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martes, 25 de noviembre de 2025

Celibato sacerdotal (1)

 

 Celibato sacerdotal: toda una tradición 

 El problema del celibato sacerdotal es hoy una cuestión viva y seguirá siéndolo todavía por mucho tiempo. Se ha dicho ya que esta cuestión se ha convertido morbosamente en el best-seller de la publicidad, no tanto por las circunstancias humanas y hasta dramáticas en que nuestro tiempo ambienta artificialmente todo lo que puede referirse al sexo; cuanto, sobre todo, porque afecta a un grupo sociológico hoy ascendido a la cumbre de la notoriedad y, contradictoriamente, descendido a los más bajos niveles del menosprecio. Si el tema del sacerdocio es hoy noticia, el tema del celibato se ha vuelto “codicia” de morbosas y curiosas informaciones. En una serie de breves y claras colaboraciones nos proponemos presentar el problema desde sus varias vertientes históricas y teológicas. Sólo al final podríamos darnos cuenta en la naturaleza de este grave asunto eclesial, sin dejarnos llevar de sensacionalismos vocingleros.

 El celibato sacerdotal es un estado al que, por motivos superiores, se obligan libremente quienes desean recibir las órdenes sagradas. Implica, en primer lugar, la continencia perfecta; y solo después, como una consecuencia, la exclusión del matrimonio. No es, por tanto, lo primero, el poderse o no casar, o el estar o no ya casado. El elemento principal que siempre ha distinguido al celibato sacerdotal ha sido aquella consagración por la que el sacerdote se entrega a Cristo por amor suyo, aceptando la continencia perfecta como estado de vida.

 Cuando Cristo ordena sacerdotes a sus apóstoles, muchos de éstos eran casados:¿quién nos asegura que ya desde entonces no guardaron continencia perfecta o por lo menos no empezaron a sentir las exigencias de una consagración que les conducía a esa elevada cima? Porque, aun al modo suyo, insinuativo y libre, las palabras y sobre todo el ejemplo de Cristo, marcaban una orientación bien clara: habría unos eunucos por amor del reino de los cielos; y San Pablo, por su parte, acentuaba el clima de tensión consecratoria, cuando manifestaba el deseo de que todos fueran como él; y proponiendo la doctrina de la virginidad cristiana a los Corintios para poderse entregar plenamente al Señor.

 Claro está que, ni las palabras de Cristo, ni las de San Pablo relacionan expresamente continencia y sacerdocio; pero, ¿a quién mejor que al ministro sagrado se podían aplicar? Y si el ejemplo de Cristo atraía, ¿a quién mejor que a sus ministros, y por las mismas razones? Queremos decir: es cierto que el celibato no va unido necesariamente al sacerdocio, pero existe una exigencia teológica y espiritual en el sacerdocio que lleva irremisiblemente a una consagración tal, que sólo puede cumplirse de hecho en el estado célibe. Las epístolas paulinas (1 Tim. 3,2; 3,12; Tit. 1,6) nos descubren ya una tendencia hacia la continencia de los sacerdotes que, poco a poco, y como exigencia radical, va a conducir hasta la actual disciplina de la Iglesia.

 Las necesidades de la Iglesia primitiva llevaron, pues, a la ordenación de sujetos casados; pero muy pronto se les exigió la continencia. Las pruebas históricas de una praxis obligatoria las tenemos ya desde el siglo III; y precisamente al principio del siglo IV, en el Concilio español de Elvira (a. 305), un canon sanciona la continencia perfecta de los clérigos; y su transgresión lleva fuertes penitencias y la exclusión del Estado clerical. Los Papas, desde San Siricio (384-399), mantienen la ley, fomentando ya la praxis de la ordenación de jóvenes que se comprometen a la continencia.

 Así se llega a esa época oscura y triste “pre-gregoriana”, en que a la situación del celibato sigue la decadencia general de toda la Iglesia. Ese fue un periodo en el que se pudo pensar -como pasa hoy- que la situación de hecho era irreversible. Pero los grandes reformadores de la época gregoriana no lo juzgaron así. Con el resurgir de la Iglesia surgió, también, el celibato clerical con nuevo vigor, preparando aquel florecimiento de la Iglesia de los siglos XII y XIII. Entretanto, los Concilios de reforma, como el de Basilea, siguen manteniendo la ley del celibato. Con ello se llega a la época de la revolución protestante.

 Como reacción contra el protestantismo -que negaba el Sacramento del Orden y suprimía por lo tanto el celibato de sus “ministros”- y, sobre todo, como un fuerte motivo de verdadera reforma “in capite et in membris”, el Concilio Tridentino sanciona dos puntos: la reafirmación de la disciplina tradicional del celibato, y la fundación de los Seminarios para la educación de los candidatos al sacerdocio, que se han de consagrar a perpetua continencia. Con esta medida, la ordenación de sujetos casados desaparece totalmente, para dar lugar a jóvenes generaciones de sacerdotes que van a ser la gloria de la Iglesia. De este modo, es verdad, parece destacar el celibato más en relación con el matrimonio; pero nunca debe olvidarse que el elemento principal, en la historia de esta disciplina, no ha sido la exclusión del estado matrimonial sino la dedicación al sacerdocio como consagración de vida.

 Desde el Concilio de Trento hasta nuestros días, la ley del celibato ha sido, en diversas ocasiones, puesta a discusión; pero nunca en el interior de la Iglesia. Han sido siempre diferentes movimientos heréticos y cismáticos, sobre todo de carácter nacionalista, quienes han intentado en vano a hacerla desaparecer (…). La Santa Sede declaraba solemnemente que: “nunca llegaría a suceder que la Santa Sede Apostólica no solo aboliera, pero ni siquiera mitigase en nada esta ley santísima y muy saludable del celibato eclesiástico.

 ¿Cómo y por qué se ha podido llegar a esta situación actual de asombro, de peligro, de escándalo, de amenaza, para muchos casi fatídica, de esta tradición venerable de la Iglesia?

 Mariano de ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº172, 25-Abr-1970


domingo, 23 de noviembre de 2025

SIbilino cambio de “estructuras" de la Iglesia

 Artículo de 1967

  Los derechos del hombre, en tensión y desafío contra los derechos de Dios

 Un gran número de sacerdotes franceses se sienten profundamente preocupados, y también decepcionados, al constatar muy de cerca cómo se procede por el progresismo a la «reestructuración» del clero, dándole las características propias de una Iglesia nacional democrática.

 Su estupefacción crece con mayor amargura aún cuando su propio Obispo les dice a los fieles que la presencia del Espíritu Santo es más eficaz en la asamblea de los fieles, y que éstos son los responsables, colectivamente, de la transmisión del Espíritu, sin hacer referencia al soplo del Espíritu Santo a través de la acción y poder del sacerdocio que él, como Obispo, les confirió con la ordenación sagrada. Ello, naturalmente, motiva que los fieles presten menor importancia a los sacerdotes cuando ejercen su ministerio.

 A este clima «democratizante» ha contribuido definitivamente el carácter de «Cámara de Representantes» que le ha sido conferido al Sínodo de Obispos (1967), cuando desde el más alto nivel jerárquico se han pronunciado las palabras de «representantes de vuestras Iglesias diocesanas» (luego ha habido designación de representatividad). Y se ha hecho especial mención de «las asambleas episcopales de vuestras naciones» (que ha permitido elaborar unas tesis tendentes a la creación de las Iglesias nacionales), y por si esto fuera poco, ha habido expresa declaración de representatividad del «Pueblo de Dios», previas votaciones electorales. Leyendo a nuestra prensa «católica» da la sensación de que se ha celebrado un Sínodo «normativo» (como lo ha sido la novísima misa de Lercaro-Bugnini). Y que ha reaparecido en el panorama de la Iglesia una especie de «Constitución civil del clero», cuya negativa en acatarla llevó hasta el martirio a los mártires carmelitas de Francia cuando la Revolución Francesa la promulgó.

 Esta sangre gloriosa, fiel a la palabra de Dios, cuando lo disponga el Señor, resplandecerá y triunfará sobre el tumulto electorero y el consiguiente trastorno que éste ha creado en las instituciones jerárquicas de la Iglesia, con su relajamiento de la autoridad, de arriba abajo, que si bien conserva las instituciones, impide su acción eficaz.

 El progresismo dominante, al forzar violentamente a la Iglesia hacia su «democratización», quiere asimilarla a aquellos poderes que «reinan» y «presiden», pero no gobiernan, situación especial para dar los primeros pasos hacia la creación de los comités presbiterales y el asambleísmo episcopaliano rodeado de comisiones, ponencias, encuestas, candidaturas, etc. 

Ahora, en esto estamos. Porque no es otra cosa la llamada «tendencia a descentralizar» la autoridad, como un hecho irreversible que se ha producido en la «Iglesia Conciliar» superadora de «aquella otra Iglesia quenos hizo sufrir los inconvenientes de una monarquía autoritaria de tipo jurídico-burocrático» (Henri Fesquet dixit en «Le Monde», frente a la cual —atacando a las Congregaciones de la Curia Romana— se sitúan una pirámide vertiginosa de secretariados, de comisiones, de consiliums, etc., para los «laicos», para la «unidad», para los «no-cristianos», para la liturgia, para el «turismo», para los seminarios, y sólo faltaba que el Sínodo recomendase que se establezca en Roma una «comisión de teólogos de todas las tendencias» que se encargase de formular, en un futuro indefinible, con respecto a las «desviaciones doctorales», la declaración que el Sínodo no ha formulado, lo que nos hace preguntar cómo quedaría el magisterio jerárquico si llegase a consolidarse definitivamente en Francia el laberinto de los organismos de la «collegialité», del «consejo presbiteral», de los «Consejos pastorales» agregados, con carácter representativo, a los ya colegiados Obispos diocesanos, todo lo cual hace e impone lo que les da la democristiana gana. Tomen nota en España. Porque esto es peligrosísimo. ¿Por qué? Porque el peligro consiste en esa bastante inapercibida «révolution sans révolution» que hizo exclamar en su tiempo a San Jerónimo: «El mundo, adolorido, quedó estupefacto, de la noche a la mañana, al ver que se había hecho arriano».

 En las actuales circunstancias, y gracias a la sedicente «Iglesia del Concilio» y sus grupos de presión progresista-democráticos, está en marcha una maniobra por la que, también de la noche a la mañana, podemos quedar sorprendidos, y decepcionados, por haberse consolidado temporalmente en la Iglesia una nueva revolución de octubre que la convirtiese en una democracia popular. Porque lo que se pretende, momentáneamente, es que lo externo quede intacto, como si nada hubiese cambiado. Se seguiría haciendo mención del Papa, de los Obispos (y su parlamentaria y electorera «colegialidad»), en la cúspide; pero la base operativa y decisoria tendría su origen en los «consejos pastorales», el «Consejo presbiteral» y las «comisiones especiales», cuya amalgama, obediente a una oculta jerarquía paralela, haría las funciones de Politburó que lo gobierna todo, disminuyendo prácticamente el poder de la cabeza, para ejercerlo el amplio cuerpo colegiado, democrático, alistado en las filas que siguen el «sentido de la historia». Y por consiguiente, menos espiritualidad, más «inmersión en el mundo», con su consiguiente y significativo «testimonio temporal» que «despersonalice el apostolado» pretextando hacerlo más «eficiente». Un paso más, y al pastor y al sacerdote le sucederá el sociólogo, servidor de la comunidad.

 De ahí, repito, el gran número de sacerdotes que sienten profunda preocupación, decepción y estupefacción ante el pretendido cambio de estructuras de la Iglesia de Jesucristo. Mi simpatía y solidaridad hacia ellos porque perseveran en la integridad de la fe en la doctrina católica y en la fidelidad a la Iglesia tal como la fundó y quiso que se mantuviese su divino Fundador.

 A. ROIG


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

viernes, 21 de noviembre de 2025

El Primado de España por el “no” en el referéndum constitucional

 Artículo de 1978

 Para que no haya dudas

 CARTA PASTORAL DE MONS. MARCELO GONZÁLEZ ANTE EL REFERÉNDUM

 Queridos diocesanos: El momento en que los ciudadanos españoles han de dar su voto sobre la nueva Constitución está próximo. Los católicos saben que este momento compromete gravemente su responsabilidad ante Dios.

 La Conferencia Episcopal ha invitado a que cada uno decida el sentido de su voto, no arbitrariamente, sino formando criterio, según la conciencia cristiana. Pero numerosos fieles de nuestra diócesis, sacerdotes y seglares, nos piden más luz, para ayudarles a formar su juicio. La petición corresponde a un derecho de los hijos de la Iglesia. Y está ciertamente fundada: porque advierten que en un examen del proyecto de Constitución a la luz de la concepción cristiana de la sociedad aparecen elementos negativos o, como dice la nota del Episcopado, «ambigüedades, omisiones, fórmulas peligrosas» ante las cuales se suscitan reservas lógicas desde la visión cristiana de la vida.

 El hecho de que haya valores políticos que se estiman positivos no dispensa de ponderar seriamente los elementos negativos. ¿Estos elementos son acaso deficiencias tolerables, bien porque no pudiendo evitarlas se compensan con los valores positivos, bien porque tolerándolos se evitan males mayores? ¿O, por el contrario, son gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable?

 Queremos cumplir nuestro deber irrenunciable de responder a las consultas de los fieles, y vamos a hacerlo desde una perspectiva puramente moral y religiosa. Nos lo impone la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado. Seguimos con ello el ejemplo de la Santa Sede y de otros obispos del mundo entero en situaciones parecidas.

 En el examen que paso a hacer me detengo, bajo mi exclusiva responsabilidad, en algunos puntos que estimo exigen una mayor aclaración. He aquí los principales:

 1. La omisión, real y no sólo nominal, de toda referencia a Dios

 Estimamos muy grave proponer una Constitución agnóstica —que se sitúa en una posición de neutralidad ante los valores cristianos— a una nación de bautizados, de cuya inmensa mayoría no consta que haya renunciado a su fe. No vemos cómo se concilia esto con el «deber moral de las sociedades para con la verdadera religión», reafirmado por el Concilio Vaticano II en su declaración sobre libertad religiosa (DH, 1). No se trata de un puro nominalismo. El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo. Consecuencia lógica de lo anterior es algo que toca a los cimientos de la misma sociedad civil:

 2. La falta de referencia a los principios supremos de Ley Natural o Divina

 La orientación moral de las leyes y actos de gobierno queda a merced de los poderes públicos turnantes. Esto, combinado con las ambigüedades introducidas en el texto constitucional, puede convertirlo fácilmente, en manos de los sucesivos poderes públicos, en salvoconducto para agresiones legalizadas contra derechos inalienables del nombre, como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza.

 Por falta de principios superiores, la Constitución ampara una sociedad permisiva, que —según advirtió oportunamente el Episcopado Español— no es conciliable con una sociedad de fundamento ético; y por lo mismo es contraria al ejercicio valioso de la libertad. La libertad no se sirve con la sola neutralidad o permisividad o no coacción. Se sirve positivamente con condiciones propicias que faciliten el esfuerzo de los que quieren elevarse hacia el bien. Al equiparar la libertad de difundir aire puro y la libertad de difundir aire contaminado, la libertad resultante no es igual para todos, pues en realidad se impide la libertad de respirar aire puro y se hace forzoso respirar aire contaminado.

 3. En el campo de la educación la Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades

 Somete la gestión de los centros a trabas que, según dice una experiencia mundial, pueden favorecer las tácticas marxistas. La orientación educativa de la juventud española caerá indebidamente en manos de las oligarquías de los partidos políticos. Sobre todo, no se garantiza de verdad a los padres la formación religiosa y moral de sus hijos. Porque no basta consignar el derecho de los padres o los educandos a recibir la formación que elijan. Es también derecho sagrado de niños y jóvenes, reafirmado por el Concilio Vaticano II, que todo el ámbito educativo sea estimulo, y no obstáculo, para «apreciar con recta conciencia los valores morales» y para «conocer y amar más a Dios» (Grav. Ed., 1). Pues bien, la Constitución no da garantías contra la pretensión de aquellos docentes que quieran proyectar sobre los alumnos su personal visión o falta de visión moral y religiosa, violando con unamal entendida libertad de cátedra el derecho inviolable de los padres y los educandos. El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.

 4. La Constitución no tutela los valores morales de la familia

 Por otra parte, están siendo ya agredidos con la propaganda del divorcio, de losanticonceptivos y de la arbitrariedad sexual. Los medios de difusión que invaden los hogares podrán seguir socavando los criterios cristianos, en contra de solemnes advertencias de los Sumos Pontífices dirigidas a los gobernantes de todo el mundo, y no solamente a los católicos.

 Se abre la puerta para que el matrimonio, indisoluble por derecho divino natural, se vea atacado por la «peste» (Conc. Vat.) de una Ley del divorcio, fábrica ingente de matrimonios rotos y de huérfanos con padre y madre. Como han señalado oportunamente los obispos de la provincia eclesiástica de Valladolid y otros, la introducción del divorcio en España «no sería un mal menor», sino ocasión de daños irreparables para la sociedad española.

 5. En relación con el aborto, no se ha conseguido la claridad y la seguridad necesarias.

 No se veta explícitamente este «crimen abominable». La fórmula del artículo 15: «Todos tienen derecho a la vida» supone, para su recta intelección, una concepción del hombre-que diversos sectores parlamentarios no comparten. ¿Va a evitar esa fórmula que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quienes dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.

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Estos son, a nuestro parecer, los riesgos más notables a los que la Constitución puede abrir paso. Su gravedad es manifiesta. Los que por otras razones de orden político se inclinen a un voto positivo consideren ante Dios si realmente hay males mayores que justifiquen la tolerancia de un supuesto mal menor; sin olvidar que no es lo mismo tolerar un mal, cuando no se ha podido impedir, que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de Ley.

 Recuerden los ciudadanos creyentes que, como dice el Concilio Vaticano II, «en cualquier asunto de orden temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios» (LG, 36). Por tanto, su voto ha de favorecer solamente a aquellas estructuras sociales que no estén en pugna con la Ley de Dios y que resulten estimulantes para la moral pública y la vida cristiana.

 Lamentamos que muchos católicos se vean coaccionados a votar globalmente un texto, algunos de cuyos artículos debieran haber sido considerados aparte. Hay muchos creyentes que, con toda honradez y con la misma elevación de miras que invocan a los demás, sienten repugnancia en el interior de su espíritu a votar en favor de un texto que muy fundadamente se teme que abra las puertas a legislaciones en pugna con su concepto cristiano de la vida. Su repugnancia nace de motivos religiosos, no políticos. Decirles simplemente que es después de la Constitución cuando tienen que luchar democráticamente para impedir el mal que puede producirse, y negarles que también ahora democráticamente tengan derecho a intentar evitarlo, es una contradicción y un abuso.

 Cuando por todas partes se perciben las funestas consecuencias a que está llevando a los hombres y a los pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la Ley Natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se vean obligados a tomar una opción que, en cualquier hipótesis, puede dejar intranquila su conciencia hasta el punto de que si votan en un sentido otros católicos les tachen de intolerantes, y si votan en sentido diferente hayan de hacerlo con disgusto de sí mismos. A aquéllos precisamente me dirijo para decirles que hagan su opción con toda libertad según la dicta la conciencia cristiana, y sepan contestar, a los que les atacan por su actitud negativa, si es que piensan adoptarla, que la división no la introducen ellos, sino el texto presentado a referéndum. Es sólo su conciencia, rectamente formada con suficientes elementos de juicio, la que debe decidir, sin aceptar coacciones ni de unos ni de otros.

 Deseamos de todo corazón que la intervención de los católicos en la próxima votación sea tan consciente y elevada que atraiga sobre España las bendiciones de Dios y que nuestra patria «disfrute de los bienes que dimanan de la fidelidad de los hombres a Dios y Su santa voluntad» (DH, 6).

 Marcelo GONZÁLEZ MARTIN

Cardenal arzobispo de Toledo-Primado de España


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978 


miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970


lunes, 17 de noviembre de 2025

Lo sacro: escándalo desedificante

 Artículo de 1970 

 LO SACRO: ESCÁNDALO DESEDIFICANTE

 La desacralización -decíamos no ha mucho-, la estamos viviendo los católicos como un complejo paralizador de todas las actividades apostólicas ante una desvergonzada acometida del frente laico, como nunca hubieran pensado aquellos viejos liberales del siglo XIX. Hoy, sin lucha y también sin gloria, e -iba a decir- casi sin pena, la Ciudad Secular ha triunfado gratuitamente. Es a ésta a quien se conceden bonitamente los derechos de ciudadanía y una generosa declaración de mayoría de edad. Hoy, San Pablo no podría gritar, refiriéndose a la verdadera madurez “en Cristo”: “… pero cuando me hice varón”. Y, en nombre de un sacro respeto a la intocable laicidad de la Ciudad terrestre, se sacrifican todas las exigencias dinámicas de una Iglesia que es apostólica hasta el martirio. Y se sofocan los más fuertes clamores del Espíritu que clama con gemidos inenarrables.

 Un ejemplo. Hacía tiempo que habíamos oído hablar de un auténtico escándalo de sacralidad: la consagración pública y oficial realizada por el Jefe de Estado de una de las repúblicas hispánicas al Corazón de María, en el santuario más célebre nacional (*). Este -hoy “insólito y escandaloso” acontecimiento- nos habría parecido natural en 1942. Continuando el ejemplo de Pío XII, muchos Jefes de Estados católicos habían hecho lo mismo.

 Hoy, en 1969, el hecho aludido ha constituido un escándalo nada edificante para muchos clérigos de esa nación y aun para algunos obispos. De 1942 a 1969, qué es lo que ha cambiado para transformar la caracterología del mismo suceso? (**) ¿Han sido los fundamentos objetivos de la doctrina católica, o más bien ese complejo subjetivo de inferioridad y de pánico de tantos católicos pusilánimes? Creemos que esto último.

 En una importante revista quincenal de la nación aludida, de franca tendencia progresista, su director hace una fuerte crítica negativa a ese “insólito” acto oficial. Él habría dejado “los rastros de una amarga polémica y ciertas seguras críticas episcopales”. En efecto, el obispo de X declara que “el acto parece inoportuno y que corresponde al medievo, cuando todo el mundo era católico”. El obispo de Z es todavía más explícito, al decir que “se reserva como Jefe y Pastor de la Iglesia Católica de Z, la autoridad que le corresponde a él de convocar al pueblo de Dios a un acto religioso de consagración”.

 Pero el autor de la crítica a que aludimos quiere ir a la raíz, prescindiendo de lo anecdótico quiere probar -y hace muy bien-“la devoción por la teología”. ¿A quién compete -se pregunta- la iniciativa? Porque, según él, fue el Gobierno (argentino) quien la tomó. La Conferencia Episcopal toma conocimiento de la invitación, y confirma la asistencia de los obispos que tengan la posibilidad de hacerlo. Fórmula de libertad con la que se deja libre la asistencia individual. Pero -añade el crítico- hay una cuestión de fondo: la competencia, en la esfera de lo religioso, no pertenece al Gobierno. De otro modo se cae en el bizantinismo autócrata. Tanto más cuanto en repetidas ocasiones el Gobierno ha declarado querer respetar la esfera de lo sacro. Y, por su parte, el Episcopado ha tomado sus distancias ante todo compromiso político o administrativo; y ha elaborado un plan pastoral en el que no cabría convenientemente un tal acto.

 Aún más, sigue discurriendo el crítico, el acto en sí mismo ¿tiene algún sentido? porque el Presidente de la nación, como mero mandatario del pueblo, no es “dueño de lo que consagra”; no puede consagrarlo. Otra cosa sería que, partida la iniciativa de la Jerarquía, luego el Presidente fuera un mero “ejecutor”. Pero, y finalmente, aun entonces, ¿tendría sentido, no ya el acto mismo, sino lo que significa, una consagración? Admite -faltaría más-que el acto aludido entra en la línea de lo realizado por León XIII y Pío XII. Pero, añade, hoy estos dos actos no estarían ya libres de críticas teológicas, porque suponen una teoría de la jurisdicción pontificia ilimitada, “que hoy muy pocos se atreverían a sustentar”: por la presente situación ecuménica; por el respeto a la libertad religiosa; porque, en definitiva, la consagración radical ya consiste en el bautismo. Por lo demás -termina- “del acto del 30 de noviembre de 1969, Roma estuvo singularmente ausente. Ni siquiera se tuvo (como antes se estilaba) el beneficio de un telegrama papal. El Nuncio de Su Santidad no figura tampoco…Yo, que estaba en Roma en esos días, creo conocer las razones de esa ausencia”.

 La impresión que estas líneas ofrecen al lector es francamente penosa, en una nación de inmensa mayoría católica, hoy no se ha podido realizar un acto público solemne sin herir las susceptibilidades de unos y los falsos principios de otros. Tanto, al parecer, que Roma, siempre presente en todos los acontecimientos laicos del mundo de hoy, ha debido estar ausente. Pero ¿son válidas las razones aducidas por el articulista? Nos parece que no. El obispo de X puede pensar que el acto es “inoportuno”, pero su razón no es válida al decir que no estamos en el medioevo. El obispo de Z es, sí, el Pastor de su iglesia local; pero si una iniciativa religiosa parte de la autoridad civil, ¿no es él quien primero debe ayudarla y dirigirla?

 Como se ve, la cuestión de la iniciativa entra también en la acción pastoral, e importa menos que sea la autoridad civil quien la emprenda o no. No hay, en este caso, cuestión de bizantinismo autócrata, porque, al fin y al cabo, el Episcopado fue informado e invitado, y no obligado. Fueron luego los obispos “ausentes” quienes perdieron una gran ocasión de realizar una pastoral de altura, en lugar de elaborar tantos planes de apostolado abstractos en el vacío de la realidad católica, y con tantas cortapisas enfrente del ecumenismo, de la libertad religiosa y de unos principios teológicos discutibles, que toda acción nace muerta en su origen.

 Esas razones de tipo teológico que da el autor de la crítica a tal acto responden sólo a una situación subjetiva de su autor, y no a los grandes principios por los que el grande León XIII consagraba al género humano el Corazón de Cristo, y el no menos grande Pío XII lo hacía igualmente al Corazón de María. Es más: algún teólogo pensó que el Papa no podía consagrar a Rusia especialmente. Y precisamente poco tiempo después, en 1952, Pio XII en su encíclica “Sacro vergente Anno”, lo realizaba exactamente.

 No podemos juzgar las razones por las que Roma estuvo singularmente ausente de un tal acto. Y, puesto que el autor es tan decidido en afirmar que conoce el fondo de la cuestión, le dejamos con su responsabilidad: en ella parece existir una tacita aprobación de la actitud tomada por Roma… Nosotros la respetamos. Pero no podemos dejar de manifestar un sentimiento natural igual al sufrido por aquel gran pueblo que puede haberse sentido defraudado. Con ello, ciertamente, por lo menos de hecho, la fidelidad y el amor al Papa, ingénitos en aquella nación argentina no quedaron afianzados.

 Y de todo ello, una triste lección de historia: lo sacro en sus manifestaciones públicas comienza a ser algo “desedificante”, algo nocivo. Un cierto y vergonzante pudor de lo sacro, aquí y allí, comienza a invadir aún las sociedades más católicas. Y ante el espantajo del “medievalismo” o del “constantinismo”, algunos jerarcas de la Iglesia empiezan a turbarse…Pero las consecuencias serán totales, y no se detendrán en el camino, porque no se puede aceptar con las derechas lo que se rechaza con las izquierdas.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970 

 

(*) Se refiere a que los obispos argentinos se opusieron ferozmente a consagrar su nación al Sagrado Corazón de María, decidida por el presidente Onganía, a finales de 1969.

(**) Entre ambas fechas estaba el Concilio Vaticano II (1962-65) que puso “del revés” la Iglesia. Increíble que el articulista no lo reconozca.