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BLAS
PIÑAR, EN GIJÓN
ASTURIAS, ESPACIO HISTÓRICO Y EMOCIONAL
(Discurso pronunciado por Blas Piñar en el
Pabellón de Deportes de Gijón, el día 28 de octubre de 1978.)
Asturianos,
amigos y camaradas de Gijón:
Si es verdad
que lo hecho por la democracia liberal y el Gobierno de UCD, que no es otra
cosa que un montón de escombros, avala un futuro de sangre, de miseria y de
caos, también es verdad que, recogiendo la frase rítmica, como de un salterio
político, del presidente Suárez, yo os puedo prometer y os prometo, que con
la ayuda de Dios, la mirada amorosa de la Santina, la entrega sacrificada de
una minoría leal, fiel, inasequible al desaliento, y la colaboración
entusiasta, generosa, traspasada de patriotismo, de los españoles que quieran
ayudarnos, con la entrega de su tiempo, de su actividad y también de su
dinero, detendremos esta riada de sangre, evitaremos la miseria y el caos,
barreremos los escombros, reharemos la moral, el sentido de la historia y la
economía, y salvaremos a España. Para ello, amigos,
hace falta una profesión de fe y de voluntad; una auténtica milicia del
espíritu. Es mucho e importante lo que hoy nos jugamos, lo que se juega
España y el mundo, para suponer que la solución está en las componendas
electorales o en la práctica conocida del consenso. La situación universal en
la que España desempeña, por razones muy varias, un papel decisivo, puede
considerarse dramática, y aunque hoy se usa la palabra desdramatizar desde el
campo oficialista, la experiencia y la lógica nos dicen que la palabra se
vuelve contra quienes la esgrimen, ante la realidad pavorosa de los hechos.
Ni la palabra
desdramatizar soluciona nada, ni soluciona nada el «tomar medidas» del
ministro del Interior, que parece denunciar, tomándolas en tantas ocasiones,
una vocación tardía a la profesión de sastre, ni soluciona nada tampoco el
«puedo asegurar y aseguro» del presidente del Gobierno, que revela también su
vocación frustrada de asegurador, ya que a la compañía aseguradora, que es
España, la conduce a la quiebra. Si la póliza era de incendios, no hay
recursos para cubrir los daños de las cárceles y de los bosques que
consumieron las llamas, y si la póliza fue de vida, no habrá dinero, a la
velocidad creciente del terrorismo, para indemnizar a las familias de los
victimados.
• • •
La fecha en
que nos reunimos, en la doble liturgia de la fe y de la patria, nos lleva de
la mano a tomar como fuente inspiradora y aleccionadora dos grandes
conmemoraciones, que tienen algo trascendente que decimos en esta grave
coyuntura histórica: la fiesta de Cristo Rey —hoy desplazada hacia una
dominica posterior— y el discurso fundacional de José Antonio.
• • •
Que nadie
diga que nosotros, al traer a colación ambas conmemoraciones, mezclamos la
religión con la política; porque una cosa es su mezcla indiscriminada y
confusa, que sería intolerable, y otra el planteamiento formal del quehacer
político, que en última instancia, como decía Donoso Cortés y exaltó Vázquez
de Mella, descansa sobre un planteamiento teológico.
• • •
La fiesta de
Cristo Rey, que instituyó con toda solemnidad Pío XI, como síntesis de su
famosa encíclica «Quas primas», refrenda hasta la saciedad, y pese a las
desviaciones doctrinales del posconcilio, la raíz teológica de la política.
Para un
hombre sensato, no cabe la duda en este orden de cosas. El hombre es un ser
que escapa al marco angustioso del tiempo, es decir, a lo animal, porque
tiene un alma inmortalizada. Esa inmortalidad, y la libertad de que ha sido
dotado y que le hace capaz de condenarse o de salvarse, convierte al hombre, en una concepción
ortodoxa de la política, en el eje del sistema comunitario. La comunidad es
para al hombre y no el hombre para la comunidad. La política está al servicio
del hombre y no el hombre al servicio de la política; y ello aun cuando la
política y la comunidad exijan el sacrificio necesario para que la comunidad
y la política cumplan y satisfagan el bien común inmanente y trascendente al
que se ordenan.
De aquí, que
si el hombre —por razón de su inmortalidad y de su destino eterno— es el eje
del sistema político, la comunidad en que el hombre vive y trabaja no pueda
desentenderse, y aún menos obstaculizar lo que es propio del hombre, lo que
constituye su esencia, es decir, su única y sustantiva razón de ser. Al
contrario, la comunidad, y la política que encauza y dirige la comunidad, si
no quieren perder aquello que las justifica y mantiene, han de buscar su
fundamento y su fortaleza en dos apelaciones: una, horizontal e intrínseca,
el hombre inmortalizado; y otra, vertical y extrínseca. Dios, que al crear al
hombre creó el cimiento de la comunidad al decir: «no es bueno que el hombre
esté solo».
Por eso,
cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y el Senado
desconocen, no por ignorancia, sino por voluntad de ruptura, esas dos grandes
apelaciones justificadoras del quehacer político, un hombre sensato, a la luz
de derecho natural, tiene que repudiarla con un «no» abierto, responsable y
digno.
Pero no es
sólo el derecho natural: es la concepción cristiana de la vida la que nos
urge a decir que «no»-en el próximo referéndum.
Hablábamos
antes de la fiesta de Cristo Rey. Ya sé que hoy trata de debilitarse o
arrinconarse la realeza del Salvador de los hombres, amputando, tergiversando
o interpretando equívocamente los textos.
Ya sé que
para muchos el reinado de Cristo se excluye del orden social, es decir, de la
comunidad política, que juega, según se arguye, en un orden autónomo de
principios.
Ya sé que
para otros el reinado de Cristo se relega para el final de los tiempos, para
una etapa última y escatológica y, por' lo mismo, intemporal, apocalíptica y
fuera de la historia.
Ya sé que
para algunos el reinado de Cristo se reduce a un homenaje individual,
privado, temeroso y escondido, en el interior de la propia conciencia.
Y, sin
embargo, las cosas no son así: En primer lugar porque si Cristo ha salvado al
hombre, y si el hombre está religado a Cristo, también ha de estarlo la
comunidad compuesta por hombres; porque el hombre fue al principio y la
comunidad después; y porque todo aquello que caracteriza al hombre impregna y
marca con carácter indeleble a la comunidad que trae causa del hombre.
En segundo
lugar porque, aun cuando el reino de Cristo no sea de este mundo, toda vez
que es un reino de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, un
reino sin fin, como decimos en el Credo «cuius regni non erit finís», eso no
quiere decir que los reinos de este mundo, con todas sus limitaciones, y por
tanto la sociedad civil y la comunidad política, no acaten y se ordenen a ese
reino superior que los enhebra, los justifica y los trasciende.
En tercer
lugar porque aun cuando el reino de Cristo, en su plenitud, no sea de este
mundo ni se consuma en este mundo, en este mundo se inicia y se invoca. Aquí
es donde se gana la ciudadanía de ese reino, por la gracia, aunque después se
colme con la santidad; aquí es donde uno se embandera como soldado y como
apóstol; aquí es donde se edifica y construye, con los hijos de Dios; aquí
es, en el espacio y en el tiempo, en la historia, donde el reino de Cristo
empieza, aunque esperen —y por eso no es de este mundo, que termina— la
historia, el tiempo y el espacio.
En cuarto
lugar porque a Cristo, por derecho propio, por derecho de herencia y por
derecho de conquista, como dicen los teólogos, se le ha dado todo poder en el
cielo y en la tierra, y el poder, en la tierra, incluye el señorío social y
político; porque toda autoridad, como dice San Pablo, viene de Dios; porque,
en suma, como dijo el Maestro de la Verdad a Poncio Pilato, «hasta la
autoridad que tienes para crucificarme o para darme la libertad es tuya,
porque te fue dada de Arriba».
Por eso,
cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y por el Senado
excluye toda referencia al origen divino de la autoridad, exilia el nombre de
Dios, reduce a la Iglesia a una de tantas confesiones religiosas, como el
budismo o el sintoísmo, y repudia de este modo el reinado de Cristo en la
sociedad, un católico con conciencia formada tiene que reaccionar con un «no»
categórico, abierto y digno al depositar su voto en el referéndum que se
aproxima.
Porque para
nosotros, frente al Estado laico de inspiración cristiana, de Maritain, está
la afirmación nítida de San Pío X: «La civilización no está por inventar, ni
la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la
civilización cristiana. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin
cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos: "Omnia instaurare in
Christo" ("Notre charge apostolique").»
• • •
En esta línea
de pensamiento, en este enfoque teológico de la política, discurrió el Movimiento
José Antonio; y no sólo el esquema doctrinal, sino el testimonio de la sangre
de los mejores, y entre ellas la del fundador.
Cuando José
Antonio hablaba de dar la existencia por la esencia del hombre portador de
valores eternos, del paraíso difícil y del tiempo de arcángeles, de
entendimiento religioso y militar de la vida, estaba exponiendo con el rigor
de un clásico y la música de su palabra fervorosa todo un haz de principios
que hoy más que nunca gozan de vigencia y necesitan de aplicación.
Aquel 29 de
octubre, a la altura de nuestro tiempo, es algo más que una fecha: es un
símbolo. Dijo José Antonio en el teatro de la Comedia, para terminar su
impresionante convocatoria a la nación: «Yo creo que está alzada la bandera.
Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que
frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene
ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda
todo lo que puede despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y
extrema. ¡Qué equivocación I A los pueblos no les han movido nunca más que
los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye la
poesía que promete!»
Pues bien, la
bandera que se alzó en el teatro de la Comedia aquel 29 de octubre de 1933,
yo sé que ha sido abandonada por unos, arrojada a la calle por otros,
insultada por algunos; pero aquella bandera, que se cubrió de sangre de
mártires y de héroes; aquella bandera, que se puso al lado de la bandera
gloriosa de la Tradición para cerrar el paso a la Antiespaña; aquella bandera
que, con la bandera de la Tradición, hizo posible, al lado del Ejército, la
Victoria nacional; esa bandera, abandonada, despreciada, insultada, la
tomamos, la levantamos y la abrazamos; y no sólo alegre y poéticamente, sino
con una mística, porque, como tuve ocasión de decir en Roma, al poeta le
basta el gozo íntimo de la belleza, mientras que el místico exige, por
añadidura, la fe en las verdades que la belleza literaria viste y decora. Por
eso, el poeta varía con su sensibilidad y huye al extranjero, como Alberti,
mientras que el místico se queda y derrama su sangre, como José Antonio.
• Dos ideas
claves, de las muchas que guarda el pensamiento de José Antonio, me interesa
destacar aquí, pensando en la Constitución que se nos propone. La una se
refiere a la concepción del Estado; la otra a la necesidad de un hombre
nuevo.
• El Estado
está al servicio del bien común. El bien común se configura dentro de la
patria, y la patria es algo más que un país, geográficamente hablando, o que
una generación que pasa, si nos fijamos en el tiempo.
La patria,
para José Antonio, de acuerdo con la doctrina de la Tradición, «es una
síntesis trascendente ("la España metafísica", nos diría después),
una síntesis indivisible; y el Estado ha de ser el ejecutor resuelto de los
destinos patrios, el instrumento al servicio de esa unidad indiscutible, de
esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama patria».
Por eso
mismo, el Estado español, ejecutor resuelto de los destinos de España, ha de
mantener su «sentido permanente ante la Historia», que en eso consiste la
Tradición, es decir, la permanencia de las constantes identificadoras de la
nacionalidad.
Ese sentido
permanente de la historia implica que «el espíritu religioso sea respetado y
amparado —y, por eso mismo, reconocido y proclamado sin rubor— como merece».
Pero tanto
las constantes históricas como la razón instrumental obligan al Estado a no
ser un mero «espectador de las luchas electorales», confiando la justicia y
la verdad, que son categorías permanentes de razón, al arbitrio caprichoso de
la mayoría, que puede decidir si Dios existe o no existe, si la patria ha de
permanecer o es mejor que en un momento de locura se suicide.
El Estado y
la autoridad del Estado no pueden descansar en el método más fácil de
conseguir votos, ya que ello supone, para lograrlos, «la calumnia, la
injuria, faltar deliberadamente a la verdad, recurrir a la mentira y al
envilecimiento».
Un Estado de
ese tipo transforma a los hermanos en enemigos, conduce a la esclavitud y a
la miseria económica, aplasta la dignidad del hombre, «estruja a las almas
para que no quede en ellas la menor gota de espiritualidad», habla y promete,
mientras a la justicia social sustituyen el odio y la lucha de clases, y al
magisterio de las buenas costumbres sucede la ruina moral.
Tal es el
Estado que perfila el proyecto de Constitución. En lugar de servir a la
patria, se convierte en un árbitro imposible de nacionalidades autónomas. En
lugar de mantener el sentido permanente de la historia, la interrumpe y nos
hace regresar a los reinos de Taifas. En lugar de categoría de razón,
subordina la razón a la soberanía popular. En lugar de respetar y amparar el
espíritu religioso, degrada y escupe, informando el ordenamiento jurídico de
incrustaciones materialistas, legalizando el amancebamiento, el adulterio, la
anticoncepción y el divorcio; privando a los padres del derecho a educar a
sus hijos; esquilmando la propiedad privada, y haciendo de la empresa, en
lugar de un centro de producción o distribución de mercancías o de servicios,
un campo de resentimiento y de batallas.
¿Cómo
contestar afirmativamente o con una abstención, que equivale a la
indiferencia de un «a mí qué me importa» o a la soberbia de un «te
desprecio», a la pregunta que va a formularse?
Hay que responder valientemente, gallardamente, que «no», y ello aun cuando la
intuición nos diga que el compromiso histórico exige que el Gobierno saque a
flote la Constitución por los procedimientos que la democracia al uso conoce
y practica.
En última
instancia. Dios, España y mi conciencia me pedirán cuenta de mi voto, del que
soy responsable, mientras que de la posible manipulación del voto pedirán
cuenta, en su caso, al señor Suárez y al equipo que le acompaña en el
desgobierno.
• • •
• Pero hay
algo que, como antes os decía, interesa destacar, hoy y aquí, del pensamiento
de José Antonio. Y es su idea sobre el hombre, sin la que ni la patria, como
unidad irrevocable, ni el Estado, como ejecutor de sus destinos, serán
posibles.
Ese hombre ha
de ser, como quería San Pablo, un hombre nuevo. La revolución de José Antonio
no es tanto y primariamente una revolución de las estructuras como una
revolución personal, es decir, una conversión.
El hombre del
tiempo difícil se caracteriza no por sus convicciones, por su ideología, por
su equipaje doctrinal, por su «manera de pensar», sino por su «manera de
ser».
De aquí que
José Antonio afirmase: «no debemos proponernos sólo la construcción, la
arquitectura política —problema puramente intelectual—, sino la adopción
personal ante la vida entera y en cada uno de nuestros actos de un sentido
ascético y militar de la vida».
En tanto que
este tipo de hombre no se consiga, todo el esquema político se nos queda
lejano e inoperante. Faltarán los trabajadores idóneos. El indisciplinado, el
que no sacrifica su propia voluntad, el que no domina sus pasiones y las
encauza a una meta superior, el que no quiere o no puede hacer suyo el
sentido ascético y militar de la empresa política, no sirve y hace daño,
porque en lugar de espíritu de servicio y de sacrificio ha puesto espíritu de
disgregación y de altanería.
Decía S.
Gregorio: «El que por su vida merece desprecio, acaba por hacer despreciable
aquello que predica.» El profesor Genta, que cayó asesinado en Buenos Aires
ha hecho ahora cuatro años, hizo la exaltación más sublime que conozco de la
política del sacrificio. Si el sacrificio de la Cruz hace visible la
soberanía de Cristo, porque desde la Cruz atrae todas las cosas y hace suyo
todo, en el cielo y en la tierra, sólo el sacrificio, sólo la sangre que se
derrama —la sangre inocente—, está en el cimiento de toda soberanía, en la
quintaesencia de la redención y de la libertad de la patria.
Y hoy la
patria, España, se encuentra en una hora de crisis que sólo tiene parangón
con las horas fundacionales, porque son idénticos los gritos de dolor del
alumbramiento y los gritos de dolor de la enfermedad.
España sufre
otra vez un baño de sangre, una sangre que nos duele, pero una sangre que,
por ello mismo, será sin duda garantía de redención contra las dos grandes
fuerzas que tratan de aplastamos, como decía Genta: «la Internacional del
Dinero y la Internacional comunista».
• • •
Si todo lo
que acabamos de decir es verdad, y somos consecuentes con esa verdad, las
conclusiones a deducir son las siguientes:
• Hacer
nuestra la política del sacrificio. Aceptar todos los sacrificios, hasta la
defección, tomando de la Cruz, sin savia en apariencia, su jugo vital y
estimulante.
• Y volver,
en tiempo de crisis, al espacio histórico de la fundación o de la crisis. Y
la fundación o la refundación, en otra época de crisis, tuvo aquí, en
Asturias, su espacio histórico y emocional, toda vez que fue aquí donde se
rehizo la monarquía visigoda de Toledo.
Palacio
Valdés, en «La aldea maldita», ante la transformación de Asturias, iniciada
en su tiempo, exclamó: «¡Ahora empieza la barbarie!» Pero la barbarie no es
fruto de una transformación industrial, sino de una degradación del espíritu.
En un Estado
como el que José Antonio soñaba, Asturias se enriqueció y logró niveles de
vida superiores. Pero no sólo de pan
vive el hombre. Si ENSIDESA es el hito que Avilés levanta como una conquista
económica, que debe continuar hacia adelante, la Cámara Santa, en Oviedo, nos
invita a beber en el manantial de nuestra conformación religiosa, y el
Cuartel de Simancas nos recuerda, en Gijón, donde hoy estamos, la necesidad del
heroísmo para la defensa de la fe y del pan.
Es la hora de
Asturias, se ha dicho, por ello, y con verdad, en muchas ocasiones. Pues
bien, en Gijón, cuando el cónsul de Francia arrojó unos papeles insultantes
para nuestro pueblo, desde su casa de la calle Corrida, el pueblo se amotinó
y ese motín fue el chispazo de la guerra en Asturias contra Napoleón.
Hoy vuelve a
insultarse a nuestro pueblo con un papel en el que se ha escrito un proyecto
constitucional inaceptable. Que ese insulto a cuanto España significa sea
también el chispazo para una movilización masiva, fervorosa y valiente, para
su rechazo en el próximo referéndum. iVIVA CRISTO REY! ¡ARRIBA ESPAÑA!
Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978
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