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miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970


lunes, 17 de noviembre de 2025

Lo sacro: escándalo desedificante

 Artículo de 1970 

 LO SACRO: ESCÁNDALO DESEDIFICANTE

 La desacralización -decíamos no ha mucho-, la estamos viviendo los católicos como un complejo paralizador de todas las actividades apostólicas ante una desvergonzada acometida del frente laico, como nunca hubieran pensado aquellos viejos liberales del siglo XIX. Hoy, sin lucha y también sin gloria, e -iba a decir- casi sin pena, la Ciudad Secular ha triunfado gratuitamente. Es a ésta a quien se conceden bonitamente los derechos de ciudadanía y una generosa declaración de mayoría de edad. Hoy, San Pablo no podría gritar, refiriéndose a la verdadera madurez “en Cristo”: “… pero cuando me hice varón”. Y, en nombre de un sacro respeto a la intocable laicidad de la Ciudad terrestre, se sacrifican todas las exigencias dinámicas de una Iglesia que es apostólica hasta el martirio. Y se sofocan los más fuertes clamores del Espíritu que clama con gemidos inenarrables.

 Un ejemplo. Hacía tiempo que habíamos oído hablar de un auténtico escándalo de sacralidad: la consagración pública y oficial realizada por el Jefe de Estado de una de las repúblicas hispánicas al Corazón de María, en el santuario más célebre nacional (*). Este -hoy “insólito y escandaloso” acontecimiento- nos habría parecido natural en 1942. Continuando el ejemplo de Pío XII, muchos Jefes de Estados católicos habían hecho lo mismo.

 Hoy, en 1969, el hecho aludido ha constituido un escándalo nada edificante para muchos clérigos de esa nación y aun para algunos obispos. De 1942 a 1969, qué es lo que ha cambiado para transformar la caracterología del mismo suceso? (**) ¿Han sido los fundamentos objetivos de la doctrina católica, o más bien ese complejo subjetivo de inferioridad y de pánico de tantos católicos pusilánimes? Creemos que esto último.

 En una importante revista quincenal de la nación aludida, de franca tendencia progresista, su director hace una fuerte crítica negativa a ese “insólito” acto oficial. Él habría dejado “los rastros de una amarga polémica y ciertas seguras críticas episcopales”. En efecto, el obispo de X declara que “el acto parece inoportuno y que corresponde al medievo, cuando todo el mundo era católico”. El obispo de Z es todavía más explícito, al decir que “se reserva como Jefe y Pastor de la Iglesia Católica de Z, la autoridad que le corresponde a él de convocar al pueblo de Dios a un acto religioso de consagración”.

 Pero el autor de la crítica a que aludimos quiere ir a la raíz, prescindiendo de lo anecdótico quiere probar -y hace muy bien-“la devoción por la teología”. ¿A quién compete -se pregunta- la iniciativa? Porque, según él, fue el Gobierno (argentino) quien la tomó. La Conferencia Episcopal toma conocimiento de la invitación, y confirma la asistencia de los obispos que tengan la posibilidad de hacerlo. Fórmula de libertad con la que se deja libre la asistencia individual. Pero -añade el crítico- hay una cuestión de fondo: la competencia, en la esfera de lo religioso, no pertenece al Gobierno. De otro modo se cae en el bizantinismo autócrata. Tanto más cuanto en repetidas ocasiones el Gobierno ha declarado querer respetar la esfera de lo sacro. Y, por su parte, el Episcopado ha tomado sus distancias ante todo compromiso político o administrativo; y ha elaborado un plan pastoral en el que no cabría convenientemente un tal acto.

 Aún más, sigue discurriendo el crítico, el acto en sí mismo ¿tiene algún sentido? porque el Presidente de la nación, como mero mandatario del pueblo, no es “dueño de lo que consagra”; no puede consagrarlo. Otra cosa sería que, partida la iniciativa de la Jerarquía, luego el Presidente fuera un mero “ejecutor”. Pero, y finalmente, aun entonces, ¿tendría sentido, no ya el acto mismo, sino lo que significa, una consagración? Admite -faltaría más-que el acto aludido entra en la línea de lo realizado por León XIII y Pío XII. Pero, añade, hoy estos dos actos no estarían ya libres de críticas teológicas, porque suponen una teoría de la jurisdicción pontificia ilimitada, “que hoy muy pocos se atreverían a sustentar”: por la presente situación ecuménica; por el respeto a la libertad religiosa; porque, en definitiva, la consagración radical ya consiste en el bautismo. Por lo demás -termina- “del acto del 30 de noviembre de 1969, Roma estuvo singularmente ausente. Ni siquiera se tuvo (como antes se estilaba) el beneficio de un telegrama papal. El Nuncio de Su Santidad no figura tampoco…Yo, que estaba en Roma en esos días, creo conocer las razones de esa ausencia”.

 La impresión que estas líneas ofrecen al lector es francamente penosa, en una nación de inmensa mayoría católica, hoy no se ha podido realizar un acto público solemne sin herir las susceptibilidades de unos y los falsos principios de otros. Tanto, al parecer, que Roma, siempre presente en todos los acontecimientos laicos del mundo de hoy, ha debido estar ausente. Pero ¿son válidas las razones aducidas por el articulista? Nos parece que no. El obispo de X puede pensar que el acto es “inoportuno”, pero su razón no es válida al decir que no estamos en el medioevo. El obispo de Z es, sí, el Pastor de su iglesia local; pero si una iniciativa religiosa parte de la autoridad civil, ¿no es él quien primero debe ayudarla y dirigirla?

 Como se ve, la cuestión de la iniciativa entra también en la acción pastoral, e importa menos que sea la autoridad civil quien la emprenda o no. No hay, en este caso, cuestión de bizantinismo autócrata, porque, al fin y al cabo, el Episcopado fue informado e invitado, y no obligado. Fueron luego los obispos “ausentes” quienes perdieron una gran ocasión de realizar una pastoral de altura, en lugar de elaborar tantos planes de apostolado abstractos en el vacío de la realidad católica, y con tantas cortapisas enfrente del ecumenismo, de la libertad religiosa y de unos principios teológicos discutibles, que toda acción nace muerta en su origen.

 Esas razones de tipo teológico que da el autor de la crítica a tal acto responden sólo a una situación subjetiva de su autor, y no a los grandes principios por los que el grande León XIII consagraba al género humano el Corazón de Cristo, y el no menos grande Pío XII lo hacía igualmente al Corazón de María. Es más: algún teólogo pensó que el Papa no podía consagrar a Rusia especialmente. Y precisamente poco tiempo después, en 1952, Pio XII en su encíclica “Sacro vergente Anno”, lo realizaba exactamente.

 No podemos juzgar las razones por las que Roma estuvo singularmente ausente de un tal acto. Y, puesto que el autor es tan decidido en afirmar que conoce el fondo de la cuestión, le dejamos con su responsabilidad: en ella parece existir una tacita aprobación de la actitud tomada por Roma… Nosotros la respetamos. Pero no podemos dejar de manifestar un sentimiento natural igual al sufrido por aquel gran pueblo que puede haberse sentido defraudado. Con ello, ciertamente, por lo menos de hecho, la fidelidad y el amor al Papa, ingénitos en aquella nación argentina no quedaron afianzados.

 Y de todo ello, una triste lección de historia: lo sacro en sus manifestaciones públicas comienza a ser algo “desedificante”, algo nocivo. Un cierto y vergonzante pudor de lo sacro, aquí y allí, comienza a invadir aún las sociedades más católicas. Y ante el espantajo del “medievalismo” o del “constantinismo”, algunos jerarcas de la Iglesia empiezan a turbarse…Pero las consecuencias serán totales, y no se detendrán en el camino, porque no se puede aceptar con las derechas lo que se rechaza con las izquierdas.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970 

 

(*) Se refiere a que los obispos argentinos se opusieron ferozmente a consagrar su nación al Sagrado Corazón de María, decidida por el presidente Onganía, a finales de 1969.

(**) Entre ambas fechas estaba el Concilio Vaticano II (1962-65) que puso “del revés” la Iglesia. Increíble que el articulista no lo reconozca.

sábado, 15 de noviembre de 2025

La doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

 

 DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 LA DOCTRINA DE LA LEGITIMIDAD DE EJERCICIO DENTRO DE LA IGLESIA

 La doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia sube desde las Órdenes religiosas al Papa. Los dos legitimismos contrapuestos en las ideas y en los hechos.

 La doctrina de la sumisión del poder al derecho y del derecho al deber, que es una fuerza rebelde si se niega a servirlos, tiene su fundamento primario en la relación transcendental del hombre con Dios y su fundamento próximo en la constitución social y en la histórica que la reflejan.

 Por eso, en la sociedad, tal como la había trazado la Iglesia, dándose a sí misma por plano, se produce una corriente de santa libertad que viene de Dios y vuelve a Dios, atravesando todas las jerarquías.

 La Iglesia no la aplicó a los poderes civiles sin practicarla en  su ser, haciéndola recorrer todos sus organismos, desde el que se funda en el consejo evangélico hasta el supremo de donde desciende la autoridad, por una doble escala, para regir toda la vida cristiana.

 Si el mundo moderno no hubiese perdido la noción de la legitimidad, saludaría a la Iglesia como la única Universidad en que se cursa.

 La democracia comunista, que no edificará jamás el interés, la realiza el sacrificio que impone la virtud, en los conventos y los monasterios, donde los superiores se distinguen de los inferiores más por el número de los deberes que por el número de los derechos.

 Y en las Órdenes religiosas se practica la doctrina de la resistencia y de la destitución del poder-obstáculo para establecer el legítimo.

 En todas, por el espíritu de sus reglas; en casi todas, con diferencias de palabras, se fija este principio, que la Orden franciscana formula de esta manera: «Los provinciales y custodios, si les pareciese que el general no es suficiente para el servicio y bien común de la Religión, sean obligados a elegir otro

 La resistencia y la sustitución del poder que no tiene la legitimidad de ejercicio, porque no sirve para su fin, no es sólo un derecho, es una obligación.

 «Mutatis mutandis», escribe un sabio franciscano, es aplicable al caso de un príncipe que no sea suficiente para el servicio y el bien común de la Religión y de la Patria.

 Pero la doctrina no se detiene en las Ordenes religiosas; sube por toda la jerarquía de la Iglesia y no se detiene ni en el Solio Pontificio.

 En la época de más fervor católico, los grandes teólogos defensores de la Iglesia, como Vitoria, Molina y Soto, llegaron a sostener la resistencia a la autoridad pontificia o, mejor dicho, contra algunas leyes disciplinarias que fuesen manifiestamente injustas, llegando algunos, como Simancas, a evidentes exageraciones por su amor al Santo Oficio, como lo recuerda un docto escritor.

 Pero subiendo mucho más, la doctrina se aplicó a la persona misma del Pontífice, no contra el Maestro infalible, que sería el absurdo de imponer una autoridad a la más alta, sino contra la persona privada, que podría darse el caso de no estar de acuerdo con las enseñanzas del Supremo Jerarca.

 Balmes recuerda y resume, con su acostumbrada claridad, esa doctrina en estos términos, que debieran abrir los ojos y el entendimiento a los fetichistas del cesarismo:

 «Hasta los teólogos adictos al Pontífice enseñan una doctrina que conviene recordar por la analogía que tiene con el punto que estamos examinando. Sabido es que el Papa, reconocido como infalible cuando habla ex cathedra, no lo es, sin embargo, como persona particular. Y en este concepto podría caer en herejía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perdería su dignidad: sosteniendo unos que se le debería destituir, y afirmando otros que la destitución quedaría realizada por el mero hecho de haberse apartado de la fe.

« Escójase una cualquiera de estas opiniones, siempre vendría un caso en que sería lícita la resistencia, y esto, ¿por qué? Porque el Papa se habría desviado escandalosamente del objeto de su Institución, conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el dogma y, por consiguiente, caducarían las promesas y juramentos de obediencia que se le habían prestado. Spechaleri, al proponer este argumento, observa que no son ciertamente de mejor condición Reyes que Papas; que a unos y a otros les ha sido concedida la potestad aedificationem non in destructionem; añadiendo que si los Sumos Pontífices permiten esta doctrina con respecto a ellos, no deben ofenderse de la misma los Soberanos temporales».

 «Es cosa peregrina el observar el celo monárquico con que los protestantes y los filósofos incrédulos inculpan a la Religión Católica porque se ha sostenido en su seno que, en ciertos casos, pueden los súbditos quedar libres del juramento de fidelidad.»

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

jueves, 13 de noviembre de 2025

Sofismas episcopales a favor de la Constitución atea

 Artículo de 1978

 APELO A ROMA

 Antes, desde las antenas de Radio Nacional de España y en las páginas del Diario “Informaciones” y, ahora, nuevamente en las páginas de “El País”, el provicario general y vicario episcopal para la pastoral de Madrid-Alcalá, padre José María Martín Patino, está defendiendo, a propósito y de cara al referéndum constitucional, una posición laicista, atea, que contrasta con la doctrina tradicional de la Iglesia ratificado por el Concilio Vaticano II. Contra esa doctrina de este ministro de la Iglesia, carente de autoridad magisterial, desde las páginas de “El Alcázar” hemos apelado a la autoridad del Magisterio de la Iglesia en España, a los obispos, a fin de que ellos declararan terminantemente, sin ambigüedades, sin subterfugios, quiénes de los católicos discrepantes llevamos razón: si los que piensan y obrarán como el padre Patino, o quienes consideramos que, por razones de conciencia, es menester votar “no” en el referéndum constitucional que, a la hora de leerse estas líneas, ya se conocerá su resultado.

 En vista de que la mayor parte del Episcopado español -con alguna excepción notable-, el Magisterio de la Iglesia española no es concluyente ni suficientemente explícito, hemos de apelar a Roma, al Papa, único poseedor en la Iglesia del carisma de “confirmar a sus hermanos la fe”, de discernir con autoridad cuál es la doctrina ortodoxa y cuál es su aplicación correcta.

 El padre Martín Patino, esta vez en “El País”, afirma entre otras proposiciones: “Contra la Constitución, las razones que pretenden sacar de la doctrina de la Iglesia son más bien pueriles. Una cosa es que el hombre y la sociedad como tales tengan obligación moral de buscar al Dios verdadero y rendirle culto, y otra muy distinta es que ese deber tenga que ser sancionado con una ley civil coactiva como es la Constitución…Entre el agnóstico que respeta la fe de los demás y el supuestamente creyente que se empeña en imponer a los otros sus creencias hay notables diferencias de calidad humana. Algo que es laico o secular por su propia naturaleza, como un ordenamiento jurídico, no es ateo o anticonfesional por el hecho de no mencionar a Dios. Será cristiano si expresa, respeta y garantiza los derechos y libertades del hombre. La doctrina oficial de la Iglesia está claramente expresada en la Gaudium et Spes, número 75: allí se dice que el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política “compete a todos” los ciudadanos. El método inductivo parece más adecuado e incluso más cristiano…La moral de gestión de un gobernante católico en una sociedad pluralista y democrática será cristiana si respeta las libertades y los derechos humanos en el juego de las mayorías”.

 Como se advierte, el padre Patino establece como criterio supremo de moralidad cristiana en la vida pública el sufragio universal, el principio mayoritario. Uno sería cristiano, según él, si obra como liberalista. Los fundamentos jurídicos de la sociedad y la moral que debe observar un gobernante, según el padre Patino, serían no lo que mandan el Evangelio y el Decálogo, no lo que manda la moral católica, sino lo que manda la mayoría de los ciudadanos a través del sufragio universal directa o indirectamente, de tal manera que cuando la mayoría del electorado y de las Cortes decidan que el divorcio y el aborto son lícitos y, por el contrario, ilícitas la libertad de enseñanza religiosa y la libertad de expresión y de asociación de las Fuerzas Armadas y de los funcionarios, el gobernante y el ciudadano católico deben acatar la Constitución y “obedecer a los hombres antes que a Dios”, al contrario de lo establecido por San Pedro y los Apóstoles, según narra el Nuevo Testamento.

 ***

Estamos, como se ve, en pleno mundo liberalista. El liberalismo ha desplazado al catolicismo en la mente del vicario episcopal para la pastoral de Madrid; el liberalismo que, según León XIII en la “Libertas”, es racionalismo más naturalismo, menosprecio de lo sobrenatural y de lo revelado. El padre Patino desdeña estas palabras reveladas: “Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo en honor de Dios (I Cor. 10,31); “instaurar todas las cosas en Cristo” (Ef. 1,10); “venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”(Mt 6,10); porque “no hay autoridad sino bajo Dios” (Rom. 13,2) y, lógicamente, hay que ejercerla como Dios manda, porque las autoridades son “ministros de Dios” y “es menester obedecer a Dios antes que a los hombres” (Act. 5, 29). 

El padre Patino inculca la idea de desligar toda la política de Dios, en lugar de religarlo todo, incluso la política, a Dios, función propia de la religión, como lo vuelve a enseñar el Concilio Vaticano II, ya que todo acto político es un acto libre y, en cuanto a tal, moral o inmoral y, por tanto, materia en que la religión católica es competente.

 El padre Patino, del “ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo en honor de Dios, quiere exceptuar la Constitución española, que no habría que hacer en honor de Dios, no se sabe por qué razón ni por qué mandamiento de Dios. Es claro que si el creyente no puede imponer al no creyente sus creencias, mucho menos tiene derecho el no creyente, el agnóstico, a imponer al católico la creencia de que la Constitución ha de ser agnóstica, que no debe hacerse en honor de Dios. Y como el creyente debe obrar conforme a su conciencia, no conforme a la creencia del no creyente, el creyente está obligado a dar su voto en favor de una Constitución confesionalmente católica, en honor de Dios, aun cuando la Constitución católica incomode al acatólico.

 Tampoco se sabe por qué del mandato de “instaurar todas las cosas en Cristo” haya de exceptuarse la Constitución española, si esta Constitución es una de “las cosas”.

 Ni se sabe por qué hemos de omitir el reconocimiento de la autoridad de Dios en la Constitución si ése es uno de los principios de la fe católica, conforme al cual debe actuar el católico y a la luz del cual ha de votar contra la Constitución, como se desprende de la declaración de la Comisión Permanente del Episcopado Español de 28-9-78.

 Por lo demás, considérese la doctrina laicista, secularista y liberalista del padre Patino y compáresela con estas palabras del Papa León XIII en su encíclica “Libertas”: “Veda, pues, la justicia y védalo también la razón que el Estado sea ateo o -lo que viene a parar en el ateísmo-que se halle de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones y conceda a todas promiscuamente iguales derechos. Siendo, pues, necesario al Estado profesar una religión, ha de profesar la única verdadera”. He ahí la doctrina tradicional católica que ratifica el Concilio Vaticano II al declarar: “La libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a a Dios se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” (Dignitatis Humanae,1).

 Es igualmente contraria a la doctrina del Vaticano II, la defendida por el padre Martín Patino, abusando de su ministerio, si consideramos estas palabras de la “Gaudium et Spes”: “Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad… y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo…Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno que se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador, se esfuma”.

 Y es abiertamente contraria a la doctrina del padre de Patino -según la cual “el método inductivo (el sufragio universal) es el más cristiano”- esta doctrina propuesta por la Iglesia en el Vaticano II: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación de régimen político y la designación de los gobernantes se dejan a la libre voluntad de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse dentro de los límites del orden moral” (Gaudium et Spes,74).

Por consiguiente, no ya el gobernante católico sino el acatólico -contra lo que opina el padre Patino-, deben ejercer su poder con respecto del orden moral con moralidad, aun cuando el sufragio universal -o lo que el padre Patino llama “el juego de las mayorías”- proponga otra cosa; entre el orden querido por el juego de las mayorías y el orden moral, el político ha de optar por el orden moral y estar contra el juego de las mayorías, si nos queremos atener a lo que nos enseña el Magisterio oficial de la Iglesia a través del Concilio Vaticano II. (…)

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 

martes, 11 de noviembre de 2025

Aberraciones de la Constitución de 1978

 Dos artículos por el NO en el referéndum a la Constitución de 1978

-1) Lo que es la Constitución

 LO QUE ES LA CONSTITUCIÓN

 Al margen de que la Constitución haya sido fruto de unas Cortes que no son constituyentes, lo cual le quita toda legitimidad, a pesar de consensos y componendas, enredos y cambalaches: independientemente de que, conocida la catadura moral y política de sus fautores en la redacción del texto, sepamos de antemano lo que pueda ser esa Constitución, para mí hay que leer solamente el Artículo Primero, con sus tres apartados, para rechazar de plano la tal Constitución que va a ser sometida a referéndum el día 6 de diciembre. Hablo simplemente como católico y español (que es ser dos veces católico, en versos de Pemán, un tanto ya lejanos).

 Textualmente dice el susodicho Artículo Primero: 1) España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. 2) La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. 3) La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.

 Creo que es suficiente. Sobran los 168 artículos restantes e incluso las disposiciones adicionales, transitorias y derogatorias, con las que se conculcan tradiciones, costumbres, derechos, fueros y todo lo habido y por haber en la historia de España.

 Paso semántica y jurídicamente, filosófica y lógicamente, esa aseveración de “constituir a España en un “Estado social y democrático de Derecho” que sustituye a la “unidad de destino en lo universal” y paso por no someter a análisis lo deletéreo de “la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político” metidos juntos en una redoma que puede dar dinamita. Lo que no puedo pasar, de ninguna manera, es que, además de ignorar a Dios, lo que es ATEÍSMO puro, se prescinda de todo espíritu religioso, lo cual es proclamación de LAICISMO y, para colmo, se dé la “soberanía nacional” al pueblo, quitándosela a Dios, de quien, según la doctrina de la Iglesia Católica, emana todo poder. Por lo que la Constitución, además de atea y laicista, es, para colmo, anticristiana o ANTICATÓLICA ¡Y antieclesial, por supuesto!

 Contrasta ese apartado 2 del Artículo Primero con el Segundo Principio de la Ley de Principios del Movimiento, hasta ahora vigente, en la que se dice: “La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación”. Esta solemne y firme proclamación religiosa es borrada de un plumazo en las nuevas leyes fundamentales de la Democracia, redactadas conforme a unos principios del más descarado liberalismo, condenado por los Papas y por la Historia.

 Si llegamos al tercer apartado, nuestra negativa al texto constitucional se refuerza, pues en modo alguno va con España ni con su pasado e idiosincrasia, esa Monarquía parlamentaria que es un atentado a la Tradición y al Derecho Político de España. Someter una Monarquía, y por lo tanto al Rey, a las veleidades, dictados y contubernios de una Cámara o dos, es esclavizar a la autoridad que viene sólo de Dios, y hacerle depender de los que “están siempre dispuestos a hacer deslizar el gobierno entre sus manos” (Kant, en “Metafísica de las costumbres”). Este sistema conculca la monarquía genuina de España, que es católica, social y representativa, tradicionalista, con unas Cortes (no Parlamento), donde orgánicamente esté representado el pueblo, no la masa ni los partidos políticos, que son “cadáveres ambulantes que llevan sus propios gusanos”, según expresión de Vázquez de Mella.

 Atea, laicista, anticristiana, antiespañola, como hemos visto, es en su solo primer artículo la Constitución liberal que ahora se somete a refrendo público. Pero es, además, ANTINACIONAL, porque reconoce “nacionalidades separatistas” que dividen a la Patria; es ANTICULTURAL (destruye el idioma español y fomenta el babelismo), es antieclesial (equipara la Iglesia Católica a las sectas), divorcista (o sea anticristiana y antifamiliar), antisocial (resucita la lucha de clases y elimina las representaciones profesionales en Cortes), es INMORAL (propugna el libertinaje y todo el cúmulo de lacras, aberraciones y desmanes que conlleva), y es muchas cosas más, imposibles de enumerar en tan breve espacio.

 Hay, pues, razones sobradas para decir NO a esta Constitución.

 Pedro RODRIGO


 Revista FUERZA NUEVAnº 621, 2-Dic-1978


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-2) Una Constitución antiespañola

UNA CONSTITUCIÓN ANTIESPAÑOLA

 “El texto constitucional, engendrado por hombres que fueron incapaces de defender a España y a su bandera, es antiespañol porque lesiona seriamente el ser de la Patria, al dañar los fundamentos que les dan sentido: la fe en Cristo, la unidad nacional, la justicia y la familia”, manifestó José Antonio Cepeda, director del diario “Región”, de Oviedo, en su conferencia pronunciada el pasado 23 de noviembre en el salón de actos de Fuerza Nueva, totalmente abarrotado, bajo el tema: “Una Constitución antiespañola”, dentro del X Ciclo de Conferencias.

 (…) Pasó a disertar el conferenciante, exponiendo sus puntos de vista sobre el tema tan importante y esencial para la Patria que estos días se debate; para él, España se encuentra ante una situación verdaderamente grave, ya que se juega su propia esencia. Quien tiene importancia es la Patria, que un gobierno débil y entreguista regala de la manera más gratuita al marxismo, que dejó huella en toda la geografía y que asesinó al almirante Carrero Blanco, a guardias civiles, policías armados, inspectores de policía, taxistas, presidentes de Diputaciones, alcaldes, militares, trabajadores y hombres honrados. De este entreguismo gubernamental y del sucio consenso tenía que brotar un texto constitucional antiespañol.

 Recordó el señor Cepeda unas palabras de Ismael Medina advirtiendo que el pueblo español asume las palabras evangélicas: “Aquel que no está conmigo está contra mí”. Pero ante el texto constitucional cabe preguntarse: ¿Qué puede esperarse de unas Cortes donde su presidente niega a Cristo al quitar el crucifijo de su despacho? Esta Constitución -afirmó el conferenciante- ha sido hecha a la medida del marxismo y de una burguesía abierta. Nadie que sea católico debe respaldarla: por eso hay que decir NO, porque no estamos dispuestos a traicionar los valores supremos del ser de España”.

 Pasó más tarde a analizar las razones para votar NO, empezando por el artículo 1 donde se afirma que la soberanía nacional reside en el pueblo. Esto es falso -dijo-, ya que la soberanía no emana del pueblo sino de Dios. En el artículo 2 se habla de la unidad de España y luego se garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades; así España se convertirá en un conjunto de reinos de taifas. Hay que recordar las palabras de José Antonio afirmando que “la Patria es una unidad total en la que se integran todos los individuos y todas las clases”, palabras que hoy cobran una exacta vigencia.

 Se llega así el artículo 15, donde se dice que todos tienen derecho a la vida. “Que les pregunten a los huérfanos -afirmó-, a las mujeres, a las novias, a los padres, a los hermanos de los guardias civiles y policías armados asesinados por el mismo marxismo que recomienda votar SÍ en el referéndum. ¡Qué cinismo!

 Continuó el señor Cepeda con el artículo 16, que habla de la libertad religiosa, admitida por el régimen del 18 de Julio, pero es indiscutible que el Estado español es confesionalmente católico, salvo que pierda la fe en Cristo, que es lo que pretenden los autores del texto constitucional: descatolizarnos. “La religión católica -declaró- es la clave de todo empeño español. España, si aprueba esta negativa Constitución, se convertirá en sucursal de la Internacional atea. ¡Quién iba a decirle al Caudillo que, en cuanto él pasase a las manos del Señor iba a penetrar en España el aliento del ateísmo,del materialismo marxista, de los que destruyen todo espiritualidad de las almas! ¡Quién iba a decir que hombres que vestían camisa azul y juraban sobre los Evangelios serían los primeros en borrar la confesionalidad católica del Estado español!”

 Explica los artículos 27 y 32, que hablan del derecho a la educación y al matrimonio: pero ¿quién es el Estado para anular o disolver un matrimonio?-manifiesta José Antonio Cepeda-. Este artículo atenta contra el derecho divino y el derecho natural y pone en peligro a la familia. Jesús proclamó con claridad: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”. Todo matrimonio es, por Derecho natural, indisoluble.

 Para finalizar, el señor Cepeda se preguntó si la Constitución va a solucionar los problemas del terrorismo, de la carencia de autoridad, de la crisis económica. “La Constitución, como ha sido redactada, no solucionará nada. Esto conviene repetírselo a los que picaron el anzuelo de las elecciones generales de junio de 1977. Y repetírselo al pueblo, que ve mermada la capacidad adquisitiva de sus jornales”. 

Aconsejó que se debe abrir los ojos a los millares de españoles que parecen estar ciegos, que no ven lo que está sucediendo en una Patria sin esperanza. “Vosotros veréis -acabó- si es lícito, moral y patriótico votar afirmativamente en el referéndum; veréis si merece la pena luchar, aunque la muerte nos aceche, contra la cochambre en que se hunde España”.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 621, 2-Dic-1978