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jueves, 25 de diciembre de 2025

Contra falacias “católicas” en favor de la Constitución

 Articulo de 1978

 El señor Attard y su disgusto

 El señor Emilio Attard, presidente de la Comisión Constitucional (…) ha hecho declaraciones a la prensa y ha incurrido en afirmaciones gratuitas y contradictoras.

 Digamos primero al señor Attard que, si es católico practicante, se supone que será “católico, apostólico, romano” y no “católico, apostólico, madrileño”. Lo decimos porque, en sus declaraciones, se apoya en el cardenal de Madrid (Tarancón) y en su vicario general (Martín Patino), amén de la Comisión Permanente Episcopal, pero no le vemos apoyarse, no digo ya en textos conciliares sino siquiera en textos de los Papas. La verdad es que un vicario general no es fuente de doctrina, sino de gobierno (el señor Attard lo sabe puesto que es un ilustre jurista). Un cardenal ya es bastante más, pero aunque alguien haya considerado “papable” a ese cardenal, no es un Papa, ni tampoco una Conferencia Episcopal es un Concilio. Si encima resulta que el cardenal presidente de tal Conferencia (Tarancón) es hombre discutido, incluso por otros cardenales como… Hoeffner en el Sínodo de 1971, habrá que extremar la prudencia y procurar beber en fuentes más altas. Me parece, además, que, incluso, ha elegido mal sus citas.

 Usted, señor Attard, dice que “la Constitución no es atea, porque para serlo tendría que negar a Dios”. Curioso, porque usted sabe que hay ateísmo práctico. Cita usted el artículo 16: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades”. Lo que es tanto como decir que la Constitución no hace suya ninguna ideología, aunque diga que “mantendrá relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”; esto no es hacer suya ninguna creencia, ya que dice que cooperará con todas. La Constitución no tiene ninguna creencia, concordando con el artículo 1º, 2, que declara la soberanía del Pueblo, del que emanan todos los poderes del Estado, incluso la justicia (art. 17. 1); si usted ve a Dios y a su Ley natural por ahí, dígamelo, porque yo no veo ahí más Dios que el pueblo, ni más ley que su voluntad, ni más justicia que la que se le antoje. Todo eso se llama agnosticismo y laicismo y me parece lógico que lo defiendan agnósticos y laicos; lo que no me parece lógico es que usted lo intente bautizar con la ayuda del cardenal Tarancón y su vicario general. 

Después acude usted al texto de la Conferencia Episcopal, alegando que ha dicho: “No hay ninguna razón grave de carácter religioso”…; bueno, lo que dice es que no hay razón grave, ya que ese mismo texto reconoce reservas sobre estabilidad del matrimonio, protección de la familia y libertad de enseñanza. ¿Que esto no es grave? Puede que no lo sea para dicha Conferencia pero, señor Attard, ¿recuerda lo que el cardenal Poletti y Pablo VI dijeron a los católicos italianos que votaron en pro del divorcio? Pues les llamaron: traidores. ¿Grave en Italia y leve en España?

 Sigue usted citando: “El cardenal Tarancón afirma que si la Constitución coartara la profesión de fe de los cristianos o pusiera trabas a la actuación de la Iglesia, los cristianos estarían obligados en conciencia a oponerse con su voto a dicha Constitución”. Ha elegido mal su cita, porque ni el cardenal agota las causas negativas (no dice que sólo sean dos) ni que en la Constitución no se den, dejándolo a nuestro estudio. “Los cristianos son libres de votar como quieran, pero no por razón de su fe” –añade-. Y esa frase así dicha no dice más que la fe es un límite a ese voto, porque si lo que quiere decir, y no dice, es que a la hora de votar se ha de olvidar la fe, habrá que abrir la Gaudium et spes” del Vaticano II y leer en su n. 36 aquello de “Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras”, y usted es creyente, ¿verdad señor Attard?

 Cita usted a Martín Patino, y vuelve a elegir mal la cita, porque su cita hace radicar el cristianismo no en la mención de Dios “sino en cuanto garantice mejor los derechos y libertades del hombre”. Esto no sirve, porque en primer lugar hay que demostrar que la Constitución garantiza esto, y es claro que no garantiza ni eso, ni nada, puesto que no reconoce un orden moral objetivo por encima de la soberanía del pueblo. Todo queda a merced del poder. Eso es totalitarismo, como dijo hace poco el vicerrector de la Universidad de Ginebra, ¿lo recuerda? Le agradezco que no haya dicho usted nada de eso de la “Declaración Universal de Derechos Humanos”. Me ahorra la réplica de ese gato por liebre.

 Cuando le preguntan sobre familia y divorcio, usted recita artículos y añade: “La ley civil no puede imponer su doctrina a quienes no tienen fe” y que “el legislador civil, aunque sea católico, no tiene por qué elevar a la categoría de norma jurídica lo que es ideal cristiano”. La primera fase debe tener alguna errata, ya que lo cierto es que la ley civil sí que impone su doctrina tanto a los que tienen como los que no tienen fe. La segunda frase es más clara, pero no entiendo como un católico la dice, porque eso es una ley del embudo. 

¿De modo que los no católicos pueden imponernos sus ideales a los católicos, pero los católicos no podemos decir nada? ¿Ha olvidado usted a San Pablo: “Instaurar todo en Cristo” (Ef. 1,10). Pues se lo repite el Vaticano II (G. et S., 45), y antes, en el n, 43, le dice. “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena”. Gracias, otra vez, por no decir nada de aquello del “mal menor”.

 De repente, hace usted una llamada electoral: Lo que tenemos que hacer los católicos es actuar en política y ganar elecciones”. Muy bien, empecemos desde ahora. Yo ya he dicho “no” a la Constitución: lo demás ni me parece democrático, ni tiene sentido. Si tenemos ahora que prescindir de la fe, ¿por qué apelamos a ella para mañana?

 Dice usted, señor Attard, que la Constitución no es abortista, ha abolido la pena de muerte y establece que todos tienen derecho a la vida; pero resulta que hay países que también dicen eso y, no obstante, son abortistas; si con unas Leyes Fundamentales confesionalmente católicas, hoy aún vigentes, ha podido este Gobierno de centro y sus Cortes despenalizar el adulterio, el amancebamiento, la venta de anticonceptivos y la pornografía, dígame usted que harán los del futuro con esta Constitución permisiva, que todos califican de ambigua.

 También nos cuenta usted lo de la libertad de enseñanza. Eso es un hueso tan duro de roer que hasta la benigna Conferencia Episcopal ha manifestado sus reservas. Usted sabe que hay partido que ha hecho cuestión especial de este artículo. Es una libertad “planificada” y con “libertad de cátedra”; un colegio y unos padres católicos tendrán que soportar a un profesor que enseñe ateísmo en uso de su libertad de cátedra. (…) 

Jerónimo Cerdá Bañuls


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978 

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (3) : El escándalo holandés

 Artículo de 1970 

 Celibato sacerdotal : El escándalo holandés

 Parecía que la estupenda encíclica “Sacerdotalís coelibatus” iba a terminar definitivamente con todas las incomprensibles rebeldías que en torno al celibato clerical se habían manifestado de un modo tan audaz e irreverente. Pero los hechos inmediatos probaron lo contrario. Fue mal recibida y encontró fuerte oposición en los medios progresistas de siempre. El Papa -se decía- había procedido solitariamente sin consultar ni a los episcopados, y sin entrar en diálogo con los interesados, los mismos sacerdotes; el principio de colegialidad (entendido a su modo) había sido letra muerta. La cuestión seguía, pues, tan viva como antes. La cuestión vino a agravarse con circunstancias todavía más escandalosas: la encíclica “Humanae vitae” y el lastimoso asunto del Catecismo holandés.

 En este ambiente de rebeldía e indisciplina se comprende lo sucedido en la quinta sesión del Sínodo holandés de Noordwijkerhout, del 4 al 7 de enero de 1970. Una carta del Papa al Episcopado, de fecha 24 de diciembre de 1969, pero hecha pública sólo el 13 de enero siguiente, advertía paternalmente, pero con claridad, a los obispos holandeses que el informe-proyecto -ya permitido por los mismos obispos- iba todavía a poner a discusión temas ya decididos por la Santa Sede y, lo que es más, por el mismo Concilio Vaticano II. El episcopado holandés no cede, sin embargo; y casi no podemos concebir como el cardenal Alfrink pudo decir en su discurso de apertura que el Papa seguía el curso del Sínodo con sus oraciones… El nuncio, naturalmente, se niega a asistir por los mismos motivos; se van a poner en discusión temas ya decididos por la autoridad superior. ¿Qué concepto de autoridad superior tienen los señores obispos de Holanda? En tiempos no muy lejanos esto hubiera ocasionado las más severas medidas disciplinarias por parte de la Santa Sede. Hoy… ¿Qué está sucediendo -se pregunta obviamente el cristiano medio- en la Iglesia para que tamaños escándalos puedan “reproducirse”?

 El Sínodo holandés, contra todo y contra todos, tiene sus sesiones sin cambiar el orden del día. En vano ya el cardenal Alfrink intenta detener la marcha con su diplomático discurso inaugural. Es inútil todo, porque, a pesar de sus reservas en torno a la guarda de la propia responsabilidad y autoridad, el Episcopado holandés mismo es el que crea los hechos consumados que luego le arrastrarán fatídicamente. Efectivamente, de las cinco proposiciones aprobadas por masiva mayoría sobre el celibato, las cuatro primeras deshacen totalmente la disciplina tan solemnemente proclamada por el Vaticano II y por Pablo VI; y la quinta es una auténtica conminación enguantada dirigida al mismo Episcopado para que no se demore en ponerlas en práctica. El Episcopado, naturalmente, no votó; pero, de nuevo, ante el hecho consumado que él mismo se ha creado, ¿qué hacer?; dar  ejemplo de autoridad pastoral y declarar inválidas las votaciones? Pero, entonces, ¿dónde hubiera estado el tan decantado sentido del diálogo entre jerarquía y laicado?

 La tragedia llega por fin. El comunicado del día 21 de enero (¡dos semanas de angustias y de forcejeos con Roma!) puede, sí, sincerarse de la situación compleja en la que se encuentran los obispos; puede, igualmente, cubrir las apariencias, poniendo por delante las situaciones -que se afirman gratuitamente “semejantes” de otros países-… la verdad es que finalmente se acepta el resultado de las votaciones; y que, ya con un “nuevo hecho consumado” se tiene -¡ahora sí y, antes no!- la indelicadeza, la falta contra la colegialidad universal de presentarse -de quererse presentar- a un “diálogo con Roma”…

 Y todo esto envuelto en un concepto de colegialidad “horizontal” ciertamente erróneo, con el que se pretende dar estado de derecho, y aun sustancia teológica a los hechos más escandalosos de la actual indisciplina en la Iglesia, por parte de algunos obispos mismos. Por ejemplo, el cardenal Alfrink, el día 11 de enero -es decir, en el intervalo trágico- hace una interviú al diario milanés “Il Giorno”, en el que, evidentemente ya, muestra que está decidido a aprobar las decisiones del Sínodo. Pero, ¿puede un obispo de la “Catholica” manifestarse de este modo, enfrente de lo ya decidido por el Papa? Es claro, pues, que lo que se pretendía era un hecho consumado, un hecho-punta que pusiera a Roma entre la espada y la pared. El secretariado de la Conferencia Holandesa, en su declaración conjunta con el Secretariado del Sínodo, y en funciones de interpretación auténtica, lo dice con la claridad a la que no se han atrevido los obispos mismos: “por lo que se refiere al celibato, la conferencia de los obispos holandeses se obliga a conformar su línea de conducta pastoral a las recomendaciones del Concilio Pastoral. La aplicación de esta línea de conducta deberá ser realizada en común con el Papa y con los otros obispos”. Esta declaración es sorprendente por el hecho de que los obispos holandeses se juzgan más obligados con su pueblo que con el Papa. Con éste van a tratar, y desde un concepto de colegialidad errado, no ya el mismo hecho, sino el modo de aplicación. Esto es inaudito y será objeto del espanto de la historia de la Iglesia contemporánea.

 Ante esta posición, verdaderamente irritante, de la pequeña Iglesia “en” Holanda, la reacción ha sido clara y contundente entre los demás Episcopados: fuertes declaraciones en contra de los cardenales Journet, Bengsch, Danielou y Marty; cartas abiertas de obispos ilustres al cardenal Alfrink: Madrid, Sigüenza (para no hablar de la carta sibilina del señor obispo de Huelva); muchas conferencias nacionales y regionales: Francia, España, Suiza, Italia, países africanos, obispos belgas, valones, EEUU. Ha habido excepciones lastimosas: Suenens y Plourde, presidente de la Conferencia canadiense. Pero el cardenal de Berlín, Bengsch, mostraba todo el fondo del problema cuando advertía que toda la cuestión del celibato había sido encuadrada en un contexto de ideas subversivas sobre el sacerdocio, sobre el orden y sobre la Iglesia, que no podrían ser aceptadas por una comunidad de fe católica. Mucho menos cuando esta comunidad “da la impresión de querer reducir cada vez más los lazos de fidelidad y de obediencia que unen a todo obispo y a todo sacerdote al Sumo Pontífice a una relación consultativa, que no comporta compromiso alguno”.

 También la reacción del Papa ha sido esta vez decisiva: la carta al secretario de Estado muestra toda la amarga desilusión ante un Episcopado y una Iglesia hacia la que Pablo VI había demostrado toda la comprensión posible. Reafirmando de nuevo la disciplina eclesiástica tradicional, hace una alusión a la posibilidad de examinar en el futuro la conveniencia de ordenar a sujetos ya casados en circunstancias especiales; por más que el Papa no deje de formular serias reservas sobre esta posibilidad.

 Pero la resaca continúa… y tendremos que ocuparnos todavía de este asunto. Ahí está la carta de los 146 sacerdotes de Madrid como contrapartida a la carta del sr. arzobispo Morcillo; ahí la otra carta abierta del grupo alemán de la BRD; ahí el grupo progresista argentino; ahí también el grupo de teólogos romanos de Settegiorni… ¿Por qué no decirlo abiertamente? ¿Dónde está el fondo de la cuestión y por qué no plantearla con toda sinceridad? Intentaremos hacerlo en la próxima y última colaboración.

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970 

 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Incesante subversión en la Iglesia

 Artículo de 1967

 QUIEREN HACER DE DIOS, A LO MÁS, "EL CAMARADA DIOS”

 LAS PILDORAS ANTICONCEPTIVAS Y UNOS JESUITAS INCONCEBIBLES

 Acaba de llegar a mis manos la revista «América», editada por los jesuitas de los Estados Unidos de Norteamérica y del Canadá, cuyo número dedicado al Sínodo Episcopal ha publicado nada menos que un editorial pidiendo el cambio de la posición de la Iglesia respecto a los problemas del control de la natalidad, titulado «Anticonceptivos y Sínodo Episcopal».

 Sus autores hacen suya en «América» una postura extendida, según ellos, entre médicos «católicos». En dicho editorial se cita a «un importante médico católico», al que no se nombra: «En mi opinión, los anticonceptivos son indispensables para una vida sana de la familia católica. Digo bien: indispensables.» Esta defensa de los anticonceptivos sitúa a la revista «América» en posición doctrinal y moral contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Abiertamente se sitúa la revista jesuítica citada contra el Magisterio Pontificio cuando, seguidamente, afirma: «La mayoría de matrimonios no puede realizar los valores que la Iglesia proclama como componentes del estado matrimonial, si no pueden practicar, en ciertas situaciones—que «América» no expone—, el control de la natalidad. La Iglesia tendrá que cambiar, sea respecto a los anticonceptivos, o sea respecto al matrimonio. mantener ambos criterios es imposible para la Iglesia en el tiempo actual.»

 Los progresistas franceses, con la «doctrina» citada, sustentada por los jesuítas en su órgano «América», no pueden disimular su extraordinaria satisfacción y coincidencia. Y no digamos del progresismo alemán. «Herder korrespondenz» del pasado noviembre se ocupa también del tema del uso de los anticonceptivos, considerando despectivamente—como si sus oponentes doctrinales fuesen poco menos que unos atrasados mentales—que «todavía quedan médicos alemanes que respetan la doctrina papal, que aún condena rodo control artificial de la natalidad, sin tener en cuenta que en el empleo de los anticonceptivos se descubren, en ciertas situaciones, valores humanos tanto positivos como negativos».

 Lo más grave aún es el silencio de muchos obispos en tan importante materia, permitiendo se divulgue el error, en espera de que el Papa tome una definitiva solución. Como si a este respecto no existiesen anteriores enseñanzas pontificias.

 EL VANDALISMO, EN ACCION

 Las extravagancias litúrgicas van en aumento. «Temoignage Chretien» difunde su júbilo por la sistemática demolición de que viene siendo objeto toda la liturgia católica. Replicando a dicho semanario marxista-progresista, el Presidente de «Una Voce», de Lyon, monsieur Veyrat, ha calificado a tales innovaciones, muy justamente, de «indecence». Sin pelos en la lengua les dice: «Gracias a vosotros y a vuestros acólitos, los artículos 36, 54 y 116 de la «Constitución sobre la Sagrada Liturgia» son sistemáticamente olvidados y deliberadamente violados. La subversión litúrgica llevada a cabo por una banda de vándalos ha conseguido su objetivo: destruir el sentido de lo sagrado y transformar a Dios en un camarada.» «Temoignage Chretien» del 23 de noviembre (1967) le contesta a Mr. Veyrat lo siguiente: «Nos consuela el pensar que «nuestros acólitos» y la «banda de vándalos», en materia de violación de la Constitución Litúrgica aprobada por el Concilio Vaticano II, son precisamente nuestros Obispos.»

 Desgraciadamente, es la pura verdad. Hace ya demasiado tiempo que en ellos se escuda el progresismo. Lo cual prueba que la causa de tanto desastre radica en un estrato muy superior al del Episcopado. El «Consilium», y quien goza de autoridad encima de él, son los culpables de tanto desbarajuste.

 LA LIBERTAD RELIGIOSA, OBJETIVO CUMPLIDO

 Hasta hace algunos meses, el clamor en pro de la «libertad religiosa» resonaba en todos los ámbitos de la Iglesia. Desde Francia se veía bien claro que los disparos iban dirigidos contra España. A la unidad religiosa y a los países que—como España— profesaban en el espíritu de sus leyes la unidad católica, se les sentó prácticamente en el banquillo de los acusados en el Concilio. Algún día podrá saberse exactamente la virulencia y el alcance de los ataques de que fueron objeto los Obispos españoles. Pero desde que dichos países—concretamente, España—adoptaron su legislación a la nueva orientación de la Iglesia acordada en el Concilio, enmudecieron las cajas de resonancia antiespañolas igualmente instaladas fuera que dentro de la Iglesia. Una vez conseguido el objetivo de la libertad civil en materia religiosa impuesto por el Concilio Vaticano II a las naciones que profesaban en materia de unidad católica la doctrina que hasta entonces había enseñado la Iglesia, ya no ha vuelto a hablarse más de libertad religiosa. Los objetivos habían sido alcanzados.

 Los sectores franceses fieles a la integridad doctrinal de la Iglesia Católica han captado perfectamente la maniobra. (…)

 «TEOLOGIA RADICAL DE LA MUERTE DE DIOS»

 Mientras la mayoría de las publicaciones católicas han concedido sus elogios al comunismo con motivo del cincuentenario de la Revolución de Octubre, la revista «Exil et Liberté» ha recordado con tal motivo el carácter satánico del comunismo, no sólo por sus violencias y asesinatos, sino que también por el crimen cometido contra las inteligencias y contra los sentimientos para alcanzar una total desnaturalización del hombre, presentada como una liberación de la idea y del concepto de Dios. Efectivamente, el progresismo dominante está extendiendo con rapidez galopante su «teología radical de la muerte de Dios» y su «purificación de la fe», que nos presenta a un Cristo identificado con la humanidad material, y a los hombres como las únicas «piedras vivas», como si los sacramentos no hubiesen sido instituidos por Jesucristo y el sentido de lo sagrado hubiese ya desaparecido y hasta ahora hubiese sido el más grave error mantenido por la Iglesia durante dos mil años.

 Por eso se nos predica desde ciertos púlpitos que «la noción de lo sagrado está a punto de fracasar definitivamente porque es sustituida por el progreso de las ciencias físicas, las ciencias humanas y las estructuras sociales...», expulsando de la ciencia de los hombres el sentido de lo sobrenatural, «desmitizando el contenido de la fe y la persona de Jesús». Impunemente se puede negar la Divinidad de Jesús en un púlpito católico, y no pasa nada. Antes al contrario, se felicita a quienes predican «la transformation profonde de l’image que l’on se fait de Dieu»; son elogiadas «ciertas formas de ateísmo que son, para muchos «cristianos», un aliento sugestivo». En resumen: es la apostasía, la demencia, el auténtico satanismo y, en suma, el conjunto de todos los errores.

 También el enemigo pretende que la Iglesia haga su Revolución de octubre. (…)

  A. ROIG

Toulouse, diciembre de 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Conferencia Episcopal: su auto-desprestigio preserva nuestra fe

 Artículo de 1978

CONFERENCIA EPISCOPAL: SU AUTO-DESPRESTIGIO PRESERVA NUESTRA FE 

 “Guías ciegos” llama a Jesucristo (Mt. 23,16) a los escribas y fariseos que, con los sacerdotes y bajo la batuta de Caifás, integraban en su tiempo una “especie” de Conferencia Episcopal que se llamaba Sanedrín. Guías ciegos cabría repetir a ciertos miembros del Episcopado español que, bajo el mando del cardenal Tarancón, componen hoy la Asamblea Episcopal Española.

 Afortunadamente, el “parlamento” eclesiástico –me limito a consignar el hecho- se halla totalmente desacreditado y desprestigiado entre los católicos españoles, y digo “afortunadamente” porque ese descrédito y desprestigio actúa como vacuna contra el virus progresista que inspira sus documentos oficiales. No son los católicos españoles los que han desprestigiado la Conferencia Episcopal sino que ella misma se ha ganado a pulso el público menosprecio del pueblo fiel. Son muchas las causas: sus divisiones internas, su mecanismo democrático, que pretende resolver por la ley del voto no solo cuestiones de acción pastoral sino incluso cuestiones de doctrina, como si la verdad o el error pudieran decidirse por mayoría, sus equivocidades y ambigüedades tanto en el pensamiento como en su expresión, su afán de protagonismo en la misión docente de la Iglesia española menoscabando -si no suplantando- la competencia que por Derecho Divino Positivo corresponde a los obispos diocesanos, y especialmente sus conocidas convergencias de claro matiz político.

 ***

Una demostración más de esa ambigüedad y equivocidad doctrinal, y posiblemente también de una orientación política tendenciosa, es la ya famosa “Nota de la Comisión Permanente del Episcopado sobre la Constitución”, que, aunque sea a muchos días vista, y una vez aprobado el texto en referéndum, la Conferencia asumió como propia y merece comentarse.

 El enfoque moral de la Constitución puede desorientar a los católicos, indicando el camino falso, ocultando el verdadero, o no señalando ninguno. La Nota episcopal, que pretende seguir este tercer camino, contiene dos errores graves: Primero: Es erróneo el criterio que adopta para determinar la moralidad o moralidad de la Constitución. Segundo: Es erróneo sostener la moralidad del conjunto siendo inmoral alguna de sus partes.

 Por lo que concierne al punto primero, el criterio para determinar la moralidad o inmoralidad de la Constitución no es su conformidad o disconformidad con valores humanos, tales como la convivencia, libertades, etc., según sostiene la Conferencia en el número tres de su Nota, sino la conformidad o disconformidad con la Ley Divina Natural y Positiva. Ese tenía que haber sido para los obispos el punto de arranque y la clave decisoria para emitir su juicio. Pero al colocar como fundamento de su criterio no a Dios, sino al hombre, no al Derecho Divino sino al humano, no el sentido sobrenatural de la fe, sino el sentido temporal de las conveniencias humanas, se desvían en su orientación moral de su vértice teocéntrico para señalar una vertiente antropocéntrica que, por lo mismo. es falsa y errónea.

 Por lo que concierne al punto segundo, sostiene la Nota virtualmente, y yo añadiría que incluso de manera expresa, que la Constitución es moral, “puede salvarse moralmente” según sus palabras, si su conjunto global y general es moral, aunque no lo sean algunas de sus partes: los católicos, en consecuencia podrían dar su voto afirmativo a la Constitución, según su conciencia. La afirmación precedente contradice el principio filosófico de sentido común: “Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defecto”, a cuyo tenor, para que la Constitución sea moral tiene que ser toda moral y para que sea inmoral basta que lo sea una sola de sus normas. Sin embargo, la manzana está podrida bien porque toda este podrida o bien porque esté podrida cualquiera de sus partes; un producto es venenoso si cualquiera de sus elementos tiene veneno aunque otros no lo tengan.

 Pues bien: según la Conferencia Episcopal podríamos comer toda la manzana, aunque tenga alguna parte podrida; así, habremos podido votar afirmativamente la Constitución, ya que de los 169 artículos que la integran, sólo unos pocos son moralmente inaceptables. No importaría, por consiguiente, que el art. 1 suplante la soberanía de Dios por la del pueblo; que el  art. 117 coloque en la voluntad popular el origen de la justicia; que el art. 32 elimine de hecho la competencia de la Iglesia en materia matrimonial y adjudique al Estado atribuciones propias para regular sustantivamente una Institución de Derecho Divino Natural y Positivo como es el matrimonio; que el art. 27 conciba la educación con sentido laicista y establezca sobre la enseñanza el monopolio estatal, etc. Como las demás normas constitucionales son aceptables, ¡el católico ha podido aprobar una Constitución que niega a Dios, sanciona el divorcio vincular, abre cauces legales al aborto, elimina a la Iglesia, regula a su capricho la institución natural del matrimonio y arranca a los padres la educación de sus hijos!

 ***

La “orientación moral” de la Conferencia Episcopal Española contiene, como acabamos de ver, dos errores gravísimos contra la moral católica: uno, en su mismo punto de partida, al tomar como criterio decisorio de moralidad al hombre en lugar de Dios; y dos, en su mismo contenido, al sostener la moralidad del todo, siendo inmoral una de sus partes. No es extraño, por tanto, que sus Documentos caigan en el vacío, que sus ambigüedades no confundan, que sus equivocidades no engañen, que sus sofismas resulten ineficaces. Su auto-desprestigio es la vacuna providencial que preserva la fe del pueblo católico español.

 Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVA, nº 623, 16-Dic-1978

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Subversión y "contestación" jesuítica al P. Arrupe

 Artículo de 1970

 El P. Leita, “contestatario” del P. Arrupe

 El padre Juan Leita, jesuita, desgraciadamente bien conocido de nuestros lectores por su libro anticatólico “El fonament irreligiós de l’Esglesia”, ha “contestado” con ocho afirmaciones al padre Arrupe, en su anunciada visita a los jesuitas españoles.

 Al padre Leita le nombraron sus actuales superiores profesor auxiliar de Sagrada Escritura en la Facultad de teología jesuítica de San Cugat del Vallés, al mismo tiempo que condenaban al ostracismo a otros beneméritos profesores del mismo centro. Hoy, ese mismo profesor Leita es un “rebelde” y “contestatario” contra los mismos superiores que lo encumbraron. Sus últimas actuaciones públicas han sido las declaraciones hechas al vespertino “Tele-Exprés”, el 5 del pasado marzo (1970), en las que desautoriza al padre Arrupe en vísperas de su visita a España.

 Las declaraciones de Leita son ocho “contestaciones” que suponen una toma de posición frente al padre Arrupe. Aunque su interés intrínseco es nulo, tienen el valor demostrativo de la descomposición interna de la gran Orden ignaciana. Leita pone de manifiesto el profundo descontento que existe en la gran mayoría de los jesuitas españoles jóvenes y el estado de inconformismo general que se da en los jesuitas de todos los niveles ante la ineficacia del gobierno del padre Arrupe. En entrecomillado citamos literalmente las “contestaciones” del Padre Leita numerándolas correlativamente.

 1. “No sé cuál es el motivo de la visita del Padre Arrupe a España”.

 De entrada, se le dice al padre Arrupe que su viaje carece de motivación. Ese viaje se mira, pues, con indiferencia, sin interés alguno. ¡Magnífica unión de los subordinados con su General!

 2. “Yo no la creo necesaria, ya que todo hace pensar que ser una visita al estilo clásico: causar impresión en los súbditos a base de discursos y charlas de café”.

 La repulsa del modo de proceder del padre Arrupe es manifiesta. Se pone en la picota su manera de “gobernar”: palabras, cartas, discursos, muchas secularizaciones y fracaso de su gobierno. Para que no quede ninguna duda, Leita lo relata en la siguiente afirmación:

 3. “Si ese sistema fuera bueno, seguramente no hubiéramos llegado a la situación actual”.

 Hay un hecho evidente que hace resaltar Leita. La actual situación es deprimente y desastrosa, y la inmensa mayoría de la Compañía en España, por una razón o por otra, está descontenta del sistema del padre Arrupe. Se ha perdido la confianza en él. En este punto hay unanimidad entre todas las llamadas “tendencias”. Incluso entre los mismos actuales superiores es voz común que se lamentan de la falta de apoyo que encuentran en Roma para los actos de gobierno en favor de que se cumplan las Constituciones de la Compañía. De ahí su deseo de abandonar cuanto antes los cargos de gobierno que ocupan.

 Eso no son suposiciones gratuitas. Los números cantan con una elocuencia aplastante. Se trata del “Survey”, encuesta realizada entre los jesuitas españoles. De los 3.900 jesuitas españoles, respondieron al cuestionario 1.775, es decir, un 45%. Y esto pese a las presiones y cartas de los Provinciales. Más de la mitad de los jesuitas españoles, en un asunto tan grave, se abstuvieron y mostraron una total indiferencia o desencanto por el actual sistema de gobierno de la Orden.

 Hay algo más grave aún: la mitad de ese 45% que responde está en disconformidad con la actual Compañía del padre Arrupe. Solamente el 50% contestaron que estaban “plenamente o bastante” conformes con el gobierno del padre Arrupe. Es decir, que la base de apoyo que tiene el padre Arrupe y sus inmediatos colaboradores, entre los jesuitas de España, apenas llegan a la cuarta parte. En este punto tiene razón el padre Leita. Un mal tan profundo y un descontento tan universal no se arreglan con charlas de café y con viajes triunfalistas.

 4. “Un posible motivo podría ser la dimisión propuesta por algunos jesuitas”

 Leita sabe muy bien que esos “algunos” son centenares y centenares, que no se atreven a pedirlo públicamente por temor a la represión interior. La mayoría de los jesuitas no tienen los apoyos de Roma y del Arzobispo de Barcelona, que tiene el padre Leita, para poder manifestar públicamente su pensamiento. Pero Leita apunta algo que es evidente: el padre Arrupe intentará frenar la sangría que supone para la Compañía de España la continuada salida de jesuitas, que suman ya varios centenares, en su mayoría jóvenes, y que son parte de los 2.000 y pico que han salido de la orden durante el actual desgobierno.

 Para que no siga esa sangría se ha propuesto la división. La han propuesto hombres de gobierno, de experiencia, personalidades relevantes de la Orden, hombres maduros y jóvenes. No se ha querido hacer ningún caso. Antes al contrario: el nombramiento de un Superprovincial para todas las provincias jesuíticas españolas pretende ahogar definitivamente la tentativa. Pero la preocupación manifestada por el propio Sumo Pontífice, reconocida en carta colectiva por el mismo padre Arrupe, y la respuesta afirmativa a la Santa Sede de 51 obispos españoles -más de la tercera parte del Episcopado español-, que respondieron afirmativamente al deseo de que la Compañía de España se dividiera, no es cosa que se puede ocultar sin más.

 Las salidas de la Orden son constantes. El recientísimo caso del P. Ferrer, misionero hasta hace poco en la India, que fue jaleado en su reciente venida a España por los superiores jesuitas, y que acaba de unirse con una señorita inglesa, ante un pastor protestante, sin que se enteren sus superiores de su salida y del abandono del sacerdocio, es una comprobación lastimosa de lo que viene sucediendo. Por lo visto, la señorita Anne Perry estaba mejor enterada de las actividades e intenciones del ex padre Vicente Ferrer que su propio provincial, Juan Masiá, Provincial de la Compañía de Jesús en Bombay. ¿Hay o no motivos de división? Son preguntas que podría contestar, por ejemplo, en pública comunicación a la prensa el padre Valero, Provincial de España.

 5. “Pero esto -la división- puede resolverse directamente desde Roma, simplemente reflexionando sobre la alternativa de permitir un sistema fracasado o animar a todos a un programa saludable”.

 Vuelve a insistirse en la ausencia de motivación en el viaje del padre Arrupe, pese a todo. Leita reitera que ese 75% de jesuitas descontentos del padre Arrupe no esperan de él discursos sino actos de gobierno. Y se le dice paladinamente que su sistema de gobierno ha fracasado. ¿Soluciones? Leita, que es un radical del modernismo teológico, empuja al padre Arrupe en la dirección de su corriente, para llegar a las últimas consecuencias. No afirmó el padre Arrupe en la Universidad Católica de Washington que la compañía existía para defender la libertad? Pues, según Leita, debe seguir acelerando en esa dirección. El padre Arrupe no puede ya retroceder.

 6. “La base de este progreso debería ser una libertad casi absolutamente para todos los miembros de la Compañía, para dejar así que surjan las personalidades reales dejando que éstas trabajen, sin dirigirlas ni sofocarlas. Luego ya veremos hacia qué forma más estructurada y concreta debemos ir. Y esto habría que dejarlo hacer con paz y tranquilidad. No creo que la Compañía pueda tener ahora otro objetivo más concreto que éste”.

 La casi absoluta libertad quiere decir que no ha de haber reglas, constituciones, normas, superiores, votos, historia que respetar. O que el elemento jurídico y los superiores no sean más que figuras decorativas que presidan la pura yuxtaposición de clérigos sin ningún vínculo entre sí. La Compañía actual, de tumbo en tumbo, se ha quedado sin mensaje, sin objetivos, sin fin. Es la auto-demolición de la Compañía de Jesús, la institucionalización en ella del modernismo que condena la “Pascendi” y la “Ecclesiam Suam”. Estamos a millones de años luz de la Compañía compacta y unida de San Ignacio. la de las “reglas para sentir con la Iglesia” y la de la seguridad doctrinal.

 7. “Por otra parte, pienso que no hay que marcarse objetivos muy concretos. No puede servir el marcado por el padre Arrupe: la lucha contra el ateísmo”.

 Una vez más se desautoriza al padre Arrupe. El encargo de luchar contra el ateísmo fue voluntad expresa de Pablo VI.  Pero Leita, para que no quede la más mínima duda, reafirma que los jesuitas no han de tener objetivos concretos. Estamos ante el puro subjetivismo, la total anarquía personal. Repitámoslo: la auto-disolución de la Compañía.

 8. “Sí, en cambio, pienso que puede hablarse de una función de la Compañía no como estructura e institución. La Compañía de Jesús -contrariamente a lo que se cree- siempre ha sido una Orden que ha dejado libertad a sus miembros en su acción. Esto es lo que debe ser acentuado”.

 La Compañía de Jesús ha quedado reducida a una “función”… Ese es el resultado de tanto combatir las “estructuras” y del afán de reformar las instituciones. El General, los superiores, para nada sirven: es algo puramente “funcional”, como todo el conjunto de la legislación jesuítica y de cuatro siglos de historia.

 Así se justifican todas las guerrillas, las herejías, los absurdos, el caos. El padre Leita no es un “contestatario”: es la consecuencia lógica de todo un sistema. No es culpa de los “jóvenes”; fueron otros “viejos” los que le prepararon para profesor de Sagrada Escritura de los nuevos jesuitas. Y es el Vicario episcopal del Arzobispo de Barcelona -doctor Marcelo González-, Juan Carrera -ahora implicado en la asistencia a una reunión subversiva en la Parroquia de San Isidro de Barcelona-, quien le premio y galardonó por su libro contra el Pontificado romano, que, a estas horas todavía la autoridad eclesiástica no ha desautorizado ni al autor del libro ni al que actuó como representante personal del Arzobispo. Como asimismo tampoco le ha descalificado por los motivos de su asistencia a la reunión ilegal aludida.

 Hoy se recogen las tempestades de los vientos que sembraron; y después se piensa en arreglarlo con algún sermón de conceptos sublimes, pero continuamente manteniendo a los Leita, a los Carrera y a todo lo que estos personajes significan.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 174, 9-May-1970