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jueves, 2 de octubre de 2025

Todo para demoler; pero el rey, intocable

 Artículo de 1978

  EL REY INTOCABLE ¿POR CUÁNTO TIEMPO?

 Me atrevería a preguntar “¿Por cuánto tiempo?”. Y esa pregunta, tan simple en apariencia, se funda en unos razonamientos sencillos, que expongo brevemente.

 No es extraño que periódicos de corte liberal abierto como el “ABC”, o de corte liberal sofisticado como el “Ya”, se muestren partidarios de una Monarquía “reinstaurada” y calcada sobre los viejos moldes del siglo XIX. Resulta, por el contrario, muy sintomático, que la prensa de inspiración comunista, socialista e incluso republicana acate una Institución que por su naturaleza contradice sus postulados políticos. Resulta insólito que las revistas copadas por unas directrices hostiles al sistema monárquico difundan desde sus páginas la sonrisa, el respeto y la complacencia hacia unas orientaciones diametralmente opuestas y antagónicas a sus propias convicciones. Resulta finalmente asombroso e incomprensible que los portavoces del futuro Frente Popular, Santiago Carrillo, Enrique Tierno Galván y Felipe González, acudan a palacio y rindan homenaje y pleitesía al Monarca. Para los republicanos, socialistas y comunistas el Rey es intocable.

 Junto a ese extraño fenómeno de la intocabilidad real, en todos los medios de expresión se vienen desarrollando unas direcciones y situaciones políticas que conducen directamente a la desmembración de la unidad nacional y suponen, por consiguiente, un golpe mortal de necesidad para la misma subsistencia de la Corona.

 ¿Cómo se explican ambos fenómenos? ¿Cómo se entiende que al amparo de la intocabilidad regia se planifique una estrategia política cuyo resultado final será la extinción de la Monarquía?

 La conjunción paradójica de esos dos fenómenos contradictorios entre sí, intocabilidad del Rey y realización escalonada de unos planes prefabricados que producen su defenestración, sólo puede explicarse sobre la base de unas consignas teledirigidas desde el exterior y servidas desde el interior, que teniendo por destino la destrucción de España, arbitran como instrumento idóneo para conseguir mejor dicho objetivo cobijarse a la sombra del Monarca, hacer su figura intocable, alejarle de una problemática política en cuyo nudo gordiano se halla implicada la subsistencia misma de la Monarquía.

 El Rey, víctima de ese gran fraude, sería en sus planes una especie de narcosis, de adormidera o de anestesia contra las posibles reacciones de las fuerzas nacionales. La mejor manera para los marxistas de destrozar a España sin provocar reacción alguna es mantener transitoriamente la Monarquía. Así, con seguridad, con garantía, sin miedo a rebeliones, se puede ir operando poco a poco, hábilmente, astutamente el desarme moral de las instituciones básicas, la transformación de sus mandos, la sustitución de jefes en los puestos clave: en una palabra, la desmedulación de su espíritu patriótico y nacional.

 Bajo la sombra venerable y protectora de un Rey que legal y realmente debería ser intocable, se intenta que duerman narcotizados los reactivos nacionales, aletargados y paralizados, en apariencia, e insensibles ante la ruina de la Patria que se avecina. (…)

 Julián GIL DE SAGREDO


 Revista FUERZA NUEVA, nº 617, 4-Nov-1978


Vocación política de José Antonio

 

 AQUEL 29 DE OCTUBRE DE 1933

 El porqué de los grandes acontecimientos de la vida de los hombres queda, casi siempre, nimbado por el misterio. Lo mismo sucede con la suprema razón que obliga a un pueblo a cambiar políticamente de rumbo. Nadie ha podido desvelar todavía el arpegio de las voces que José Antonio sintió en su corazón para, dejando a un lado comodidades y brillo social, lanzarse en la predicación de un nuevo evangelio político-social que, como es harto notable, aún se mantiene enhiesto, firme y sólido. Había entrado el otoño de 1933 cuando, en los días finales de octubre, en un día claro y sereno, José Antonio puso en marcha su movimiento ideológico. Quienes tuvieron la fortuna de estar presentes en el Teatro de la Comedia, y existen abundantes testimonios del hecho, no creyeron en un principio estar asistiendo a un acto político. Allí imperaba otro estilo y otro lenguaje bastante diferente del propio de dichos actos. Allí, un mozo español iba diciendo cosas elementales: hablaba de auroras, de trigos, de estrellas…

 No quería recompensas terrenales

 José Antonio, con voz serena -la voz del jurista, siempre fiel a la defensa de la verdad-, desgranaba uno a uno los puntos de su ideario. Un ideario en el que no se prometía, a quienes profesasen en el mismo, ni la más humilde recompensa terrenal, ni la más modesta prebenda humana. José Antonio explicaba con rigurosidad -puesto que esta fue la constante que presidió su vida toda: el amor a la armonía, a la medida y a la norma -el programa del irrenunciable servicio para la salvación de España.

 Y, efectivamente, con palabra clara y con absoluta disciplina, alzó la bandera de su lírico movimiento. A nadie engañó ni a nadie defraudó en la gloriosa jornada; su mensaje era radiante: “Nosotros no vamos a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros, fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas”.

 Nunca, ciertamente, con menos palabras se ha podido encender el fuego de los corazones. Y es que, cosa indiscutible, José Antonio estaba en posesión de la palabra justa, de la palabra hecha luz, de la palabra cuyo afluente esencial provenía de su generoso corazón. Y es que, a diferencia de lo que les ocurre a los mediocres líderes contemporáneos, la palabra, para que conmueva, para que penetre y ofrezca la amplitud de su mensaje, debe fraguarse en lo más profundo de las entrañas del orador. El orador es el primero que debe estar convencido, a través de sus palabras, de la verdad, de la sinceridad y de la autenticidad de los principios que expone. (…) El propio José Antonio era plenamente consciente de este hecho, y siempre, y en todo momento -especialmente en las últimas horas de su preciosa vida-, tuvo esto presente: “Ningún régimen se sostiene –dijo- si no consigue reclutar a su alrededor a la generación joven en cuyo momento nace; y para reclutar a una generación joven hay que dar con las palabras justas, hay que dar con la fórmula justa de la expresión conceptual”. En aquella mañana otoñal madrileña, a la vista de su fecundo resultado, no hay duda de que José Antonio encontró la terminología celestial que hizo ponerse en pie a toda una generación española sin privilegiados ni distinguidos.

 Valentía y lucidez, juntas

 A través del tiempo, y tal vez de forma estudiada, se ha caído en el tópico de considerar que la doctrina joseantoniana, en el fondo, no es otra cosa que una manifestación sustancialmente romántica. Nuestro inolvidable líder tuvo, en una brillantísima intervención parlamentaria, que defenderse de este anatema -poco adecuado para un político dotado de tanta lucidez como lo fue José Antonio-: “Yo no soy absolutamente, como el señor Prieto imagina, ni un sentimental, ni un romántico, ni un hombre combativo, ni siquiera un hombre valeroso; tengo estrictamente la dosis de valor que hace falta para evitar la indignidad; ni más ni menos. No tengo, ni poco ni mucho, la vocación combatiente, ni la tendencia al romanticismo; al romanticismo menos que a nada, señor Prieto. (…) Lo que pasa es que lo mismo que el señor Prieto llega a la emoción por el camino de la elegancia, se puede llegar al entusiasmo y al amor por el camino de la inteligencia”.

Y, en efecto, pocos líderes como José Antonio, han anhelado tan humana y profundamente el evitar que la política muriese en las meras estructuras de lo puramente administrativo, ni los sueños ni las ilusiones de todo un pueblo terminaran en la burocracia. Y es que, al mismo tiempo, pocas veces ha existido en España un líder político en el que perfectamente se matrimoniasen, como en José Antonio, la valentía y la lucidez. Justamente, se ha dicho, en sus artículos se observa una sólida formación y una dialéctica dura e inflexible; en sus discursos, facilidad y emoción. Pero, precisamente, fue en sus debates parlamentarios en donde su figura nos ofrece las dimensiones más colosales de su valor, de su finura estética y de su agilidad mental. Desde las páginas de los periódicos que con tanto esfuerzo fundó, desde las tribunas públicas más selectas -como la del Ateneo y la del Círculo Mercantil-, desde el Parlamento o desde el montículo aldeano, impartió siempre su lección serena y ejemplar, a saber: que si una generación se debe entregar a la política no se puede entregar con el repertorio de medio docena de frases con que han caminado por la política otras muchas generaciones, y hasta muchos representantes de ésta. En José Antonio la renovación es constante.

 Su pensamiento, como su corazón, siempre estuvo ocupado por la plenitud de España. Una España, él lo dijo, a la que amó incondicionalmente más por sus defectos que por sus virtudes. Puesto que, precozmente -lo mismo que nos sucede por estos días- advirtió que a su generación le estaban aniquilando la esencia de la Patria. “Porque si nosotros –dijo- nos hemos lanzado por los campos y por las ciudades de España con mucho trabajo y con algún peligro, que esto no importa, a predicar esta buena nueva, es porque estamos sin España. Tenemos a España partida en tres clases de secesiones: los separatismos locales, la lucha entre los partidos y la división entre las clases”.

 Continúa el eco de la fecha

 (…) A los cuarenta y cinco años de aquella mañana otoñal madrileña, sus palabras siguen encontrando eco, a pesar de tantos desvergonzados que se traicionaron a sí mismos y ahora se quieren hacer perdonar su militancia en las filas azules, en los más animosos corazones juveniles. Y es que, decididamente, la juventud siempre ha sido maravillosamente generosa para lo auténtico. Por otra parte, como muy bien ha señalado el más competente biógrafo ideológico de José Antonio -nos referimos al profesor Adolfo Muñoz Alonso-, nuestro inolvidable líder ha sido, quizá, uno de los pensadores españoles que ha tomado más en serio lo que representa la juventud para dotar de sentido la vida y para arrostrar la muerte, para el desencanto y para la edificación del mundo futuro. La muerte a tiro sucio de un joven ilusionado, Matías Montero, ahondó en la conciencia de José Antonio la plenitud de la responsabilidad política. El 9 de marzo de 1934, el alma y cuerpo de José Antonio se estremecieron al comprobar el alcance trágico de su rectoría política, y, al día siguiente, en la inhumación de Matías Montero, José Antonio decidió el destino de su vida, arrancando los últimos esmaltes a sus compromisos de salón.

 Por otra parte, bien cierto es, José Antonio no estigmatizó a la juventud como si fuera una enfermedad de la cronología vital que se cura con los años, sino que la defendió como a una gracia que algunos pierden con la edad. Su política no sólo fue una política de juventud sino una empresa para la juventud. Sin distingos ideológicos en línea de principio. Una angustia sombría circunda a los hombres políticos que no pueden comprobar un grupo juvenil en torno suyo, porque sólo se disipa en el consuelo de los renuevos que crezcan en torno de la rectoría política. Quienes no lo consiguen “saben que con su propia muerte vendrá la muerte del bosque en que nacieron”. (…)

 José Antonio pervive -¡quién lo puede poner en duda…!- por la sencilla y poderosa razón de que, efectivamente, nada de lo que es auténtico se pierde. “Cuando un egregio espíritu se entrega por entero, hasta agotarse en frustración generosa, nunca se dilapida al sacrificio”. ¿Existe destino más bello que el salpicar de sangre las estrellas?

 José María NIN DE CARDONA


 Revista FUERZA NUEVA, nº 616, 28-Oct-1978 


martes, 30 de septiembre de 2025

Desacralización: complejo católico

 Artículo de 1970

  DESACRALIZACIÓN: COMPLEJO CATÓLICO

 Es necesario decirlo abiertamente; nunca como hoy se quiere vivir de una autenticidad tanto más auténtica cuanto más proclamada a todos los vientos, cuanto más puesta a saldo y almoneda. Digámoslo, pues, abiertamente: hoy existe un número notable de católicos -de “cristianos”-, que viven el fenómeno de la desacralización con un lamentable complejo psicológico de inferioridad cultural.

 Por lo demás, la fenomenología de este complejo es simple: ante cualquier manifestación externa, sobre todo pública, de lo religioso, hay gentes católicas que se ponen coloradas; que se cohíben pudorosas; que dan explicaciones; que se justifican diciendo que todavía hay “rastros de una religiosidad medieval, y aún de la era constantiniana”. Los nombres religiosos de las calles; los hábitos de frailes, religiosos y sacerdotes; las procesiones; los crucifijos presidiendo locales públicos… todos esos restos de un gran naufragio religioso les producen vergüenza y hasta náuseas. Ante todo maridaje de lo religioso y lo profano, de los secular y sacro, de lo político y eclesial, de lo clerical y laical, de los castrense y militar, de lo económico y de la dotación del clero… se tapan ruborosos la cara y prorrumpen en altos gritos de protesta, de contestación: Queremos la pureza de la Ciudad Secular; queremos la pureza incontaminada de la Ciudad de Dios; no queremos el compromiso de ninguna de las dos; queremos que cada una de ellas viva su propio autonomía como autonomía de Dios.

 Este complejo busca y enarbola teorías como las imaginadas por Bonhoeffer, y bien orquestadas por Robinson y Cox, que precisamente no son católicos.

 Porque lo de menos sería el hecho mismo, indudablemente cierto, de una desacralización desbordante. Sin buscarle los orígenes tan lejanos -como hace Cox- allá en la historia de Israel que iniciaría un régimen “regal” precisamente como desvinculación de la teoría teocrática tradicional, el hecho no es demasiado complicado: la evolución misma del hombre en marcha siempre hace una posesión más completa de sí mismo y del mundo circundante. Llega un momento en que, si queremos, le podemos llamar “maduro” o “adulto” con un cierto espejismo lamentable. Porque “adulto” era el hombre griego del siglo de Pericles en relación con el griego de la “Polis”; y lo fue el romano del tiempo de Augusto en relación con el de Numa Pompilio; en cambio, nadie llamará adulto al hombre medieval en relación con el hombre clásico griego y romano; hasta que de nuevo la historia instaura una nueva medida desde el Renacimiento para acá. Sabemos que se trata de una madurez que dice relación a una tutela que hubiera ejercido la religión con el hombre, como si ya la religión misma no fuera un constitutivo existencial del hombre. De ahí que caemos fácilmente en el engaño de referirnos siempre a una religión “positiva”, a una institución social que se hubiera impuesto al hombre como un pedagogo conduce a un niño hasta la mayoría de edad y lo abandona a su suerte a su mayoría de edad.

 No tenemos necesidad ahora de descubrir las celadas que se arman en esa ficticia comprensión de las cosas. Las tres edades del hombre del positivista Comte responden ciertamente a “algo”: el homo religiosus, el homo metaphisicus y el homo positivus. Pero sobre todo responden o unos esquemas aprioristas hacia los que se quiere dirigir el destino de la humanidad. Un hombre, al que se supone “niño”, cuando es conducido por el sentimiento religioso; y luego “adolescente”, cuando fantasea por los reinos de la metafísica; y, finalmente, “adulto”, cuando positivísticamente se atiene sólo a los hechos, a “unos” hechos, los de la experiencia sensible, nos deja al hombre más deshumanizado que nunca. Y entonces la teoría y su montaje dan marcha atrás.

 En Bonhoeffer, el hecho de la secularidad presenta una mayor sinceridad, aun cuando sufra del mismo tremendo espejismo. Porque aceptar el hecho de la secularidad como algo irreversible, para instalarse definitivamente en él, es, para un cristiano, un derrotismo imperdonable, en el que uno se pasa con armas y bagajes al enemigo. Cox, por su parte, y toda la ruidosa y enormemente vacía “teología de la muerte de Dios”, aceptan y explican el hecho con la alegría irreflexiva de chiquillos, a los que va bien jugar con el fuego, lo mismo que hacer descarrilar un lujoso y solemne tren expreso.

 Pero, repetimos, el hecho cierto de la desacralización, con toda su tragedia, es lo de menos. Aunque sea grave por dos motivos: primero, porque en ella no es el hombre el que se salva, no es lo humano el valor que finalmente se alcanza; no es un verdadero humanismo el que se logra, o hacia el que se camina; no es la madurez humana la que se conquista, sino que nos colocamos ante la tentación rusoniana de una vuelta a la infancia, al tarzanismo, al salvajismo. La madurez humana con la que hoy se cuenta es un sueño que engendra niños tarados: todos los próximos futuros “enfants terribles”, en forma de ye-yes, de hippies o de psicodélicos drogados. Y esto sí que es irreversible si se parte de un hecho consumado, porque admitido en principio que no existen diques…

 Pero, además, el hecho de la desacralización es todavía más grave porque se está viviendo como un complejo “amado”, como un hobby fomentado, como una querencia irresistible, casi como un opio de adormidera, como una moda que se viste de metáforas e imágenes tentadoras de la última primavera, como un señuelo, en fin, al que nos entregamos sin resistencia. Y esto, no ya sólo por quienes, educados en las fronteras de lo humano, se cierran el techo aéreo en una perfecta inmanencia de tierra “que yo adoro” (Teilhard de Chardin); no sólo, decimos, por aquellos que han puesto una valla bien definida de un modo diríamos ptolemaico. Son también aquellos cristianos y católicos que aceptan el hecho en toda su desnuda crueldad y le sacrifican toda la venerable tradición cristiana.

 Todo este sacrificio de la “Civitas Dei” a la Ciudad Secular no sería posible sin un acomplejamiento lastimoso, cuyas notas fenomenológicas nos parece que son las siguientes:

 • Hoy lo religioso -todavía menos lo católico- ya no es algo que se puede vivir con elegancia. Y no pidáis a la coquetería razones, ni exijáis inútilmente el alargamiento de la minifalda… No se trata aquí del catolicismo vergonzante que producía la alharaca revolucionaria y liberal decimonónica, al reducir la religión al ámbito privado de la sacristía.

Se trata de algo más grave, precisamente porque es liviano, porque es intrascendente, de un nefando pudor, de un respeto cándido y comedido. De una sobrecarga efectiva que impide al gobernante “aparecer” en un acto religioso “para no comprometer la religión”, a una monja llevar algún metro más de tela, como hubiera convenido a su natural modestia, al cura “aparecer” lo que es… Porque, lo que, en última instancia, ha obligado a mudar esas “estructuras de segunda o tercera clase” (¡pero al fin estructuras!) de lo sacro en el catolicismo de nuestros días es esa bobalicona y acomplejada papanatería con que se contempla la Ciudad Secular. Y quiera Dios que nos demos pronto cuenta si otras estructuras de lo sacro, por ejemplo las litúrgicas, no están sufriendo el mismo complejo de la Ciudad Secular.

 • El hecho de la desacralización, además de como complejo de inferioridad, se está viviendo -segunda nota- “fatídicamente”. Yo diría que, hegelianamente, se piensa que la dialéctica del espíritu termina inexorablemente en una Ciudad Secular. Y que, sólo entonces, y prometeicamente, y pelagianamente, haremos la Ciudad de Dios. Este “dies fatalis” se cree tocarlo ya con las manos; con esas manos del hombre que han podido palpar el polvo crujiente y volcánico de la Luna. Todas las esperanzas mesiánicas renacen para los nuevos Prometeos de esta historia alucinante del hombre que se agranda hasta tocar los cielos.

 Ahora bien; el catolicismo no puede aceptar esta visión fatídica de una historia que, para él, será siempre un “juicio de Dios”; será siempre una historia sagrada. La obra agustiniana “De Civitate Dei” no traslada a un futuro imposible la victoria de Dios, por más que nos lance hacia un escatologismo cristiano en que la tensión misma no permite el descanso. Pero lo que absolutamente no permite es ese tremendo peso del derrotismo católico ante una Ciudad Secular avasallante.

 • Finalmente -tercera nota- en el hecho acomplejado de la desacralización moderna hay un espejismo dilacerante: el de creernos un hombre maduro, un hombre adulto, simplemente a causa de una ruptura entre el orden de lo institucional religioso, como estructura soportante, y el orden de lo simplemente humano, concebido ya redondo y acabado. Pero, evidentemente, en una época en que la “noosfera” teilhardiana parece que toca ya esa oscura e incierta nueva etapa de socialización redentora, no podemos llamar al hombre adulto; en una época que sueña todavía con todos los paraísos marxistas, tampoco; y, descendiendo a un plano concreto, en una tierra en que todavía se ven los escándalos de Biafra, Vietnam, Oriente cercano, y un miserable Tercer Mundo… mucho menos.

 Espejismo tras espejismo, vergüenza tras vergüenza, pudor acomplejado tras conciencia fatídica del próximo día fatal… el católico, hoy, arrastra una figura vergonzante como un rico que ha perdido la memoria de sus tesoros. Sólo un fuerte aldabonazo de su fe puede despertarle de su modorra-

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 16721-Mar-1970 

Subversión estudiantil en el franquismo; desaparición del S.E.U.

 (Artículo de 1970)

 ¿Qué quieren los estudiantes?

 Nosotros, ustedes, todo el mundo en España se ha hecho, de años a esta parte, la pregunta: ¿qué es lo que quieren los estudiantes? El problema, suscitado por las continuas revueltas universitarias, ha pasado a la prensa, salta a las tribunas públicas y es objeto de estudios y ensayos por parte de intelectuales, sociólogos y escritores, quienes tratan de hallar una explicación correcta y congruente a la permanente inquietud en la Universidad.

 Al comienzo se dijo que lo que querían era razonable, que había que escucharles, dialogar. Se trataba simplemente de acabar con el monopolio del S.E.U. Cuando, a base de huelgas y conflictos continuos, consiguieron, con la complicidad de muchos, tirar el S.E.U. por la ventana, los escándalos en las Facultades continuaron. Entonces se dijo que esto era natural, que los estudiantes llevaban razón al seguir el alboroto, puesto que acabado el S.E.U. había que organizar las Asociaciones Estudiantiles que lo sustituyeran. Se publicaron las oportunas disposiciones sobre asociaciones, se reglamentaron éstas, se intentó la celebración de elecciones a todos los niveles, pero el escándalo de una Universidad que no rinde trabajo ni esfuerzo alguno constructivo, siguió.

 Como tras cada algarada quedaba de residuo una serie de sanciones disciplinarias y gubernativas sobre algunos estudiantes, los alborotos continuaron, dándosenos entonces la explicación de que con una amplia amnistía todo quedaría en paz. Como, por otra parte, algunos catedráticos y autoridades académicas hicieron causa común con los huelguistas, el asunto amnistía fue el caballo de batalla de los cursos siguientes. Todo, al parecer, consistía en un problema más o menos politizado pero exclusivo de la Universidad. Si alguien dio la voz de alarma se le calló pronto con el estribillo de que todo era natural dentro del marco evolutivo de un Régimen que estaba evolucionando a su vez o, simplemente, se pensó que los preocupados con el problema eran demasiado “alarmistas”.

 Poco a poco, pero de forma continua, sin pausas, los estudiantes, saliendo de sus Universidades, hicieron acto de presencia en manifestaciones delictivas. Y así, se les pudo detectar en intentos de manifestaciones con motivos de conflictos laborales o en determinadas fechas, como el primero de mayo. Entonces se les podía oír el grito estentóreo, que pronto se popularizó, de “obreros y estudiantes”. Se clausuraban Universidades, se adelantaban vacaciones o exámenes y así, con el sistema de la “chapuza”, se pensó por los tontos de siempre que el foco subversivo se iba a limitar o resolver.

 Surgieron las asambleas a todos los niveles, organizadas por los de siempre, estudiantes que ni estudian ni les importa estudiar. Si éstas se prohibían, huelga; si se permitían, no se dejaba hablar a los pocos conscientes alumnos que deseaban trabajar en paz y, a la salida de las mismas, rotura de cristales, piedras contra los vehículos aparcados en el campus, contra la fuerza pública, bloqueo de calles, etcétera. Un paso más en la escalada del escándalo lo constituyó el empleo de aulas y paraninfos como tribunas para artistas e intelectuales conocidos por sus tendencias marxistas o por su actitud contra el Régimen. A la salida de estos actos, casi siempre no autorizados, intentos de manifestación, repetición de rotura de material docente, ataques a la fuerza pública y como secuela y motivo de la algarada, en los días siguientes, detenciones, expedientes y la consabida petición de amnistía.

 Ante el desconcierto y la pusilanimidad de las autoridades académicas y las órdenes de actuar con mesura para evitar “mártires”, la escalada siguió “in crescendo” y culminó en algunos centros con intentos de defenestración de decanos y rectores. De nuevo clausuras de Centros con la intención de “el curso siguiente veremos”.

 Pero al curso siguiente las cosas comenzaron de nuevo, con más intensidad, si cabe, que en el anterior. Con mejores tácticas, aprendidas en contactos con fuerzas marxistas durante las vacaciones, comenzaron a actuar los “comandos” de estudiantes, quienes abandonando sus propios terrenos docentes hacen irrupción en diversos sectores de la ciudad, sincronizando su actuación con las de otros grupos en sectores más alejados. Ya se observa una mayor perfección en las actuaciones. La Fuerza Pública, que hasta entonces había sido temida por los alborotadores, es atacada en plena calle y comienzan a surgir aquí y allá heridos y contusos entre ambos bandos.

 Ya la gente no se pregunta: ¿qué quieren los estudiantes? Es un secreto a voces que lo que quieren, y el ciudadano corriente lo lleva sospechando hace tiempo, mientras el interesado en la revuelta lo sabía desde el comienzo pero lo disimulaba, es acabar con el Régimen e intentar la “felicidad” de todos a través de un Estado comunista. Para ello se conectan las acciones estudiantiles con las huelgas en curso y cualquier acto represivo de las Autoridades no consigue más que avivar el odio a lo establecido. Tras cada episodio de estos vuelven a surgir las pancartas y gritos de amnistía. Los juicios públicos ante los Tribunales se orquestan con gritos e intentos de alboroto.

 Vista la impotencia de las autoridades académicas para mantener el orden y garantizar la normalidad docente, entra la Fuerza Pública en la Universidad. La ocasión se aprovecha, como se tenía previsto, y los alborotos se multiplican ahora con un motivo que suele ser popular entre estudiantes, aun los neutrales: ¡Que se retire la policía de la Universidad! Claro está que si se consigue esto tampoco volverá la paz a los “campus” universitarios, porque entonces se insistiría en cualquier otra cuestión. A las consignas de amnistía para los estudiantes expedientados o procesados se le imprime una tendencia nueva, pero no inesperada: Amnistía para los presos políticos. Y la vida universitaria sigue lánguida, con inasistencia a las clases y la Universidad en poder de una minoría conocida, audaz y marxista.

 Si usted, lector, o cualquiera, todavía se sigue preguntando qué es lo que quieren los estudiantes, nosotros, resumida y gráficamente, se lo vamos a enseñar: QUE NADIE SE LLAME A ENGAÑO.

 Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970 

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El sepelio del S.E.U. (Sindicato Español Universitario) 

  Sepelio

 Cuando las primeras algaradas universitarias se produjeron en una España en paz y pleno progreso (*), hubo quienes pensaron que no les faltaba razón a los estudiantes para promover y fomentar sus actividades huelguísticas dirigidas a acabar con el “monopolio” del SEU. Entre la incomprensión de unos, el olvido de otros y la desidia de los más, se enterró al SEU con un suspiro de alivio, ya que -se pensaba- quitada la causa, todo volvería a sus cauces.

 Pero la realidad ha sido otra. Ningún proyecto de asociación estudiantil meramente profesional ha encontrado auténtico eco en las filas universitarias, y una vez conseguido el triunfo sobre el SEU se comenzó la escalada a la que todos estamos asistiendo (1970), en la que, ya sin disfraz, las posiciones se clarifican en cuanto está demostrado que los estudiantes han sido utilizados por tirios y troyanos para fines políticos de marcado carácter comunista.

 El SEU desapareció y, tras él, germinaron clausuras continuas de Facultades; la Policía en los centros docentes; y el cuadro vergonzoso de una Universidad que no funciona, en medio de un país al que le cuesta mucho dinero mantenerla, y en permanente disparidad con el gran esfuerzo productor de todos los estamentos de la nación.

 Ahora cabe preguntarse si una actitud enérgica por parte de quienes pudieron mantenerla, no hubiese sido preferible a este ir cediendo cuesta abajo sin mayor provecho. O, lo que es peor, en provecho de los que, amparados en determinadas impunidades, jalearon, estimularon y avivaron las llamas del incendio que hoy lamentamos. (…) 

Lo malo es que, como los entierros de verdad, sólo se aprecian las virtudes del muerto cuando va camino de la fosa.

Revista FUERZA NUEVA, nº 167, 21-Mar-1970 

(*) Años 50 del siglo XX

domingo, 28 de septiembre de 2025

Retorno de la Masonería a España tras la muerte de Franco

 

  LA MASONERÍA EN ACCIÓN 

No lo percibimos, porque actúan en la sombra, en las tinieblas de la Antiespaña (1978). Y lo hacen con la mayor impunidad, con una tolerancia total por parte de los responsables en el Gobierno de la nación. Nos referimos a los masones, adoradores del llamado Gran Arquitecto del Universo, auténtico Anticristo. Su número todavía no es grande, pero sí su acción, que se va extendiendo por toda la geografía española, entre conciliábulos y “tenidas” secretas, cuyo objetivo es la destrucción de los valores cristianos y de las esencias nacionales, que están siendo destruidas con saña, paulatinamente, por el marxismo, el comunismo y el separatismo, a los que se une en su actividad la masonería, cuya legalización en España, según fuentes dignas de crédito, parece ser inminente.

 ¿Cuántos son?

 No hace mucho ha visitado España, en nombre de la Internacional Masónica, con sede en Roma, el destacado venerable hermano francés Pierre Leveque. Se detuvo de una manera especial en Cataluña, donde está haciendo grandes progresos la masonería. El objeto de la visita del masón francés fue acelerar la formación de logias e incrementar el número de V. H. españoles. Sus consignas han sido claras. Las principales de ellas: lograr la infiltración de masones en los órganos de Gobierno y en la Administración y conseguir de los mismos una fuerte presión para que la masonería sea de nuevo legalizada.

 Sobre este asunto es interesante leer el extenso comentario-reportaje publicado en mayo en “Arriba” (lo cual es lógico dada la actual “línea” de este diario oficial) -y reproducido en junio por otros periódicos-, por el bien informado, respecto a las “tenidas”, Fernando Cano. El firmante del trabajo “Tras cuarenta años de persecución, inminente legalización de la Masonería” sabe -nosotros lo adivinamos- las fuentes en que “bebió” y cuáles fueron los “mentores” que le impulsaron a escribir en el órgano gubernamental su trabajo, que, a la postre, no es otra cosa que una propaganda, una defensa y una pura exaltación del cabalismo masónico.

 No nos descubre ningún secreto que son los masones españoles que se refugiaron en 1939 y años siguientes en Méjico, fundadores del Gran Consejo Masónico, los que más están laborando e influyendo para la reactivación de la masonería, habiéndose creado el 18 de marzo de 1978, en Madrid, el Gran Consejo de España, al que se han unido los masones que estaban exiliados en Francia, Bélgica y Holanda.

 ¿El porqué de un odio a España?

 La Masonería de nuevo en acción, con espíritu revanchista. Muchos de los males de toda índole que está sufriendo nuestra nación actualmente se deben a la actividad masónica. Actitud de los partidos políticos, posturas de las altas finanzas, degradación de las buenas costumbres, desarraigo de la religiosidad, ataques a instituciones militares y de Orden Público, siembra de la confusión en los medios nacionales, resquebrajamiento de la unidad de la patria, laicismo en la enseñanza y cien añagazas más son producto de las consignas masónicas.

 Ante este panorama, ante el que debemos estar alertas, muy alertas, bueno será recordar la carta que el 17 de abril de 1946 dirigió el Generalísimo Franco al entonces arzobispo de Zaragoza monseñor Domenech Valls. La histórica carta dice así:

 “Mi respetado prelado: la condición de católico y anticomunista que caracteriza al régimen español han hecho de España el blanco predilecto de los ataques de la masonería y del comunismo. La masonería y el comunismo persiguen, indudablemente, fines distintos en nuestra Patria:

 La primera quiere hacer de ella una República liberal, capitalista, masónica y atea; el segundo, un Estado comunista regido por un gobierno vasallo de Moscú, pero sus intenciones coinciden en un primer escalón: en derrocar al régimen actual.

 Para conseguir esto, necesitan debilitarlo, rompiendo su unidad y acallando cuantas voces puedan alzarse en el exterior en defensa nuestra. Mediante las más viles y calumniosas campañas se pretende el sarcasmo de presentarnos ante el mundo como un “peligro para la paz”, recurriendo a todo género de maniobras de corrupción, de explotación de intereses, resentimientos y vanidades. Se trata de llevar la disgregación al cuerpo social español para dividirlo y aniquilarlo después.

 La masonería, que no repara en los medios para el logro de sus fines, ha llegado a la más monstruosa de sus concepciones: planear la siembra de recelos entre la Santa Iglesia católica y el Estado Español, a fin de que ni la propia Iglesia, y con ella los católicos del mundo, sientan simpatías por el único Estado verdaderamente católico que hoy existe.

 Se conoce con absoluta certeza la existencia de una consigna masónica de realizar una hábil y solapada campaña entre personas aparentemente religiosas o excesivamente buenas y aptas por su apocamiento para ser amedrentadas, a fin de sembrar la inquietud entre los sectores más destacados del catolicismo español y de que esta inquietud trascienda hasta los propios prelados, haciéndoles creer en su significación que la adhesión al régimen compromete el porvenir de la Iglesia española.

 Como quiera que se tienen noticias de personas que han recibido el encargo de propagar suavemente estas insinuaciones y las han denunciado, lo que ha confirmado que de la existencia de la consigna se tenía, y también de prelados que han recibido o rechazado estas insinuaciones, creo conveniente poner en conocimiento de Vuestra Excelencia reverendísima estas maquinaciones a fin de que, prevenido, pueda más fácilmente ayudar a deshacer esta confabulación y darse cuenta de las personas que, consciente o inconscientemente, se prestan al juego, de las que muchas de ellas no serán del campo masónico, sino seguramente gente pías y positivamente buenas, pero de temperamento débil, que hayan sido influenciadas por perversos que convendría conocer”.

 La actualidad de estas proféticas palabras de Franco es palpitante en nuestros días. ¡Atención católicos ante el contubernio masónico!

Leo ANDREY

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 616, 28-Oct-1978