Buscar este blog

miércoles, 15 de octubre de 2025

Los seminarios, destruidos por el progresismo

Artículo de 1970 

  Seminarios de nuestros días

 Uno de los problemas más duros con que se enfrenta la Iglesia en nuestros días es el de los seminarios, víctimas, por lo general, de la furia destructora de los progresistas.

 Es cierto que nuestros viejos seminarios necesitaban una reforma. Sus principales defectos eran la falta de evolución y el anquilosamiento; la reglamentación tan estricta, que parecía hecha para aniquilar la personalidad de los alumnos: la falta de métodos aptos para transmitir a los demás la Teología… No obstante esto, la institución era muy buena. Rindió muchos servicios a la Iglesia y podía continuar rindiéndolos.

 Al publicarse el decreto del Concilio Vaticano II sobre la formación sacerdotal, muchos creímos hallarnos ante una época de nuevo florecimiento de los seminarios. En efecto, el documento insiste en las prácticas de piedad tradicionales, en el celibato, en el reglamento, en la disciplina… Se mantienen en su vigor las viejas normas, con las adaptaciones que imponen las actuales circunstancias.

 Los intentos renovadores no tardaron en llegar y, dado lo trascendental que es la educación de los futuros clérigos, los progresistas trataron y consiguieron, generalmente, adueñarse de la dirección de los seminarios. La interpretación de las normas conciliares es, en ellos, sumamente caprichosa y aun contraria a la mente de lo preceptuado, según se va poniendo de moda en nuestros días.

 De esta forma, empezaron a suprimir las prácticas de piedad y pronto fueron desapareciendo los ejercicios espirituales anuales, los actos del mes de mayo, el rosario, la meditación, el examen de conciencia, la misa diaria… y esto durante el año escolar, porque, en vacaciones, tampoco ayudan, como antes, a los párrocos en el ministerio apostólico, ni llevan, generalmente, vida de piedad alguna, según han observado las gentes.

 Negando, contra todas las normas conciliares y de la más elemental pedagogía, la posibilidad de la vocación sacerdotal en los años de la niñez, han convertido los seminarios menores en centros de bachillerato, donde abundan muchachos vestidos de ye-yés y con largas pelambreras y frecuentando lugares de los que debían de estar ausentes. Su piedad es muy poca y muchos acaban saliéndose masivamente al terminar sus estudios medios.

 A veces van a clase al Instituto y, otras veces, las reciben en el seminario, dadas por profesores o profesoras seglares, a veces con muy poca religión.

Quizás muchos niños fueron llevados por sus padres el seminario para que hicieran, por un módico precio, su bachillerato, pero la mayoría fueron siguiendo la llamada misteriosa de Dios y con deseo de entregársele y, al cabo de algún tiempo, se salen, defraudados del ambiente mundano que allí encuentran. Los jóvenes son sinceros y quieren las cosas claras.

 Ni los nuevos planes de estudio, ni la consideración que merecen los que no perseveran, justifican la desaparición del tinte de plegaria y abnegación que debe presidir toda la vida del seminario menor.

 En los seminarios mayores juega mucho más la cuestión ideológica. De cómo andan las cosas por los seminarios de nuestra patria son vivo exponente las declaraciones de la junta de seminaristas tenida, a finales del pasado año 1969, en Ávila. Mayoritariamente allí llegan a manifestar su deseo de abolir la diferencia del sacerdote del resto de los hombres del mundo en cuanto a diversiones, vestimenta, ocupaciones etc. Piden el trabajo profesional y la abolición del celibato y manifiestan su desacuerdo con las estructuras de la Iglesia. Casi todos ven la necesidad de cursar estudios civiles.

 Una victoria, bien triste por cierto, lograda por los progresistas, ha sido el haber formado así a esa juventud que se prepara para el sacerdocio, sin que en el mismo vean un ideal capaz de llenar por completo su vida; ni estén dispuestos a aceptar la estructura de la Iglesia ni la disciplina que ésta impone.

 Como ese modo de caminar es inseguro, no es de extrañar que muchos abandonen también el seminario en los últimos años de carrera. No creen que valga la pena entusiasmarse por un sacerdocio que tan poco representa para ellos.

 Precisamente ahora, que tanto necesita el mundo que se le hable de lo que nadie le habla, es cuando quieren que el sacerdote sea como un hombre cualquiera. Cuando el trabajo en la mies es tanto y tan urgente, es cuando quieren que los operarios se dediquen a otra cosa.

 En cuanto a la cuestión dogmática también habría mucho que decir, porque ni todas las doctrinas que aprenden nuestros jóvenes son trigo limpio; ni el legado cultural, acumulado por la Iglesia durante siglos, representa para muchos más que un peso muerto que hay quitarse de encima.

 De esta forma las rebeliones en seminarios están a la orden del día. Las leemos, de cuando en cuando, en los periódicos: Salamanca, Astorga, Toledo, Barcelona, San Sebastián… Después de los escándalos hay concesiones, pero el mar de fondo es más profundo: mina sin tregua, socava… Me pregunto: ¿por qué el año pasado (1969) los seminaristas de Pamplona se negaron a ir a la procesión del Corpus? ¿Será porque les diga mucho el homenaje público a la Eucaristía? ¿Hicieron eso insinuados por algún profesor?

 El mal, pues, está metido en la entraña. Se trata de algo más que de una crisis de crecimiento o de una etapa de renovación; y, naturalmente, más que declaraciones ambiguas se imponen unas medidas adecuadas.

 Los autores de esta mentalización lamentable de nuestros seminaristas achacan exclusivamente la despoblación de los seminarios mayores a “las circunstancias del mundo pagano en que vivimos”. Hay algo más que considerar.

 Esté el mundo paganizado o no lo esté y sean las gentes ricas o pobres, Dios Nuestro Señor siempre dará vocaciones sacerdotales a su Iglesia: responsabilidad enorme será el deformar las pocas o muchas que haya.

 Santos San Cristóbal, sacerdote


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970

 

martes, 14 de octubre de 2025

Empeño de descatolización

 Artículo de 1976

 EMPEÑO DE DESCATOLIZACIÓN

 A despecho de lo que proclama la mayoría del Episcopado español, si bien se mira, su comportamiento es oscurantista: lo mismo que propugnan el respeto ilimitado y liberal de los derechos humanos y civiles sin preocuparse, primero, de definir y respetar los derechos humanos y eclesiales de los sacerdotes, religiosos y seglares, así también predican luz y taquígrafos para la verdad y las opiniones políticas, pero no permiten la luz y los taquígrafos para la verdad y opiniones religiosas; ni que conozcamos los documentos que van a debatirse en la asamblea episcopal, ni mucho menos, la pluralidad de sentencias que en tales debates se expresan. Resulta así que los obispos llamados posconciliares son como los doctores de la ley judaica, denostados por Jesucristo porque no practican lo que predican.

 Ha llegado a mí una ponencia que va a ser presentada a la asamblea de la Conferencia Episcopal Española de finales de febrero, y cuyo autor es el obispo auxiliar de San Sebastián, José María Setién, texto que coincide doctrinalmente con las tesis avanzadas del obispo cuando no pasaba de ser simple teólogo. ¿Ha querido Pablo VI canonizar su teología disolvente al nombrarle obispo?

 A este documento heteróclito y contradictorio, que no quiere ser considerado a la luz pública, le viene pintiparado el juicio formulado por el miembro de la Comisión Teológica que asesora al papa, P. Louis Bouyer, en su reciente libro «Religiosos y clérigos contra Dios»: “La actual crítica de lo religioso y lo sagrado por los mismos clérigos tiene grandes pretensiones pero las justifica muy mal. En ella se nos interpela con un tono perentorio en nombre del pensamiento científico, del cual se pretende decirnos la última palabra. Pero es demasiado claro que de las ciencias invocadas no tienen aquellos clérigos más que un barniz periodístico”.

 La ponencia sometida a consideración de los obispos responde a un cuestionario que, en primer término, “trata de descubrir las líneas que parecen dirigir la evolución político-social de la sociedad española, a partir de la proclamación del Rey Juan Carlos I”. En segundo término, el autor responde a la preocupación de “ver cuál ha de ser la posición que la Iglesia ha de adoptar ente la evolución social”.

 Pero enseguida se echa de ver que las líneas por las que él cree que discurre la sociedad española y el futuro secularizado que él contempla y quiere por razones “teológicas” y pastorales es puro subjetivismo. Porque es evidente que ni él pone a contribución en su trabajo las ciencias positivas que podrían utilizarse ni tampoco están ellas en situación de poder determinar por dónde discurrirá la vida pública española ni en el futuro inmediato ni más remoto... Sólo Dios sabe por dónde discurrirá nuestro futuro; lo demás, las lucubraciones futurológicas de los obispos son pura fantasía.

 Sobre el futuro de España no saben nada nuestros obispos… a menos que nos empeñemos, como parece ser el designio de mons. Setién y de alguna personalidad vaticana, en descatolizarla, en extirpar violenta o solapadamente lo que este obispo gusta de llamar “nacional-catolicismo”…

 ¿Por qué se han de ocupar los obispos de conocer y evangelizar el futuro –que no conocen- si apenas evangelizan el presente, sobre el que tienen misión de apostolado?... ¿Y quién será capaz de conciliar, en cinco días, los ochenta documentos, los ochenta intelectos de los prelados que concurran a la asamblea, tanto más cuanto se aprecia una ruptura clara entre obispos como mons. Tarancón, y mons. Setién frente a mons. Temiño, mons. Blanco, mons. Guerra Campos o mons. Barrachina? Porque: ¿con qué Iglesia nos quedamos, la del cardenal Tarancón en su “homilía a la Corona” y la Declaración de Derechos Humanos o la de mons. Guerra Campos, en su carta pastoral sobre la “Monarquía católica”?

 En resumen, este documento de mons Setién que se propondrá a la asamblea de obispos españoles a fines de febrero contiene como notas relevantes: la similitud con la metodología de Marx; la subjetivización de lo Revelado; el anarquismo eclesial; y un nuevo cristianismo servil a un mundo laico, secularizado, científico y racional…

 El documento responde al pensamiento de mons. Setién, de mons. Palenzuela, del canónigo González Ruiz, de Ruiz-Giménez, de Enrique Miret, los cuales pretenden descatolizar España, no se sabe por qué, ni para qué, ni en beneficio de quién, como si la Iglesia se hubiera equivocado desde el siglo IV acá…

 Eulogio RAMÍREZ

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 478, 6-Mar-1976


lunes, 13 de octubre de 2025

Blas Piñar por la Civilización cristiana europea

 Discurso de 1978

  Blas Piñar en Roma

 EN ESTA HORA DIFÍCIL

 Traducción del discurso pronunciado por Blas Piñar, en Roma, el 7 de octubre de 1978, en la Asamblea General de “Civiltá Cristiana”.

 Hablar en Roma, capital del mundo cristiano y, en cierto modo, capital de Europa, en circunstancias como las presentes y con motivo de la Asamblea General de un Movimiento como “Civiltá Cristiana”, con el que nos unen a los españoles que comparten las ideas que yo puedo representar, tan profundas afinidades, conmueve y alerta.

 Conmueve, porque la Iglesia y el mundo en que la Iglesia ha ejercido más intensamente su influjo conformador atraviesan una crisis “in radice”. Y alerta, porque tan sólo el hecho de invitar a un español que se ha significado políticamente, para pronunciar este discurso conmemorativo de la batalla de Lepanto, supone que la mirada de muchos se fija en mi Patria y en Fuerza Nueva, cuando una amenaza similar y más poderosa que la de entonces se hace sentir “ad extra” y “ad intra”. “Ad extra” porque el comunismo, “intrínsecamente perverso”, ocupa militarmente gran parte del planeta, y “ad intra” porque el comunismo enajena con su mística falsa, hija del padre de la mentira, amplios sectores del planeta, todavía no sujeto a su brutal tiranía.

 Hoy, 7 de octubre, a la distancia de aquel día lejano, en que la cristiandad ganó una victoria decisiva, conviene que, por su vigencia, recordemos algunas lecciones de aquella jornada singular.

 En primer término, a Nuestra Señora María, en el tiempo histórico de su Hijo, que, como apunta S. Luis María Griñón de Monfort, tiene apariciones fugaces. Toda la Mariología de San Pablo se reduce a decirnos que el Mesías nació de mujer; y los Evangelios, entre el instante de la Anunciación y el del Calvario, nos ofrecen ráfagas luminosas, pero escasas, de una biografía que el Señor quiso velar para sí, como un huerto sellado y privativo.

 Pero después del Calvario y del “Mulier, ecce filius tuus”, María, que absorbida por su Hijo según la carne, estuvo oscurecida y en la penumbra, dedicará hasta el fin de los tiempos, a todos los hijos que nacen de su maternidad espiritual, la atención desbordadamente femenina que aquéllos requieren en su tránsito por el valle de lágrimas.

 María será “Auxilium christianorum” para cada uno, y para las comunidades políticas que hacen profesión de fe en su Hijo y en su divina maternidad. Si al “Mulier, ecce filius tuus” sucede en la solemnidad de la Pasión el “Ecce mater tua”, es lógico que un clamor anhelante de oraciones se eleve hasta Ella cuando el peligro se hace mayor, cuando la “claritas Dei” desaparece oscurecida por el humo de Satanás, al repetirse el “tenebrae factae sunt super universam terram” (Mat. 27,45; Luc. 23,44).

 Entonces, en aquel 7 de octubre, como ahora, los cristianos y la cristiandad, en una de esas confesiones colectivas de impotencia, de visión nítida de las fuerzas espirituales en lucha, de la necesidad de lo trascendente, del “pedid y recibiréis”, elevan sus preces a la Señora en demanda de ayuda, para que Ella, “Virgo potens” aplaste la cabeza de la serpiente.

 S. Pío V, el Papa que recogió la magnífica herencia del Concilio de Trento, el de la auténtica Reforma frente a la revolución luterana, reunido con sus cardenales, miró al cielo de repente e, iluminado por una visión celestial, exclamó: “Cesad los negocios y no pensemos sino en dar gracias a Dios por el triunfo que acaba de conceder a nuestra armada”. María, la Señora, “Regina Sacratísimi Rosarii”, había respondido a la llamada de urgencia, a la petición colectiva de auxilio. La media luna, en el golfo de Lepanto, había retrocedido ante la Cruz, y la Cristiandad, a punto de perecer, se había salvado.

 Pero esta intervención sobrenatural, explícitamente reconocida por la Iglesia, victoria sobre el “mysterium iniquitatis”, actuó a través de causas segundas. Y así como la brisa de la primavera mueve los pétalos para que exhalen su perfume, así también el soplo del espíritu sacude y agiliza la voluntad humana para que ponga en ejercicio su capacidad de acción. Si María fue “Auxilium christianorum”, como hoy nos recuerda la letanía lauretana, fue porque los cristianos de aquel 7 de octubre movilizaron todos sus medios para merecer el auxilio. Es verdad que algunas naciones no quisieron o no pudieron responder a la llamada; pero otras, sí. La respuesta sin condiciones a la convocatoria del Papa la dieron Venecia, por una parte, y España, por otra. Los mejores barcos, marineros y almirantes estuvieron allí. Al frente de todos, nuestro príncipe don Juan de Austria, con Andrea Doria y Álvaro de Bazán, y desconocidos, entre los voluntarios, Miguel de Cervantes, autor luego del “Don Quijote de la Mancha”, y del bello discurso, quizá inspirado en la magnitud de aquella lucha, sobre “las armas y las letras”.

 Pero no quedan ahí las lecciones que hemos de recordar y aprender. La “geopolítica” deviene una constante de influencia histórica, como una calzada del imperio cuyo trazo firme continua imborrable. La configuración del continente y del contenido europeo, el Mediterráneo, con su amplia costa envolvente y sus puertas angostas, y los bastiones anclados de sus grandes islas codiciadas.

 Quienes hoy pretenden apoderarse de Europa se mueven en el mismo teatro de operaciones: y a ese teatro geopolítico subordinan su estrategia y su táctica. Que la mercancía sea diferente no altera el hecho de que la vereda a seguir para llevarla a la misma ciudad sea idéntica.

 Hoy (1978), los tanques soviéticos se hallan en el corazón de Europa, en la mitad de Berlín y en las proximidades de Viena. Pero no muchos años antes de la batalla de Lepanto, el rey de Austria tuvo que entregar una parte de Hungría, y la catedral de Pest fue transformada en mezquita.

 Hoy no es un secreto para nadie que el Mediterráneo perdió su viejo calificativo de “mare nostrum”, surcado por navíos de guerra con la hoz y el martillo, y que la isla de Malta, asediada en 1566, y Chipre, ocupada en 1570, saltan al primer plano de la actualidad por motivos y fricciones que debilitan al llamado mundo libre. Ignorar la escena geopolítica en que se desarrolla el drama presente, y olvidar el “modus operandi” que demostró su eficacia el 7 de octubre de 1571, sería un doble error, a la vez trágico e imperdonable.

 Pero queda por reseñar una cuarta y última lección, que estimo corresponde casi en exclusiva en España, y que hasta el presente, al menos, ha sido relegada al olvido, quizá por lo que albergue de censura para quienes hoy desempeñan en un plano universal papel semejante al que en aquella sazón desempeñamos nosotros.

 La España de aquel tiempo, como ente político, asumió su papel con entereza y con dignidad. No rehusó los sacrificios que su posición le imponía. Subordinó al bien común de la Europa cristiana su interés nacional. España no practicó una política de coexistencia pacífica, como la consagrada definitivamente en Helsinki (1975), porque la amable suavidad de dicha coexistencia, por un lado, reconoce contra todo derecho las anexiones arbitrarias y forzadas impuestas por los comunistas, y de otro, concede un seguro sin contraprestación adversaria, para que el enemigo refuerce su potencial bélico e incremente su penetración subversiva en el llamado mundo libre.

España hizo tres cosas reñidas con ese tipo de coexistencia debilitadora: envió voluntarios catalanes y aragoneses en ayuda de los “kleptas”, es decir, de la guerrilla griega, que continuaba luchando en las montañas contra los jenízaros; acudió en auxilio de Malta y del señor de La Valeta, con treinta galeras que salieron de Sicilia al mando del marqués de Santa Cruz; y, sintiéndose Europa y Cristiandad a un tiempo, llegó, con su príncipe, hasta Mesina.

 El pueblo recibió a don Juan de Austria en una apoteosis delirante, porque ese pueblo, al igual que el príncipe, se sabía cristiano y europeo; y el enviado del Papa entregó al capitán el famoso pendón de Lepanto, el que se guarda como joya de valor inapreciable en el hospital Museo de Santa Cruz de Toledo, mi ciudad natal. En el glorioso estandarte de la victoria del 7 de octubre, la figura de Cristo en la Cruz está bordada sobre fondo de azul damasco, y sobre ese fondo destacan los símbolos de Roma, Venecia y España, como un anuncio de la hermandad de fe y de sangre, en tantas ocasiones repetida, y últimamente en nuestra guerra de liberación nacional, de italianos y españoles.

 ***

Esta evocación en tiempo presente de la jornada de Lepanto -obligada por razón de la fecha y del motivo de la convocatoria que aquí nos reúne- nos lleva de la mano a contemplar las ideas de Dios, de Patria y de Justicia, que se ofrecen como objeto de mi discurso en la invitación de Civiltá Cristiana. ¿No fueron acaso tales ideas, ahincadas en el espíritu de quienes de uno u otro modo participaron en aquella lucha, las que se defendieron en Lepanto con abnegación? ¿No fueron tales ideas las que estimularon el heroísmo de quienes cantando el “Exurgat Deus” libraron a la cristiandad de un inmediato aniquilamiento?

 Pues bien, tales ideas, el grupo político que tengo el honor y el riesgo de presidir en España, las ha hecho suyas y las ha enarbolado como lema. “¡Dios, Patria y Justicia!”. He aquí tres palabras que se repiten en nuestra organización; que se gritan en el curso y al clausurar las concentraciones multitudinarias de Fuerza Nueva; que surgen espontáneas y unánimes, de miles de gargantas juveniles, en los teatros, en los campos de deportes, en las plazas de toros, al aire libre, cuando, respondiendo a nuestra llamada, amplios sectores del pueblo español vienen a escucharnos y respaldarnos. La razón de este lema se halla en las motivaciones personales que nos llevaron a poner en marcha el movimiento y en los objetivos últimos de nuestro quehacer político.

 Quiero hacer una afirmación de entrada: nosotros no somos políticos en los que subyace una inspiración cristiana; somos cristianos que, por una exigencia de la caridad para con la Patria y para sus compatriotas, entramos en el juego político.

 Recuerdo que en un diario católico de fines de siglo XIX leí, escrito en grandes titulares: “Nada, ni un céntimo para la política. Todo, hasta la vida, por la religión”. Salvo, naturalmente la buena fe del autor; pero lo cierto está en que, precisamente, por razones de carácter sobrenatural, la dedicación a la política es un deber que exige la entrega del dinero, del tiempo, de la vida y de la fama,

 Para entenderlo así hay, naturalmente, que distinguir entre política y política, entre Política con mayúscula y política con minúscula, porque aunque los vocablos sean los mismos, son diferentes e incluso antagónicos los conceptos de que son portadores. Ocurre aquí algo parecido a lo que sucede con la palabra amor, que es ambivalente, y lo mismo sirve para designar la devoción generosa de un matrimonio que el concepto efímero y venal en una casa de lenocinio.

 Pues bien, la política con minúscula, es decir, como sucio comadreo, como conquista electoral de votos a cambio de lo esencial, lo mismo que el amor de burdel, no nos interesa ni nos seduce. Al contrario, nos provoca una repulsión irreprimible. Pero la Política, con mayúscula, en la que al “finis operis” se agrega, sublimándola, el “finis  operantis”, nos llama contra nuestro instintivo deseo a la quietud, contra la aversión al riesgo y a la aventura de lo desconocido. La Política, si así se la entiende, no es una diversión ni una carrera. Es una vocación, un llamamiento que nos interpela, nos acorrala y nos acosa, colocándonos en la tesitura de corresponder a la misma, asumiendo su cruz con la esperanza de que el Señor la tornará ligera, o de rechazarla, rehusando la fatiga que esa vocación comporta, pero amargando la comodidad saciada, con el hormigueo de la propia conciencia y con el balance nefasto por el bien común de la inhibición querida (…) Lepanto, María “Auxilium Christianorum” y Regina Sacratissimi Rosarii”. “Dios, Patria, Justicia”, en esta hora difícil de la antigua Cristiandad y de Europa.

 Permitidme que os diga que yo, a la altura de mi tiempo, precisamente por ser y por sentirme español, creo en Europa y quiero servir a Europa. Para mí, Europa no es un trozo de tierra delimitado en un mapa, ni un mercado común, ni un bloque militar a la defensiva. Tampoco es Europa una civilización, sino que es, o ha sido, la civilización. Lo que ha dado unidad espiritual y cultural a Europa, lo que convirtió a Europa en faro y guía, haciendo tránsito de su ser a otras vastas regiones del planeta, fue la asimilación por sus patrias de los valores intemporales que sacan al hombre de su miseria, y ya en este mundo le elevan y redimen.

 Sólo restaurando esos valores intemporales, Europa puede escapar al empuje convergente de la amenaza y de la  autodestrucción. Para ello hacen falta europeos de todas las patrias de Europa, tocados por el sentido de misión, dispuestos a buscar en la mística profunda de un cristianismo no falsificado la fuente de su voluntad heroica.

Invoquemos, para que nos sonría la esperanza, a San Benito, el gran italiano, patrón de Europa, y a María “Auxilium Christianorum”.

 ¿Sabéis que en el Peñón de Gibraltar se veneraba una imagen de Nuestra Señora de Europa? ¿Y sabéis que esa imagen estuvo presente en la batalla de Lepanto? ¿Y sabéis que esa imagen, destruida por iconoclastas protestantes durante la guerra de sucesión, fue sustituida por un lienzo que hoy se halla en una iglesia de las Hermanitas de los Pobres, del Campo de Gibraltar? ¿Y sabéis que otro lienzo de Nuestra Señora de Europa fue enviado desde España a Roma para ser bendecido por Juan XXIII, y llevado hasta los Alpes Dolomitas, por donde pasaron Carlomagno y Carlos V, los dos grandes paladines cristianos de la Europa unida y colocado en la iglesia de la Madonna de Campiglio, en Trento?

 En torno a la Virgen y Madre de Europa, casi adolescente, despeinada y rubia, con manto azul y mirada soñadora, se alzan las banderas de nuestras Patrias. Que Ella las bendiga para que Europa sea de nuevo una, grande y libre.

 (Una fuerte ovación acabó el discurso de nuestro presidente)


Revista FUERZA NUEVA, nº 616, 28-Oct-1978

 

domingo, 12 de octubre de 2025

Repaso a cien años de Tradicionalismo (1868-1968)

 Curioso artículo de 1968, anterior a la designación de Juan Carlos como futuro rey

  CENTENARIO DE UNA REVOLUCIÓN (1868-1968)

 Fue don Juan Vázquez de Mella quien el 29 de septiembre de 1892, en el “Correo Español”, nos señaló la “¡Coincidencia providencial!” en dos muy importantes 29 de septiembre. Esa coincidencia ha continuado repitiéndose tras la muerte del tribuno de la Tradición y de la Hispanidad.

 La historia del Tradicionalismo está ligada íntimamente a la del liberalismo y a las hijuelas de éste, como la historia del bien está ligada a la del mal y la de la verdad a la del error. No somos fatalistas, sino providencialistas. De las coincidencias providenciales debemos sacar enseñanzas y debemos analizarlas.


 29 de septiembre de 1833. Muere Fernando VI y se entroniza a Isabel II

 Hace 135 años (1833-1968) moría, el 29 de septiembre, Fernando VII y con él moría también al decir de Vázquez Mella, “el absolutismo regalista e ilustrado que había desnaturalizado la antigua y castiza Monarquía tradicional, y comenzó el régimen parlamentario, tiranía oligárquica o corruptela, o mejor dicho, anulación lo más completa de la gran institución nacional”.

 En esa fecha subió al trono de los Reyes Católicos la niña Isabel II, para defender ese liberalismo parlamentario, hijo del absolutismo. Simultáneamente los carlistas abanderan la Tradición para recuperar el destino de las Españas y la institución monárquica, instituyendo rey a Carlos María Isidro, Carlos V.

 Desde entonces, salvo escasos periodos de tiempo, la España oficial había de está reñida con la España tradicional y auténtica.

 Una guerra de siete años, como punto inicial, y la serie de desastres políticos que han sido consecuencia de la existencia de las dos Españas, la verdadera y la falsa, han sido el balance de aquel 29 de septiembre de 1833.


 29 de septiembre de 1868. Destronamiento de Isabel II. Revolución del duque de la Torre

 Treinta y cinco años más tarde, según la explicación de Mella, “salía doña Isabel, la hija de Fernando VII, de España, habiendo tenido cerca de 500 ministros; tantos pronunciamientos, por lo menos, como años de Monarquía, amenizados por el asesinato de los religiosos y el despojo de la Iglesia, llevando por toda compañía cuatro carlistas vascongados, que le sirvieron de escolta de honor al traspasar la frontera”.

 Las fuerzas políticas que la habían entronizado para que sirviera a sus intereses, la empujaron el destierro. Llegada a su madurez política, habiendo adquirido experiencia y conocimiento del equipo que la rodeaba, quiso oponerse, de vez en cuando, a sus sectarismos, y la masonería que la había traído, se confabulaba contra ella, y hombres de tanta confianza íntima como el general Serrano, duque de la Torre, abandonan a “su” reina.

 Es entonces cuando el pueblo tradicionalista, que había respetado los últimos años del reinado de Isabel II y que incluso, una pequeña representación la acompañó hasta el destierro, ve a ciencia cierta la hecatombe que propugna la revolución liberal, y capitaneado por el joven Carlos VII, se apresta nuevamente a morir y a ser traicionado por los poderes ocultos, tras otra guerra de cuatro años. Se lucha contra el Gobierno provisional de la Regencia del duque de la Torre, contra la monarquía de Amadeo, contra la I República y contra la Monarquía saguntina, alfonsina o liberal.

 “De todos sus servidores -sigue diciendo Mella- y partidarios no salieron dos siquiera a la calle y al campo a gritar “Viva Isabel II”. Todos la abandonaron con una ingratitud que encierra dolorosas enseñanzas”.


 29 de septiembre de 1909. Muerto Carlos VII, la tradición no muere

 Cuarenta años más tarde, en septiembre de 1908, se vio claramente que la revolución liberal seguía royendo las entrañas españolas, a la par que degeneraba en bastardas revoluciones. Tuvo lugar el primer Congreso anarquista y se constituyó la C.N.T., permaneciendo impasible el régimen de Alfonso XIII, continuador de la Monarquía liberal y saguntina, y sin que se diera cuenta del cáncer político que la minaba.

 Al año siguiente, 1909, muere Carlos VII y le sucede su hijo Jaime III, precisamente en un 18 DE JULIO, fecha que había de constituir, tras veintisiete años más, el inicio de la más moderna de las Cruzadas. Pues bien, si el 29 de septiembre de 1909, mientras las tropas españolas ocupan el Gurugú africano, como hecho y símbolo de que la España tradicional e imperial no había muerto, Jaime III se decide a enarbolar la bandera de esa Tradición y empieza la redacción del primer manifiesto que había de suscribir pocos días después.

 La revolución liberal continuaba carcomiendo la Monarquía, y el anarquismo y el socialismo -hijos del liberalismo- preparaban la muerte del liberalismo. Entretanto, la Tradición se mantenía firme, a pesar de la muerte de Carlos VII. Por esas mismas fechas, Jaime III escribía la frase de que “hacía suyos los principios religiosos y patrióticos de sus antepasados y todos los manifiestos de Carlos VII, desde la carta al Infante don Alfonso Carlos hasta las afirmaciones religiosas y patrióticas de su testamento político”.


 29 de septiembre de 1931. Muere Jaime III y el anciano Alfonso Carlos pasa a ser Caudillo

 Pasaron veintidós años más. Llegamos al fatídico 1931, en cuyo 14 de abril Alfonso XIII consumó el “segundo abandono” de la Monarquía. Al nieto de Isabel II tampoco le acompañaron los suyos. Los que más lo sintieron fueron los que no eran sus partidarios, los carlistas. En septiembre, el monarca autodestronado se entrevista con su primo Jaime III, a quien confesó que no tenía tantos y tan buenos monárquicos como el abanderado de la Tradición (¡cómo los iba a tener, si él no representaba más que una institución hueca y sin contenido ideológico positivo!)

 El 29 de septiembre cae mortalmente enfermo don Jaime. Sólo escasos días habían de pasar para entregar su alma al Redentor. En realidad, dejó de existir en ese final de septiembre de 1931, mientras se debatía el ser o el no ser de España, en luchas intestinas entre los republicanos que se enfrentaban con la España tradicional.

 El peso de la bandera recayó sobre el último vástago varón superviviente de la dinastía insobornable, en el anciano e íntegro don Alfonso Carlos, quien en su juventud había defendido la Puerta Pía del Vaticano, armado con la espada de su abuelo Carlos María Isidro, y que había de dirigir al ejército carlista de Cataluña como general en jefe.


 29 de septiembre de 1936. Muere don Alfonso Carlos y Francisco Franco pasa a ser el Caudillo de todos los españoles

 Veintisiete años transcurridos desde aquel 18 de julio en que ocurriera la muerte de Carlos VII, advino el 18 de Julio definitivo, el del Alzamiento de los partidarios de los mismos principios que aquél capitaneara, acompañados de fuerzas y nuevas y juveniles, juntamente con lo más selecto del Ejército. No se podía consentir que la auténtica España se nos muriera entre las manos.

 Don Alfonso Carlos obró la maravillosa unión de todos los tradicionalistas, en un apretado haz. Representado por su sobrino, don Javier Borbón Parma, dio las órdenes de movilización de las fuerzas tradicionalistas. Llega el 29 de septiembre del mismo año y muere el anciano Caudillo.

 Entre tanto, el bilaureado general Varela, carlista y organizador de las fuerzas del Requeté, entraba victorioso -en un 29 de septiembre- a salvar la vida de los héroes supervivientes del Alcázar de Toledo, y en ese mismo día, el “Boletín Oficial” del Nuevo Estado publicaba el decreto por el que otro Caudillo, el general Franco, habría de instaurar la Monarquía Tradicional, Católica, Social y Representativa, que durante más de cien años habían defendido los carlistas abanderados por Carlos V, Carlos VI, Carlos VII, Jaime III y Alfonso Carlos, en oposición a la Monarquía liberal y las dos repúblicas antiespañola.


 29 de septiembre de 1968. La Tradición sigue viva a pesar de que el liberalismo está aliado con sus enemigos

 Ha transcurrido cien años (1968) desde la revolución de Serrano, Prim y Topete. El error continúa -y continuará- combatiendo a la Verdad, y la España afrancesada, liberal y marxista sigue luchando contra la España auténtica, tradicional y social. Los derrotados militarmente en 1939 se esfuerzan en ser victoriosos políticamente, y quieren -para ello- anular y suprimir el 18 de Julio y el 1 de abril de 1939.

 La Tradición se resiste -y se resistirá- a ser vencida y traicionada por tortuosas sendas de cobardía. El liberalismo con sus nuevas formas de progresismo y de cristianismo democrático y socialista quiere mantener su poderío monopolístico y totalitario.

 Dios quiera que este año centenario de la llamada “revolución de septiembre” o “Gloriosa”, sea una reafirmación de la institución de la Monarquía Tradicional, y que no se dé ningún paso en falso, que no sería más que una continuación de las catástrofes del 29 de septiembre de 1833 y del 29 de septiembre de 1868.

 Roberto G. Bayod Pallarés


Revista FUERZA NUEVA, nº 88, 14-Sep-1968

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Filosofía hispanocéntrica (2)

 

  SUGESTIONES PARA UNA FILOSOFIA HISPANOCENTRICA. ENSAYOS FILOSOFALES HISPANICOS

 Por RAFAEL GIL SERRANO.-

«FILOSOFIA DE LA HISPANIDAD»

 Veíamos cómo mentes preclaras añoraban una filosofía hispánica definitiva. Veíamos también cómo ya, en 1936, el padre Antonio Torró O. F. M., publicaba una «Filosofía de la Hispanidad» (2) que, por cierto, ha sido totalmente olvidada.

 Desde luego, la filosofía del padre Torró es un ensayo interesantísimo que hoy, ante el retroceso que están experimentando los valores patrios, convendría ser leída por muchos. Sin embargo, no es la filosofía definitiva de LA HISPANIDAD, sino más bien de España. Y así dice:

 «Reflexión y examen; reflexión sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y hemos sido, sobre el alma profunda de España, que nos nutre y sustenta, aunque de ella renieguen algunos» (3). «Sólo así hemos de reanudar el movimiento científico y espiritual de España» (4) y que, «por lo demás, la ciencia de la educación humana lo pide también así» (5).

 Precisamente el mérito de la ciencia y de la educación hispana tradicionales consiste «en que una y otra pusieron al hombre por blanco y objeto preferente de sus cuidados, sacando de las entrañas del humanismo la preocupación y la idea pedagógicas, y dando así lugar a la filosofía propia de España, que es la filosofía de lo humano y de la humanidad» (6).

 «EL PROBLEMA DE LA HISPANIDAD»

 Otro ensayo, breve pero interesante e ignorado totalmente, se debe a la pluma de Juan Francisco Yela Utrilla. También resulta insuficiente, pues se limita a señalar tres notas esenciales de la HISPANIDAD: Desprecio de la muerte por amor de la vida, ausencia de particularismos por ansia de empresa universal, y por último, anonimato en busca de lo trascendente (7). Sin embargo, tiene párrafos tan bellos, que no nos resistimos a copiar algunos. Helos aquí:

 «Nuestra generación o la próxima a ella acaba de acuñar bellamente la palabra HISPANIDAD, cuya hermosura ha provocado en su derredor el vuelo de toda clase de seres animados, desde la industriosa abeja al vagabundo y parásito zángano; todos nos hemos complacido en tocar y manosear la bella creación vocálica hasta ajarla y ponerla en peligro de que degenerase en algo seco y rígido como la misma rastrojera.

 La palabra HISPANIDAD, ya por su forma misma de vocablo abstracto, estaba reclamando a poetas-filósofos y filósofos-poetas, que vertiesen en ella basta hacerla rebosar, la ambrosía de las ideas platónicas, de los eternos e inmutables prototipos de las cosas, jerarquizados bajo el uno y el Bien supremo; HISPANIDAD había de expresar o exprimir el zumo de las más puras esencias hispánicas, había de ser cual forma purísima que transparentase

esas esencias; HISPANIDAD era término que estaba exigiendo la contemplación filosófica, como la sola capaz, de darle sentido adecuado a la multiplicidad de sus posibles dimensiones.

 Precisamente desde el punto de vista filosófico se nos presenta temáticamente la HISPANIDAD como algo del todo virgen, cual selva inmensa por roturar, no obstante lo traído y llevado del vocablo. Se ha pretendido entrar en esa selva preñada de enigmas y encantos sin previa ruta o sendero a través de los corpulentos árboles que la pueblan; se ha llegado a conocer algunos de los gigantes de esa selva y hasta a señalarlos con hitos de exploración futura, pero jamás se ha logrado, ni aun siquiera pretendido, abrir seguro camino cara la entraña y los más profundos escondrijos, donde late la esencia de la HISPANIDAD. Ni aun siquiera se ha jerarquizado la problemática del tema, graduando la serie de cuestiones y los niveles de éstas en su posible adentración o altura hacia la esencia buscada» (8).

 «EL IDEAL HISPANICO A TRAVES DE LA HISTORIA...»

 Mas a pesar de lo mucho que se haya manoseado «la bella creación vocálica», es lo cierto que casi todos los trabajos sobre HISPANIDAD con intención o fundamentación filosófica solo se refieren a la Filosofía de la Historia, en su aspecto providencialista, aplicado a ESPAÑA. Un ensayo de este tipo, verdaderamente estupendo —aunque olvidado o ignorado es «El ideal hispánico a través de la Historia...», debido al sacerdote auténticamente español Enrique González Díaz de Robles (9).

 Se trata de una colección de artículos periodísticos publicados al principio de nuestra GUERRA HISPANICA, y cuyo segundo artículo se titula: «Un poco de historiosofía». En este artículo, contestando a la pregunta: «¿Qué dice la historiosofía?». se afirma que fácilmente nos convenceremos de esta gran verdad: «A todos los pueblos del Universo —como a todos ios individuos— les ha sido asignado por la Providencia un destino particular que cumplir en la Historia» (10). Y, por ende, a toda la HISPANIDAD: «El destino de la Hispanidad es el mismo destino de la catolicidad» (11).

 Este librito, a pesar de que tenga algunos fallos —como el de creer que el 12 de octubre de 1492 «comienza su existencia la Hispanidad» (12), es estupendo porque se remonta por encima de linderos históricos y geográficos ocupándose, entre otras cosas, del hecho de la Hispanidad, del espíritu de la Hispanidad, del ser de la Hispanidad, de la Hispanidad y el mundo actual y, por último, de la Hispanidad y el porvenir. 

«EL DESTINO DE ESPAÑA EN LA HISTORIA UNIVERSAL»

 El tema del destino histórico limitado a España (la palabra HISPANIDAD en este caso no se cita) había sido ya tratado por el padre Zacarías García Villada antes de la GUERRA HISPANICA, bajo el título de «El destino de España en la Historia Universal» (13). Libro interesantísimo, ciertamente, por tratarse de un problema que da funcionalidad a toda la HISPANIDAD.

 El padre Villada dice que dicho destino «está concretado en la defensa y propagación del Reino de Cristo sobre la tierra, que es la Iglesia católica» (14). Y su conclusión, con la que se cierra el libro, es la siguiente: «España, católica oficialmente, será también el brazo del universalismo y de la catolicidad. España atea o laica oficialmente, no será nada y se derrumbará...» (15).

 Lo malo es que la eficacia de este libro ha sido totalmente neutralizada por el mismo padre Villada al poner en entredicho la Tradición de la Venida Santiáguica —y, por supuesto, la Pilarica— a España. Y aunque en este libro la reconozca muy tímidamente cuando dice: «El proyecto del Apóstol (San Pablo) se realizó, efectivamente, y gracias a su predicación, a la de los siete varones apostólicos y (según antigua tradición) a la de Santiago» (16); no puede borrar el desgraciado enfoque que al problema le diera en su monumental «Historia eclesiástica de España» (17), empujando a su negación a todos aquellos historiadores que siguieron sus huellas (18).

 IDEAS PARA UNA FILOSOFIA DE LA HISTORIA DE ESPAÑA»

 Y ya sólo nos queda el trascendental ensayo grandes de la HISPANIDAD, Manuel García Morente, titulado: «Ideas para una filosofía de la Historia de España», del cual nos ocuparemos otro día.

 ****

(1) «¿Qué Pasa?», número 203. 18-11-67.

(2) Dr. P. Torró: «Filosofía de la Hispanidad». 1936. Biblioteca «Paz y Bien», dirigida por los Padres Franciscanos de Valencia. Tipografía Católica Casals. Barcelona.

(3) Id., id. pág. 11.

(4) Id., pág. 12.

(5) Id., id.

(6) Id., págs. 12-13

(7) «Revista de la Universidad de Oviedo». «El problema de la Hispanidad, por Juan Francisco Yela Utrilla. Oviedo. 1941.

(8) Id., id. págs. 6-7

(9) Enrique G. Díaz de Robles: «El ideal hispánico a través de la Historia», Imprenta El Ideal Gallego. La Coruña, 1937.

(10) Id., id., pág. 25.

(11) Id., pág. 73.

(12) Id., id., pág. 28.

(13) Zacarías García Villada. S. J., de la Real Academia Española: «El destino de España en la Historia universal», segunda edición aumentada. Cultura Española. Madrid, 1940.

(14) Id., id., pág. 50.

(15) Id.., pág. 264.

(16) Id., págs. 59-60.

(17) «Historia Eclesiástica de España», tomo I. Madrid. 1929.

(18) Véase «Historia de España», dirigida por Ramón Menéndez Pidal, tomo II. Madrid, 1935. Págs. 447-48.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 205, 2-Dic-1967