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EN ROMA NOS
PREGUNTAMOS: ¿QUÉ PASA?
«II
Messagero». del 26-1-68, nos trae la información de que «la
conferencia episcopal de los países nórdicos ha autorizado
a los masones que se convierten al catolicismo a permanecer miembros activos
de sus logias». Esta medida contaría con la expresa aprobación de la Congregación
para la Doctrina de la Fe.
La
resolución —informa el periódico— ha sido adoptada por la conferencia
episcopal de Dinamarca, Noruega. Islandia, Finlandia y Suecia, presidida por
el obispo de Estocolmo, monseñor John E. Taylor, y cuyo secretario es el
obispo de Oslo, monseñor John W. Gran. Éste último se ha encargado de darla
publicidad en su diario diocesano «Sankt Olav».
Creo
que tenemos derecho a preguntarnos ¿qué pasa? ¿Es
que la masonería ha dejado de ser la secta satánica denunciada por León XIII
en su encíclica «Humanum Genus»?
¿Se
ha levantado acaso la excomunión, reservada al Sumo Pontífice, que pesa sobre
los que dan su nombre a la Logia? No, que sepamos. ¿Cómo se explica entonces
una medida de este tipo?
¿De
qué clase de «conversión» se trata? ¿Se admitirá luego la «conversión» de
herejes o paganos que puedan seguir perteneciendo a su secta o iglesia, o la
de comunistas que continúen militando en su partido?
¿Irán a ponernos por delante al maltratado «espíritu del Concilio»? Pero en el aula conciliar no encontró ningún eco
la propuesta del increíble obispo de Cuernavaca, por la que pedía que se «des
excomulgara» a sus hermanos masones.
¿Es
que la masonería escandinava será disidente o diversa de sus congéneres que
conocemos? Pues el mismo periódico de donde tomamos la noticia se encarga de
tranquilizarnos al respecto: «La masonería de los países escandinavos es similar
a la de los países anglosajones: tendencia deísta con un carácter religioso
sincretista y un simbolismo de origen bíblico y cristiano» (¿o judío?). He aquí
ya respondido el otro interrogante que nos acuciaba: ¿Habrá cambiado la
masonería? Por cierto que no: deísmo, sincretismo, esoterismo judaico son las
mismas notas características desde los tiempos de Clemente XII y de León
XIII.
¡Será
entonces –casi no me atrevo a preguntarlo, por miedo a escuchar la respuesta-
será entonces la Iglesia la que ha cambiado?
Recuerdo
cuando, en el colegio, los hermanos maristas nos enseñaban que los masones y
los comunistas eran los peores enemigos de la Iglesia de Cristo, las tropas
de vanguardia de aquél que es el Enemigo, así con mayúscula.
Recuerdo
cuando en los Ejercicios Espirituales, los padres jesuitas —San Ignacio— nos
hablaban de las Dos Banderas, la de Cristo y la de Satán, y del Rey que nos
llamaba para alistarnos bajo el estandarte de la Cruz.
Yo
me las creí. Hasta el punto de dejar todo para seguir el llamado en el
sacerdocio, en ese sacerdocio que va siendo para mí una realidad querida,
dolorosa, cercana. Fuimos muchos los que creímos, y algunos
por creerlo dieron su vida, y nosotros los teníamos por mártires. ¿Qué
podemos pensar hoy, al ver que los jefes arrojan en el fango las banderas y
corren a las trincheras de enfrente para abrazarse al enemigo, para
«dialogar» con el enemigo, para «colaborar» y «comprometerse» con el enemigo, y gritarnos
desde allá que el tal enemigo no lo era, que, en realidad, el único verdadero
enemigo somos nosotros, los que pretendemos seguir siendo fieles y
consecuentes con lo que ellos nos enseñaron?
Los
jesuítas me enseñaron también una obediencia en la que (tengo ciertas
sospechas) la mayoría de ellos ha dejado de creer. Yo sigo creyendo. Soy un
católico obediente. Un día —con la gracia de Dios— me arrodillaré ante el
altar para prometer obediencia y ser un sacerdote obediente. Miraré a todos
los obispos —por más que sean escandinavos— con los ojos de la fe, procurando
descubrir en ellos a Jesucristo Nuestro Señor.
Pero la obediencia no
puede confundirse con la estupidez —dice el padre Castellani— es pecado mortal
para un cristiano.
Cuando vea, pues, a un obispo —o a una conferencia episcopal— intentando
canonizar al Diablo, no habrá promesa ni voto que me obligue a declarar
favorablemente en el proceso.
Un
hombre consagrado es siempre hombre, y no todas las veces es Cristo quien por
su intermedio obra. A veces queda un lugarcito para la estupidez humana, en
estos últimos tiempos con cierta frecuencia alarmante.
Cuando
la jerarquía nos demuestre que la masonería ha cambiado -esencialmente y no
por motivos tácticos- en su doctrina y en su actitud, entonces será para
nosotros motivo de júbilo una medida como la que comentamos. Hasta entonces
tenemos el pleno derecho a considerarla como un acto de traición a la Bandera
de Cristo y de complicidad con el Enemigo.
Se
nos quedaba un último interrogante: ¿Será cierto lo de la aprobación del ex
Santo Oficio? Si así fuera, sería la primera medida del alto dicasterio
romano bajo su nueva administración, tras la renuncia del cardenal Ottaviani.
Ciertamente,
una perspectiva muy poco alentadora. Ignacio Arteaga.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 217, 24-Feb-1968
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