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sábado, 29 de noviembre de 2025

Carlistas “separados” dialogaban (2)

 Artículo de 1967

  Del correo del príncipe

 A S. A. R. el Príncipe Don Carlos Hugo de Borbón Parma.

 Señor: Nada más difícil para mí que dirigirme a V. A. con esta carta. Pertenezco, ya lo sabéis, señor, a una generación de carlistas que sabe más de sacrificios que de adulaciones. Y monárquico por convicción, sé muy poco de cómo debe dialogarse con los Príncipes, puesto que en mi vida no he hecho otra cosa que servirles.

 Perdone V. A., por ello, si con esta carta falto a alguna regla del protocolo o me expreso en términos que no corresponden a un carlista cuando se dirige a su Príncipe.

 Corren, señor, malos tiempos para el Carlismo. Muchos de nosotros estamos escandalizados con las cosas que están ocurriendo estos días dentro de nuestras filas. Rara es la semana, desde hace más de un mes, que no aparece algún artículo, copia fotográfica o panfleto, en los que de forma más o menos velada, se ataca a la Dinastía, en la persona de V. A., o la actuación de la Secretaría General de la Comunión.

 Y lo que es mucho más grave, todos conocemos como estos anónimos, aunque no escritos puestos en circulación por carlistas, cuya ejecutoria, en la mayoría de los casos, no podemos poner en duda.

 ¿Qué es lo que está pasando, señor, para que estos hechos puedan producirse? En mi opinión, no son más que consecuencia de la actuación sectaria y discriminatoria, que arranca de hace algunos años por parte de ciertos dirigentes del Carlismo, que dicen actuar en nombre de V. A., y al que, continuamente, ponen en evidencia con sus torpezas.

 Porque esos dirigentes, señor, empiezan por no ser monárquicos. Han llevado a vuestro ánimo la idea de que V. A. debe actuar no como Príncipe, sino como líder de un grupo político. Y las consecuencias, que ya estamos padeciendo, es que se están cerrando para la Dinastía todas las posibilidades, cara a la nación. Porque lo que los carlistas necesitamos—y España también— no es un líder político más, sino un Príncipe capaz de ser el Rey de todos los españoles. O, por lo menos, así me lo parece a mí.

 Muchos de nosotros reconocemos en V. A. dotes personales que no son corrientes entre los Príncipes de hoy. Sabemos de vuestra preparación y estamos seguros de vuestro españolismo y de vuestra dedicación a la Causa. Como V. A. puede estar seguro de nuestra lealtad. Pero rodeado de malos consejeros, desde que vino a España, creo que no ha visto que una cosa es la Dinastía, en su obligada proyección nacional, y otra, muy distinta, el Carlismo, en su actuación como grupo político. Aunque ambos, Dinastía y Carlismo, deban avanzar, naturalmente, sincronizados.

 Y esto, señor, sin tener para nada en cuenta la especial configuración política de la España actual, como arranque del 18 de julio. Porque si nos situamos dentro de esta realidad—que tanto obliga siempre en política—, entonces la prudencia de la Dinastía debía ser aún mayor, con el fin de evitar males mayores.

 Nada de esto ha sido tenido en cuenta por esos consejeros de V. A. Se han dejado arrastrar por el afán de mando—mal síntoma, señor cuando se trata de un mando tan pequeño—y han -conseguido mezclar a V. A. en todas sus intrigas—que han repercutido gravemente en el exterior—, con tal de conservar su parcela de

poder dentro de la Comunión. Hasta tal punto, que de seguir las cosas así, V A. puede convertirse, dentro de poco tiempo, no en el líder del Carlismo—que ya en sí sería malo—, sino en el líder de una de sus facciones.

 Por eso ahora, cuando muchos carlistas reaccionan contra los malos actos de gobierno de esos dirigentes—porque están en su derecho, señor—, ¿qué tiene de particular que las salpicaduras le lleguen también a V. A.? Y fíjese bien, nunca al Rey.

 Ya sé, señor, que ese método de los anónimos es reprobable. Pero sé, también, que estas cosas ocurren como consecuencia de esa política sectaria, y porque el Jefe Delegado no puede actuar de árbitro entre los carlistas—dando la razón a quien la tenga—, ya que su autoridad se ve continuamente interferida. Y conozco, por haberlo sufrido en mi misma persona, las malas artes que emplean quienes dicen actuar en vuestro nombre, para cerrar el paso a quienes no pertenecemos al clan cerrado, y sin economía clara, de la Secretaría General.

 Porque la realidad, señor —y me circunscribo al Carlismo madrileño, del que fui durante varios años jefe de Requetés—, es que la actuación de tal Secretaría General ha deshecho por completo nuestra organización. No existe la A. E. T., que en otro tiempo constituyó una fuerza decisiva dentro de la Universidad; el Requeté está en franca descomposición y con su Círculo de la calle del Limón clausurado por orden de la Secretaría; los ex combatientes, sin poder reunirse en sus locales de la calle de la Cruz, por habérselo prohibido su Presidente Nacional, siguiendo órdenes de la misma Secretaría. Y así, según mis noticias, en la mayoría de las provincias españolas.

 Todo esto referido a los problemas internos. Porque si nos referimos a la actuación de la Comunión en el plano nacional, sospecho que ni de forma preconcebida podían haberse hecho las cosas peor. Y los frutos, bien a la vista están: Una docena escasa de procuradores carlistas—la mayoría investidos por su prestigio personal, sin que le tengan que agradecer nada a la Organización—en unas Cortes que pueden ser decisivas para el porvenir de España. Aunque ahora, nos sea muy cómodo a todos buscar las culpas fuera de nuestras filas.

 Y en cuanto al confusionismo ideológico, las cosas han llegado a un extremo que los requetés que seguimos las órdenes de vuestro augusto padre el 18 de julio, estamos llegando a la conclusión de que hicimos mal en obedecer. Tales son las cosas que se están escribiendo ahora en algunas publicaciones oficiales editadas por la Secretaría General de la Comunión. Y también por «algunos compañeros de viaje» en «El Pensamiento Navarro».

 Esta es, señor, la triste realidad, tal como la ve el último delos carlistas. ¿Soluciones? Creo que están bien claras y que no se escaparán a su perspicacia y buen sentido político. Se condensan en dos premisas insoslayables: Que V. A. actúe en Príncipe y la Jerarquía de la Comunión—siguiendo las indicaciones del Rey—en política. Sin que V. A. tenga que sufrir las consecuencias de las querellas internas, que siempre se producen entre los hombres y que tan perjudiciales pueden ser para la Dinastía.

 Nada más. Sabe V. A. que fui uno de los primeros carlistas que se apartó de un puesto de responsabilidad dentro de la Comunión cuando se infiltraron en nuestras filas determinados elementos—algunos de los cuales, afortunadamente, ya no están entre nosotros—. Por eso, también ahora, cuando las cosas marchan por caminos que considero erróneos y que se producen como consecuencia de aquellas infiltraciones, prefiero recobrar mi independencia dentro de la Comunión. Y ruego a V. A., por ello, haga llegar a S. M. el Rey mi deseo de cesar en el puesto de miembro del Consejo Asesor de la Jefatura Delegada, del que, posteriormente y por votación entre los consejeros, fui nombrado Secretario.

 Con mi respetuosa subordinación para S. M. el Rey y para V. A., queda incondicionalmente a vuestra disposición.

 NARCISO CERMEÑO

23 noviembre 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

Blas Piñar, sobre Cristo Rey y sobre José Antonio

 Artículo de 1978

  BLAS PIÑAR, EN GIJÓN

 ASTURIAS, ESPACIO HISTÓRICO Y EMOCIONAL

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el Pabellón de Deportes de Gijón, el día 28 de octubre de 1978.)

 Asturianos, amigos y camaradas de Gijón:

 Si es verdad que lo hecho por la democracia liberal y el Gobierno de UCD, que no es otra cosa que un montón de escombros, avala un futuro de sangre, de miseria y de caos, también es verdad que, recogiendo la frase rítmica, como de un salterio político, del presidente Suárez, yo os puedo prometer y os prometo, que con la ayuda de Dios, la mirada amorosa de la Santina, la entrega sacrificada de una minoría leal, fiel, inasequible al desaliento, y la colaboración entusiasta, generosa, traspasada de patriotismo, de los españoles que quieran ayudarnos, con la entrega de su tiempo, de su actividad y también de su dinero, detendremos esta riada de sangre, evitaremos la miseria y el caos, barreremos los escombros, reharemos la moral, el sentido de la historia y la economía, y salvaremos a España.

 Para ello, amigos, hace falta una profesión de fe y de voluntad; una auténtica milicia del espíritu. Es mucho e importante lo que hoy nos jugamos, lo que se juega España y el mundo, para suponer que la solución está en las componendas electorales o en la práctica conocida del consenso. La situación universal en la que España desempeña, por razones muy varias, un papel decisivo, puede considerarse dramática, y aunque hoy se usa la palabra desdramatizar desde el campo oficialista, la experiencia y la lógica nos dicen que la palabra se vuelve contra quienes la esgrimen, ante la realidad pavorosa de los hechos.

 Ni la palabra desdramatizar soluciona nada, ni soluciona nada el «tomar medidas» del ministro del Interior, que parece denunciar, tomándolas en tantas ocasiones, una vocación tardía a la profesión de sastre, ni soluciona nada tampoco el «puedo asegurar y aseguro» del presidente del Gobierno, que revela también su vocación frustrada de asegurador, ya que a la compañía aseguradora, que es España, la conduce a la quiebra. Si la póliza era de incendios, no hay recursos para cubrir los daños de las cárceles y de los bosques que consumieron las llamas, y si la póliza fue de vida, no habrá dinero, a la velocidad creciente del terrorismo, para indemnizar a las familias de los victimados.

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 La fecha en que nos reunimos, en la doble liturgia de la fe y de la patria, nos lleva de la mano a tomar como fuente inspiradora y aleccionadora dos grandes conmemoraciones, que tienen algo trascendente que decimos en esta grave coyuntura histórica: la fiesta de Cristo Rey —hoy desplazada hacia una dominica posterior— y el discurso fundacional de José Antonio.

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Que nadie diga que nosotros, al traer a colación ambas conmemoraciones, mezclamos la religión con la política; porque una cosa es su mezcla indiscriminada y confusa, que sería intolerable, y otra el planteamiento formal del quehacer político, que en última instancia, como decía Donoso Cortés y exaltó Vázquez de Mella, descansa sobre un planteamiento teológico.

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La fiesta de Cristo Rey, que instituyó con toda solemnidad Pío XI, como síntesis de su famosa encíclica «Quas primas», refrenda hasta la saciedad, y pese a las desviaciones doctrinales del posconcilio, la raíz teológica de la política.

 Para un hombre sensato, no cabe la duda en este orden de cosas. El hombre es un ser que escapa al marco angustioso del tiempo, es decir, a lo animal, porque tiene un alma inmortalizada. Esa inmortalidad, y la libertad de que ha sido dotado y que le hace capaz de condenarse o de salvarse,  convierte al hombre, en una concepción ortodoxa de la política, en el eje del sistema comunitario. La comunidad es para al hombre y no el hombre para la comunidad. La política está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la política; y ello aun cuando la política y la comunidad exijan el sacrificio necesario para que la comunidad y la política cumplan y satisfagan el bien común inmanente y trascendente al que se ordenan.

 De aquí, que si el hombre —por razón de su inmortalidad y de su destino eterno— es el eje del sistema político, la comunidad en que el hombre vive y trabaja no pueda desentenderse, y aún menos obstaculizar lo que es propio del hombre, lo que constituye su esencia, es decir, su única y sustantiva razón de ser. Al contrario, la comunidad, y la política que encauza y dirige la comunidad, si no quieren perder aquello que las justifica y mantiene, han de buscar su fundamento y su fortaleza en dos apelaciones: una, horizontal e intrínseca, el hombre inmortalizado; y otra, vertical y extrínseca. Dios, que al crear al hombre creó el cimiento de la comunidad al decir: «no es bueno que el hombre esté solo».

 Por eso, cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y el Senado desconocen, no por ignorancia, sino por voluntad de ruptura, esas dos grandes apelaciones justificadoras del quehacer político, un hombre sensato, a la luz de derecho natural, tiene que repudiarla con un «no» abierto, responsable y digno.

 Pero no es sólo el derecho natural: es la concepción cristiana de la vida la que nos urge a decir que «no»-en el próximo referéndum.

 Hablábamos antes de la fiesta de Cristo Rey. Ya sé que hoy trata de debilitarse o arrinconarse la realeza del Salvador de los hombres, amputando, tergiversando o interpretando equívocamente los textos.

 Ya sé que para muchos el reinado de Cristo se excluye del orden social, es decir, de la comunidad política, que juega, según se arguye, en un orden autónomo de principios.

 Ya sé que para otros el reinado de Cristo se relega para el final de los tiempos, para una etapa última y escatológica y, por' lo mismo, intemporal, apocalíptica y fuera de la historia.

 Ya sé que para algunos el reinado de Cristo se reduce a un homenaje individual, privado, temeroso y escondido, en el interior de la propia conciencia.

 Y, sin embargo, las cosas no son así: En primer lugar porque si Cristo ha salvado al hombre, y si el hombre está religado a Cristo, también ha de estarlo la comunidad compuesta por hombres; porque el hombre fue al principio y la comunidad después; y porque todo aquello que caracteriza al hombre impregna y marca con carácter indeleble a la comunidad que trae causa del hombre.

 En segundo lugar porque, aun cuando el reino de Cristo no sea de este mundo, toda vez que es un reino de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, un reino sin fin, como decimos en el Credo «cuius regni non erit finís», eso no quiere decir que los reinos de este mundo, con todas sus limitaciones, y por tanto la sociedad civil y la comunidad política, no acaten y se ordenen a ese reino superior que los enhebra, los justifica y los trasciende.

 En tercer lugar porque aun cuando el reino de Cristo, en su plenitud, no sea de este mundo ni se consuma en este mundo, en este mundo se inicia y se invoca. Aquí es donde se gana la ciudadanía de ese reino, por la gracia, aunque después se colme con la santidad; aquí es donde uno se embandera como soldado y como apóstol; aquí es donde se edifica y construye, con los hijos de Dios; aquí es, en el espacio y en el tiempo, en la historia, donde el reino de Cristo empieza, aunque esperen —y por eso no es de este mundo, que termina— la historia, el tiempo y el espacio.

 En cuarto lugar porque a Cristo, por derecho propio, por derecho de herencia y por derecho de conquista, como dicen los teólogos, se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y el poder, en la tierra, incluye el señorío social y político; porque toda autoridad, como dice San Pablo, viene de Dios; porque, en suma, como dijo el Maestro de la Verdad a Poncio Pilato, «hasta la autoridad que tienes para crucificarme o para darme la libertad es tuya, porque te fue dada de Arriba».

 Por eso, cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y por el Senado excluye toda referencia al origen divino de la autoridad, exilia el nombre de Dios, reduce a la Iglesia a una de tantas confesiones religiosas, como el budismo o el sintoísmo, y repudia de este modo el reinado de Cristo en la sociedad, un católico con conciencia formada tiene que reaccionar con un «no» categórico, abierto y digno al depositar su voto en el referéndum que se aproxima.

 Porque para nosotros, frente al Estado laico de inspiración cristiana, de Maritain, está la afirmación nítida de San Pío X: «La civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos: "Omnia instaurare in Christo" ("Notre charge apostolique").»

 • • •

En esta línea de pensamiento, en este enfoque teológico de la política, discurrió el Movimiento José Antonio; y no sólo el esquema doctrinal, sino el testimonio de la sangre de los mejores, y entre ellas la del fundador.

 Cuando José Antonio hablaba de dar la existencia por la esencia del hombre portador de valores eternos, del paraíso difícil y del tiempo de arcángeles, de entendimiento religioso y militar de la vida, estaba exponiendo con el rigor de un clásico y la música de su palabra fervorosa todo un haz de principios que hoy más que nunca gozan de vigencia y necesitan de aplicación.

 Aquel 29 de octubre, a la altura de nuestro tiempo, es algo más que una fecha: es un símbolo. Dijo José Antonio en el teatro de la Comedia, para terminar su impresionante convocatoria a la nación: «Yo creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que puede despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación I A los pueblos no les han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye la poesía que promete!»

 Pues bien, la bandera que se alzó en el teatro de la Comedia aquel 29 de octubre de 1933, yo sé que ha sido abandonada por unos, arrojada a la calle por otros, insultada por algunos; pero aquella bandera, que se cubrió de sangre de mártires y de héroes; aquella bandera, que se puso al lado de la bandera gloriosa de la Tradición para cerrar el paso a la Antiespaña; aquella bandera que, con la bandera de la Tradición, hizo posible, al lado del Ejército, la Victoria nacional; esa bandera, abandonada, despreciada, insultada, la tomamos, la levantamos y la abrazamos; y no sólo alegre y poéticamente, sino con una mística, porque, como tuve ocasión de decir en Roma, al poeta le basta el gozo íntimo de la belleza, mientras que el místico exige, por añadidura, la fe en las verdades que la belleza literaria viste y decora. Por eso, el poeta varía con su sensibilidad y huye al extranjero, como Alberti, mientras que el místico se queda y derrama su sangre, como José Antonio.

 • Dos ideas claves, de las muchas que guarda el pensamiento de José Antonio, me interesa destacar aquí, pensando en la Constitución que se nos propone. La una se refiere a la concepción del Estado; la otra a la necesidad de un hombre nuevo.

 • El Estado está al servicio del bien común. El bien común se configura dentro de la patria, y la patria es algo más que un país, geográficamente hablando, o que una generación que pasa, si nos fijamos en el tiempo.

 La patria, para José Antonio, de acuerdo con la doctrina de la Tradición, «es una síntesis trascendente ("la España metafísica", nos diría después), una síntesis indivisible; y el Estado ha de ser el ejecutor resuelto de los destinos patrios, el instrumento al servicio de esa unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama patria».

 Por eso mismo, el Estado español, ejecutor resuelto de los destinos de España, ha de mantener su «sentido permanente ante la Historia», que en eso consiste la Tradición, es decir, la permanencia de las constantes identificadoras de la nacionalidad.

 Ese sentido permanente de la historia implica que «el espíritu religioso sea respetado y amparado —y, por eso mismo, reconocido y proclamado sin rubor— como merece».

 Pero tanto las constantes históricas como la razón instrumental obligan al Estado a no ser un mero «espectador de las luchas electorales», confiando la justicia y la verdad, que son categorías permanentes de razón, al arbitrio caprichoso de la mayoría, que puede decidir si Dios existe o no existe, si la patria ha de permanecer o es mejor que en un momento de locura se suicide.

 El Estado y la autoridad del Estado no pueden descansar en el método más fácil de conseguir votos, ya que ello supone, para lograrlos, «la calumnia, la injuria, faltar deliberadamente a la verdad, recurrir a la mentira y al envilecimiento».

 Un Estado de ese tipo transforma a los hermanos en enemigos, conduce a la esclavitud y a la miseria económica, aplasta la dignidad del hombre, «estruja a las almas para que no quede en ellas la menor gota de espiritualidad», habla y promete, mientras a la justicia social sustituyen el odio y la lucha de clases, y al magisterio de las buenas costumbres sucede la ruina moral.

 Tal es el Estado que perfila el proyecto de Constitución. En lugar de servir a la patria, se convierte en un árbitro imposible de nacionalidades autónomas. En lugar de mantener el sentido permanente de la historia, la interrumpe y nos hace regresar a los reinos de Taifas. En lugar de categoría de razón, subordina la razón a la soberanía popular. En lugar de respetar y amparar el espíritu religioso, degrada y escupe, informando el ordenamiento jurídico de incrustaciones materialistas, legalizando el amancebamiento, el adulterio, la anticoncepción y el divorcio; privando a los padres del derecho a educar a sus hijos; esquilmando la propiedad privada, y haciendo de la empresa, en lugar de un centro de producción o distribución de mercancías o de servicios, un campo de resentimiento y de batallas.

 ¿Cómo contestar afirmativamente o con una abstención, que equivale a la indiferencia de un «a mí qué me importa» o a la soberbia de un «te desprecio», a la pregunta que va a formularse?

 Hay que responder valientemente, gallardamente, que «no», y ello aun cuando la intuición nos diga que el compromiso histórico exige que el Gobierno saque a flote la Constitución por los procedimientos que la democracia al uso conoce y practica.

 En última instancia. Dios, España y mi conciencia me pedirán cuenta de mi voto, del que soy responsable, mientras que de la posible manipulación del voto pedirán cuenta, en su caso, al señor Suárez y al equipo que le acompaña en el desgobierno.

 • • •

 • Pero hay algo que, como antes os decía, interesa destacar, hoy y aquí, del pensamiento de José Antonio. Y es su idea sobre el hombre, sin la que ni la patria, como unidad irrevocable, ni el Estado, como ejecutor de sus destinos, serán posibles.

 Ese hombre ha de ser, como quería San Pablo, un hombre nuevo. La revolución de José Antonio no es tanto y primariamente una revolución de las estructuras como una revolución personal, es decir, una conversión.

 El hombre del tiempo difícil se caracteriza no por sus convicciones, por su ideología, por su equipaje doctrinal, por su «manera de pensar», sino por su «manera de ser».

 De aquí que José Antonio afirmase: «no debemos proponernos sólo la construcción, la arquitectura política —problema puramente intelectual—, sino la adopción personal ante la vida entera y en cada uno de nuestros actos de un sentido ascético y militar de la vida».

 En tanto que este tipo de hombre no se consiga, todo el esquema político se nos queda lejano e inoperante. Faltarán los trabajadores idóneos. El indisciplinado, el que no sacrifica su propia voluntad, el que no domina sus pasiones y las encauza a una meta superior, el que no quiere o no puede hacer suyo el sentido ascético y militar de la empresa política, no sirve y hace daño, porque en lugar de espíritu de servicio y de sacrificio ha puesto espíritu de disgregación y de altanería.

 Decía S. Gregorio: «El que por su vida merece desprecio, acaba por hacer despreciable aquello que predica.» El profesor Genta, que cayó asesinado en Buenos Aires ha hecho ahora cuatro años, hizo la exaltación más sublime que conozco de la política del sacrificio. Si el sacrificio de la Cruz hace visible la soberanía de Cristo, porque desde la Cruz atrae todas las cosas y hace suyo todo, en el cielo y en la tierra, sólo el sacrificio, sólo la sangre que se derrama —la sangre inocente—, está en el cimiento de toda soberanía, en la quintaesencia de la redención y de la libertad de la patria.

 Y hoy la patria, España, se encuentra en una hora de crisis que sólo tiene parangón con las horas fundacionales, porque son idénticos los gritos de dolor del alumbramiento y los gritos de dolor de la enfermedad.

 España sufre otra vez un baño de sangre, una sangre que nos duele, pero una sangre que, por ello mismo, será sin duda garantía de redención contra las dos grandes fuerzas que tratan de aplastamos, como decía Genta: «la Internacional del Dinero y la Internacional comunista».

 • • •

Si todo lo que acabamos de decir es verdad, y somos consecuentes con esa verdad, las conclusiones a deducir son las siguientes:

 • Hacer nuestra la política del sacrificio. Aceptar todos los sacrificios, hasta la defección, tomando de la Cruz, sin savia en apariencia, su jugo vital y estimulante.

 

• Y volver, en tiempo de crisis, al espacio histórico de la fundación o de la crisis. Y la fundación o la refundación, en otra época de crisis, tuvo aquí, en Asturias, su espacio histórico y emocional, toda vez que fue aquí donde se rehizo la monarquía visigoda de Toledo.

 Palacio Valdés, en «La aldea maldita», ante la transformación de Asturias, iniciada en su tiempo, exclamó: «¡Ahora empieza la barbarie!» Pero la barbarie no es fruto de una transformación industrial, sino de una degradación del espíritu.

 En un Estado como el que José Antonio soñaba, Asturias se enriqueció y logró niveles de vida superiores.  Pero no sólo de pan vive el hombre. Si ENSIDESA es el hito que Avilés levanta como una conquista económica, que debe continuar hacia adelante, la Cámara Santa, en Oviedo, nos invita a beber en el manantial de nuestra conformación religiosa, y el Cuartel de Simancas nos recuerda, en Gijón, donde hoy estamos, la necesidad del heroísmo para la defensa de la fe y del pan.

 Es la hora de Asturias, se ha dicho, por ello, y con verdad, en muchas ocasiones. Pues bien, en Gijón, cuando el cónsul de Francia arrojó unos papeles insultantes para nuestro pueblo, desde su casa de la calle Corrida, el pueblo se amotinó y ese motín fue el chispazo de la guerra en Asturias contra Napoleón.

 Hoy vuelve a insultarse a nuestro pueblo con un papel en el que se ha escrito un proyecto constitucional inaceptable. Que ese insulto a cuanto España significa sea también el chispazo para una movilización masiva, fervorosa y valiente, para su rechazo en el próximo referéndum. iVIVA CRISTO REY! ¡ARRIBA ESPAÑA!


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 

martes, 25 de noviembre de 2025

Celibato sacerdotal (1)

 

 Celibato sacerdotal: toda una tradición 

 El problema del celibato sacerdotal es hoy una cuestión viva y seguirá siéndolo todavía por mucho tiempo. Se ha dicho ya que esta cuestión se ha convertido morbosamente en el best-seller de la publicidad, no tanto por las circunstancias humanas y hasta dramáticas en que nuestro tiempo ambienta artificialmente todo lo que puede referirse al sexo; cuanto, sobre todo, porque afecta a un grupo sociológico hoy ascendido a la cumbre de la notoriedad y, contradictoriamente, descendido a los más bajos niveles del menosprecio. Si el tema del sacerdocio es hoy noticia, el tema del celibato se ha vuelto “codicia” de morbosas y curiosas informaciones. En una serie de breves y claras colaboraciones nos proponemos presentar el problema desde sus varias vertientes históricas y teológicas. Sólo al final podríamos darnos cuenta en la naturaleza de este grave asunto eclesial, sin dejarnos llevar de sensacionalismos vocingleros.

 El celibato sacerdotal es un estado al que, por motivos superiores, se obligan libremente quienes desean recibir las órdenes sagradas. Implica, en primer lugar, la continencia perfecta; y solo después, como una consecuencia, la exclusión del matrimonio. No es, por tanto, lo primero, el poderse o no casar, o el estar o no ya casado. El elemento principal que siempre ha distinguido al celibato sacerdotal ha sido aquella consagración por la que el sacerdote se entrega a Cristo por amor suyo, aceptando la continencia perfecta como estado de vida.

 Cuando Cristo ordena sacerdotes a sus apóstoles, muchos de éstos eran casados:¿quién nos asegura que ya desde entonces no guardaron continencia perfecta o por lo menos no empezaron a sentir las exigencias de una consagración que les conducía a esa elevada cima? Porque, aun al modo suyo, insinuativo y libre, las palabras y sobre todo el ejemplo de Cristo, marcaban una orientación bien clara: habría unos eunucos por amor del reino de los cielos; y San Pablo, por su parte, acentuaba el clima de tensión consecratoria, cuando manifestaba el deseo de que todos fueran como él; y proponiendo la doctrina de la virginidad cristiana a los Corintios para poderse entregar plenamente al Señor.

 Claro está que, ni las palabras de Cristo, ni las de San Pablo relacionan expresamente continencia y sacerdocio; pero, ¿a quién mejor que al ministro sagrado se podían aplicar? Y si el ejemplo de Cristo atraía, ¿a quién mejor que a sus ministros, y por las mismas razones? Queremos decir: es cierto que el celibato no va unido necesariamente al sacerdocio, pero existe una exigencia teológica y espiritual en el sacerdocio que lleva irremisiblemente a una consagración tal, que sólo puede cumplirse de hecho en el estado célibe. Las epístolas paulinas (1 Tim. 3,2; 3,12; Tit. 1,6) nos descubren ya una tendencia hacia la continencia de los sacerdotes que, poco a poco, y como exigencia radical, va a conducir hasta la actual disciplina de la Iglesia.

 Las necesidades de la Iglesia primitiva llevaron, pues, a la ordenación de sujetos casados; pero muy pronto se les exigió la continencia. Las pruebas históricas de una praxis obligatoria las tenemos ya desde el siglo III; y precisamente al principio del siglo IV, en el Concilio español de Elvira (a. 305), un canon sanciona la continencia perfecta de los clérigos; y su transgresión lleva fuertes penitencias y la exclusión del Estado clerical. Los Papas, desde San Siricio (384-399), mantienen la ley, fomentando ya la praxis de la ordenación de jóvenes que se comprometen a la continencia.

 Así se llega a esa época oscura y triste “pre-gregoriana”, en que a la situación del celibato sigue la decadencia general de toda la Iglesia. Ese fue un periodo en el que se pudo pensar -como pasa hoy- que la situación de hecho era irreversible. Pero los grandes reformadores de la época gregoriana no lo juzgaron así. Con el resurgir de la Iglesia surgió, también, el celibato clerical con nuevo vigor, preparando aquel florecimiento de la Iglesia de los siglos XII y XIII. Entretanto, los Concilios de reforma, como el de Basilea, siguen manteniendo la ley del celibato. Con ello se llega a la época de la revolución protestante.

 Como reacción contra el protestantismo -que negaba el Sacramento del Orden y suprimía por lo tanto el celibato de sus “ministros”- y, sobre todo, como un fuerte motivo de verdadera reforma “in capite et in membris”, el Concilio Tridentino sanciona dos puntos: la reafirmación de la disciplina tradicional del celibato, y la fundación de los Seminarios para la educación de los candidatos al sacerdocio, que se han de consagrar a perpetua continencia. Con esta medida, la ordenación de sujetos casados desaparece totalmente, para dar lugar a jóvenes generaciones de sacerdotes que van a ser la gloria de la Iglesia. De este modo, es verdad, parece destacar el celibato más en relación con el matrimonio; pero nunca debe olvidarse que el elemento principal, en la historia de esta disciplina, no ha sido la exclusión del estado matrimonial sino la dedicación al sacerdocio como consagración de vida.

 Desde el Concilio de Trento hasta nuestros días, la ley del celibato ha sido, en diversas ocasiones, puesta a discusión; pero nunca en el interior de la Iglesia. Han sido siempre diferentes movimientos heréticos y cismáticos, sobre todo de carácter nacionalista, quienes han intentado en vano a hacerla desaparecer (…). La Santa Sede declaraba solemnemente que: “nunca llegaría a suceder que la Santa Sede Apostólica no solo aboliera, pero ni siquiera mitigase en nada esta ley santísima y muy saludable del celibato eclesiástico.

 ¿Cómo y por qué se ha podido llegar a esta situación actual de asombro, de peligro, de escándalo, de amenaza, para muchos casi fatídica, de esta tradición venerable de la Iglesia?

 Mariano de ZARCO


 Revista FUERZA NUEVA, nº172, 25-Abr-1970


domingo, 23 de noviembre de 2025

SIbilino cambio de “estructuras" de la Iglesia

 Artículo de 1967

  Los derechos del hombre, en tensión y desafío contra los derechos de Dios

 Un gran número de sacerdotes franceses se sienten profundamente preocupados, y también decepcionados, al constatar muy de cerca cómo se procede por el progresismo a la «reestructuración» del clero, dándole las características propias de una Iglesia nacional democrática.

 Su estupefacción crece con mayor amargura aún cuando su propio Obispo les dice a los fieles que la presencia del Espíritu Santo es más eficaz en la asamblea de los fieles, y que éstos son los responsables, colectivamente, de la transmisión del Espíritu, sin hacer referencia al soplo del Espíritu Santo a través de la acción y poder del sacerdocio que él, como Obispo, les confirió con la ordenación sagrada. Ello, naturalmente, motiva que los fieles presten menor importancia a los sacerdotes cuando ejercen su ministerio.

 A este clima «democratizante» ha contribuido definitivamente el carácter de «Cámara de Representantes» que le ha sido conferido al Sínodo de Obispos (1967), cuando desde el más alto nivel jerárquico se han pronunciado las palabras de «representantes de vuestras Iglesias diocesanas» (luego ha habido designación de representatividad). Y se ha hecho especial mención de «las asambleas episcopales de vuestras naciones» (que ha permitido elaborar unas tesis tendentes a la creación de las Iglesias nacionales), y por si esto fuera poco, ha habido expresa declaración de representatividad del «Pueblo de Dios», previas votaciones electorales. Leyendo a nuestra prensa «católica» da la sensación de que se ha celebrado un Sínodo «normativo» (como lo ha sido la novísima misa de Lercaro-Bugnini). Y que ha reaparecido en el panorama de la Iglesia una especie de «Constitución civil del clero», cuya negativa en acatarla llevó hasta el martirio a los mártires carmelitas de Francia cuando la Revolución Francesa la promulgó.

 Esta sangre gloriosa, fiel a la palabra de Dios, cuando lo disponga el Señor, resplandecerá y triunfará sobre el tumulto electorero y el consiguiente trastorno que éste ha creado en las instituciones jerárquicas de la Iglesia, con su relajamiento de la autoridad, de arriba abajo, que si bien conserva las instituciones, impide su acción eficaz.

 El progresismo dominante, al forzar violentamente a la Iglesia hacia su «democratización», quiere asimilarla a aquellos poderes que «reinan» y «presiden», pero no gobiernan, situación especial para dar los primeros pasos hacia la creación de los comités presbiterales y el asambleísmo episcopaliano rodeado de comisiones, ponencias, encuestas, candidaturas, etc. 

Ahora, en esto estamos. Porque no es otra cosa la llamada «tendencia a descentralizar» la autoridad, como un hecho irreversible que se ha producido en la «Iglesia Conciliar» superadora de «aquella otra Iglesia quenos hizo sufrir los inconvenientes de una monarquía autoritaria de tipo jurídico-burocrático» (Henri Fesquet dixit en «Le Monde», frente a la cual —atacando a las Congregaciones de la Curia Romana— se sitúan una pirámide vertiginosa de secretariados, de comisiones, de consiliums, etc., para los «laicos», para la «unidad», para los «no-cristianos», para la liturgia, para el «turismo», para los seminarios, y sólo faltaba que el Sínodo recomendase que se establezca en Roma una «comisión de teólogos de todas las tendencias» que se encargase de formular, en un futuro indefinible, con respecto a las «desviaciones doctorales», la declaración que el Sínodo no ha formulado, lo que nos hace preguntar cómo quedaría el magisterio jerárquico si llegase a consolidarse definitivamente en Francia el laberinto de los organismos de la «collegialité», del «consejo presbiteral», de los «Consejos pastorales» agregados, con carácter representativo, a los ya colegiados Obispos diocesanos, todo lo cual hace e impone lo que les da la democristiana gana. Tomen nota en España. Porque esto es peligrosísimo. ¿Por qué? Porque el peligro consiste en esa bastante inapercibida «révolution sans révolution» que hizo exclamar en su tiempo a San Jerónimo: «El mundo, adolorido, quedó estupefacto, de la noche a la mañana, al ver que se había hecho arriano».

 En las actuales circunstancias, y gracias a la sedicente «Iglesia del Concilio» y sus grupos de presión progresista-democráticos, está en marcha una maniobra por la que, también de la noche a la mañana, podemos quedar sorprendidos, y decepcionados, por haberse consolidado temporalmente en la Iglesia una nueva revolución de octubre que la convirtiese en una democracia popular. Porque lo que se pretende, momentáneamente, es que lo externo quede intacto, como si nada hubiese cambiado. Se seguiría haciendo mención del Papa, de los Obispos (y su parlamentaria y electorera «colegialidad»), en la cúspide; pero la base operativa y decisoria tendría su origen en los «consejos pastorales», el «Consejo presbiteral» y las «comisiones especiales», cuya amalgama, obediente a una oculta jerarquía paralela, haría las funciones de Politburó que lo gobierna todo, disminuyendo prácticamente el poder de la cabeza, para ejercerlo el amplio cuerpo colegiado, democrático, alistado en las filas que siguen el «sentido de la historia». Y por consiguiente, menos espiritualidad, más «inmersión en el mundo», con su consiguiente y significativo «testimonio temporal» que «despersonalice el apostolado» pretextando hacerlo más «eficiente». Un paso más, y al pastor y al sacerdote le sucederá el sociólogo, servidor de la comunidad.

 De ahí, repito, el gran número de sacerdotes que sienten profunda preocupación, decepción y estupefacción ante el pretendido cambio de estructuras de la Iglesia de Jesucristo. Mi simpatía y solidaridad hacia ellos porque perseveran en la integridad de la fe en la doctrina católica y en la fidelidad a la Iglesia tal como la fundó y quiso que se mantuviese su divino Fundador.

 A. ROIG


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

viernes, 21 de noviembre de 2025

El Primado de España por el “no” en el referéndum constitucional

 Artículo de 1978

 Para que no haya dudas

 CARTA PASTORAL DE MONS. MARCELO GONZÁLEZ ANTE EL REFERÉNDUM

 Queridos diocesanos: El momento en que los ciudadanos españoles han de dar su voto sobre la nueva Constitución está próximo. Los católicos saben que este momento compromete gravemente su responsabilidad ante Dios.

 La Conferencia Episcopal ha invitado a que cada uno decida el sentido de su voto, no arbitrariamente, sino formando criterio, según la conciencia cristiana. Pero numerosos fieles de nuestra diócesis, sacerdotes y seglares, nos piden más luz, para ayudarles a formar su juicio. La petición corresponde a un derecho de los hijos de la Iglesia. Y está ciertamente fundada: porque advierten que en un examen del proyecto de Constitución a la luz de la concepción cristiana de la sociedad aparecen elementos negativos o, como dice la nota del Episcopado, «ambigüedades, omisiones, fórmulas peligrosas» ante las cuales se suscitan reservas lógicas desde la visión cristiana de la vida.

 El hecho de que haya valores políticos que se estiman positivos no dispensa de ponderar seriamente los elementos negativos. ¿Estos elementos son acaso deficiencias tolerables, bien porque no pudiendo evitarlas se compensan con los valores positivos, bien porque tolerándolos se evitan males mayores? ¿O, por el contrario, son gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable?

 Queremos cumplir nuestro deber irrenunciable de responder a las consultas de los fieles, y vamos a hacerlo desde una perspectiva puramente moral y religiosa. Nos lo impone la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado. Seguimos con ello el ejemplo de la Santa Sede y de otros obispos del mundo entero en situaciones parecidas.

 En el examen que paso a hacer me detengo, bajo mi exclusiva responsabilidad, en algunos puntos que estimo exigen una mayor aclaración. He aquí los principales:

 1. La omisión, real y no sólo nominal, de toda referencia a Dios

 Estimamos muy grave proponer una Constitución agnóstica —que se sitúa en una posición de neutralidad ante los valores cristianos— a una nación de bautizados, de cuya inmensa mayoría no consta que haya renunciado a su fe. No vemos cómo se concilia esto con el «deber moral de las sociedades para con la verdadera religión», reafirmado por el Concilio Vaticano II en su declaración sobre libertad religiosa (DH, 1). No se trata de un puro nominalismo. El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo. Consecuencia lógica de lo anterior es algo que toca a los cimientos de la misma sociedad civil:

 2. La falta de referencia a los principios supremos de Ley Natural o Divina

 La orientación moral de las leyes y actos de gobierno queda a merced de los poderes públicos turnantes. Esto, combinado con las ambigüedades introducidas en el texto constitucional, puede convertirlo fácilmente, en manos de los sucesivos poderes públicos, en salvoconducto para agresiones legalizadas contra derechos inalienables del nombre, como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza.

 Por falta de principios superiores, la Constitución ampara una sociedad permisiva, que —según advirtió oportunamente el Episcopado Español— no es conciliable con una sociedad de fundamento ético; y por lo mismo es contraria al ejercicio valioso de la libertad. La libertad no se sirve con la sola neutralidad o permisividad o no coacción. Se sirve positivamente con condiciones propicias que faciliten el esfuerzo de los que quieren elevarse hacia el bien. Al equiparar la libertad de difundir aire puro y la libertad de difundir aire contaminado, la libertad resultante no es igual para todos, pues en realidad se impide la libertad de respirar aire puro y se hace forzoso respirar aire contaminado.

 3. En el campo de la educación la Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades

 Somete la gestión de los centros a trabas que, según dice una experiencia mundial, pueden favorecer las tácticas marxistas. La orientación educativa de la juventud española caerá indebidamente en manos de las oligarquías de los partidos políticos. Sobre todo, no se garantiza de verdad a los padres la formación religiosa y moral de sus hijos. Porque no basta consignar el derecho de los padres o los educandos a recibir la formación que elijan. Es también derecho sagrado de niños y jóvenes, reafirmado por el Concilio Vaticano II, que todo el ámbito educativo sea estimulo, y no obstáculo, para «apreciar con recta conciencia los valores morales» y para «conocer y amar más a Dios» (Grav. Ed., 1). Pues bien, la Constitución no da garantías contra la pretensión de aquellos docentes que quieran proyectar sobre los alumnos su personal visión o falta de visión moral y religiosa, violando con unamal entendida libertad de cátedra el derecho inviolable de los padres y los educandos. El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.

 4. La Constitución no tutela los valores morales de la familia

 Por otra parte, están siendo ya agredidos con la propaganda del divorcio, de losanticonceptivos y de la arbitrariedad sexual. Los medios de difusión que invaden los hogares podrán seguir socavando los criterios cristianos, en contra de solemnes advertencias de los Sumos Pontífices dirigidas a los gobernantes de todo el mundo, y no solamente a los católicos.

 Se abre la puerta para que el matrimonio, indisoluble por derecho divino natural, se vea atacado por la «peste» (Conc. Vat.) de una Ley del divorcio, fábrica ingente de matrimonios rotos y de huérfanos con padre y madre. Como han señalado oportunamente los obispos de la provincia eclesiástica de Valladolid y otros, la introducción del divorcio en España «no sería un mal menor», sino ocasión de daños irreparables para la sociedad española.

 5. En relación con el aborto, no se ha conseguido la claridad y la seguridad necesarias.

 No se veta explícitamente este «crimen abominable». La fórmula del artículo 15: «Todos tienen derecho a la vida» supone, para su recta intelección, una concepción del hombre-que diversos sectores parlamentarios no comparten. ¿Va a evitar esa fórmula que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quienes dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.

 • • •

Estos son, a nuestro parecer, los riesgos más notables a los que la Constitución puede abrir paso. Su gravedad es manifiesta. Los que por otras razones de orden político se inclinen a un voto positivo consideren ante Dios si realmente hay males mayores que justifiquen la tolerancia de un supuesto mal menor; sin olvidar que no es lo mismo tolerar un mal, cuando no se ha podido impedir, que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de Ley.

 Recuerden los ciudadanos creyentes que, como dice el Concilio Vaticano II, «en cualquier asunto de orden temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios» (LG, 36). Por tanto, su voto ha de favorecer solamente a aquellas estructuras sociales que no estén en pugna con la Ley de Dios y que resulten estimulantes para la moral pública y la vida cristiana.

 Lamentamos que muchos católicos se vean coaccionados a votar globalmente un texto, algunos de cuyos artículos debieran haber sido considerados aparte. Hay muchos creyentes que, con toda honradez y con la misma elevación de miras que invocan a los demás, sienten repugnancia en el interior de su espíritu a votar en favor de un texto que muy fundadamente se teme que abra las puertas a legislaciones en pugna con su concepto cristiano de la vida. Su repugnancia nace de motivos religiosos, no políticos. Decirles simplemente que es después de la Constitución cuando tienen que luchar democráticamente para impedir el mal que puede producirse, y negarles que también ahora democráticamente tengan derecho a intentar evitarlo, es una contradicción y un abuso.

 Cuando por todas partes se perciben las funestas consecuencias a que está llevando a los hombres y a los pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la Ley Natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se vean obligados a tomar una opción que, en cualquier hipótesis, puede dejar intranquila su conciencia hasta el punto de que si votan en un sentido otros católicos les tachen de intolerantes, y si votan en sentido diferente hayan de hacerlo con disgusto de sí mismos. A aquéllos precisamente me dirijo para decirles que hagan su opción con toda libertad según la dicta la conciencia cristiana, y sepan contestar, a los que les atacan por su actitud negativa, si es que piensan adoptarla, que la división no la introducen ellos, sino el texto presentado a referéndum. Es sólo su conciencia, rectamente formada con suficientes elementos de juicio, la que debe decidir, sin aceptar coacciones ni de unos ni de otros.

 Deseamos de todo corazón que la intervención de los católicos en la próxima votación sea tan consciente y elevada que atraiga sobre España las bendiciones de Dios y que nuestra patria «disfrute de los bienes que dimanan de la fidelidad de los hombres a Dios y Su santa voluntad» (DH, 6).

 Marcelo GONZÁLEZ MARTIN

Cardenal arzobispo de Toledo-Primado de España


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978 


miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Cruzada, el Ejército y Cataluña

 Artículo de 1970 

 LA CRUZADA, EL EJÉRCITO Y CATALUÑA

 Con motivo del 1 de abril, aniversario de la victoria contra el marxismo, en el salón del palacio arzobispal de Tarragona, tuvo lugar la imposición de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, concedida por el Jefe del Estado, por decreto del 5 del pasado enero, al Emmo. señor Cardenal doctor don Benjamín de Arriba Castro, Arzobispo y Primado de las Españas. (…)

 Nuestra guerra fue una Cruzada

 Cuando tanto derroche se hace con el intento de borrar el intrínseco y entrañable sentido de cruzada, ha sido muy preciso el recuerdo de excelentísimo señor capitán general de Cataluña haciendo presente que el actual cardenal de Tarragona es uno de los obispos españoles firmante de la Carta Colectiva del Episcopado español de 1 de julio de 1937, definiendo el contenido legítimo católico del Alzamiento Nacional de 1936.

 Sí, nuestra guerra fue una cruzada. Y cabe el honor a Cataluña de que dos figuras, de las más descollantes de la jerarquía eclesiástica, fueran dos cardenales catalanes que, por serlo de verdad, alcanzaron las más altas cimas de la prudencia política y de la sabiduría verdadera, documentando y argumentando irreversiblemente la definición histórico-teológica de nuestra lucha.

 En primer lugar, el entonces obispo de Salamanca, doctor Pla y Deniel, ya en 30 de septiembre de 1936, escribía;

 “¿Cómo se explica que hayan apoyado el actual Alzamiento los prelados españoles, y el mismo Romano Pontífice haya bendecido a los que luchan en uno de los dos campos? La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

 Cuando los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia, cuando el Gobierno no contestó siquiera a las razonadas protestas del Romano Pontífice, cuando el mismo Gobierno ha ido desapareciendo de hecho, no sólo en la parte del territorio nacional que perdió desde los primeros momentos, sino aun en los territorios a él todavía sujetos, en los que no ha podido contener los desmanes y se ha visto desbordado por turbas anarquizantes y aun declaradamente anarquistas, entonces ya nadie ha podido recriminar a laIglesia porque se haya, abierta y oficialmente, pronunciado a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos, religión, patria y familia, contra los sin Dios y contra Dios, sin patria y hospicianos del mundo, en frase feliz de un poeta cristiano. Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía.

 En realidad, se trataba, como ha dicho exactamente el Jefe del Gobierno de una nación extranjera: "Estamos cansados de decir a Europa que la guerra civil española, independientemente de la voluntad y de las partes en conflicto, es con absoluta evidencia una lucha internacional en un campo de batalla nacional. (…)

 ¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas, ni formas de gobiernos, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son por otra parte la gloriosa bandera tradicional de España?”

 También el cardenal Gomá, en su celebre pastoral “El caso de España”, afirma rotundamente:

 “¿Guerra civil? La guerra civil que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es, en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República, aunque así lo quieran los partidarios de cierta clase de República. Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica, porque hoy ha quedado relegada a último plano hasta la cuestión misma de la forma de gobierno. Ni se ventilan con las armas problemas interregionales en el seno de la gran patria, bien que en el período de lucha, y complicándola gravemente, se hayan levantado banderas que concretan anhelos de reivindicaciones más o menos provincialistas.

 Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización.

 Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de julio: los suponemos elevadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente, un profundo sentido de amor a la patria. Estaba ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.

 Lo que sí podemos afirmar, porque somos testigos de ello, es que, al pronunciarse una parte del Ejército contra el viejo estado de cosas, el alma nacional se sintió profundamente percutida y se incorporó, en corriente profunda y vasta, al movimiento militar; primero, con la simpatía y el anhelo con que se ve surgir una esperanza de salvación, y luego, con la aportación de entusiastas milicias nacionales, de toda tendencia política, que ofrecieron, sin tasa ni pactos, su concurso al Ejército, dando generosamente vidas y haciendas, para que el movimiento inicial no fracasara. Y no fracasó –lo hemos oído de militares prestigiosos– precisamente por el concurso armado de las milicias nacionales.

 Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismos españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo, debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida.”

 Cuanto concluían los cardenales Gomá y Pla y Deniel era una resonancia de las mismas palabras de Pío XI y de Pío XII, bendiciendo “a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión” y “han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales”, como dijeron ambos Pontífices.

 Rubricando cuanto dijeron los grandes cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel -cumbres máximas de aciertos y de doctrina en la jerarquía eclesiástica en los últimos tiempos- también los catalanes lo afirmaron con su presencia multitudinaria, huyendo de la zona roja y alistándose en el Ejército nacional, esparcidos en sus múltiples cuerpos, formando unidades propias en las milicias voluntarias y en los servicios de retaguardia, así como en la diplomacia, en la administración del naciente Estado Nacional, en la economía y en la propaganda internacional. No digamos de la colaboración, temeraria hasta la muerte, que en la Cataluña dominada por los rojos, se vertebró, casi por reacción espontánea, contra el marxismo, la “Generalitat” y sus compañeros de viaje.

 Cataluña sintió como cruzada a nuestro Alzamiento. Si alguna voz sin eco pretendió algún armisticio o pacto con los rojos, en contra de lo que explícitamente denunció Pío XI cuando habló de aquellos que “buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre la ideología y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral”, con el comunismo, no mereció ni ser atendido de la Santa Sede, y es ley de la historia que nunca falta un Judas. Máxime cuando se deja en la estacada en manos asesinas, liberándose personalmente por un favor político inconfesable, a quien por el mínimo deber de solidaridad en el episcopado, debió plantear o la liberación de ambos o correr la misma suerte.

 Esta es la verdad auténtica de nuestro Alzamiento. El capitán general de Cataluña ha hecho memoria para tantos desmemoriados, incluso para aquellos que, por continuidad de doctrina y deber objetivo, tienen la obligación de no olvidarlo. Siempre será una gloria histórica de los cardenales catalanes Gomá y Pla y Deniel, que juntos con todo el Episcopado español y mundial, así como los Papas Pio XI y Pío XII, la capitanía y consagración, con las más certeras y claras definiciones del dictamen moral de la gesta del del 18 de julio de 1936. Y más de cien mil catalanes pasaron a la acción y a los frentes en zona nacional con las aportaciones más generosas e incondicionales, al unísono con su fe y patriotismo.

 Misión del Ejército

 El capitán general de Cataluña ha reivindicado la diferencia y la estima que el cardenal de Tarragona siente por el Ejército. Nada más justo. El Ejército ha sufrido de las fuerzas subversivas ataques muy bien planificados e intencionados. Se ha querido, y continúa queriéndose por algunos, que el Ejército se convierta en meramente técnico, profesional y aséptico en política. Ciertamente, no se puede falsificar más gravemente la misión política de las Fuerzas Armadas.

 José Antonio Primo de Rivera, en su “Carta a los militares españoles”, con la mayor urgencias recordaba otra vez a los hombres de armas su más sagrado deber:

 El Ejército es, ante todo, la salvaguardia de lo permanente, por eso no se debe mezclar en luchas accidentales. Pero cuando es lo permanente mismo lo que peligra, cuando está en riesgo la misma permanencia de la Patria (que puede, por ejemplo, si las cosas son de cierto modo, incluso perder su unidad) el Ejército no tiene más remedio que deliberar y elegir. Si se abstiene, por una interpretación puramente externa de su deber, se expone a encontrarse, de la noche a la mañana, sin nada a qué servir. En presencia de los hundimientos decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que de una manera: recobrándolo con sus propias armas. Y así ha ocurrido desde que el mundo es mundo: como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

 Jorge Vigón, también explícitamente, actualizada cuanto nos dice José Antonio, y así escribe:

 Es preciso repetir que la oficialidad militar debe entender de política. Puede desentenderse -y esto no solo es lícito sino debido- de lo que la política tiene de oficio. Lo que tiene de ciencia ha de informar, en cambio, su vida entera. Quizá sea posible conducir correctamente a los hombres ignorando algunos misterios de la matemática o de la física; pero sin conocer los principios que informan la política, difícilmente podrán guiar a la juventud que se les encomienda. Para abrir a todos el camino del deber, para hacer comprender a unos y a otros cuáles son sus deberes actuales y futuros, el oficial necesita una clarísima conciencia política.”

 Cataluña, que según el catalanismo histórico es antimilitarista y no cuesta ningún esfuerzo rememorar las campañas del “Cu-Cut” y otros elementos catalanistas moderados y rabiosos contra las Fuerzas Armadas españolas, tiene, por el contrario, una larga tradición militar, el más limpio signo hispánico y contrarrevolucionario: la gran guerra contra la Revolución Francesa, las epopeyas del Bruch y de Gerona, entre otras, durante la Guerra de la Independencia. El alzamiento realista y la regencia de Urgel, así como también las guerras carlistas con millares y millares de voluntarios. Finalmente, la masa enorme de catalanes que se evadieron de la zona roja, no para sestear en el extranjero, sino para empuñar las armas durante nuestra cruzada, como señaladamente ha acordado el capitán general de Cataluña. Confiamos, con fundamento de causa, que, a su hora, la batalla decisiva fulminante contra el progresismo y el entreguismo tendrá un modo marcadamente catalán. (…)

 Con palabras del cardenal Gomá 

El cardenal Gomá se preguntaba si podrían llegar traiciones a la cruzada nacional. Y comentaba: “Traiciones, puede que no; es demasiado odioso el mote, y es demasiado grave el momento de España para que las haya. Desviaciones, debilidades, claudicaciones, puede que sí. El oro tiene siempre escorias. Bien que ha sido de subida ley en el que se acuñó la fisonomía espiritual de nuestro movimiento en su primer empuje, pero el cansancio, el arribismo ventajista, el espíritu taimado de gente de dentro y de fuera de España y, sobre todo, la falta de formación de la conciencia ciudadana en los principios de derecho que debe informar una sociedad cristiana como, gracias a Dios, lo es la nuestra y que deben ser el motivo y la forma de la actuación a todos, cada cual en su esfera y rango, harán posible el hecho de que se maten los cantos vivos del Movimiento Nacional y se busquen acomodos y ensamblamientos con instituciones y tendencias forasteras al espíritu nacional y cristiano.”

 Toca a los hombres responsables de la Iglesia, del Estado y del Ejército, meditar sobre estas palabras del cardenal Gomá. En muchos aspectos parecen proféticas.(…)

 Que en la vieja Tarragona se hayan pronunciado unas palabras rememorativas de la Cruzada, de la participación catalana en la misma, y de la ejecutoria primordial del Ejército en la vida nacional, es algo alentador. En esto sentimos como Ortega y Gasset: “Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su Ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se sienta ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización un organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. O más oportunamente lo que cinceló maravillosamente Spengler: “Siempre ha sido un pelotón de soldados quien a última hora ha salvado la civilización”.

 Y en Cataluña la verdadera tradición católica, española, catalana, contrarrevolucionaria, vibra en torno de Rafael de Casanova, caído por la España auténtica y gloriosa. Aunque la propaganda del catalanismo histórico, de la “Esquerra” y actualmente del marxismo, sofistiquen su figura y su significado. Pero por algo Rovira Virgili y Vicens Vives tenían tan pocas simpatía por Rafael de Casanova, cuya realidad no sintoniza con la trayectoria del romanticismo, del separatismo y del marxismo. La Cataluña en pie de guerra de Rafael de Casanova solamente enlaza, lógicamente, con el tradicionalismo, primeramente, y con la cruzada del 18 de julio de 1936, en definitiva. Esto tenía que decirse y queda dicho.

 También debieran conjugarlo y educar así, con realismo histórico a la opinión pública, los órganos de comunicación social, algunos tan atentos a los tópicos decadentistas y revanchistas más o menos encubiertos. He aquí porqué las palabras del insigne soldado, excelentísimo señor don Alfonso Pérez Viñeta, en la Tarragona imperial, romana e hispánica por excelencia, han sonado como una diana madrugadora y harto olvidada entre tantos barullos. Y Cataluña este lenguaje lo entiende muy bien. Que se repase la historia.

 Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº171, 18-Abr-1970