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sábado, 21 de febrero de 2026

“DERROTA MUNDIAL” -Orígenes ocultos de la Segunda Guerra Mundial.

 Artículo de 1967

  Libros que conviene leer 

“DERROTA MUNDIAL”

 -Orígenes ocultos de la Segunda Guerra Mundial.

-Desarrollo de la guerra.

-Consecuencias actuales de la guerra.

(De Salvador Borrego E.,17ª edición, Méjico, 1966.Registro número 18.438,  15 de mayo de 1954. Edit. en España: Queremón Editores, S. A. Narváez, 49, Madrid).

 ***

Advertencia de la editorial

 La tesis de este libro no plantea el nazismo como panacea política. El propio nazismo se privaba de toda posibilidad de exportación, pues al poner énfasis en la raza y en la tradición y al hacer a un lado el internacionalismo no podía ser imitado ni siquiera por quienes simpatizaban con él los cuales tenían que producir algo íntimamente propio, según ocurrió con la Falange Española, eminentemente nacionalista y católica.

 Además, el nazismo se acabó hace veinte años y no existe en ningún país del mundo.

 El objeto de este libro es evidenciar la forma en que el comunismo se ha desenvuelto en los últimos cien años. En tanto que el nazismo se acabó en 1945, el comunismo es un peligro ACTUAL (1967) y se proyecta aún más terrible para un futuro inmediato.

 La tesis del libro consiste en que el comunismo no es una ideología anhelada por las masas, sino una conjura que avanza en todo el mundo gracias a personajes públicos y secretos que le prestan ayuda de mil modos, incluso atacando cuanto se le opone en su camino, así sea el oponente un gobernante, la Iglesia, una ideología o un libro.

 Alemania en guerra tuvo una fase esencialmente anticomunista, y eso le ha granjeado enemigos persistentes que aún están produciendo películas contra los crímenes del nazismo, sepultado hace veinte años, en tanto que no hay UNA SOLA que hable de los crímenes ACTUALES y MAYORES del comunismo.

 La tesis de este libro tampoco es antisemita. ¿Qué es el antisemitismo? Es la condenación del judío sólo por tener sangre judía, es decir, un absurdo igual que ser antifrancés, antiespañol, antibritánico. («Debe discernirse claramente que una cosa es la lucha política contra el movimiento político judío y otra muy distinta es la hostilidad injusta contra el pueblo judío en masa, sólo por ser judío», del autor.)

 Este libro evidencia que en el génesis y en el ACTUAL AVANCE del comunismo hay un movimiento político de personajes judíos, y esto no es antisemitismo, sino UN HECHO. Estar en desacuerdo con ese movimiento político es discrepancia ideológica, no discriminación racial. ¿Acaso el anticomunismo es discriminación del pueblo ruso? ¿Acaso el antinazismo es necesariamente discriminación contra el pueblo alemán? ¿Acaso el antisegregacionismo es discriminación del hombre blanco?

 Una cosa es estar contra una actitud política y otra muy distinta es estar contra el espíritu de una raza. Con apoyo en lo segundo no puede erigirse un TABU para lo primero.

 Censurar a los ingleses que arrancaban cabelleras a los pieles rojas no es anglofobia; condenar a los caníbales no es discriminación racial del negro, y relatar la acción procomunista de un sector político hebreo tampoco puede ser antisemitismo. Decir lo contrario nos conduciría a afirmar que el Nuevo Testamento es antisemita porque identifica a los judíos que montaron el proceso, la pasión y la crucifixión de Jesucristo y que persiguieron a la naciente Iglesia católica, y PRECISAMENTE TAL SOFISMA es lo que ardientes enemigos de ella tratan ahora de inducir dándole a la palabra «antisemitismo» un alcance que no tiene.

 Es el ALCANCE ILIMITADO que el eminente israelita Joseph Duner confiere a ese término con las siguientes palabras:

«Para toda secta creyente en Cristo, Jesús es el símbolo de lo que es limpio, sagrado y digno de amar. Para los judíos, a partir del siglo IV, es el símbolo del antisemitismo.» («The Republic of Israel», pág. 10, edición de octubre de 1950.)

 Comentario de M. Diaz

 Las cinco primeras ediciones de «Derrota mundial» fueron rodeadas de un boicot de silencio, pese a los hechos gravísimos que revelaban y a que se agotaron en un tiempo récord, nada usual en libros mejicanos.

 La sexta edición —publicada en 1959—inquietó a los que temen a la verdad, y entonces recurrieron a la amenaza contra el autor y contra distribuidores y libreros. Hubo, además, críticas capciosas y se tachó a este libro de antisemitismo, cosa falsa. La raza judía y la religión israelita son respetadas aquí como cualesquiera otras, y lo que en «Derrota mundial» se exhibe es el avance de la conspiración marxista. Si los inventores de esta doctrina y sus principales propagadores son judíos y forman un grupo político internacional, decirlo no es «antisemitismo», sino hacer constar un hecho histórico.

 Al aparecer la 13.ª edición se reanudaron en varios países lasvmaniobras para obstruir o impedir totalmente su venta. Este libro habla con datos precisos y con testimonios. Quienes pretenden acallarlo con amenazas revelan que no pueden hacerlo con argumentos.

 En «Derrota mundial» se plantean y se resuelven graves interrogantes que afectan a la presente generación y a las que habrán de venir:

 ¿Es el comunismo una doctrina irresistible? ¿Es el supercapitalismo realmente el rival del comunismo? Si el Occidente es tan poderoso, ¿por qué el comunismo sigue avanzando?

 No existe ningún libro con tan variada documentación. Su lectura es esencial para todos los sectores de la sociedad. Por eso José Vasconcelos escribió en el prólogo que se trata de uno de los libros «más importantes que se hayan publicado en América» y que su difusión «es del más alto interés patriótico en todos los pueblos».

 Prólogo a la nueva edición

 La obra de Salvador Borrego E., que hoy alcanza otra edición, es una de las más importantes que se hayan publicado en América. Causa satisfacción que un mejicano de la nueva generación haya sido capaz de juzgar con tanto acierto los sucesos que conocemos bajo el nombre de la segunda guerra mundial.

 Colocados nosotros del lado de los enemigos del poderío alemán es natural que todas nuestras ideas se encuentren teñidas con el color de la propaganda aliada. Las guerras modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como en las páginas de la imprenta. La propaganda es un arma poderosa, a veces decisiva para engañar a la opinión mundial. Ya desde la primera guerra europea se vio la audacia para mentir que pusieron en

práctica agencias y diarios que disfrutaban de reputación aparentemente intachables. La mentira, sin embargo, logró su objeto. Poblaciones enteras de naciones que debieron ser neutrales se vieron arrastradas a participar en el conflicto movidas por sentimientos fundados en informaciones que después se supo habían sido deliberadamente fabricadas por el bando que controlaba las comunicaciones mundiales.

 Y menos mal que necesidades geográficas o políticas nos hayan llevado a participar en conflictos que son ajenos a nuestro destino histórico; lo peor es que nos dejemos convencer por el engaño. Enhorabuena que hayamos tenido que afiliarnos con el bando que estaba más cerca de nosotros; lo malo es que haya sido tan numerosa, entre nosotros, la casta de los entusiastas de la mentira. Desventurado es el espectáculo que todavía siguen dando algunos «intelectuales» nuestros, cuando hablan de la defensa de la democracia, al mismo tiempo que no pueden borrar de sus frentes la marca infamante de haber servido a dictaduras vernáculas que hacen gala de burlar sistemáticamente el sufragio. Olvidemos a estos pseudo-revolucionarios, que no son otra cosa que logreros de una revolución que han contribuido a deshonrar y procuremos despejar el ánimo de aquellos que de buena fe se mantienen engañados.

 «Durante seis años, dice Borrego, el mundo creyó luchar por la bandera de libertad y democracia que los países aliados enarbolaron a nombre de Polonia. Pero al consumarse la victoria, países enteros, incluyendo Polonia misma, perdieron su soberanía bajo el conjuro inexplicable de una victoria cuyo desastre muy pocos alcanzaron a prever.»

 La primera edición del libro de Borrego se publicó hace dos años escasos, y en tan corto tiempo el curso de los sucesos ha confirmado sus predicciones, ha multiplicado los males que tan valientemente descubriera.

 Ya no es sólo Polonia; media docena de naciones europeas, que fueron otros tantos florones de la cultura cristiana occidental, se encuentran aplastadas por la bota soviética, se hallan en estado de «desintegración definitiva».

 Y el monstruo anti-cristiano sigue avanzando. Detrás de la sonrisa del judío Mendes-France —siempre victorioso, dicen sus secuaces—; detrás de esa enigmática sonrisa, seis millones de católicos del Vietnam, fruto precioso de un siglo de labor misionera francesa, han caído dentro de la órbita de esclavitud y de tortura que los marxistas dedican a las poblaciones cristianas.

 El caso contemporáneo tiene antecedentes en las invasiones asiáticas de Gengis-Kan, que esclavizaba naciones; tiene antecedentes en las conquistas de Solimán, que degollaba cristianos dentro de los templos mismos que habían levantado para su fe. El conflicto de la hora presente es otro de los momentos angustiosos y cruciales de la lucha perenne que tiene que librar el cristianismo para subsistir.

 En el libro de Borrego, penetrante y analítico, al mismo tiempo que iluminado y profético se revelan los pormenores de la conjura tremenda.

 La difusión del libro de Borrego es del más alto interés patriótico en todos los pueblos de habla española. Herederos nosotros de la epopeya de la Reconquista, que salvó el cristianismo de la invasión de los moros, y de la Contrarreforma encabezada por Felipe II, que salvó al catolicismo de la peligrosa conjuración de luteranos y calvinistas, nadie está más obligado que nosotros a desenmascarar a los hipócritas y a contener el avance de los perversos. La lucha ha de costarnos penalidades sin cuento. Ningún pueblo puede escapar en el día de hoy a las exigencias de la historia, que son de acción y de sacrificio.

 La comodidad es anhelo de siempre, jamás realizado. La lucha entre los hombres ha de seguir indefinida y periódicamente implacable, hasta en tanto se acerque el fin de los tiempos, según advierte la profecía.

 José Vasconcelos


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Artículo de 1979

 Judas en el Sanedrín y Tarancón en el Congreso

 Consta por el Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 14-16, que Judas acudió a los príncipes de los sacerdotes para concertar con ellos el precio por la entrega del Maestro, y como el despacho oficial de aquellos príncipes era el Sanedrín, dicho lugar debió ser verosímilmente el sitio donde sostuvieron la entrevista.

 Consta igualmente, por la prueba elocuente de la televisión que, el 27-XII-78, el cardenal Tarancón estuvo en el Congreso, asistiendo al acto de la sanción oficial de la Constitución.

 La comparación entre ambos hechos históricos y las figuras de sus protagonistas suscita inexorablemente las siguientes reflexiones:

 Primera. Sobre las personas.

Judas era Apóstol de Cristo; Tarancón es sucesor de los Apóstoles. Judas fue elegido por Cristo para ser pilar, quicio o gozne de su Iglesia, es decir, cardenal según su significado etimológico. Tarancón también fue elegido cardenal según el Derecho Positivo Eclesiástico. En ambos concurre, por consiguiente, “en cierto sentido”, la condición de obispos y cardenales.

 Segunda. Sobre los organismos.

El Sanedrín era entre los judíos un órgano oficial que, aunque tenía como competencia específica una misión de carácter judicial, participaba también ampliamente de competencia normativa y administrativa. El Congreso y el Senado asumen entre los españoles ciertas funciones análogas, especialmente en el campo legislativo.

 Tercera. Sobre la actuación de ambos organismos.

El sumo sacerdote Caifás pronunció en sesión solemne del Sanedrín aquellas palabras lapidarias: “Conviene que uno muera por la salvación del pueblo”. Y de esta manera aquel órgano supremo, presunto representante del pueblo judío, condenó a muerte a Jesucristo. Nuestro Congreso ha sido algo más fino al elaborar la Constitución: no condena a muerte a Dios. Se limita a prescindir de Él, a legislar como si no existiera, y de esta manera, sin negarlo expresamente, construye un Estado, una sociedad y una familia sin Dios. Pero tanto el Sanedrín como el Congreso son deicidas, porque el primero ordenó la muerte de Dios en Cristo, y el segundo ordenó la muerte de Dios en el Estado, en la sociedad y en la familia.

 Cuarta. Sobre la intervención de los protagonistas.

Judas, con su intervención activa, favoreció los planes deicidas del Sanedrín, entregó a Cristo y recogió sus treinta monedas, el precio que se daba por un esclavo. El cardenal Tarancón, con su intervención pasiva de simple asistencia, favoreció los planes deicidas de las Cámaras Legislativas: con su presencia oficial y representativa sancionó una Constitución impía y atea.

 Tal vez crean nuestros conspicuos diputados y senadores que la Iglesia católica ha aprobado implícitamente la Constitución, al autorizarla con la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal. Olvidan, sin embargo, que también Judas con su presencia en el Sanedrín autorizó la muerte de Cristo. 

Julián GIL DE SAGREDO


Revista FUERZA NUEVAnº627, 13-Ene-1979

 

martes, 17 de febrero de 2026

Contra la nueva y funesta colegialidad

 Artículo de 1970 

 MEDITACIÓN SOBRE EL PAPA

 (En el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Pablo VI)

 En una de nuestros anteriores colaboraciones recordábamos las palabras proféticas del cardenal Bevilacqua: “El papa Montini está destinado a reinar en medio de los juicios contrastantes y la incomprensión de los contemporáneos”. Pero no sólo el papa Montini. Nadie está tan tremendamente sometido al juicio de la historia como un Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Sobre él gravitan todas las fuerzas que agitan los movimientos de la cultura humana, para hundirle unas veces en el desprecio y la humillación, por parte de unos; para levantarle, otras, en la veneración y respeto sumos, por parte de otros. El Pontificado -por lo menos en la historia del occidente- es el pernio sobre el que se mueven los acontecimientos más “históricos”, quiero decir más humanos: religiosos, culturales y políticos.

 Desde que el edicto constantiniano, de principios del siglo IV, da libertad a la Iglesia de las catacumbas, el Papado cobra una significación definitiva en la historia del Occidente. Este Occidente cristiano que recoge la cultura clásica y la salva de las ruinas del Imperio romano, transmitiéndolo al medioevo. Que eleva al Pontificado a la gloria de los tiempos gregorianos. Que ocupa el centro mecenático de ese primer renacimiento espléndido del tiempo de Inocencio IV, coronado por las Universidades Escolásticas, por las figuras incomparables de los grandes maestros, y por el impulso auténticamente reformador de las Órdenes Mendicantes.

 Algo, sin embargo, se quebraba en aquel tardomedievo del siglo XIV, nominalista y conciliarista, que anuncia los desmoronamientos de los siglos XV y XVI. Y siempre la primera y fundamental razón la encontramos en un oscurecimiento del dogma básico eclesial sobre el primado romano. ElPapado está siempre ahí, en medio, discutido y defendido, vilipendiado y protegido, La revolución -¡que no “reforma”!- protestante, lo es principalmente porque el protestantismo (da igual luteranismo, calvinismo que anglicanismo) es la primera ofensiva en grande estilo para cambiar el centro religioso de gravitación del Occidente cristiano en una multitud periférica de puntos, de goznes enloquecidos.

 El Papado resiste. Y la contra-revolución-que no “contra-reforma”- católica erige de nuevo al Papado; y reúne en torno a él la pléyade de santos, de fundadores, de auténticos reformadores. La marea pasa dejando en pos de sí luengas tierras encharcadas. Y la luz de Cristo baña otras playas, llevadas por las carabelas de España. Finalmente, las revoluciones modernas toman, como uno de sus objetivos principales, el derrocamiento de la roca del Papa: galicanismo, iluminismo, revolución de la Bastilla. En 1870, el Vaticano Primero no sólo es la proclamación culminante de un dogma que destaca la posición única de base y punta del edificio jerárquico de la Iglesia; es también el anuncio escandaloso del principio de autoridad ante una época, el liberalismo revolucionario, que estaba minando los fundamentos de toda sociedad. No sería exagerado afirmar que la definición dogmática del Primado Romano retrasa en casi un siglo el triunfo de los movimientos nihilistas de la época.

 Y hoy ya, ¿qué significa el Papado a la historia contemporánea? En primer lugar, un lugar alto del espíritu hacia donde corren atemorizados los escasos valores humanos que aún están vivos: el sentido de la justicia, el derecho de gentes, la norma eterna de la moral natural. Porque, en una tierra dominada por el trust y por la Banca, y que sucumbe al epicureísmo más craso, hay alguien todavía que lanza el grito de la “Humanae vitae”, o de la “Pacem in Terris”; o se presenta audazmente en el ágora más impresionante de Nueva York, como la encarnación visible de la única posible “Política de Dios y Gobierno de Cristo”.

 No podemos darnos cuenta de esa fuerza inmanente y oculta que todavía representa para el mundo la situación del Papado católico. Y hasta hay momentos en que se piensa y se escribe con una absoluta falta de sentido histórico, que la influencia del Papado, en este mundo tecnológico y secularizado, no representa ya casi nada. El mundo inmaduro y niño del medioevo; el mundo adolescente y joven del renacimiento, podían mirar al Papado para protegerse con su tutela secular. Hoy nuestro mundo se considera adulto y orgulloso de su autonomía, reclama su herencia secular, y se va muy lejos de la casa del padre de familias.

 Pero hay más. Porque (“tercer punto” de nuestra meditación) ese mundo que se aleja de la colina vaticana: que quisiera perder de vista la cúpula escandalosa del Buonarotti, hoy es también una buena parte del mundo católico. Hoy los católicos vivimos bajo el signo de una “colegialidad” funesta. Esta, sin atreverse a una franca proclamación de galicanismo ochocentista, o de episcopalismo, está, de hecho, operando con una especie de obstinado “desgaste” y “deslustre” del Primado Romano, que obra como un líquido corrosivo sobre un metal precioso. El papado, con ello, está descendiendo vertiginosamente a ser una institución histórico humana, fruto de un juridicismo elaborado durante siglos por la tradición legalista romántica. En este caso, podrá ser, sí, una garantía externa de unión de todas las actividades eclesiales; pero, no ya, el “principio y fundamento” de que habla el Concilio Vaticano Primero.

 Un Primado “enervado” por una desconcertante colegialidad, es hoy naturalmente un “centralismo” molesto. Porque -en contra de todas las hipócritas afirmaciones- se le quiere pensar como un centro de coordinación de actividades, como una sala de recepciones, o-para decirlo con el Sínodo holandés-“el Papa, un presidente o secretario general de todas las iglesias”.Pierde, pues, el elemento de comunicación dinámica de la fuerza de comunión jerárquica. No es ya como una potente fuerza solar presente necesariamente en todas las manifestaciones térmicas de la Iglesia.

 Y con el declive “dogmático”, el Papado hoy sufre un tremendo declive “psicológico-afectivo”. Naturalmente no nos referimos a aquella sentimentalidad romántica que acompañaba al “Prisionero de Roma”, en la que hoy nadie puede ya pensar. Nos referimos a este clima de crítica a la persona del Papa que ha surgido como deporte de invierno para tantos teólogos sicofantes, para tantos periodistas católicos venales, para tantos laicos escritores de crónicas desaprensivas. ¿Cómo se ha podido llegar aquí? Nuestra meditación iría muy lejos... Pero una es la causa decisiva: ese declive dogmático incontenido hacia una colegialidad herética. Pueden, sí, existir otros factores temporales que aspan a la Iglesia de Dios, y aún a sus representantes supremos, con los estigmas de una temporalidad irreversible. Pero, diríamos, nadie hoy tiene perspectiva histórica suficiente para erigirse en juez de la historia contemporánea del Papado.

 Santo Padre, Pablo VI: en esta angustia que atraviesa tu corazón de padre, en el momento preciso de tu devotísimo cincuentenario, ungido sacerdote del Señor, estamos junto a ti; porque “donde está Pedro allí está la Iglesia”.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº178,6-Jun-1970 


sábado, 14 de febrero de 2026

Trampas religiosas del “Trasvase Ideológico Inadvertido”

 Artículo de 1967

  EL TRASVASE SIMBÓLICO DE LAS FIESTAS (1)

 En un estudio que alcanza la difusión internacional, «El Trasvase Ideológico Inadvertido y el Diálogo», el pensador contrarrevolucionario Plinio Correa de Oliveira ha desenmascarado un proceso psicológico contemporáneo tan sutil como venenoso. Consiste en actuar sobre el espíritu de otro, llevándole a mudar de ideología sin que se aperciba. Sus más importantes etapas son:

 a) Encontrar en el sistema ideológico actualmente aceptado por el paciente puntos de afinidad con el sistema ideológico del que se desea imbuirle.

 b) Supervalorar doctrinaria y pasionalmente esos puntos de afinidad, de tal manera que el paciente acabe por colocarlos encima de todos los otros valores ideológicos que admite.

 c) Atenuar, tanto como fuere posible en la mentalidad del paciente, la adhesión a los principios doctrinarios que actualmente acepta y que sean inconciliables con la ideología de la cual se quiere impregnarle.

 Un rasgo de la fisonomía de los españoles es que aquí resolvemos los problemas religiosos y políticos que afectan a todo el mundo con una cantidad mínima de literatura y aun ésta, de pocas pretensiones doctrinales y sin calidad filosófica; al revés que en algunos países próximos, donde los excelentes trabajos doctrinales florecen y emergen entre la maleza comunista. De no ser por esta condición nuestra, de España hubiera salido un trabajo similar en alcance e importancia al de Correa, y afín y precursor del suyo, sobre el trasvase simbólico de las fiestas litúrgicas.

 Porque aquí padecimos un caso de éstos. El de «El Día de la Madre», que se superpuso a la festividad de la Inmaculada. De todos es sabido el proceso psicológico que acompañó a esta duplicidad: la atención de las masas de la Iglesia de los pobres, se fue desplazando del culto a la Santísima Virgen hacia el festejo familiar, hasta amenazar muy seriamente al primero. Sólo entonces, grandes sectores del clero y de los religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza aceptaron la maniobra de desglose de las dos fiestas, con la cual no se remedian los estragos ya causados ni se borra una cierta estela que los prolonga aun así. Pero aún antes de que el trasvase llegara a levantar un clamor de indignación del pueblo cristiano, muchos sacerdotes y religiosos y religiosas no sólo no vieron temprana y oportunamente el engaño sino que colaboraron con él, en su establecimiento, primero, y en su disimulo, después, durante demasiado tiempo.

 La circunstancia de contarme entre los primeros católicos seglares que desenmascararon aquel mal, al precio de amargas controversias con no pocos sacerdotes, me da fortaleza para avisar de otro trasvase ideológico que ha iniciado su desarrollo de acuerdo con el esquema de Correa, al principio citado. Se ha iniciado la sustitución de la mentalidad de Lepanto por la mentalidad de la ONU. El trasvase entre los lemas que puso San Agustín al frente de las dos ciudades: del «Amor a Dios hasta el desprecio del hombre», que es fiel reflejo de la guerra santa (Lepanto en nuestro caso), al otro lema de «Amor al hombre hasta el desprecio de Dios», que con muchas salvedades respecto de su primera parte, podríamos reconocer como eje ideológico de las Naciones Unidas.

 El trasvase, como es preceptivo para que resulte inadvertido, se ha iniciado, como siempre, muy bien: con el rezo del santo rosario que hemos hecho el pasado día 4 de octubre por filial obediencia a Su Santidad el Papa Pablo VI, para pedir por la paz del mundo. No se ha escogido para ello la inmediata festividad de la Virgen del Rosario, sino el aniversario del viaje de Su Santidad a la ONU. De manera que con tres días de separación, quedan estrechamente avecindados dos binomios semejantes; semejanza y proximidad propicios para un «Trasvase simbólico inadvertido» que pase luego a ser un trasvase ideológico ostensible y grave.

 Los dos binomios son:

1.°) Un Papa, San Pío V, establece la festividad de Nuestra Señora del Rosario en conmemoración de una victoria militar cristiana. Lepanto.

2.°) Otro Papa, Pablo VI, establece—¿sólo por este año?— un día del rezo del santo rosario por la paz en conmemoración de su visita a la ONU. Si se estableciera la costumbre de conmemorar anualmente esa visita, como alguien ha propuesto, con el rezo del rosario por intenciones políticas, se iría labrando un cauce de trasvase de la siguiente manera: Batalla de Lepanto, primitiva festividad de Nuestra Señora del Rosario, jornada del rosario por la paz, conmemoración de la visita a la ONU y supuesta aceptación de ésta. Este cauce sería recorrido de la siguiente manera: el recuerdo del triunfo cristiano de Lepanto es víctima de una conspiración de silencio, olvido y descrédito, con omisión de su conmemoración, devolución de sus trofeos, acusaciones de triunfalismo, constantinismo, militarismo, etc.

 3.°) Su correlativa festividad del rosario quedaría desencarnada e intemporal, sin significación concreta.

 4.°) Nada más efectista y tentador entonces que darle un nuevo arraigo comprensible por las masas. Con ello, la versión tradicional de la festividad del rosario quedaría en situación competitiva con esta otra, tan próxima, de un día de rezo del rosario a la intención de problemas humanos variantes cada año, fácilmente aceptados y estimados por estas gentes sencillas.

 5.°) El desplazamiento de la atención de éstas hacia la conmemoración de la visita de Pablo VI a la ONU se operaría por ser la única explicación de que esas rogativas no se hicieran el día, tan cercano, de la Virgen del Rosario, y también por el contraste entre la variación anual de las intenciones y la permanencia de la conmemoración de la visita.

 6.°) Esta visita del Papa a la ONU no será considerada como una imitación del «Alter Christus» a las visitas de Cristo a los pecadores, ni se repetirán las salvedades y consejos con que el Papa rodeó sus palabras de cortesía a esa Asamblea, sino que se derivará a la creencia popular de que la ONU es una entidad cristiana, cuyos criterios deben ser aceptados por los católicos.

 Un análisis de los principales periódicos y revistas de esos días, del espacio y comentarios dedicados a cada uno de los puntos enunciados o de sus omisiones, muestra que el trasvase que denuncio está más adelantado de lo que a primera vista se puede suponer. Por ello creo que debemos afirmar las siguientes conclusiones:

 1. °) Proclamar en todo tiempo y lugar nuestra filial devoción al Vicario de Cristo en la Tierra, tanto más cuanto más usemos sus propias concesiones y enseñanzas de opinar según nuestra recta conciencia en cuestiones opinables. No siempre es imposible separar el magisterio espiritual del Vicario de Cristo de la política exterior del Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano. Esto le entendieron muy bien muchos Reyes de España.

 2. °) Debemos participar devotamente en todas las campañas de oraciones que se propongan en cualesquiera fechas y circunstancias e intenciones.

 3. °) Debemos celebrar espléndidamente la festividad de Nuestra Señora del Rosario y la gran victoria cristiana de Lepanto.

 4. °) Debemos seguir proclamando que la O. N. U., en su versión actual, es tan peligrosa para la cristiandad como cuando estableció el bloqueo diplomático contra España por odio a nuestra fe.

 P. ECHANIZ


  Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967

 

jueves, 12 de febrero de 2026

Blas Piñar contra la Constitución (1)

 Artículo de 1979

 Blas Piñar en Palma de Mallorca

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar el 24 de noviembre de 1978 en la Sala Magna del Palacio de Congresos del Pueblo Español de Palma de Mallorca)

 (…) Hoy, a la altura de 1978, volvemos a reunirnos en Mallorca. En este día, que fue de San Juan de la Cruz, España atraviesa su noche oscura. Un frío estremecimiento de pavor y de ira santa nos sacude al contemplar la tiniebla que nos envuelve y la confusión íntima que a muchos embarga. La noche oscura de los místicos arranca de la noche oscura del Calvario, porque sólo cuando Dios muere en la Cruz, entre las ráfagas fugaces de los relámpagos, se divisa el velo que se rasga, la tierra que se abre y la nube densa que parece cerrarnos la puerta del Paraíso. (…)

 Hoy es de noche porque el mundo, y España ahora, vuelve a despreciar y a crucificar a Cristo. La llevamos a las afueras de Jerusalén, a extramuros de la comunidad política, al margen de la Constitución. El poder, la soberanía, la autoridad, la justicia no vienen de Ti. ¿Qué te habías creído? El supremo legislador somos nosotros, los hombres, el pueblo, la mayoría. Nada importan el derecho natural, los diez mandamientos, la Revelación. No te reconocemos como Creador, ni como Redentor, ni como Santificador. Te hemos destronado para ocupar tu puesto ¡Fuera de la ciudad, a extramuros, al Calvario, a la Cruz, a morir para siempre que no nos haces falta!

 ¿Que fundaste una Iglesia para continuar tu misión?, ¿que a Ella confiaste la plenitud de la verdad que salva, los medios de santificación, la autoridad…? Nada tengo que ver con eso.

 Tal es la Constitución que se nos ofrece.

 Art. 1º. 2

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

 Art. 117

“La justicia emana del pueblo”.

 Art. 16º. 3

Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones religiosas”.

 De este modo la ley puede convertirse en instrumento de degradación, porque lo verdadero, lo bueno y lo justo se reconoce, no se crea.

 Es inútil construir sobre la arena o construir según el método de la Torre de Babel, pues “el que no recoge conmigo desparrama y “si el Señor no construye la casa en vano trabajan los que la edifican”.

 Decía Cicerón que “si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos o en las decisiones de los príncipes o en las sentencias de los jueces, sería jurídico el robo, la falsificación, la suplantación de los testamentos, con tal que tenga a su favor los votos de la mayoría” y Rousseau afirmaba: “Lo grave no es que voten todos, sino que todo se someta a votación”.

 Por ello, la actitud de la Conferencia Episcopal es incomprensible, como lo fue la actitud del presidente de las Cortes (retirando el Crucifijo de su despacho). (…)

 No olvidéis las palabras del Maestro: “Al que no me confiese ante los hombres no le confesaré yo en el reino de los cielos”.

 El art. 2º del proyecto habla de la “indisoluble unidad de la nación española” (pero) reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades”.

 Pues bien, como hemos probado en diversas ocasiones, si España es una nación no consta de nacionalidades, y si existen nacionalidades, España no es una nación.

 Por otra parte, el Estado de nacionalidades autónomas conlleva, como es lógico, más impuestos y más burocracia, amén de las “policías”(art. 148.22) al servicio de los distintos gobiernos.

 El art. 39 reza así: “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”.

 Pero la familia nace del matrimonio y se perfecciona con los hijos. Pues bien, el art. 32 dice que “la ley regulará las formas de matrimonio y las causas de disolución”; y el propio art. 39 establece la igualdad ante la ley de los hijos legítimos y de los ilegítimos, de la madre casada y de la soltera.

 El art. 15, por su parte, asegura que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos degradantes. Queda abolida la pena de muerte”.

 Pero la abolición de la pena de muerte para el asesino deja sin protección la vida del inocente no nacido, y al no fijarse el momento en que comienza la vida puede ser legal el aborto.

 Dice el art.27 que se reconoce la libertad de enseñanza, pero que habrá -lo que parece contradictorio-:

1º una programación general de la misma:

2º una homologación estatal del sistema educativo

3º y sólo se ayudará a los centros docentes que reúnan los requisitos que la ley establezca.

 La libertad de cátedra proclamada en el art. 20, en la práctica, primará sobre el derecho de los padres a la formación de los hijos.

 Conforme al art.1º, se constituye un estado social: pero sólo los partidos políticos concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política, y no los Sindicatos. La “clase política” es lo que importa, por tanto, y no la “clase social”.

 El Estado, por añadidura, renuncia a ejercer la justicia en el campo social (huelga -art.28.2-).

 El art. 9 proclama el “principio de legalidad y jerarquía normativa” pero temas constitucionales como el de la mayoría de edad, el de los preautonomías y el de las demarcaciones judiciales, regulados antes de que la Constitución se apruebe, por simple decreto ley, vulneran como una profecía, ese principio tan enfáticamente proclamado.

 El Consejo del Poder Judicial, que el proyecto crea, es, por su composición y designación, un auténtico atentado a la independencia de la Magistratura y al sistema de diversidad de poderes, alumbrado por Montesquieu, en que se apoya la democracia liberal. (…)

 El art. 33 reconoce la propiedad privada, pero, al mismo tiempo, y sin garantía de ninguna clase, su delimitación de acuerdo con las leyes.

 El art. 38 admite la empresa privada, pero también su planificación.

 La libertad de información (art. 20) se garantiza, pero los medios de comunicación de los poderes públicos se ponen bajo control parlamentario, estableciendo que sólo los grupos sociales y políticos significativos podrán acceder a ellos. ¿Y qué se entiende por significativos?, ¿quién otorga esa veleidosa a calificación?

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Todo en la Constitución -menos su agnosticismo y su ataque a la unidad de la nación y su propósito de deshacer la familia- es ambiguo o contradictorio.

 Ante la Constitución no cabe, a nuestro modo de ver, ni el “Sí” ni la abstención. Sólo cabe una postura gallarda: pronunciarse en términos negativos.

 Aquí hemos venido para beber en la tradición milenaria que representan vuestros molinos: a ilusionarnos con la poesía de los almendros en flor, a descubrir en la hondura de la roca la sorpresa de los lagos ocultos, a recoger con las aspas de los molinos la última brisa de la tarde.

Que Fray Junípero y San Alonso Rodríguez y Santa Catalina Thomas nos ayuden. Seamos los españoles de hoy fieles como la palmera balear.

Revista FUERZA NUEVAnº 626, 6-Ene-1979