ellas hay imágenes terribles: los oficiales asesinados con el tiro en la nuca en el Cuartel de la Montaña, en aquella ronda de aquelarre de cuerpos caídos por tierra, los trágicos paseos en cualquier cuneta de la carretera del Pardo, los oficiales de Marina arrojados encadenados al mar en Cartagena, el Obispo de Almería lanzado vivo a la caldera del “Jaime I”, los monjes de Montserrat torturados y fusilados, los sepultados vivos en los pozos de Serón, los tirados al Cantábrico desde el faro de Santander, las chekas, la caza despiadada en las calles, los garfios sangrientos que se encontraron en la checa de García Atadell y de los que se colgaba a los detenidos, los “tribunales populares”, las mujeres enviadas a los burdeles frentepopulistas o rifadas en las noches de orgía de las Brigadas Internacionales, la cacería de la Cárcel Modelo, los tirados como peleles desde lo alto de Bellas Artes.

 Que no se diga que era la “barbarie de los incontrolados”. Esos eran los procedimientos normales del sistema que se hubiera implantado en toda España sin la llamada salvadora del Alzamiento y sin la victoria del 1 de abril de 1939. Que no se diga por ciertos monstruos fríos que era una revancha de clase. En Barcelona, los comunistas ejecutaron a sus ex aliados del POUM casi con igual ferocidad. En Cataluña, los anarquistas y cenetistas asesinaban con análoga frialdad a sus asociados del separatismo, y éstos les pagaban en la misma moneda. En Bilbao, la burguesía separatista se mostró igualmente feroz que los presidiarios convertidos en “gudaris”. ¿O es que se han olvidado los asesinatos en los barcos anclados en el Nervión? ¿Quién mandaba entonces en su despacho del Hotel Carlton?

Esa tragedia no fue un episodio circunstancial ni esa explosión “de ruido y furor”, como decía Shakespeare, fue espontánea. Había sido cuidadosamente preparada, se habían sembrado las semillas del crimen y del horror con los libros, periódicos y mítines del marxismo, del anarquismo, y de la izquierda. Era la culminación lógica de la honda tragedia de nuestro pueblo, entregado a la barbarie desintegradora de toda moral por las taifas de los partidos políticos, y el fruto de una siniestra planificación llevada a cabo por los Estados Mayores del marxismo y sus compañeros de viaje.

 El que sucedió en España no era nada nuevo. Había tenido como precedente la matanza de Asturias por los dinamiteros de González Peña y Prieto (1934). Y antes (1909), la Semana Trágica de Barcelona. El mismo régimen fue establecido en los cinco meses siniestros de la Hungría de 1919 con Bela Khun, contando con la complicidad del demagogo conde Karoly, que preparó el ambiente. Al mismo régimen se llegó en Rusia a partir de la revolución de octubre de 1917, lógico desenlace de la revolución liberal y socialista del príncipe Lvov y de Kerensky, en febrero. Todavía en agosto, el muy liberal príncipe Lvov decía en plena Duma: “Jamás el pueblo ruso ha sido tan feliz como ahora, con la democracia”. Y le aplaudieron los “kadetes” constitucionalistas, los monárquicos del progresismo y masonería, los socialistas, los agrarios y los socialrevolucionarios... Dos meses después, Rusia escuchaba el tronar de los cañones del “Aurora”, Lenin se apoderó del poder y los ministros amigos del príncipe Lvov morían asesinados en la fortaleza Pedro y Pablo, mientras Kerensky huía disfrazado de mujer.

 Amalgama “democrática”

 Karoly y Berenguer, Bela Khun y Kerensky, Azaña, Portela Valladares, Prieto y Basteiro… Sin estos nombres, que prestan una fachada “honorable”, la tragedia no hubiera sido posible. Ni la habría sido sin Masaryk y sin Benes la bolchevización de Checoslovaquia en 1948.

 Siempre le es preciso a Moscú un Kerensky o un príncipe Lvov. Sin las debilidades de los gobernantes de 1934, sin las intrigas, compromisos y traiciones de los partidos políticos, sin la ceguera de quienes confiaron la salvación de España a la farsa de unas elecciones que estaban destinadas al amaño y al pucherazo, sin el “frentepopulismo” que iba de la izquierda burguesa y ateneísta y los revolucionarios de salón y la inteligencia izquierdista pedante hasta los comunistas, pasando por los socialistas “moderados” y los socialistas de taberna y Casa del Pueblo y puño en alto, la tragedia se habría evitado.

 Para hacer inevitable, para esclavizar a nuestro pueblo después de desangrado, para volcarle en el campo de la Unión Soviética o mantenerle en la servidumbre de las logias francesas e inglesas, cooperaron los hombres de Londres y París con los de Moscú en un mismo objetivo, aunque sus caminos no siempre coincidieran. León Blum -tan socialista, tan “humanista”-, Baladier, tan radical como Servan Schreiber, tan burgués, y Thorez -tan “hijo del pueblo”- clamaban en las manifestaciones de París: “Des canons et des avions pour l’Espagne”. Attlee y Lady Astor vinieron a saludar con el puño alto a las Brigadas Internacionales de Marty, Nenni y Tito. Toda esta amalgama fue necesaria para intentar convertir a España en República democrática de tipo checoslovaco, en espera de hacer de ella también como Checoslovaquia, una República soviética a secas.

 Cómplices del comunismo

 En Moscú estaba el cerebro. Pero eso no excluye las pavorosas responsabilidades de un Portela Valladares, entregando el poder el 16 de febrero de 1936 a las hordas. Ni excluye la responsabilidad del socialista Largo Caballero que levantaba el puño en los desfiles de los milicianos asesinos, ni del socialista Besteiro, el ideólogo que desde la huelga de 1917 había ido preparando el terreno, ni de Prieto, que había fletado el “Turquesa” con cuyas armas se desencadenó el terror de la revolución de Asturias de 1934, el primer ensayo de lo que fue dos años más tarde la media España roja. ¿Han olvidado sus turiferarios de hoy los cuarteles dinamitados, los asesinatos al grito de “UHP”? ¿Se ha olvidado que el “buen” Prieto que ahora nos quieren presentar fue el empresario de aquellos crímenes? Y eso no excluye la responsabilidad de los masones y de los Martínez Barrios, ni los burgueses separatistas de Barcelona y Bilbao. Todos ellos fueron los cómplices activos del comunismo, después de haber abierto los diques. Todos ayudaron a crear aquella media España comunista que habría sido una entera España bajo la hoz y el martillo, sin la victoria de las armas nacionales.

 Y esa victoria es la que algunos quisieran que fuera olvidada, para que se olvidaran también las causas, los horrores y los crímenes que hicieron inaplazable el alzamiento. Así se podría volver, con la conciencia tranquila y explotando la amnesia del pueblo español, la ignorancia de una juventud a la que no se informa, a la que se mantiene ignorante de aquel pasado tan próximo y aleccionador, y el deseo de paz de la “mayoría silenciosa” de nuestros días; así se podría volver a la misma situación. Lo sepan o no lo sepan en su inconsciencia y en su cobardía, ese es el fondo de los que ahora hablan mucho de democracia, de liberalismo, de partidos políticos -aunque disfracen con otros nombres su mercancía de contrabando- cubriendo la maniobra con invocaciones al Concilio y a las Encíclicas, del brazo de los que asesinaron obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas.

 La primera fase de esta operación es dar un carácter “provisional” y “circunstancial” a la victoria, como si fuera un episodio anormal y excepcional que puede borrarse tranquilamente para retornar a lo que ellos llaman la “normalidad”. La normalidad de los incendios de iglesias, de los asesinatos en la calle, la ocupación de tierras y fábricas, el crucifijo expulsado de las escuelas, el Ejército escarnecido, la juventud entregada a la masonería cosmopolita y al laicismo perseguidor, los periódicos asaltados y prohibidos, los intelectuales disconformes reducidos al silencio y la persecución, mientras se encaramaba en el pedestal a cualquier invertido de ojos lánguidos.

 Y todavía es posible que esos clanes, herederos de los macabros aliados de 1936, los que pretenden una marxistización cautelosa o brutal de nuestra Patria encuentren compresión incluso entre los mismos que serían sus primeras víctimas, incluso entre esos mismos sacerdotes que olvidan a los mártires de la Iglesia de 1936 a 1939.

 Victoria de las armas limpias

 A toda esa amalgama hay que decirles -y probarles con hechos- que nuestra victoria es definitiva porque fue una victoria sobre la anti-España de 1936. Fue una victoria de las armas limpias sobre otras almas al servicio del crimen y de la esclavitud. Pero fue, ante todo. la victoria de una ideología, del ser y sentido de España sobre sus enemigos, declarados o encubiertos, internos o externos. Los que quieren matar nuestra victoria tienen un nombre: “revanchistas”, y eso, estén donde estén y se cubran con las etiquetas que se cubran. Son los que no han olvidado, en un rencor amarillo, que tuvieron que huir, vencidos y despreciados por el pueblo español al que engañaron, y que han seguido, en el exilio, en la conspiración clandestina, en la intriga que les llevó, como “arrepentidos”, a ocupar puestos, soñando con el desquite. En un desquite que les era imposible por la fuerza y que buscan obtener vistiéndose con la piel del cordero liberal, del socialista “bueno y europeo”, del demócrata “generoso y coexistente”, del clérigo “coexistencialista y dialogante” con una oreja en Roma y otra en Moscú, con una en la encíclica “Populorum progressio” y otra en Garaudy. Solo así pueden convertir en cómplices inconscientes a los ingenuos. Unos, involuntariamente, de buena fe, porque no saben quiénes son sus guías y a dónde les llevan. Otros, arrastrados en el caos de confusión ideológica que la subversión extiende en las épocas prerrevolucionarias. Otros, simplemente por miedo, especulando desde su paz y su tranquilidad actuales con las incertidumbres del futuro…

 Frente a eso, nuestra fuerza es la misma arma que nuestro adversario busca destruir. La energía de las razones que hicieron posible la victoria frente a un enemigo que tenía todos los medios: Tenía el oro, la industria, el sucio juego de la Francia frentepopulista y de la Inglaterra desgarradora de Europa. Tenía la Unión Soviética, tan halagada hoy. Pero la verdadera España tenía una doctrina clara y limpia por la que se valía la pena morir como hombres.

 Eso, ¿se ha olvidado? ¿Es que tenemos que hacernos perdonar nuestra victoria?

 Carlos JIMÉNEZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970