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sábado, 15 de noviembre de 2025

La doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

 

 DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 LA DOCTRINA DE LA LEGITIMIDAD DE EJERCICIO DENTRO DE LA IGLESIA

 La doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia sube desde las Órdenes religiosas al Papa. Los dos legitimismos contrapuestos en las ideas y en los hechos.

 La doctrina de la sumisión del poder al derecho y del derecho al deber, que es una fuerza rebelde si se niega a servirlos, tiene su fundamento primario en la relación transcendental del hombre con Dios y su fundamento próximo en la constitución social y en la histórica que la reflejan.

 Por eso, en la sociedad, tal como la había trazado la Iglesia, dándose a sí misma por plano, se produce una corriente de santa libertad que viene de Dios y vuelve a Dios, atravesando todas las jerarquías.

 La Iglesia no la aplicó a los poderes civiles sin practicarla en  su ser, haciéndola recorrer todos sus organismos, desde el que se funda en el consejo evangélico hasta el supremo de donde desciende la autoridad, por una doble escala, para regir toda la vida cristiana.

 Si el mundo moderno no hubiese perdido la noción de la legitimidad, saludaría a la Iglesia como la única Universidad en que se cursa.

 La democracia comunista, que no edificará jamás el interés, la realiza el sacrificio que impone la virtud, en los conventos y los monasterios, donde los superiores se distinguen de los inferiores más por el número de los deberes que por el número de los derechos.

 Y en las Órdenes religiosas se practica la doctrina de la resistencia y de la destitución del poder-obstáculo para establecer el legítimo.

 En todas, por el espíritu de sus reglas; en casi todas, con diferencias de palabras, se fija este principio, que la Orden franciscana formula de esta manera: «Los provinciales y custodios, si les pareciese que el general no es suficiente para el servicio y bien común de la Religión, sean obligados a elegir otro

 La resistencia y la sustitución del poder que no tiene la legitimidad de ejercicio, porque no sirve para su fin, no es sólo un derecho, es una obligación.

 «Mutatis mutandis», escribe un sabio franciscano, es aplicable al caso de un príncipe que no sea suficiente para el servicio y el bien común de la Religión y de la Patria.

 Pero la doctrina no se detiene en las Ordenes religiosas; sube por toda la jerarquía de la Iglesia y no se detiene ni en el Solio Pontificio.

 En la época de más fervor católico, los grandes teólogos defensores de la Iglesia, como Vitoria, Molina y Soto, llegaron a sostener la resistencia a la autoridad pontificia o, mejor dicho, contra algunas leyes disciplinarias que fuesen manifiestamente injustas, llegando algunos, como Simancas, a evidentes exageraciones por su amor al Santo Oficio, como lo recuerda un docto escritor.

 Pero subiendo mucho más, la doctrina se aplicó a la persona misma del Pontífice, no contra el Maestro infalible, que sería el absurdo de imponer una autoridad a la más alta, sino contra la persona privada, que podría darse el caso de no estar de acuerdo con las enseñanzas del Supremo Jerarca.

 Balmes recuerda y resume, con su acostumbrada claridad, esa doctrina en estos términos, que debieran abrir los ojos y el entendimiento a los fetichistas del cesarismo:

 «Hasta los teólogos adictos al Pontífice enseñan una doctrina que conviene recordar por la analogía que tiene con el punto que estamos examinando. Sabido es que el Papa, reconocido como infalible cuando habla ex cathedra, no lo es, sin embargo, como persona particular. Y en este concepto podría caer en herejía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perdería su dignidad: sosteniendo unos que se le debería destituir, y afirmando otros que la destitución quedaría realizada por el mero hecho de haberse apartado de la fe.

« Escójase una cualquiera de estas opiniones, siempre vendría un caso en que sería lícita la resistencia, y esto, ¿por qué? Porque el Papa se habría desviado escandalosamente del objeto de su Institución, conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el dogma y, por consiguiente, caducarían las promesas y juramentos de obediencia que se le habían prestado. Spechaleri, al proponer este argumento, observa que no son ciertamente de mejor condición Reyes que Papas; que a unos y a otros les ha sido concedida la potestad aedificationem non in destructionem; añadiendo que si los Sumos Pontífices permiten esta doctrina con respecto a ellos, no deben ofenderse de la misma los Soberanos temporales».

 «Es cosa peregrina el observar el celo monárquico con que los protestantes y los filósofos incrédulos inculpan a la Religión Católica porque se ha sostenido en su seno que, en ciertos casos, pueden los súbditos quedar libres del juramento de fidelidad.»

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

jueves, 13 de noviembre de 2025

Sofismas episcopales a favor de la Constitución atea

 Artículo de 1978

 APELO A ROMA

 Antes, desde las antenas de Radio Nacional de España y en las páginas del Diario “Informaciones” y, ahora, nuevamente en las páginas de “El País”, el provicario general y vicario episcopal para la pastoral de Madrid-Alcalá, padre José María Martín Patino, está defendiendo, a propósito y de cara al referéndum constitucional, una posición laicista, atea, que contrasta con la doctrina tradicional de la Iglesia ratificado por el Concilio Vaticano II. Contra esa doctrina de este ministro de la Iglesia, carente de autoridad magisterial, desde las páginas de “El Alcázar” hemos apelado a la autoridad del Magisterio de la Iglesia en España, a los obispos, a fin de que ellos declararan terminantemente, sin ambigüedades, sin subterfugios, quiénes de los católicos discrepantes llevamos razón: si los que piensan y obrarán como el padre Patino, o quienes consideramos que, por razones de conciencia, es menester votar “no” en el referéndum constitucional que, a la hora de leerse estas líneas, ya se conocerá su resultado.

 En vista de que la mayor parte del Episcopado español -con alguna excepción notable-, el Magisterio de la Iglesia española no es concluyente ni suficientemente explícito, hemos de apelar a Roma, al Papa, único poseedor en la Iglesia del carisma de “confirmar a sus hermanos la fe”, de discernir con autoridad cuál es la doctrina ortodoxa y cuál es su aplicación correcta.

 El padre Martín Patino, esta vez en “El País”, afirma entre otras proposiciones: “Contra la Constitución, las razones que pretenden sacar de la doctrina de la Iglesia son más bien pueriles. Una cosa es que el hombre y la sociedad como tales tengan obligación moral de buscar al Dios verdadero y rendirle culto, y otra muy distinta es que ese deber tenga que ser sancionado con una ley civil coactiva como es la Constitución…Entre el agnóstico que respeta la fe de los demás y el supuestamente creyente que se empeña en imponer a los otros sus creencias hay notables diferencias de calidad humana. Algo que es laico o secular por su propia naturaleza, como un ordenamiento jurídico, no es ateo o anticonfesional por el hecho de no mencionar a Dios. Será cristiano si expresa, respeta y garantiza los derechos y libertades del hombre. La doctrina oficial de la Iglesia está claramente expresada en la Gaudium et Spes, número 75: allí se dice que el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política “compete a todos” los ciudadanos. El método inductivo parece más adecuado e incluso más cristiano…La moral de gestión de un gobernante católico en una sociedad pluralista y democrática será cristiana si respeta las libertades y los derechos humanos en el juego de las mayorías”.

 Como se advierte, el padre Patino establece como criterio supremo de moralidad cristiana en la vida pública el sufragio universal, el principio mayoritario. Uno sería cristiano, según él, si obra como liberalista. Los fundamentos jurídicos de la sociedad y la moral que debe observar un gobernante, según el padre Patino, serían no lo que mandan el Evangelio y el Decálogo, no lo que manda la moral católica, sino lo que manda la mayoría de los ciudadanos a través del sufragio universal directa o indirectamente, de tal manera que cuando la mayoría del electorado y de las Cortes decidan que el divorcio y el aborto son lícitos y, por el contrario, ilícitas la libertad de enseñanza religiosa y la libertad de expresión y de asociación de las Fuerzas Armadas y de los funcionarios, el gobernante y el ciudadano católico deben acatar la Constitución y “obedecer a los hombres antes que a Dios”, al contrario de lo establecido por San Pedro y los Apóstoles, según narra el Nuevo Testamento.

 ***

Estamos, como se ve, en pleno mundo liberalista. El liberalismo ha desplazado al catolicismo en la mente del vicario episcopal para la pastoral de Madrid; el liberalismo que, según León XIII en la “Libertas”, es racionalismo más naturalismo, menosprecio de lo sobrenatural y de lo revelado. El padre Patino desdeña estas palabras reveladas: “Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo en honor de Dios (I Cor. 10,31); “instaurar todas las cosas en Cristo” (Ef. 1,10); “venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”(Mt 6,10); porque “no hay autoridad sino bajo Dios” (Rom. 13,2) y, lógicamente, hay que ejercerla como Dios manda, porque las autoridades son “ministros de Dios” y “es menester obedecer a Dios antes que a los hombres” (Act. 5, 29). 

El padre Patino inculca la idea de desligar toda la política de Dios, en lugar de religarlo todo, incluso la política, a Dios, función propia de la religión, como lo vuelve a enseñar el Concilio Vaticano II, ya que todo acto político es un acto libre y, en cuanto a tal, moral o inmoral y, por tanto, materia en que la religión católica es competente.

 El padre Patino, del “ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo en honor de Dios, quiere exceptuar la Constitución española, que no habría que hacer en honor de Dios, no se sabe por qué razón ni por qué mandamiento de Dios. Es claro que si el creyente no puede imponer al no creyente sus creencias, mucho menos tiene derecho el no creyente, el agnóstico, a imponer al católico la creencia de que la Constitución ha de ser agnóstica, que no debe hacerse en honor de Dios. Y como el creyente debe obrar conforme a su conciencia, no conforme a la creencia del no creyente, el creyente está obligado a dar su voto en favor de una Constitución confesionalmente católica, en honor de Dios, aun cuando la Constitución católica incomode al acatólico.

 Tampoco se sabe por qué del mandato de “instaurar todas las cosas en Cristo” haya de exceptuarse la Constitución española, si esta Constitución es una de “las cosas”.

 Ni se sabe por qué hemos de omitir el reconocimiento de la autoridad de Dios en la Constitución si ése es uno de los principios de la fe católica, conforme al cual debe actuar el católico y a la luz del cual ha de votar contra la Constitución, como se desprende de la declaración de la Comisión Permanente del Episcopado Español de 28-9-78.

 Por lo demás, considérese la doctrina laicista, secularista y liberalista del padre Patino y compáresela con estas palabras del Papa León XIII en su encíclica “Libertas”: “Veda, pues, la justicia y védalo también la razón que el Estado sea ateo o -lo que viene a parar en el ateísmo-que se halle de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones y conceda a todas promiscuamente iguales derechos. Siendo, pues, necesario al Estado profesar una religión, ha de profesar la única verdadera”. He ahí la doctrina tradicional católica que ratifica el Concilio Vaticano II al declarar: “La libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a a Dios se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” (Dignitatis Humanae,1).

 Es igualmente contraria a la doctrina del Vaticano II, la defendida por el padre Martín Patino, abusando de su ministerio, si consideramos estas palabras de la “Gaudium et Spes”: “Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad… y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo…Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno que se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador, se esfuma”.

 Y es abiertamente contraria a la doctrina del padre de Patino -según la cual “el método inductivo (el sufragio universal) es el más cristiano”- esta doctrina propuesta por la Iglesia en el Vaticano II: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación de régimen político y la designación de los gobernantes se dejan a la libre voluntad de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse dentro de los límites del orden moral” (Gaudium et Spes,74).

Por consiguiente, no ya el gobernante católico sino el acatólico -contra lo que opina el padre Patino-, deben ejercer su poder con respecto del orden moral con moralidad, aun cuando el sufragio universal -o lo que el padre Patino llama “el juego de las mayorías”- proponga otra cosa; entre el orden querido por el juego de las mayorías y el orden moral, el político ha de optar por el orden moral y estar contra el juego de las mayorías, si nos queremos atener a lo que nos enseña el Magisterio oficial de la Iglesia a través del Concilio Vaticano II. (…)

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 

martes, 11 de noviembre de 2025

Aberraciones de la Constitución de 1978

 Dos artículos por el NO en el referéndum a la Constitución de 1978

-1) Lo que es la Constitución

 LO QUE ES LA CONSTITUCIÓN

 Al margen de que la Constitución haya sido fruto de unas Cortes que no son constituyentes, lo cual le quita toda legitimidad, a pesar de consensos y componendas, enredos y cambalaches: independientemente de que, conocida la catadura moral y política de sus fautores en la redacción del texto, sepamos de antemano lo que pueda ser esa Constitución, para mí hay que leer solamente el Artículo Primero, con sus tres apartados, para rechazar de plano la tal Constitución que va a ser sometida a referéndum el día 6 de diciembre. Hablo simplemente como católico y español (que es ser dos veces católico, en versos de Pemán, un tanto ya lejanos).

 Textualmente dice el susodicho Artículo Primero: 1) España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. 2) La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. 3) La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.

 Creo que es suficiente. Sobran los 168 artículos restantes e incluso las disposiciones adicionales, transitorias y derogatorias, con las que se conculcan tradiciones, costumbres, derechos, fueros y todo lo habido y por haber en la historia de España.

 Paso semántica y jurídicamente, filosófica y lógicamente, esa aseveración de “constituir a España en un “Estado social y democrático de Derecho” que sustituye a la “unidad de destino en lo universal” y paso por no someter a análisis lo deletéreo de “la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político” metidos juntos en una redoma que puede dar dinamita. Lo que no puedo pasar, de ninguna manera, es que, además de ignorar a Dios, lo que es ATEÍSMO puro, se prescinda de todo espíritu religioso, lo cual es proclamación de LAICISMO y, para colmo, se dé la “soberanía nacional” al pueblo, quitándosela a Dios, de quien, según la doctrina de la Iglesia Católica, emana todo poder. Por lo que la Constitución, además de atea y laicista, es, para colmo, anticristiana o ANTICATÓLICA ¡Y antieclesial, por supuesto!

 Contrasta ese apartado 2 del Artículo Primero con el Segundo Principio de la Ley de Principios del Movimiento, hasta ahora vigente, en la que se dice: “La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación”. Esta solemne y firme proclamación religiosa es borrada de un plumazo en las nuevas leyes fundamentales de la Democracia, redactadas conforme a unos principios del más descarado liberalismo, condenado por los Papas y por la Historia.

 Si llegamos al tercer apartado, nuestra negativa al texto constitucional se refuerza, pues en modo alguno va con España ni con su pasado e idiosincrasia, esa Monarquía parlamentaria que es un atentado a la Tradición y al Derecho Político de España. Someter una Monarquía, y por lo tanto al Rey, a las veleidades, dictados y contubernios de una Cámara o dos, es esclavizar a la autoridad que viene sólo de Dios, y hacerle depender de los que “están siempre dispuestos a hacer deslizar el gobierno entre sus manos” (Kant, en “Metafísica de las costumbres”). Este sistema conculca la monarquía genuina de España, que es católica, social y representativa, tradicionalista, con unas Cortes (no Parlamento), donde orgánicamente esté representado el pueblo, no la masa ni los partidos políticos, que son “cadáveres ambulantes que llevan sus propios gusanos”, según expresión de Vázquez de Mella.

 Atea, laicista, anticristiana, antiespañola, como hemos visto, es en su solo primer artículo la Constitución liberal que ahora se somete a refrendo público. Pero es, además, ANTINACIONAL, porque reconoce “nacionalidades separatistas” que dividen a la Patria; es ANTICULTURAL (destruye el idioma español y fomenta el babelismo), es antieclesial (equipara la Iglesia Católica a las sectas), divorcista (o sea anticristiana y antifamiliar), antisocial (resucita la lucha de clases y elimina las representaciones profesionales en Cortes), es INMORAL (propugna el libertinaje y todo el cúmulo de lacras, aberraciones y desmanes que conlleva), y es muchas cosas más, imposibles de enumerar en tan breve espacio.

 Hay, pues, razones sobradas para decir NO a esta Constitución.

 Pedro RODRIGO


 Revista FUERZA NUEVAnº 621, 2-Dic-1978


..

-2) Una Constitución antiespañola

UNA CONSTITUCIÓN ANTIESPAÑOLA

 “El texto constitucional, engendrado por hombres que fueron incapaces de defender a España y a su bandera, es antiespañol porque lesiona seriamente el ser de la Patria, al dañar los fundamentos que les dan sentido: la fe en Cristo, la unidad nacional, la justicia y la familia”, manifestó José Antonio Cepeda, director del diario “Región”, de Oviedo, en su conferencia pronunciada el pasado 23 de noviembre en el salón de actos de Fuerza Nueva, totalmente abarrotado, bajo el tema: “Una Constitución antiespañola”, dentro del X Ciclo de Conferencias.

 (…) Pasó a disertar el conferenciante, exponiendo sus puntos de vista sobre el tema tan importante y esencial para la Patria que estos días se debate; para él, España se encuentra ante una situación verdaderamente grave, ya que se juega su propia esencia. Quien tiene importancia es la Patria, que un gobierno débil y entreguista regala de la manera más gratuita al marxismo, que dejó huella en toda la geografía y que asesinó al almirante Carrero Blanco, a guardias civiles, policías armados, inspectores de policía, taxistas, presidentes de Diputaciones, alcaldes, militares, trabajadores y hombres honrados. De este entreguismo gubernamental y del sucio consenso tenía que brotar un texto constitucional antiespañol.

 Recordó el señor Cepeda unas palabras de Ismael Medina advirtiendo que el pueblo español asume las palabras evangélicas: “Aquel que no está conmigo está contra mí”. Pero ante el texto constitucional cabe preguntarse: ¿Qué puede esperarse de unas Cortes donde su presidente niega a Cristo al quitar el crucifijo de su despacho? Esta Constitución -afirmó el conferenciante- ha sido hecha a la medida del marxismo y de una burguesía abierta. Nadie que sea católico debe respaldarla: por eso hay que decir NO, porque no estamos dispuestos a traicionar los valores supremos del ser de España”.

 Pasó más tarde a analizar las razones para votar NO, empezando por el artículo 1 donde se afirma que la soberanía nacional reside en el pueblo. Esto es falso -dijo-, ya que la soberanía no emana del pueblo sino de Dios. En el artículo 2 se habla de la unidad de España y luego se garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades; así España se convertirá en un conjunto de reinos de taifas. Hay que recordar las palabras de José Antonio afirmando que “la Patria es una unidad total en la que se integran todos los individuos y todas las clases”, palabras que hoy cobran una exacta vigencia.

 Se llega así el artículo 15, donde se dice que todos tienen derecho a la vida. “Que les pregunten a los huérfanos -afirmó-, a las mujeres, a las novias, a los padres, a los hermanos de los guardias civiles y policías armados asesinados por el mismo marxismo que recomienda votar SÍ en el referéndum. ¡Qué cinismo!

 Continuó el señor Cepeda con el artículo 16, que habla de la libertad religiosa, admitida por el régimen del 18 de Julio, pero es indiscutible que el Estado español es confesionalmente católico, salvo que pierda la fe en Cristo, que es lo que pretenden los autores del texto constitucional: descatolizarnos. “La religión católica -declaró- es la clave de todo empeño español. España, si aprueba esta negativa Constitución, se convertirá en sucursal de la Internacional atea. ¡Quién iba a decirle al Caudillo que, en cuanto él pasase a las manos del Señor iba a penetrar en España el aliento del ateísmo,del materialismo marxista, de los que destruyen todo espiritualidad de las almas! ¡Quién iba a decir que hombres que vestían camisa azul y juraban sobre los Evangelios serían los primeros en borrar la confesionalidad católica del Estado español!”

 Explica los artículos 27 y 32, que hablan del derecho a la educación y al matrimonio: pero ¿quién es el Estado para anular o disolver un matrimonio?-manifiesta José Antonio Cepeda-. Este artículo atenta contra el derecho divino y el derecho natural y pone en peligro a la familia. Jesús proclamó con claridad: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”. Todo matrimonio es, por Derecho natural, indisoluble.

 Para finalizar, el señor Cepeda se preguntó si la Constitución va a solucionar los problemas del terrorismo, de la carencia de autoridad, de la crisis económica. “La Constitución, como ha sido redactada, no solucionará nada. Esto conviene repetírselo a los que picaron el anzuelo de las elecciones generales de junio de 1977. Y repetírselo al pueblo, que ve mermada la capacidad adquisitiva de sus jornales”. 

Aconsejó que se debe abrir los ojos a los millares de españoles que parecen estar ciegos, que no ven lo que está sucediendo en una Patria sin esperanza. “Vosotros veréis -acabó- si es lícito, moral y patriótico votar afirmativamente en el referéndum; veréis si merece la pena luchar, aunque la muerte nos aceche, contra la cochambre en que se hunde España”.


 Revista FUERZA NUEVA, nº 621, 2-Dic-1978

 


domingo, 9 de noviembre de 2025

¿Funeral católico?: a Hitler, no; al “Che” Guevara, sí...

 Artículo de 1967

 LA POLITICA Y LOS FUNERALES

 Querido amigo: La noticia está ahí, escondida en un recuadro de la Prensa diaria, unas pocas líneas en extensión tipográfica, grandes en su negativa significación. Los lectores detallistas que se detengan en algo más que los titulares pudieron asombrarse con este texto:

 «Sevilla.—En la parroquia de los Remedios se celebró una misa en sufragio del alma de Ernesto «Che» Guevara. Al parecer, los organizadores eran estudiantes, y el acto se desarrolló con normalidad, aun cuando a la salida del mismo se pronunciaron frases y expresiones en contra de la guerra vietnamita.»

 La información se comenta por si sola; ¡pobre juventud española!, buscando sus héroes en aventureros extranjeros, con lo digno que sería fijarse en tantos y tantos héroes españoles que, forjadores de quimeras y ambiciosos de gloria, asombraron durante siglos a intelectuales estériles incapaces de entender su generosidad, y que encendieron en fervor patriótico generaciones de juventudes, nobles émulos de sus grandezas. Pero fuera de esta consideración moral, al lector sagaz no se le escapa relacionar este hecho con otro bastante reciente. Bien sé que eI recuerdo parece sobrar en este tiempo de vivir al presente, y el habitual consumidor de periódicos únicamente busca la sensación destacable pronto, sustituida por otra más reciente, y es poco dado a pensar por sí mismo y elaborar su propia verdad política extraída de la comparación y el comentar sincero de actitudes y eventos. Por otra parte, con la misma premura que se difunden ciertas noticias convenientes a los propagadores de la mala política, se ocultan otras menos propicias a estos ensalzadores de diálogos que, a la hora de la verdad, son los más desvergonzados monólogos.

 Probablemente recordarás que por junio pasado (1967) «un grupo de españoles agradecidos» invitaron «a todos cuantos hoy creen con fe y esperanza en la inmortal gesta de Europa» a un funeral en sufragio «del alma de Adolfo Hitler y la de todos los que con él murieron en defensa de la civilización cristiana y occidental». Si examinamos con serenidad, a cualquiera le parecerá perfectamente licito que se celebren estas honras fúnebres, porque, según la doctrina de la Iglesia, no consta la cierta condenación de ninguna persona, por muy aparentemente alejada de la religión que haya vivido, y aun aceptándola, es evidente que de «cuantos con él murieron» alguno de buena fe habría, capaz de serle aplicado el famoso sufragio. Pero, ¿cuál fue la consideración que mereció la actitud de Hitler hacia la Iglesia Católica?

 El 2 de mayo de 1945, al día siguiente de su muerte, algunos periódicos españoles publicaron reseñas como ésta: «... Un enorme ¡presente! se extiende por Europa porque Adolfo Hitler, hijo de la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo la cristiandad. Sobre su tumba, que es la enorme pira de Berlín, podrá escribirse el epitafio castellano: "El que está aquí sepultado no murió, que fue su muerte partida para la vida...’’. Sobre sus restos mortales se alza su figura moral victoriosa. Con la palma del martirio, Dios entrega a Hitler el laurel de la Victoria... La vida de Hitler ha sido digna de su muerte. Su muerte no es sólo la del héroe. Es la muerte del grande y del caballero. Es ahora cuando la figura de este ser excepcional empezará a ganar batallas decisivas...».

 Vista esta opinión y lo que luego se ha escrito sobre este personaje, sólo cabe pensar que o la prensa española de aquellos días lanzó una mentira, cosa harto arriesgada cuando los ejércitos aliados y soviéticos se repartían Europa impunemente, o que son los de ahora quienes han convertido en monstruosa la figura de aquel político. Antes bien creo otra cosa: que con la gallardía que nos caracteriza, con la misma dignidad con que España supo decir “no” cuando era el señor del Continente, la tuvo para apreciar su servicio cuando, vencido y muerto, con los vencedores rugiendo en nuestras fronteras, se tuvo hombría para decir la verdad o, como ahora, para dedicarle un piadoso recuerdo. El tiempo no cuenta para el pensamiento; por eso hay que aceptar que aquellas consideraciones son verdad para siempre, y ninguna razón de modernismo puede afirmar que lo que ayer era cierto pueda no serlo con el tiempo; porque las personas pasan, sus acciones permanecen y, sean honestas o ilícitas, ya nada puede cambiarlas.

 Pero he aquí que veinte años después, cuando tanto perdón se pide, y se concede, para los que por los años 36 fueron verdugos de España, se intenta celebrar un sufragio por el alma de Hitler, que, consecuentemente con los párrafos que te he citado, era digna de un cristiano, una nota de rango sagrado lo prohíbe, como enmendando la plana a la Historia.

 Otra figura, un tal «Che» Guevara, activo causante de la implantación del comunismo en Cuba, ese comunismo repetidamente condenado por los Papas y el mismo Concilio Vaticano II, no contento con encarcelar a su pueblo e intentar borrar de él la imagen de Dios, se dedica a exportar revoluciones y entregarse al bandidaje, la guerra y el odio hasta que muere como un vulgar salteador, acorralado por los defensores del orden.

 Para un cristiano, era vituperable su acción e inadecuado ofrecer por su alma los servicios de una religión que persiguió; pero si esto puede parecer un enfoque parcial, piensa que, equivocado o no en sus ideales, hay que aceptar que los medios, tan reprobados en Hitler, son en este otro sujeto tan reprobables o mucho más que los del gobernante alemán. Para éste no hay perdón; el otro, el apóstol de la subversión y la injusticia, fresco todavía el rastro de sus desmanes, sí es merecedor de la paz eterna; para él sí que rige aquello de que «tras la muerte no hay querella». Como hombres, indigna y subleva tan cruel discriminación; como cristianos, en base al inexcusable deber de obediencia hacia la Jerarquía, acatamos con respeto tal decisión.

 Si todavía tuviera algún valor el lenguaje de los hechos, si los que presumen de tolerantes hacia las demás opiniones y dialogantes sinceros, no estuvieran tan acostumbrados a encastillarse en sus ideas «a priori», sería posible desarbolar el tinglado de algunos órganos informativos extranjeros, conocidos por su tozudez en ofender a España con sus mentiras sobre nuestra realidad. Porque, ¿dónde está la España autoritaria y dictatorial? Pocos gobiernos pueden vanagloriarse de igual liberalismo práctico que el nuestro y de mejor respeto a las opiniones personales. Y la Iglesia, con independencia de su eventual error en esta cuestión, que no es de feo dogma, magnífica lección de autonomía y criterio propio.

 ¿Qué dirían los que ahora callan si en Francia, por ejemplo, se prohibiera un funeral por los partisanos de la Resistencia? Y ¿tolerarían en Moscú un servicio religioso en memoria de los mártires de la revolución húngara de 1956? Habría que oír las campañas que se desatarían contra la intransigencia a los «héroes» de la democracia o el espíritu reaccionario, contrarrevolucionario. Aquí, salvando la relación de personajes, se dan casos parecidos, y nada se altera, todo sigue igual y en completa paz y armonía.

La razón de todas estas consideraciones se halla en el deseo de mostrar la falsedad de muchos que nos acusan de defectos que ellos cultivan y aprovechan. Imagínate que un día, en las iglesias españolas, se predicara una Cruzada y a la salida se profirieran gritos de ¡abajo el comunismo! o ¡que nos devuelvan Gibraltar! Tiempo les faltaría para acusarnos de triunfalistas y fanáticos religiosos, o de vivir en un estado cesareo-papista; los moderados argüirían, sin duda, la improcedencia de relacionar el sentimiento religioso, para ellos cuestión personal, con las orientaciones políticas de la nación. Pero date cuenta que estos mismos son los que ahora guardan el más significativo silencio o apoyan sin rebozo y se alegran de que un acto religioso se convierta en mitin, a cuya salida se ponen los concurrentes a gritar sobre cuestiones totalmente dispares con el acto en cuestión. Porque te aseguro que por muchas vueltas que le doy no concibo la relación que pueda haber entre el revolucionario sudamericano, su misa de sufragio y las «frases y expresiones contrarias a la guerra vietnamita».

 Con extremada benevolencia, se puede tolerar ofrecer misas por tales individuos que, siendo comunistas, están, por este hecho, excomulgados; pero si bien es de cristianos amar y perdonar a todos (incluso aunque se llame Hitler), a pesar de ser enemigos, mal se compaginan la piedad y la oración con el escándalo gamberril sobre el conflicto vietnamita, que ni nos compete ni tiene la más mínima relación con la causa del acto que, por lo que se ve, fue motivo no ya para hacer la apología del «Che» y su desastrada vida, sino, y eso es peor, de los móviles, ideas y razones ateas y marxistas que quisiera justificar y cristianizar.

 Esta es la táctica: desorientar, dividir, evitar firmeza de convicciones, amoralizar la conciencia política y llenar de falsas ideas la imaginación de los jóvenes, que no comprenden su pobre papel de instrumentos de la subversión universal. Tengo escasa confianza en que se llegue a comprender la trascendencia de noticias como la que hoy hemos comentado; es igual; para nosotros habrá sido una certeza más de la exactitud y verdad de lo que pensamos: saber que frente al alud de propaganda falsamente tranquilizante y olvidadera de la realidad siguen teniendo fuerza las ideas, que se ven así refrendadas por los hechos. No es poco.

 FERNANDO LUIS GRACIA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967


viernes, 7 de noviembre de 2025

Picasso: personaje libertino, insurrecto, comunista…

 Artículo de 1970

  Picasso y sus legados pictóricos a Barcelona

 A estas horas no vamos a descubrir la personalidad de Pablo Ruiz Picasso, al malagueño afincado en Barcelona, y que después, en Francia, ha alcanzado el cenit de su gloria artística. Digamos, por comenzar, que consideramos a Pablo Ruiz Picasso como un genial pintor. Que reconocemos la valía extraordinaria del autor de “El Arlequín” y de sus épocas azul y rosa principalmente. Anotemos que Picasso, de no extraviarse en sus esquizofrénicas extravagancias, hubiera podido superar a Sorolla, Zuloaga, Anglada Camarasa y Sert, pintores eminentes que no han alcanzado ni la publicidad ni la resonancia popular de Picasso, a pesar de que su obra sea objetivamente muy superior, por no disponer de las cajas de resonancia ni estar al servicio de los sectarismos a que se ha prestado Picasso.

 Dicho esto, somos los primeros que registramos la actitud y los objetivos hábilmente orquestados a que se prestó la entrega de los 58 lienzos pintados por Picasso bajo el título de “Las Meninas”, en memoria de Jaime Sabartés, su íntimo amigo. Recientemente (1970) ha donado otras novecientas obras más con destino a su museo, situado en el antiguo Palacio Dalmases de la calle Montcada. En esta ocasión se han descargado, como es de suponer, los más ditirámbicos elogios, sin matizaciones de ninguna clase -como sucede actualmente en la vida pública española- a lo que conviene sentar unas advertencias si no se quiere o no se desea intencionadamente que la obra de Picasso tenga los efectos disolventes que gravitan en gran parte del mismo.

 Para ello destacamos unos apartados que nos parecen incontestables:

 Picasso, de siempre, ha sido un agitador.-No lo decimos nosotros. Es el testimonio de Joan Sachs -seudónimo de Feliú Elías-, en un escrito inédito hecho en Francia. En el mismo, Joan Sachs recuerda las actuaciones de Picasso en Barcelona y que actualmente ha renovado Santos Torroella. En el mismo se nos dice que Picasso, ya desde su ingreso en LLotja, “fue un conspicuo protestador de las enseñanzas, de los profesores, de la casa y de cuanto concernía a aquella Escuela, que debieron aborrecer todos los miembros de la familia Ruiz Picasso”. Discípulo díscolo a más no poder; constante insurrecto, y no sólo por lo que a la Escuela atañía; “cualquier movimiento social, político, ético, etc., que implicara oposición, revuelta o insumisión tenía al instante la adhesión inflamada de Pablo Ruiz Picasso; en seguida tomaba partido, incluso tomaría las armas en apoyo de tal o cual de dichos movimientos, y ello a pesar de no estar en antecedentes ideológicos de la cuestión que de tal manera le agitaba…El espíritu de revuelta le elevó, seguramente sin convicción, al catalanismo extremista, y con los catalanistas del periodo épico libró algunas batallas contra la policía: asistió con sus camaradas a los actos públicos donde el catalanismo había de manifestarse más ruidosamente y allí aplaudían, voceaban, increpaban y, al son de “Els Segadors” atacaban a las autoridades de S. M.”.

 Picasso no es un modelo personal de moral familiar.-Aparte de otras aventuras más o menos sonadas, Picasso ha convivido matrimonialmente con Fernande Olivier, Eva Gouelt, Alga Khoklova, Marie Therese Walter, Dora Maar, Françoise Gilo, Jaqueline Roqué… De estos “matrimonios” ha tenido varios hijos. Recientemente (1970), en “La Vanguardia”, del 19 del pasado marzo, en primera página, se nos ejemplarizaba que Pablo Picasso se ha opuesto a la demanda judicial formulada por su hijo natural Claude, para que se declare legalmente su paternidad. Lo decimos por aquello del “legado espiritual” de que se nos habla.

 Picasso es fundamentalmente un pintor que hace proselitismo marxista. -En una entrevista publicada en el diario comunista “L’Humanité”, del 30 de octubre de 1944, Picasso declara abiertamente: “Mi adhesión al partido comunista es la consecuencia lógica de toda mi vida. Porque estoy orgulloso de decirlo, jamás he considerado la pintura como un arte de simple juego, de distracción: yo he querido, mediante el dibujo y el color, puesto que estas eran mis armas, penetrar siempre más adelante en el conocimiento del mundo y de los hombres, a fin de que este conocimiento nos libre a todos cada día más: yo he tratado de decir, a mi manera, lo que consideraba como lo más veraz, lo más justo, lo mejor,y esto era, naturalmente, lo más bello, bien lo saben los grandes artistas”. (…)

 Asimismo, en “Lettres françaises”, del 24 de marzo de 1945 contestaba a Simone Dery: “(…) No; la pintura no se ha hecho para decorar viviendas. Es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo”. Así se explica la intervención directa en campañas contra el Estado español y contra España en que ha tomado parte Picasso. Él ha sido uno de los principales de la “Campaña pro-amnistía en España”. Él ha merecido el “Premio Lenin”. Y es el autor de las célebres palomas de la paz soviéticas y del cuadro “Guernica”, entre otros paneles subversivos. (…)

 Dadas las antecedentes referencias sobre la demagogia, intencionalidad, orquestación, filiación marxista concreta del autor, degradación de la figura humana en sus grotescas producciones más celebradas, escándalos eróticos de resonancia mundial en la última exposición londinense, preguntamos: en qué consiste la realidad trascendente del espíritu del arte de Picasso que hemos de cultivar? (…)

 Se ensalza a Picasso, en muchos, por su innegable significación política marxista, pues mejores pintores contemporáneos y artistas mundialmente consagrados yacen en el olvido o en situación precaria en la realización y ponderaciones debidas a sus obras, ya que en este proceso de auto-desmantelamiento ideológico de 18 de Julio que en muchos sectores responsables hoy se respira, recordar ciertos nombres y figuras no interesa.

 Estamos en la contradicción viviente de que, mientras el exilio rojo-anarco-separatista se desintegra y pulveriza (1970), en el interior de España se le hace el caldo gordo -¿acaso en nombre de contraste de pareceres?- a lo que ya se llama “operación retorno” que, para algunos, no sólo debe significar la vuelta de personajes y personajillos nefastos y de mal recordar e imposible olvidar, sino la jubilación vergonzante de los ideales del 18 de Julio de 1936 para convertirlos en letra muerta (…). Ahora, esto se completa -como en un avance más- con el Museo Picasso y sus legados, que nos parece muy bien se acepten y se valoren artísticamente, pero que es inaceptable que con papanatismo más que sospechoso y por lo visto extendido en todas las esferas, se nos haga tragar ahora a Picasso, no sólo como artista en lo que tenga de tolerable, sino como comunista y como enemigo consumado, pertinaz y militante de la España nacional y de su Estado y Leyes Fundamentales.

 Para nosotros, el juicio definitivo sobre Picasso y la filosofía de su fracaso y frustración artísticas, por más que digan lo contrario críticos baratos y vulgares repetidores de refritos y tópicos, nos lo dio Eugenio d’Ors, que en su primera época había mantenido los entusiasmos más ilimitados sobre el porvenir, significación y obra de Picasso; pero, no por política, sino por verdadera y ecuánime catalogación crítica, en su “Diálogo ayer tarde”, Eugenio d’Ors tuvo que exclamar: “¡Adiós al Rafael retardado, que en la figura de Pablo Picasso potencialmente se contenía!”

 Aunque ciertos sectores catalanistas no perdonaron y se vengaron de Eugenio d’Ors por no avenirse a sus bajezas y envidias, como ha demostrado, evidentemente, Guillermo Díaz-Plaja, es probable que los sucesores y discípulos de aquellos viejos políticos no acepten el certero e indesmentible juicio de Xenius. Pero el “legado espiritual” de Picasso sólo es aceptable a través de la filosofía que Eugenio d’Ors definitivamente nos dio sobre Pablo Picasso, el especialista en desfigurar y destrozar la figura humana. Un ayuntamiento de una España no comunista no debe perderlo de vista. Por mucha retórica y propaganda que se monte para envolver una mercancía y un nombre en muchos aspectos más que averiados, inadmisibles.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970