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jueves, 2 de abril de 2026

Disimular ante la violencia marxista siempre está de moda

 Comentario de los sucesos de Cagliari (Cerdeña, Italia, 1970), cuando el cortejo papal de visita en la isla fue apedreado por un grupo de 40 anarquistas acampados. Para evitar el escándalo, disimular y no ofender a la subversión marxista imperante, se “culpó”, por los medios vaticanos, a los policías de la escolta, que habrían sido los (justamente) agredidos, dando a entender que “si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, no se hubieran producido”.

El artículo trata, pues, sobre el doble rasero hipócrita contra la violencia... según de donde venga...

 

 LA VIOLENCIA… SEGÚN Y CÓMO

 Que Pablo VI haya condenado las versiones de los grandes diarios sobre los graves sucesos de Cagliari (isla de Cerdeña, Italia, 1970) es más que comprensible.

 Pero una cosa es la respuesta del Papa a los sucesos y otra son los hechos mismos. Los hechos son como son. El cortejo papal fue apedreado por “un grupo de anarquistas”, una cuarentena de personas acampadas durante el día en la vecindad del barrio de San Elías que, según el programa, sería visitado por Su Santidad al finalizar su viaje en Cerdeña.

 No hubo, ni nadie lo intentó, misterio alguno en las intenciones de esas personas acampadas a la vista de todos. Durante días antes tuvieron reuniones y la correspondiente campaña a base de hojas, panfletos y circulares. Abundó la campaña subversiva en este barrio. Esta gente había manifestado en discursos, en pancartas y escritos sus clarísimas intenciones. La policía vigilaba. En otros tiempos, no ya en los tiempos “nefastos” del fascismo, sino tan sólo hace pocos años, la policía hubiese decididamente terminado con los propósitos públicos de los agresores. Pero ahora no. Ahora los melenudos, los contestatarios, los maoístas son rojos y, por tanto, inviolables. Mientras el Papa estaba al llegar, la policía italiana se limitó a hacerse enviar un megáfono.

 Lo que después sucedió es sabido. La pedrea, se ha dicho en círculos vaticanos, no estaba dirigida contra el cortejo papal sino “contra un vehículo de la policía”. ¿Por qué? Naturalmente porque los métodos represivos y violentos contra los “pobres” subversivos, contra los “pobres” anarquistas, contra los “pobres” campesinos democráticos, han excedido de ciertos límites… Así que la culpa fue, según medios vaticanos, de los que quieren el orden, de los agentes que, cuando el Papa sale del Vaticano, son movilizados por millares con gastos de centenas de millones. Si el Papa hubiese viajado sólo, los incidentes, por tanto, no se hubieran producido… Y así, según los medios citados, se llega a la asombrosa conclusión que las piedras que cayeron sobre el auto del cardenal secretario de Estado estaban “realmente” dirigidas contra el agente Gaetano, particularmente represor ¡Demos gracias a Dios y alegrémonos…! Epítetos aparte, no ha sucedido nada. El encuentro del Papa con los fieles de la Iglesia, con el pueblo de Dios, no podía ser turbado. A los heridos, a los violentos, a los agentes de la Policía que han monopolizado las iras del pueblo, les “está bien empleado”…

 Bien podríamos concluir que la violencia está de moda. Usémosla todos y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga… Pero quién así piense no sabe que se encamina y se merece la más severa condena eclesiástica, porque olvida un detalle fundamental. Éste:

 Para los “teólogos de la violencia” esta es buena o perversa según quien la ejercita: buena, si la practican los anarquistas, los comunistas, los progresistas, los de la ETA, los estudiantes revolucionarios etc; perversa, si la realizan los “fascistas”, los tradicionalistas, los falangistas, etc. El episcopado francés, por ejemplo no ha condenado todavía la violencia del “mayo rojo” (1968); el episcopado italiano tampoco condenó la del “otoño cálido”; el español, la de la ETA; ni nadie la de los secuestradores de aviones hacia la Cuba comunista.

 Pero voces cristianas se elevan indignadas cada vez que un cura terrorista termina en la cárcel, un asesino político es condenado por un tribunal o la policía restablece el orden destruido con la violencia. Nos recuerdan la voz de Marx o de Bakunin, en vez de la voz de Cristo. No piden estas voces la libertad para los perseguidos sino para algunos de ellos. El Sermón de la Montaña se transforma por estas personas en directrices de Radio Moscú, el evangelio según el Kremlin ¡Y todavía hay gente que se pregunta por qué faltan vocaciones! ¿Por qué? ¿Quién va a entregar a su hijo al sacerdocio en estas condiciones?

 La desobediencia, rebelión, inmoralidad, son herejías coherentes en los eclesiásticos progresistas que quedan impunes, creando la subsiguiente confusión en el pueblo de Dios que se vuelve, desconcertado, hacia sus pastores con la esperanza de que a alguno le diga dónde se encuentra la verdad.

 No nos ha producido sorpresa que un cardenal con fama de progresista, de post-conciliar, el cardenal Martín, arzobispo de París, haya roto esta norma de tolerancia para decir: “Condenamos estos procedimientos. Las violencias son contrarias al espíritu del Evangelio”. Pero si usted, lector, cree que el ilustre cardenal se refiere a la violencia de los terroristas, secuestradores o guerrilleros, es que está en el limbo. El cardenal Martín ha emitido todo su poder condenatorio para lanzarlo contra un grupo de manifestantes que el 17 de marzo (1970) protestaban en la iglesia de San Eloy, en París, contra un festival de música moderna que se celebraba allí, gritando: “La Iglesia no es un cabaret”.

 Esa es la violencia perversa, la que debe ser castigada fulminantemente. Por el contrario, la que se volcó sobre la Universidad de París, con manifestaciones de terror por las calles, destrucción de las aulas y conflictos con la policía, debe ser violencia evangélica, ya que el señor cardenal no ha dicho una sola palabra para condenarla.

 Los estudiantes, profesores e intelectuales de todos los países, durante estos años enteros, han guardado silencio mientras el Vietcong arrasaba aldeas y acababa con todos los vietnamitas que no se supeditaban a sus deseos. Pero todos estos occidentales se han alzado en protestas enérgicas cuando una fuerza yanqui, por lo que sea, cometió actos parecidos.

 El mismo sector de la opinión pública consideró normal que las tropas de Hanoi se instalarán en Camboya, protegidas por su neutralidad, desde donde atacaban impunemente a norteamericanos y sudvietnamitas. Pero cuando el presidente Nixon se harta de este juego y decide no aguantar más e invade Camboya, al instante y con perfecta sincronización, se elevan protestas en todo el mundo porque Nixon ha violado una neutralidad que prácticamente era inexistente.

 Y cuando el soviético Kosygin se hace eco de las protestas y condena al presidente Nixon por su invasión de Camboya ¡en nombre de los países “amantes de la paz”!, el diario más importante de Londres publica la noticia de la “excomunión” de Nixon por Kosygin, con titulares a toda página. Se cuida, por supuesto, el tal diario de hacer constar que Kosygin es la mayor autoridad en materia de agresión a naciones ajenas, como lo demostró con Checoslovaquia en 1968.

 Por lo que respecta exclusivamente a nuestro país, las cosas no discurren de otra forma. Todo es igual que en el extranjero por la sencilla razón de que todo corresponde unos planes perfectamente sincronizados. Si la policía española, en su obligación sagrada de mantener el orden dondequiera que se altere, hubiese actuado tan enérgicamente o casi, como la norteamericana actuó en Ohio (1970), la leyenda negra contra nuestra Patria y nuestro Régimen habría tomado caracteres universales. Si los estudiantes mejicanos que, en vísperas de la Olimpiada de 1968, fueron clavados materialmente con las bayonetas de los soldados, hubiesen sido españoles y el hecho se hubiera desarrollado en Madrid, las internacionales de todo tipo hubiesen desgarrado sus vestiduras y el escándalo aún persistiría. 

Si los detenidos recientemente en las diócesis de Bilbao no hubiesen sido sacerdotes sino un grupo de falangistas o las “guerrillas de Cristo Rey “, ponemos por caso, la reciente homilía de monseñor Cirarda no se hubiese escrito. Si el sacerdote que, en presencia del ministro de la Gobernación, asiéndose al micrófono en una solemnidad religiosa en Montserrat excitó a los fieles, no hubiera sido tal sino un “nefasto derechista” o un “contestatario” contra las cosas que están sucediendo en Cataluña, ya hace tiempo hubiese pasado al Tribunal de Orden Público.

 Y suma y sigue, lector. Agrega cuanto quieras que siempre te quedarás corto. Porque hoy por hoy, la violencia es según y cómo.


Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970