Buscar este blog

domingo, 9 de noviembre de 2025

¿Funeral católico?: a Hitler, no; al “Che” Guevara, sí...

 Artículo de 1967

 LA POLITICA Y LOS FUNERALES

 Querido amigo: La noticia está ahí, escondida en un recuadro de la Prensa diaria, unas pocas líneas en extensión tipográfica, grandes en su negativa significación. Los lectores detallistas que se detengan en algo más que los titulares pudieron asombrarse con este texto:

 «Sevilla.—En la parroquia de los Remedios se celebró una misa en sufragio del alma de Ernesto «Che» Guevara. Al parecer, los organizadores eran estudiantes, y el acto se desarrolló con normalidad, aun cuando a la salida del mismo se pronunciaron frases y expresiones en contra de la guerra vietnamita.»

 La información se comenta por si sola; ¡pobre juventud española!, buscando sus héroes en aventureros extranjeros, con lo digno que sería fijarse en tantos y tantos héroes españoles que, forjadores de quimeras y ambiciosos de gloria, asombraron durante siglos a intelectuales estériles incapaces de entender su generosidad, y que encendieron en fervor patriótico generaciones de juventudes, nobles émulos de sus grandezas. Pero fuera de esta consideración moral, al lector sagaz no se le escapa relacionar este hecho con otro bastante reciente. Bien sé que eI recuerdo parece sobrar en este tiempo de vivir al presente, y el habitual consumidor de periódicos únicamente busca la sensación destacable pronto, sustituida por otra más reciente, y es poco dado a pensar por sí mismo y elaborar su propia verdad política extraída de la comparación y el comentar sincero de actitudes y eventos. Por otra parte, con la misma premura que se difunden ciertas noticias convenientes a los propagadores de la mala política, se ocultan otras menos propicias a estos ensalzadores de diálogos que, a la hora de la verdad, son los más desvergonzados monólogos.

 Probablemente recordarás que por junio pasado (1967) «un grupo de españoles agradecidos» invitaron «a todos cuantos hoy creen con fe y esperanza en la inmortal gesta de Europa» a un funeral en sufragio «del alma de Adolfo Hitler y la de todos los que con él murieron en defensa de la civilización cristiana y occidental». Si examinamos con serenidad, a cualquiera le parecerá perfectamente licito que se celebren estas honras fúnebres, porque, según la doctrina de la Iglesia, no consta la cierta condenación de ninguna persona, por muy aparentemente alejada de la religión que haya vivido, y aun aceptándola, es evidente que de «cuantos con él murieron» alguno de buena fe habría, capaz de serle aplicado el famoso sufragio. Pero, ¿cuál fue la consideración que mereció la actitud de Hitler hacia la Iglesia Católica?

 El 2 de mayo de 1945, al día siguiente de su muerte, algunos periódicos españoles publicaron reseñas como ésta: «... Un enorme ¡presente! se extiende por Europa porque Adolfo Hitler, hijo de la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo la cristiandad. Sobre su tumba, que es la enorme pira de Berlín, podrá escribirse el epitafio castellano: "El que está aquí sepultado no murió, que fue su muerte partida para la vida...’’. Sobre sus restos mortales se alza su figura moral victoriosa. Con la palma del martirio, Dios entrega a Hitler el laurel de la Victoria... La vida de Hitler ha sido digna de su muerte. Su muerte no es sólo la del héroe. Es la muerte del grande y del caballero. Es ahora cuando la figura de este ser excepcional empezará a ganar batallas decisivas...».

 Vista esta opinión y lo que luego se ha escrito sobre este personaje, sólo cabe pensar que o la prensa española de aquellos días lanzó una mentira, cosa harto arriesgada cuando los ejércitos aliados y soviéticos se repartían Europa impunemente, o que son los de ahora quienes han convertido en monstruosa la figura de aquel político. Antes bien creo otra cosa: que con la gallardía que nos caracteriza, con la misma dignidad con que España supo decir “no” cuando era el señor del Continente, la tuvo para apreciar su servicio cuando, vencido y muerto, con los vencedores rugiendo en nuestras fronteras, se tuvo hombría para decir la verdad o, como ahora, para dedicarle un piadoso recuerdo. El tiempo no cuenta para el pensamiento; por eso hay que aceptar que aquellas consideraciones son verdad para siempre, y ninguna razón de modernismo puede afirmar que lo que ayer era cierto pueda no serlo con el tiempo; porque las personas pasan, sus acciones permanecen y, sean honestas o ilícitas, ya nada puede cambiarlas.

 Pero he aquí que veinte años después, cuando tanto perdón se pide, y se concede, para los que por los años 36 fueron verdugos de España, se intenta celebrar un sufragio por el alma de Hitler, que, consecuentemente con los párrafos que te he citado, era digna de un cristiano, una nota de rango sagrado lo prohíbe, como enmendando la plana a la Historia.

 Otra figura, un tal «Che» Guevara, activo causante de la implantación del comunismo en Cuba, ese comunismo repetidamente condenado por los Papas y el mismo Concilio Vaticano II, no contento con encarcelar a su pueblo e intentar borrar de él la imagen de Dios, se dedica a exportar revoluciones y entregarse al bandidaje, la guerra y el odio hasta que muere como un vulgar salteador, acorralado por los defensores del orden.

 Para un cristiano, era vituperable su acción e inadecuado ofrecer por su alma los servicios de una religión que persiguió; pero si esto puede parecer un enfoque parcial, piensa que, equivocado o no en sus ideales, hay que aceptar que los medios, tan reprobados en Hitler, son en este otro sujeto tan reprobables o mucho más que los del gobernante alemán. Para éste no hay perdón; el otro, el apóstol de la subversión y la injusticia, fresco todavía el rastro de sus desmanes, sí es merecedor de la paz eterna; para él sí que rige aquello de que «tras la muerte no hay querella». Como hombres, indigna y subleva tan cruel discriminación; como cristianos, en base al inexcusable deber de obediencia hacia la Jerarquía, acatamos con respeto tal decisión.

 Si todavía tuviera algún valor el lenguaje de los hechos, si los que presumen de tolerantes hacia las demás opiniones y dialogantes sinceros, no estuvieran tan acostumbrados a encastillarse en sus ideas «a priori», sería posible desarbolar el tinglado de algunos órganos informativos extranjeros, conocidos por su tozudez en ofender a España con sus mentiras sobre nuestra realidad. Porque, ¿dónde está la España autoritaria y dictatorial? Pocos gobiernos pueden vanagloriarse de igual liberalismo práctico que el nuestro y de mejor respeto a las opiniones personales. Y la Iglesia, con independencia de su eventual error en esta cuestión, que no es de feo dogma, magnífica lección de autonomía y criterio propio.

 ¿Qué dirían los que ahora callan si en Francia, por ejemplo, se prohibiera un funeral por los partisanos de la Resistencia? Y ¿tolerarían en Moscú un servicio religioso en memoria de los mártires de la revolución húngara de 1956? Habría que oír las campañas que se desatarían contra la intransigencia a los «héroes» de la democracia o el espíritu reaccionario, contrarrevolucionario. Aquí, salvando la relación de personajes, se dan casos parecidos, y nada se altera, todo sigue igual y en completa paz y armonía.

La razón de todas estas consideraciones se halla en el deseo de mostrar la falsedad de muchos que nos acusan de defectos que ellos cultivan y aprovechan. Imagínate que un día, en las iglesias españolas, se predicara una Cruzada y a la salida se profirieran gritos de ¡abajo el comunismo! o ¡que nos devuelvan Gibraltar! Tiempo les faltaría para acusarnos de triunfalistas y fanáticos religiosos, o de vivir en un estado cesareo-papista; los moderados argüirían, sin duda, la improcedencia de relacionar el sentimiento religioso, para ellos cuestión personal, con las orientaciones políticas de la nación. Pero date cuenta que estos mismos son los que ahora guardan el más significativo silencio o apoyan sin rebozo y se alegran de que un acto religioso se convierta en mitin, a cuya salida se ponen los concurrentes a gritar sobre cuestiones totalmente dispares con el acto en cuestión. Porque te aseguro que por muchas vueltas que le doy no concibo la relación que pueda haber entre el revolucionario sudamericano, su misa de sufragio y las «frases y expresiones contrarias a la guerra vietnamita».

 Con extremada benevolencia, se puede tolerar ofrecer misas por tales individuos que, siendo comunistas, están, por este hecho, excomulgados; pero si bien es de cristianos amar y perdonar a todos (incluso aunque se llame Hitler), a pesar de ser enemigos, mal se compaginan la piedad y la oración con el escándalo gamberril sobre el conflicto vietnamita, que ni nos compete ni tiene la más mínima relación con la causa del acto que, por lo que se ve, fue motivo no ya para hacer la apología del «Che» y su desastrada vida, sino, y eso es peor, de los móviles, ideas y razones ateas y marxistas que quisiera justificar y cristianizar.

 Esta es la táctica: desorientar, dividir, evitar firmeza de convicciones, amoralizar la conciencia política y llenar de falsas ideas la imaginación de los jóvenes, que no comprenden su pobre papel de instrumentos de la subversión universal. Tengo escasa confianza en que se llegue a comprender la trascendencia de noticias como la que hoy hemos comentado; es igual; para nosotros habrá sido una certeza más de la exactitud y verdad de lo que pensamos: saber que frente al alud de propaganda falsamente tranquilizante y olvidadera de la realidad siguen teniendo fuerza las ideas, que se ven así refrendadas por los hechos. No es poco.

 FERNANDO LUIS GRACIA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967


viernes, 7 de noviembre de 2025

Picasso: personaje libertino, insurrecto, comunista…

 Artículo de 1970

  Picasso y sus legados pictóricos a Barcelona

 A estas horas no vamos a descubrir la personalidad de Pablo Ruiz Picasso, al malagueño afincado en Barcelona, y que después, en Francia, ha alcanzado el cenit de su gloria artística. Digamos, por comenzar, que consideramos a Pablo Ruiz Picasso como un genial pintor. Que reconocemos la valía extraordinaria del autor de “El Arlequín” y de sus épocas azul y rosa principalmente. Anotemos que Picasso, de no extraviarse en sus esquizofrénicas extravagancias, hubiera podido superar a Sorolla, Zuloaga, Anglada Camarasa y Sert, pintores eminentes que no han alcanzado ni la publicidad ni la resonancia popular de Picasso, a pesar de que su obra sea objetivamente muy superior, por no disponer de las cajas de resonancia ni estar al servicio de los sectarismos a que se ha prestado Picasso.

 Dicho esto, somos los primeros que registramos la actitud y los objetivos hábilmente orquestados a que se prestó la entrega de los 58 lienzos pintados por Picasso bajo el título de “Las Meninas”, en memoria de Jaime Sabartés, su íntimo amigo. Recientemente (1970) ha donado otras novecientas obras más con destino a su museo, situado en el antiguo Palacio Dalmases de la calle Montcada. En esta ocasión se han descargado, como es de suponer, los más ditirámbicos elogios, sin matizaciones de ninguna clase -como sucede actualmente en la vida pública española- a lo que conviene sentar unas advertencias si no se quiere o no se desea intencionadamente que la obra de Picasso tenga los efectos disolventes que gravitan en gran parte del mismo.

 Para ello destacamos unos apartados que nos parecen incontestables:

 Picasso, de siempre, ha sido un agitador.-No lo decimos nosotros. Es el testimonio de Joan Sachs -seudónimo de Feliú Elías-, en un escrito inédito hecho en Francia. En el mismo, Joan Sachs recuerda las actuaciones de Picasso en Barcelona y que actualmente ha renovado Santos Torroella. En el mismo se nos dice que Picasso, ya desde su ingreso en LLotja, “fue un conspicuo protestador de las enseñanzas, de los profesores, de la casa y de cuanto concernía a aquella Escuela, que debieron aborrecer todos los miembros de la familia Ruiz Picasso”. Discípulo díscolo a más no poder; constante insurrecto, y no sólo por lo que a la Escuela atañía; “cualquier movimiento social, político, ético, etc., que implicara oposición, revuelta o insumisión tenía al instante la adhesión inflamada de Pablo Ruiz Picasso; en seguida tomaba partido, incluso tomaría las armas en apoyo de tal o cual de dichos movimientos, y ello a pesar de no estar en antecedentes ideológicos de la cuestión que de tal manera le agitaba…El espíritu de revuelta le elevó, seguramente sin convicción, al catalanismo extremista, y con los catalanistas del periodo épico libró algunas batallas contra la policía: asistió con sus camaradas a los actos públicos donde el catalanismo había de manifestarse más ruidosamente y allí aplaudían, voceaban, increpaban y, al son de “Els Segadors” atacaban a las autoridades de S. M.”.

 Picasso no es un modelo personal de moral familiar.-Aparte de otras aventuras más o menos sonadas, Picasso ha convivido matrimonialmente con Fernande Olivier, Eva Gouelt, Alga Khoklova, Marie Therese Walter, Dora Maar, Françoise Gilo, Jaqueline Roqué… De estos “matrimonios” ha tenido varios hijos. Recientemente (1970), en “La Vanguardia”, del 19 del pasado marzo, en primera página, se nos ejemplarizaba que Pablo Picasso se ha opuesto a la demanda judicial formulada por su hijo natural Claude, para que se declare legalmente su paternidad. Lo decimos por aquello del “legado espiritual” de que se nos habla.

 Picasso es fundamentalmente un pintor que hace proselitismo marxista. -En una entrevista publicada en el diario comunista “L’Humanité”, del 30 de octubre de 1944, Picasso declara abiertamente: “Mi adhesión al partido comunista es la consecuencia lógica de toda mi vida. Porque estoy orgulloso de decirlo, jamás he considerado la pintura como un arte de simple juego, de distracción: yo he querido, mediante el dibujo y el color, puesto que estas eran mis armas, penetrar siempre más adelante en el conocimiento del mundo y de los hombres, a fin de que este conocimiento nos libre a todos cada día más: yo he tratado de decir, a mi manera, lo que consideraba como lo más veraz, lo más justo, lo mejor,y esto era, naturalmente, lo más bello, bien lo saben los grandes artistas”. (…)

 Asimismo, en “Lettres françaises”, del 24 de marzo de 1945 contestaba a Simone Dery: “(…) No; la pintura no se ha hecho para decorar viviendas. Es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo”. Así se explica la intervención directa en campañas contra el Estado español y contra España en que ha tomado parte Picasso. Él ha sido uno de los principales de la “Campaña pro-amnistía en España”. Él ha merecido el “Premio Lenin”. Y es el autor de las célebres palomas de la paz soviéticas y del cuadro “Guernica”, entre otros paneles subversivos. (…)

 Dadas las antecedentes referencias sobre la demagogia, intencionalidad, orquestación, filiación marxista concreta del autor, degradación de la figura humana en sus grotescas producciones más celebradas, escándalos eróticos de resonancia mundial en la última exposición londinense, preguntamos: en qué consiste la realidad trascendente del espíritu del arte de Picasso que hemos de cultivar? (…)

 Se ensalza a Picasso, en muchos, por su innegable significación política marxista, pues mejores pintores contemporáneos y artistas mundialmente consagrados yacen en el olvido o en situación precaria en la realización y ponderaciones debidas a sus obras, ya que en este proceso de auto-desmantelamiento ideológico de 18 de Julio que en muchos sectores responsables hoy se respira, recordar ciertos nombres y figuras no interesa.

 Estamos en la contradicción viviente de que, mientras el exilio rojo-anarco-separatista se desintegra y pulveriza (1970), en el interior de España se le hace el caldo gordo -¿acaso en nombre de contraste de pareceres?- a lo que ya se llama “operación retorno” que, para algunos, no sólo debe significar la vuelta de personajes y personajillos nefastos y de mal recordar e imposible olvidar, sino la jubilación vergonzante de los ideales del 18 de Julio de 1936 para convertirlos en letra muerta (…). Ahora, esto se completa -como en un avance más- con el Museo Picasso y sus legados, que nos parece muy bien se acepten y se valoren artísticamente, pero que es inaceptable que con papanatismo más que sospechoso y por lo visto extendido en todas las esferas, se nos haga tragar ahora a Picasso, no sólo como artista en lo que tenga de tolerable, sino como comunista y como enemigo consumado, pertinaz y militante de la España nacional y de su Estado y Leyes Fundamentales.

 Para nosotros, el juicio definitivo sobre Picasso y la filosofía de su fracaso y frustración artísticas, por más que digan lo contrario críticos baratos y vulgares repetidores de refritos y tópicos, nos lo dio Eugenio d’Ors, que en su primera época había mantenido los entusiasmos más ilimitados sobre el porvenir, significación y obra de Picasso; pero, no por política, sino por verdadera y ecuánime catalogación crítica, en su “Diálogo ayer tarde”, Eugenio d’Ors tuvo que exclamar: “¡Adiós al Rafael retardado, que en la figura de Pablo Picasso potencialmente se contenía!”

 Aunque ciertos sectores catalanistas no perdonaron y se vengaron de Eugenio d’Ors por no avenirse a sus bajezas y envidias, como ha demostrado, evidentemente, Guillermo Díaz-Plaja, es probable que los sucesores y discípulos de aquellos viejos políticos no acepten el certero e indesmentible juicio de Xenius. Pero el “legado espiritual” de Picasso sólo es aceptable a través de la filosofía que Eugenio d’Ors definitivamente nos dio sobre Pablo Picasso, el especialista en desfigurar y destrozar la figura humana. Un ayuntamiento de una España no comunista no debe perderlo de vista. Por mucha retórica y propaganda que se monte para envolver una mercancía y un nombre en muchos aspectos más que averiados, inadmisibles.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970

 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Salvador de Madariaga, exministro republicano, criticó a la II República

 

 El intelectual y exministro republicano Salvador de Madariaga contra la Segunda República

 (…) El testimonio que aducimos es precisamente el de un intelectual republicano, indiscutiblemente el español más britanizado que ha existido y existe. Nos referimos a Salvador de Madariaga.

 En su libro “España”, Salvador de Madariaga examina el proceso desintegrador de la República. La República, según Salvador de Madariaga, fue el término de toda la paz social en España:

 Al hundirse, a principios del siglo XIX, la armazón tradicional del Estado español, fue necesario comenzar a reconstruir desde los cimientos. De aquí y de allá, vinieron haciéndose esfuerzos a tal fin, ya por individuos particulares, ya por el mismo Estado, para crear y fomentar este tejido director del cuerpo político. Estos esfuerzos fracasaban lastimosamente, tarde o temprano, cuando volvía a acudirá a España la fiebre terciana de su guerra civil. El último de estos movimientos de honda creación, el que debe su origen a don Francisco Giner de los Ríos, fue que alcanzó mayor éxito. Gracias al período relativamente largo de paz interior de que gozó España bajo la restauración borbónica (1876-1931) pudo este esfuerzo ir adquiriendo volumen e importancia, y como el país de suyo da vigor y posee ricos dones creadores, el reinado de Alfonso XIII contará en la historia de la cultura española sino como un siglo de oro, al menos como una era de plata”.

 La tarea esencial de la República debía haber sido procurar que continuase la paz interior para que en el cuerpo político de la nación fuese desarrollándose aquel tejido dirigente con fuerza y espesor suficientes para habérselas con los problemas que dividían a la opinión”.

 (…) Lo más antagónico a estos postulados fue la democracia republicana, sagazmente enjuiciada por Salvador de Madariaga:

 Pero aunque la República pudo haber sido moderada, el caso es que no lo fue. El ímpetu de ocho años de energía comprimida y la fogosidad de ocho años de ensueños sin acción (Gobierno de Primo de Rivera) vencieron a la prudencia en el alma de los hombres que tomaron a su cargo la nave del Estado, y así llevaron a la República a todo vapor a estrellarse contra las rocas inmutables de la terquedad española”.

 Quedó, pues, destruida aquella paz precaria y siempre inestimable, sin la que en España no podrá nunca llegar a construirse el Estado fuerte y competente que una nación tan vigorosa y creadora necesita poseer.Agobiado a diario por incidentes constantes y por revueltas mayores y menores que su propio doctrinarismo estimulaba, como si para tales cosas fuera necesario el estímulo, el Gobierno se veía incapacitado para emprender la educación política del pueblo, si es que pensó en hacerlo”.

 La República, tan enfáticamente proclamada democrática y liberal, gobernó casi siempre anticonstitucionalmente y con poderes extraordinarios. Lo afirma Madariaga:

 La República, quizá más todavía en sus etapas de izquierda, se vio precisada a protegerse contra su propia Constitución mediante leyes de excepción como la de Defensa de la República o la de Orden Público, que aunque poco conciliables con los principios constitucionales, apenas fueron suficientes para evitar accesos de violencia y la continua efervescencia de los impacientes”.

 Todo esto de que la democracia es un paraíso, en donde todos los pareceres se pueden expresar con respeto mutuo, es un cuento tártaro. La experiencia democrática española es muy elocuente, como registra Madariaga:

 Para colmo de males, la extrema izquierda, según la ley general de la política española, se dispuso a hacer traición a la izquierda a principios de 1933. Sacudió todo Levante un viento de revolución y de violencia, de Barcelona a Valencia y de Murcia a Sevilla, en todo este sector donde la semilla anarquista de Bakunin y Sorel ha prendido con tanto vigor en el alma ibérica. Se proclamaba el comunismo libertario, se atacaba a la Guardia Civil, se confiscaban tierras y propiedades y se organizaban huelgas deliberadamente insolubles para mantener vivo el fermento de agitación. Ni el Gobierno ni las Cortes podían trabajar en paz”.

 La sinfonía democrática fue creciendo de tono, según nos explica Madariaga, exministro republicano de Instrucción Pública y de Justicia:

 La epidemia de huelgas y desórdenes violentos que comenzó el 8 de diciembre de 1933 tuvo muy poco que ver con el cambio de Gobierno. Debióse en particular al ímpetu revolucionario de los anarcosindicalistas, para quienes tales huelgas y desórdenes eran de desear en sí. Transformáronse los quioscos de flores de las Ramblas de Barcelona en nidos de ametralladoras, y hubo violentos choques en La Coruña, Zaragoza, Huesca, Barbastro, Calatayud y Granada, donde pasaron por la prueba del fuego iglesias y conventos. El expreso de Barcelona a Sevilla fue víctima de un atentado, con muerte de diecinueve viajeros”.

 La República fue eminentemente monolítica, demagógica y partidista, sin admitir el juego de la voluntad popular manifestada masivamente en las elecciones. Los llamados partidos demócratas españoles y catalanistas utilizaron la violencia como sistema habitual en contra del sufragio universal. No se muerde la lengua el ilustre britanizado Salvador de Madariaga en estas afirmaciones:

 El alzamiento (socialista-separatista) de octubre de 1934 es imperdonable. La decisión de llamar al poder a la C.E.D.A. era inatacable, inevitable y hasta debida desde hacía ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era la vez hipócrita y falso. Hipócrita, porque todo el mundo sabía que los socialistas del señor Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931 sin consideración alguna para lo que se proponía o no el señor Gil Robles; y, por otra parte, a la vista está que el señor Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 contra sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha, a aquellos mismos que para defenderla a la destruían?”

 Tampoco se puede aducir ninguna exigencia social y reivindicativa por parte de los mineros asturianos (1934) . Madariaga condena así tal rebelión:

 “… su actitud se debió por entero a consideraciones teóricas y doctrinarias que tanto se preocupaban de la Constitución del 31 como de las coplas de Calainos. Si los campesinos andaluces que padecen hambre y sed se hubiesen alzado contra la República  no nos hubiera quedado más remedio que comprender y compadecer. Pero los mineros asturianos eran obreros bien pagados de una industria que, por frecuente colisión entre patronos y obreros, venía obligando al Estado a sostenerla a un nivel artificial y antieconómico, que una España bien organizada habrá de revisar”.

 Incluso Madariaga, que no sabemos sea especialista en Derecho Público Cristiano, encuentra un precedente justificativo moral de nuestra Cruzada en la explosión selvática, criminal y sangrienta, del 6 de octubre de 1934, organizada por el Partido Socialista Español y la Esquerra Republicana de Cataluña, con la que tan amistosamente colaboraba Acció Catalana. Estas son sus contundentes palabras:

 CON LA REBELIÓN DE 1934, LA IZQUIERDA ESPAÑOLA PERDIÓ HASTA LA SOMBRA DE AUTORIDAD MORAL PARA CONDENAR LA REBELIÓN DE 1936”. (…)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº169, 4-Abr-1970



lunes, 3 de noviembre de 2025

Blas Piñar contra el separatismo y la Constitución

 

 BLAS PIÑAR, EN VALENCIA

 «PARA OFRENDAR NUEVAS GLORIAS A ESPAÑA»

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en la plaza de toros de Valencia el 1 de octubre de 1978.)

 (…) El presidente Suárez y su cuadrilla política están asombrando al mundo, como decía el presidente; pero no asombrándole por lo que logran, sino asombrándole por lo que destruyen, con ritmo de vértigo. Esta política de destrucción constante, de aniquilamiento sin descanso, de pródiga liquidación de un patrimonio moral y material construido sobre el dolor de una guerra y sobre cuarenta años de sacrificio, no perdona hada. 

No perdona a España, cuya unidad histórica se trocea, pero tampoco perdona a sus regiones. Por eso no perdona a Valencia, cuya personalidad bien definida, como antiguo reino, se pretende subsumir y difuminar en esa denominación absurda de «Paisos Catalans», fórmula con la que el imperialismo separatista de algunos burgueses y ricachones de Barcelona, en contubernio con ciertas autoridades eclesiásticas, se quieren transformar al antiguo reino en país, para luego reducirlo a protectorado y después a colonia.

 Es curioso que quienes han sometido a tan dura crítica, tanto lo que se llamó vocación de imperio como la intervención de la Iglesia en el quehacer político, se proclamen ahora partidarios del imperialismo, desconociendo la rica personalidad valenciana, y busquen la capa protectora de la Iglesia para sus propagandas antiespañolas, antivalencianas y separatistas.

 Yo creo que ha habido dos regiones de España que han sabido unir el sentimiento de la regionalidad con el más fervoroso de los patriotismos: Navarra y Valencia. Navarra, la Navarra foral, precisamente por serlo, fue la gran reserva española, y cuando llegó el momento difícil del Alzamiento, la Navarra foral puso en pie de guerra a cuarenta mil voluntarios. Y Valencia, el antiguo Reino de Valencia, el del Cid Campeador y el de don Jaume, el de la «senyera», con su franja azul, y el de «Lo Rat Penat», el del idioma valenciano, y no variante de otro idioma, y el de la lengua «churra», el de las germanías y el «Palleter», el que no admite segregaciones discriminatorias y peyorativas de sus tierras y sus hombres, se levanta en coro y grita: «Para ofrendar nuevas glorias a España, nuestra región supo luchar.»

 Y esto no puede perdonarse. Hay que destruir España, y para ello dividirla. Hay que deshacer, pulverizar, en nombre de un falso regionalismo, máscara del separatismo, a las regiones que se sienten y se saben España.

 Por eso «delenda est Navarra»; y al antiguo Reino de Navarra se pretende, hasta por la fuerza de la dinamita, transformarlo en Euskadi, subordinando y humillando a lo que históricamente fue un reino. Y por eso también el grito, disimulado con disfraces, de acabar con Valencia. Si ya no existe España, convertida en país o en Estado español; tampoco existe Valencia, que ha tenido el atrevimiento de ofrendar nuevas glorias a España. Lo único que quedaría si los que nos odian lograsen sus propósitos, no sería otra cosa que el «País Valenciá», una comarca sin genio y sin vida propia, absorbida en el nomenclátor de los países catalanes y, en definitiva, del imperialismo burgués o neomarxista, de ciertos grupos bien conocidos de Barcelona.

 Si la lengua es el gran argumento pancatalanista, yo quiero esgrimirlo también, pero en sentido inverso; porque demostrado como está que la lengua valenciana era anterior a la Reconquista; demostrado como está que Valencia no importa el catalán, y que la aportación catalana a esa Reconquista fue muy pequeña, comparada con la de Aragón; demostrado como está que las apariciones culturales del valenciano preceden a las del catalán, ¿por qué no aceptáis la hegemonía de Valencia?, ¿por qué no considerar a Cataluña un país valenciano?, ¿por qué no llamar al catalán variedad del valenciano en Cataluña?, ¿por qué no aceptar la «senyera» como símbolo para Cataluña?

 Pero no discurramos en falso. No inventemos una historia para justificar lo que es injustificable. No arranquemos de su marco real lo que debiera considerarse sagrado.

 Nosotros, que nos consideramos españoles universales, no negamos, sino que recogemos en nuestra ancha españolía todo lo español que brota del alma colectiva de la patria. Por eso, la bandera de Cataluña es nuestra; y la «senyera» es nuestra, porque Valencia y Cataluña son España. Y en tanto una y otra representen un trozo vivo de la patria; en tanto se agrupen como una guardia de honor y se inclinen, acompañándola, ante la bandera española, nosotros las defendemos y las besamos. Pero si alguien, falsificando la Historia, cometiera el sacrilegio de enarbolarlas como signo de odio, como hecho diferencial y separador, las convertiría en anti-signo y no nos dejaría otra opción, a los que amamos a España y lo que esos símbolos legítima e históricamente representan, que arrebatarlos de sus manos para que no los ensucien.

 ¡Basta ya de la comedia infame que trueca el sacrificio del «conseller» Casanova, que luchó por España y por un pretendiente a la corona, en una jornada separatista! ¡Basta ya de decirnos que hubo un Estado catalán independiente, cuando un «conseller» de la «Generalitat», eclesiástico por añadidura, corrió a París para entregar a Francia las libertades de Cataluña! ¡Basta ya de mentiras, de embaucamientos, de insultos! Valencia está despertando para defender su valencianía española.

 Por eso, cuando se lleva al cine la portentosa vida de ese gran valenciano, de ese gran español —el gran valenciano y gran español de la unidad, el del Compromiso de Caspe, San Vicente Ferrer— y se trata de rebajarlo y escarnecerlo y vituperarlo, las gentes de Valencia se indignan. Y es que el odio a España y a Valencia no se detiene ante nada. No se respeta la verdad histórica. No se respeta la fama y el honor. No se respeta a los santos. ¡Y ello cuando se proclama la inviolabilidad de no sé cuántos derechos, pensando sin duda que uno de tales derechos consiste en ofender y calumniar en público y en la pantalla!

 • • •

A esto vamos, a perpetuidad, consagrada en la propia legislación, si aprobamos el texto constitucional.

 DIOS: Se niega el origen divino de la autoridad del poder político y se proclama como fuente originaría de la autoridad a la mayoría.

 PATRIA: ¿Cómo es posible en una nación de nacionalidades? Es cierto que se habla de unidad, pero como la mayoría puede decidir otra cosa, esa unidad se encuentra en precario, y es económicamente un desastre al servicio de las ambiciones de políticos fracasados.

 JUSTICIA: Es injusto el proyecto de Constitución para:

la familia, ya que encierra en su contexto el divorcio, la anticoncepción y el aborto;

la enseñanza» pues viola el derecho de los padres a la educación de sus hijos;

la empresa, al admitir la lucha de clases, la huelga, y los sindicatos revanchistas, que traen la ruina económica y el paro;

la propiedad, que socializa, corno pretende el proyecto de ley de aguas;

el Ejército, al proclamar el principio de la objeción de conciencia al servicio de las armas.

 Por si fuera poco, además, ni los congresistas ni los senadores tienen mandato constituyente; el proyecto ha sido consensuado y no discutido, y el referéndum se anuncia sin intervención verificadora del voto para los partidarios del «no», sin igualdad de oportunidades en materia de propaganda y con una campaña, ya iniciada, a través de los medios de comunicación oficiales a favor del «si».

 • • •

Ante el proyecto constitucional caben cuatro posturas: SI - NO - ABSTENCIÓN y LIBERTAD DE CONCIENCIA.

 Nosotros no podemos decir «sí», pero tampoco podemos aconsejar la abstención, pues abstenerse es desinteresarse de un tema fundamental, no tener criterio sobre algo tan decisivo, o apuntarse cómodamente a una victoria moral —el desprecio por el sistema— que no importa nada a quienes sé beneficiarían sin escrúpulos de esa índole, de esa abstención. La abstención es la maniobra última que va a utilizarse para desviar el «no», que tratamos de ganar a pulso, hacia la abstención ineficaz e inoperante. ¡Cuidado, amigos! Tampoco podemos decir que cada uno vote como quiera, porque ello equivaldría a desorientar y confundir, y pondría de relieve que Fuerza Nueva, en el instante de la verdad, se inhibe de responsabilidades y se niega a impartir una doctrina aleccionadora.

 Para lograr el «no» hay que rehacer la moral, «organizarnos hoy para vencer mañana». Por Valencia y por España, por Dios, por la Patria y la Justicia, sin miedo, ¡adelante! ¡VIVA VALENCIA! ¡VIVA CRISTO REY! ¡ARRIBA ESPAÑA!

 (Grandes aplausos de una plaza de toros abarrotada cerraron el discurso.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 615, 21-Oct-1978

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Principios imprescriptibles del Tradicionalismo

 

 DOCTRINA O PRINCIPIOS IMPRESCRIPTIBLES E INMODIFICABLES

 (Fragmentos de la carta-manifiesto que la Princesa de Beira, reina en el exilio, dirigió a los españoles (1864). Esta doctrina ha sido ratificada por todos los pensadores carlistas y por todos sus reyes hasta el indiscutido don Alfonso Carlos. ¿Está vigente? SI no lo está, el carlismo ya no tiene razón de existir, pues habrá desaparecido el principio sobre el que se fundamenta. Si lo está, seamos consecuentes).

 Por MARIA TERESA DE BORBON Y BRAGANZA

PRINCESA DE BEIRA

 «Persistiendo (don Juan, hijo de Carlos V, sobrino de la princesa de Beira y considerado como hijo por esta princesa) en sus ideas, incompatibles con nuestra religión, con la Monarquía y con el orden de la sociedad, ni el honor, ni la conciencia, ni el patriotismo permiten a ninguno reconocerle por rey. Pues, desde luego, él proclamó la tolerancia y libertad de cultos, la cual destruye la más fundamental de nuestras leyes, la base solidísima de la Monarquía española, como de toda verdadera civilización, que es la unidad de nuestra fe católica.

 Los reyes, nuestros antepasados, juraron siempre observar, y observaron, esta ley, desde Recaredo, sin interrupción alguna, hasta nuestros días; y Juan no sólo no jura observarla, sino que más bien jura destruirla, no teniendo en cuenta sus catorce siglos de existencia ni los inmensos sacrificios que costó a nuestros padres, que pelearon siete siglos contra los agarenos para restablecerla, ni esa misma unidad de fe católica que es nuestro mayor timbre de gloria, y que, aun políticamente hablando, es el medio más eficaz para que haya unidad y unión en toda la Monarquía.

 No por otro motivo, sino por éste sólo, nos la envidian otras naciones, y por esto la combaten, porque prevén que esta unidad y unión, que da a todos los españoles su fe católica, será su primer elemento de nueva y rejuvenecida grandeza para España.

 El odio que profesan a esta unidad de fe los incrédulos y sectarios de todos los países es un motivo más para que todos los buenos españoles reconozcan su importancia suma y la aprecien en sumo grado. Sin embargo, Juan, por desgracia, parece tener más bien la opinión y la torcida intención de los sectarios incrédulos por encima de los sentimientos de todos los españoles. Y ni aun siquiera repara que dar libertad de cultos sería hacer como leyes para extranjeros (lo cual no le toca a él) y para españoles, profesando todos la religión católica. En fin, olvida que la tolerancia y la libertad de cultos de Inglaterra y de Alemania fue causa de las guerras de que nosotros estuvimos libres.

 Se quiere acaso que las tengamos? Proclamando, pues, tal libertad y tales intenciones, Juan no sólo no jura observar la ley más fundamental de España, sino que se propone destruirla. Ahora bien, para ser rey debe jurar todo lo contrario, y no haciéndolo no puede serlo.

 «E todo omme que debe ser rey, ante que reciba el regno, debe hacer juramento que guarde esta ley, y que la cumpla.» (Fuero Juzgo, título I.).

 No pedimos que nuestro rey jure la observancia de todas las leyes antiguas, pero a lo menos debe jurar la observancia de las leyes fundamentales de la Monarquía. Pero Juan no solamente pretende destruir la unidad de fe católica, sino también la Monarquía misma y la legitimidad, las cuales son incompatibles con la soberanía nacional que él proclama, y de la cual, como él dice, «lo espera todo»... La consecuencia de esto es que Juan abdicó de hecho y de derecho, y que ésta su abdicación formal nos basta para reconocer por rey a su sucesor legítimo...»

 Y en verdad Juan... ha creído conveniente dar un paso decisivo reconociendo al Gobierno de Madrid (el liberal) y haciendo sumisión a su prima Isabel (la reina liberal).

 Hecha ya esta sumisión a Isabel... tuvo ocasión de verse con ésta y besarle la mano...

 La renuncia de Juan y su sumisión a Isabel eran una consecuencia legítima y necesaria de haber renegado de los principios monárquicos (la unidad de fe).

 De todo lo cual se infiere legítimamente que habiendo renunciado Juan a sus derechos, no sólo por los principios anticatólicos y antimonárquicos que proclamó, sino también por su reconocimiento del actual Gobierno y por su sumisión a Isabel, nuestro-rey legítimo es su hijo primogénito, Carlos VII. Y con esto me parece haber satisfecho plenamente la pregunta: «¿Quién es, en fin, nuestro rey?»

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967