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lunes, 26 de enero de 2026

La Virgen, marginada en el Postconcilio

 Artículo de 1970

 La Virgen, marginada

 Hablar hoy de la Virgen es arriesgado. Antes (un “antes” que no va más allá de preconcilio) la Virgen era tema obligado de la catequesis, de la predicación y de la doctrina teológica. Hoy (un “hoy que abarca los últimos cinco años, 1965-70), la Virgen se ha vuelto un tema difícil, un tema discutido. Porque, además, puede hablarse en un cierto oscurecimiento de la devoción mariana en la Iglesia Católica.

 El hecho ha tenido manifestaciones tan evidentes que es del todo imposible no admitirlo. Sería suficiente hacer un recorrido por las iglesias de cualquiera de nuestras ciudades, en este lánguido “mes de María”, para advertir que algo ha pasado en lo más profundo de las almas en este sentido. No es necesario llegar, claro está, a ese vago y lejano recuerdo que todavía atormentaba nostálgicamente el alma impía de Renan, como “un olor inebriante de rosas de mayo”.

 Basta mirar con los ojos abiertos: la supresión del rosario; su suplantación por extrañas e incomprensibles “paraliturgias” en las que la arbitrariedad imaginativa de un buen curita lo inventa todo; los cantos salmódicos de un irritante simplismo melódico y de una pobreza viejotestamentaria ridícula; las lecturas escriturarias, ciertamente santas y útiles, pero en un contexto de “sola scriptura” protestante, frío, que hiela los corazones. Uno busca, por lo demás, la imagen de la Virgen como señuelo y sostén de una humanidad, de un humanismo imprescindible y, por fin, lo encuentra allí, en “cualquier” lugar, a la contraluz de una columna oscura, que la separe del altar, “único centro” -proclaman altamente los nuevos liturgistas- de la atención de la Asamblea del Pueblo de Dios.

 La Virgen “marginada” en su representación simbólica, lo es también en su conmemoración litúrgica. La nueva ordenación litúrgica, con un criterio de “sola scriptura” no católico, ha realizado una inclemente poda en el ciclo litúrgico mariano. Estas innovaciones, hoy todavía muy discutibles, se presienten nocivas para la piedad cristiana que no vive de esa “metafísica” litúrgica que se le impone.

 La Virgen “marginada” también en la predicación y en la doctrina teológica. El hecho tiene otras manifestaciones evidentes (Asociaciones, Cofradías, Romerías, Peregrinaciones, insignias, hábitos, etc.) que no es necesario describir. ¿Cómo explicarse este extraño fenómeno, tan contrario a toda la tradición católica vinculada de un modo tan estrecho con las devociones marianas? Un fenómeno tan profundo no puede menos de obedecer a causas igualmente graves y profundas. No se pueden aducir fenómenos de superficie; por ejemplo: los excesos de la época procedente, que hubieran producido un ”maximalismo” que hoy tendríamos que compensar con un desequilibrado “minimismo”.

 Es verdad que los años 1940-1955, en España, pueden ser considerados -como se decía entonces- “Era de María”. Son años espléndidos en manifestaciones marianas: Congresos, Consagraciones, Peregrinaciones, la “Virgen Peregrina”, el “Año Mariano”, en que la piedad popular de la Iglesia vibra como en los mejores tiempos. Pero esta piedad está bien sostenida, primero, por un Magisterio papal y episcopal relevante; y luego por una mariología científica y teológica, que coloca a la mariología católica en un primer plano de la literatura teológica. No son, pues, esas razones de superficie las que explicarán el fenómeno actual de la marginación mariana hasta convertirse, no sólo en “questio mariale”, sino en verdadera “crisis”.

 Porque esta fenómeno de crisis mariana -como, por lo demás, tantos otros fenómenos críticos de la Iglesia de hoy- no puedo entenderse sino cuando se le coloca en extensión y profundidad en el contexto de una amplia y grave crisis eclesial. Está, en primer lugar, la crisis “religiosa” como fenómeno de desacralización y de secularización. En ella, la Virgen María representa un punto culminante y “escandaloso” de lo santo y de lo sagrado, que instintivamente repele todos los intentos de “reducción a lo religioso” a lo profano. Su persona excelsa representa, en el catolicismo, la convergencia de lo humano y lo divino de una manera absolutamente sagrada y trascendente. De ahí el escándalo “edificante” que produce todo lo “mariano” en un mundo secularizado. Por ello mismo, la “desmitologización” del mensaje evangélico se enfrenta necesariamente con la Virgen se la quisiera despojar de su maternidad divina, de su virginidad perpetua, de su lugar irreemplazable de hecho en la economía de la salvación; que fuera sólo la doncella humilde de Nazareth, casada normalmente con el carpintero José, de quien tiene el “primogénito Jesús” y a otros hijos después de él.

 Está luego la crisis eclesial, en la que el Magisterio Jerárquico existe, pero “no funciona”. Y hay finalmente unas tendencias a un cristianismo descarnado, desencarnado, desarraigado, “sin piedad” (San Pablo), que se amparan en el falso simplicismo de la autenticidad soñada, del antirromanticismo más romántico, y de la bobalicona entrega, a ojos ciegos, a los valores mundanos.

 ¿Qué podía representar en ese conjunto “emocional” religioso la figura de la Virgen María sino un serio obstáculo que había que marginar? Y, como las intenciones -aun las no conscientes, aun las solamente presentidas- son las que mueven los hilos de esta miserable tramoya, asistimos a este fenómeno de marginación de lo mariano como una consecuencia inclemente y despiadada, pero lógica, de toda una lamentable situación crítica de la Iglesia.

 Pero -y he aquí la paradoja constante en que hoy extrañamente nos movemos en todo lo eclesial- esta marginación de la Virgen María en la piedad católica no puede apoyarse ni en el Magisterio de los últimos Papas, ni mucho menos en el Concilio Vaticano II. Porque los Papas, con sus documentos doctrinales, con sus intervenciones pastorales, con sus gestos emocionales (Peregrinaciones de Juan XXIII y Pablo VI a Loreto, Fátima, Bonaria, Éfeso) nos dicen todo lo contrario. Por su parte, el Concilio Vaticano II, en sus magníficos textos, favorece tanto la piedad mariana como la mariología católica. El Concilio recomienda “las piadosas prácticas del pueblo cristiano” (SC, n. 20), y el culto especial y las devociones tradicionales a la Virgen (LG, nn. 66-67). (*)

 ¿Cómo, pues, explicarse, repetimos, esta marginalización de lo mariano sino como una triste consecuencia de esa decadencia general de lo católico? Porque la Virgen no está “al lado” de los caminos por los que el Señor quiso venir a nosotros. Tampoco está “en el centro”, cuyo lugar lo ocupa ciertamente el Cristo. Pero sí que está “en el medio de los caminos” de Dios. La historia de la salvación no sólo encuentra en ella un término en el que toda la plenitud profética y escatológica del Antiguo Testamento viene a ser la realización definitiva de la “Hija de Sión”, que se personaliza en María. Sino que, además, es el verdadero punto de arranque de la nueva historia que Cristo viene a instaurar. El Cristianismo, para no ser precisamente un “mito descendido” necesita de esta figura, arrancada a la piedra viva de la historia humana, que da realidad humana al Cristo y lo inserta en nuestro tiempo: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer” (Gal. 4,4).

 Hoy, en cambio, un orgulloso neo-gnosticismo, amparado por un angelismo pervertido, pretende sustituir esa figura de mujer por el “solus Christus” protestante, pervirtiendo los suaves y fáciles camino del Señor… Muy pronto el “Christus” sería sustituido por mil eones quiméricos. Hoy, una falta de sencillez y humildad, como primigenias virtudes cristianas, está trastornando un orden de cosas querido por el Señor de un modo tan humano. Esas virtudes pusieron todavía nuestros padres ante el Padre y la Madre celestes, en la actitud de “niños” a quienes únicamente se abre el reino de los cielos. Hoy, en muchos medios, se crea un ambiente anti-católico de orgullo y de prevención ante la “bendita entre todas las mujeres”. Nada, ciertamente, más funesto para la Iglesia en esta hora necesitada de amparo. Porque no puede olvidarse que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tiene sus complacencias en Ella, la Virgen María.

 Mariano DE ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

(*) Discrepamos. Baste comprobar cómo el Concilio privó a la Virgen de un esquema propio, para agradar “ecuménicamente” a los observadores protestantes, y hubo de ser añadido un texto de compromiso, a regañadientes, al final de “Lumen Gentium”

sábado, 24 de enero de 2026

Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia (2)


  DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 Doctrina de la legitimidad de ejercicio dentro de la Iglesia

(continuación)

 Enfrente de esa doctrina, afirmada en la Iglesia y fuera de la Iglesia, está la cesarista, residuo pagano aplicado por los legistas a los Reyes absolutos primero, y por los secularizadores a los Parlamentos y a los Gobiernos, también absolutos, después.

 De aquí dos legitimismos antitéticos e irreductibles. El que subordina el poder, como medio, a los tres derechos, como normas, y el que los subordina al poder haciéndole, con diferentes grados de claridad y de extensión, soberanía única y fuente única del derecho. La hipocresía, la falta de lógica, las circunstancias y las conveniencias, pueden atenuar la tesis, que subsiste siempre aunque la oculten las apariencias.

 Lo que pudiéramos llamar divinidad original del derecho puede, en último análisis, encerrarse en esta fórmula: el poder público, la soberanía política tiene, como todas las instituciones, su origen en una necesidad que le reclama como un medio y en un orden preestablecido superior a todas las voluntades humanas, con arreglo al cual ha de ser adquirido y actuado.

 Si no expresa la relación entre la necesidad, que es su medida, y el orden, que es su norma, no es más que una fuerza física.

 La obstinada disputa entre la comunicación inmediata y la mediata, bien examinados los términos, no tiene razón de ser, y es fácil no solo conciliarlas, sino fundirlas, como escritores ilustres lo han propuesto

 La teoría mediata, con la división de la soberanía en dos partes, una que se comunica y otra que se retiene para vigilarla y en ciertos casos—los de resistencia a la tiranía—para retirarla, si se refiere al poder material que sale del pueblo—sujeto, forma, medio de gobierno—, para que la autoridad política se ejerza y al que los organismos extrapolíticos conservan, es exacta. Si se refiere al derecho y a la autoridad misma, tiene que resolverse en la soberanía social y en sus relaciones  con la política, o no tiene sentido, siendo difusa primero, concreta después y repartida en dos mitades con atributos contrarios.

 El derecho divino de los Reyes, que no sólo comunica la autoridad, sino la forma y hasta el sujeto que la ejerce, es un absurdo tan grande como el maniqueísmo constitucional, en que Dios y la Constitución hacen los Reyes a medias.

 De la doctrina de los tres derechos brota a la única democracia posible en el mundo.

 Ningún hombre tiene derecho a mandar sobre otro hombre; esta sentencia será la anarquía o la justicia, según se niegue o se afirme la doctrina de los tres derechos. Nadie puede mandar sobre los demás si no hay un orden superior que manda sobre todos.

 La disciplina se funda en la jerarquía, la jerarquía en la dependencia y todas las dependencias en la esencial del hombre a Dios, que quiere que se guarde el orden de los fines, de las necesidades y los medios.

 Cuando el principio se olvida, brota el absolutismo, que no admite responsabilidades sociales y sólo tolera las de ultratumba, cuando es personal, y que ni siquiera ésa tiene cuando es colectivo.

 El personal y cesáreo suele quitarse el antifaz y decir algunas veces lo que practica: El gran apologista del derecho divino de los Reyes ingleses, Filmer, llegó a decir estas palabras, que reproduce un historiador de la Gran Bretaña: «Un hombre está obligado a obedecer la orden del Rey contra la ley, y aun en ciertos casos contra las leyes divinas.»

El pueblo inglés no debió creerlo así cuando llevo al cadalso al desgraciado Monarca que tenía tales defensores.

 En las Memorias de Luis XIV se leen estas otras palabras afines, que comenta con tristeza un distinguido publicista católico: «Aquel que dio Reyes a los hombres quiso que se les respetara como delegados suyos, reservándose sólo el derecho de examinar su conducta; y es su voluntad que el que ha nacido súbdito obedezca sin discernimiento.»

 La responsabilidad sólo ante Dios y la disciplina o la obediencia ilimitadas ha dejado discípulos.

 El Testamento político de Richelieu y la Política sacada de la Sagrada Escritura, mal sacada, de Bossuet, tesoros del absolutismo francés, desarrollan el mismo principio que tuvo su expresión práctica en las libertades galicanas; libertades ante el Papa y servidumbres ante el Rey, como las llamaba Fenelón.

 Subordinar la legitimidad de ejercicio a la de origen, la de la institución a la dinástica, y la conducta de un pueblo a la voluntad del Rey, y la del Rey sólo a Dios, tales son los rasgos del legitimismo absolutista.

 Los del legitimismo tradicional son ios contrarios; subordinación de la persona y la dinastía a la institución y de todas a la legitimidad de ejercicio y, por lo tanto, subordinación de la conducta política del Rey a los intereses del pueblo y responsabilidad moral ante Dios, pero social por el éxito o fracaso de la parte que tome en la dirección común.

 Los hechos han puesto muchas veces frente a frente, por medio de los mismos Reyes, las dos políticas.

 Mariana escribe su libro sobre «El Rey y la institución real», con la férrea doctrina sobre la responsabilidad de los Reyes, como un texto de derecho político para Felipe III. El libro es quemado por mano del verdugo en París, donde asustan las doctrinas que en España subían al palacio real, pero agradaban las de Maquiavelo, el defensor del absolutismo, unido a la simulación en máximas como ésta: «El Soberano debe respetar y observar la religión de su pueblo, aunque no crea en ella.» Y Enrique IV, que practica a Maquiavelo en lo de “París bien vale una misa”, frase que algunos tienen interés en demostrar que no ha dicho, aunque era muy capaz de decirla, cuando cayó asesinado llevaba en el bolsillo El Príncipe, de Maquiavelo, no el de Mariana, que aquí circulaba libremente, sin temor a tiranicidios.

 Carlos II, al dejar, bien a pesar suyo, la Corona a Felipe V, el nieto de Luis XIV, no se olvida en su última voluntad, como si fuera testamentario de la antigua Monarquía, de recordarle que la legitimidad de ejercicio está sobre todas y es condición para gobernar.

 «Que se le dé la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.»

 ¡El juramento previo de observar los tres derechos! Recuerdo y orden oportuna que Felipe V no observó mucho.

«A contar desde Felipe V —dice un ilustre historiador— el aforismo cesarista Princeps agibus solutus imperó hasta principios del siglo XIX en las esferas del Gobierno, y dejó huellas indelebles en los monumentos legislativos ¡y fuera también ¡y bien entrado el siglo XIX!

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967

 

jueves, 22 de enero de 2026

De Dios nadie se burla

 Artículo de 1978

 “No os engañéis: de Dios nadie se burla” (San Pablo)

Me gusta entretenerme hojeando viejas revistas, con las cuales me recreo mucho a veces. Hallo en ellas un oxígeno espiritual difícil de encontrar en publicaciones actuales, incluso religiosas. Hace poco estuve releyendo la colección de «Avanzar», órgano de la Obra de Cooperación Parroquial de Cristo Rey, al que estoy suscrito desde su primer número. En el correspondiente a enero de 1949, di con este título: «El cardenal Pie y Napoleón III». Es un artículo que no tiene desperdicio y que da de lleno la explicación, sencilla y profunda a la vez, de los males que destrozan a la sociedad moderna. Fue escrito con ocasión de la Fiesta de los Reyes Magos. Me ha parecido que podría interesar a muchos lectores de FUERZA NUEVA. Helo aquí, casi íntegramente:

 LA fiesta de los Reyes Magos evoca siempre enseñanzas tradicionales precisas y  en la Iglesia, al ponernos ante los ojos el edificante ejemplo de tres hombres que, investidos de la suprema autoridad temporal, se postran a los pies del Rey Divino recién nacido, tributándole el vasallaje que le deben todos los reyes, príncipes y señores de la tierra. Porque El es Rey de reyes y Señor de los que gobiernan. «Rex regum et Dominus dominantium

 Nos ha parecido oportuno en esta ocasión dar a conocer, como compendio admirable y lección severa de la doctrina católica, según la cual los dirigentes de los pueblos deben acatamiento y sumisión a Jesucristo Rey y a su Iglesia, las relaciones que mediaron entre el cardenal Pie, obispo de Poitiers. y Napoleón III, emperador de los franceses.

 El cardenal Pie tuvo varias entrevistas con Napoleón III. La más célebre fue la del 15 de marzo de 1859. Monseñor Pie hizo en ella el proceso de la política del siglo XIX, que sistemáticamente excluyó de sus consejos y deliberaciones a Jesucristo y al Papa.

 Hablando de esta entrevista, decía después el obispo a sus sacerdotes: «Nuestro apostolado nos ordena llevar la verdad delante de los reyes lo mismo que delante de los particulares. «Ut portet nomen meum coram regibus.» Ni yo tengo el honor de ser San Hilario, ni el príncipe, ante el cual he comparecido, tiene la desgracia de ser Constancio. He hablado con respeto, pero con autoridad y con independencia, y con esto he liberado a mi alma.»

 El resumen de esta entrevista lo dictó el mismo obispo a su secretario, quien mandó pocos días después a Roma una copia, que los cardenales, de mano en mano, se fueron pasando unos a otros.

 El cardenal empezó por protestar enérgicamente contra el reciente Congreso Europeo de París, que había excluido al delegado del Papa para admitir en su lugar al sultán de Constantinopla.

 El emperador, viendo la animación del obispo, se le iba acercando poco a poco. Escuchaba ávidamente, pasándose a menudo la mano por la frente. Luego dice, desviando el tema de la conversación: «Pero, después de todo, monseñor, ¿no he dado yo bastantes pruebas de buena voluntad en favor de la religión? ¿Acaso la misma  Restauración hizo más que yo?»

 El obispo de Poitiers se hallaba conducido, con esta última pregunta, a lo que constituía su gran tesis: la cuestión de las relaciones necesarias entre la Religión y los gobiernos y la del reinado de Jesucristo en la sociedad.

 Por lo mismo, respondió al emperador: «Me apresuro a hacer justicia a las disposiciones religiosas de vuestra majestad y sé reconocer los servicios que ha prestado a Roma y a la Iglesia, especialmente durante los primeros años de su gobierno. Pero permítame añadir que ni la Restauración ni vuestra majestad han hecho por Dios lo que convenía hacer, porque ni aquélla ni vuestra majestad han levantado de nuevo su trono, porque ni aquélla ni vuestra majestad han renegado de los principios de la Revolución - cuyas consecuencias prácticas combaten, sin embargo -, porque el evangelio social en el cual se inspira el Estado es aún la declaración de los derechos del hombre, que no es otra cosa que la formal negación de los derechos de Dios. Ahora bien: Dios tiene derecho a gobernar sobre los Estados lo mismo que sobre los individuos. Es por esto, precisamente, por lo que Jesucristo vino a la Tierra. El debe reinar en ella inspirando sus leyes, santificando las costumbres, ilustrando la enseñanza, presidiendo los consejos, ordenando los actos, tanto de los gobiernos como de los gobernados. Donde Jesucristo no ejerce este reinado hay desorden y decadencia.

 Ahora bien: yo tengo derecho a declarar a vuestra majestad que Jesucristo no reina entre nosotros y que nuestra Constitución dista Constitución mucho de ser la Constitución de un Estado cristiano y católico. Es verdad que nuestro derecho público establece que la religión católica es la religión de la mayoría de los franceses; pero añade que los otros cultos tienen derecho a una protección igual. ¿No es esto declarar de un modo equivalente que la Constitución protege lo mismo a la verdad que al error? ¡Pues bien! ¿Sabe vuestra majestad qué responde Jesucristo a los gobiernos culpables de semejante contradicción? Jesucristo, Rey de cielos y tierra, les responde: «Yo también, gobiernos que os sucedéis derrumbándoos los unos a los otros, yo también os dispenso una protección igual. He dispensado esta protección a vuestro tío el emperador: he dispensado la misma protección a los Borbones; la misma protección a Luis Felipe: la misma protección a la República, y la misma protección dispensaré a vuestra majestad.»

 El emperador interrumpió al obispo: «¿Pero cree vuestra excelencia que la época en que vivimos consiente este estado de cosas y que ha llegado el momento de establecer ese reino exclusivamente religioso que me pide?¿No se da cuenta, monseñor, de que esto sería desencadenar todas las malas pasiones?»

 «Señor -respondió monseñor Pie-: cuando grandes políticos como vuestra majestad me objetan que el momento no ha llegado, no tengo más que inclinarme, porque yo no soy un gran político. Pero soy obispo, y como obispo le respondo: Si no ha llegado para Jesucristo el momento de reinar, tampoco ha llegado para los gobiernos el momento de durar.»

 Desgraciadamente, esta doctrina de verdad no fue ni comprendida ni aplicada. Los sucesos dieron razón al obispo de Poitiers, y pocos años después lo hacía constar, no al emperador, desaparecido con su Imperio deshecho, sino a los franceses mismos, que seguían indiferentes respecto a los derechos de Jesucristo.

 • • •

 A la luz del diálogo que precede me voy a permitir unas consideraciones bastante elementales.

 El Parlamento español ha elaborado una nueva Constitución, de la cual ha eliminado toda idea de Dios, con graves atentados a la ley natural y divina, ni más ni menos que si Dios no existiera.

 Si el cardenal Pie habló con tanta valentía y entereza a Napoleón III porque no había hecho por la Religión todo lo que debía haber hecho, ¿qué no les diría a los actuales legisladores españoles que acaban de fabricar y aprobar una Constitución atea?

 Yo no creo en el catolicismo de los diputados y senadores de UCD y otros que han elaborado una tal Constitución; menos todavía, naturalmente, en el de algunos del PSOE que, militando en un partido que es ateo porque es marxista, se declaran a sí mismos católicos, como si marxismo y catolicismo pudieran ser compatibles.

 Algunos obispos, con el cardenal primado a la cabeza, han levantado la voz. Se les ha despreciado, se les ha vilipendiado, se les ha caricaturizado. El documento hizo impacto. Los de UCD no se lo esperaban. Por eso, temiendo sin duda el efecto que en muchas conciencias rectas iba a producir, se apresuraron a contrarrestarlo. Así pudimos oír a algunos afirmar en sus mítines que, aunque la Constitución no nombre a Dios, está llena de la idea de Dios; que está de acuerdo con el Vaticano II, especialmente con la «Gaudium et Spes» (Sánchez Terán, en Avila); que es un conjunto de valores cristianos que derivan del Evangelio y que contiene los valores básicos del humanismo evangélico (Arias-Salgado, en Toledo), etc. Suárez, en una larga parrafada de su discurso final, ha pretendido hacer creer que la Constitución se ha basado en el Concilio Vaticano II. Claro está que Suárez ha dejado bien patente su desconocimiento de la doctrina de la Iglesia, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, tanto sacramental como natural. 

Un poco más, y hubiésemos tenido que recibir la nueva Constitución de rodillas, como si se tratara de un quinto evangelio o de una segunda imitación de Cristo. Así, con esa desvergüenza, soltando falsedades a diestra y siniestra, se ha estado recabando el voto afirmativo del pueblo católico - el de los no católicos ya se han encargado de conseguirlo socialistas y comunistas- , pueblo engañado una vez más por políticos sin escrúpulos, pueblo, por otra parte, indefenso y abandonado a sí mismo, porque la inmensa mayoría de los pastores, mientras afirmaban la obligación de votar conforme a conciencia, no hacían nada por formar y orientar esa conciencia popular. ¡Dios mío, cuánta responsabilidad ante tu tribunal y ante el tribunal de la Historia!

 Una mayoría de diputados y senadores católicos que en este caso se han comportado como renegados, con el consenso al menos tácito de decenas de pastores inoperantes, han producido para una nación católica una Constitución sin fe y sin moral. Es la hora de recordarles a todos ellos lo de San Pablo: «No es engañéis; de Dios nadie se burla» (Gal. VI 7).

 • • •

Política sin Dios, mala política. Ya pueden ser o creerse a sí mismos grandes estadistas, grandes políticos... No pasan de ser unos pobres hombres que se han impuesto la triste y desgraciada tarea de fabricar una legislación sin base ninguna, porque, deliberadamente, de ella han eliminado a Dios y a su Ley santa. Que lo haya hecho Carrillo, se comprende; al fin y al cabo es una actitud coherente con sus principios materialistas. Que lo hayan hecho los socialistas, marxistas como Carrillo, se comprende también. Pero que hayan hecho ese juego los católicos de UCD y otros, gracias a los cuales se ha aprobado esa Constitución aconfesional, acristiana, amoral, atea; no, no se entiende.

 Caben sólo dos hipótesis: o que del catolicismo han retenido solamente el nombre, con vergonzoso desconocimiento de su contenido y de sus exigencias, y en este caso han pecado por ignorancia; o bien que, como- hombres sin fe o con fe muerta, se han sentido atenazados por el respeto humano y. se han avergonzado de reconocer públicamente a Cristo Rey de reyes y Señor de los que gobiernan, en cuyo caso han pecado por miedo y por cobardía. iPobres enanos! Han olvidado que Cristo dijo hace cerca de dos mil años: «Todo aquel que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre que está en los cielos» (Mat. X - 33). Y «quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre» (Luc. IX - 26).

 Repito lo de San Pablo: «No os engañéis; de Dios nadie se burla.» Vosotros, políticos de esta hora trágica, os habéis burlado de Dios, porque, al elaborar la Constitución, que, según vosotros, ha de regir a la sociedad española que es católica, habéis prescindido de Dios, habéis eliminado a Dios, os habéis reído de Dios... Pues bien, tenedlo por cierto: «El que habita en los cielos se reirá también de vosotros.» (Salmo II - 4).

 El gran poeta Jacinto Verdaguer sintetiza magistralmente esta verdad temerosa en un verso de su inmortal «Atlántida»: «Qui enfonsa i alça els pobles, és Déu, que els ha criat» («Quien hunde y levanta a los pueblos, es Dios, que los ha criado»).

 Políticos, ¡no lo olvidéis! ¡No juguéis a hacer de Napoleón III, porque desapareceréis, como desapareció él con su Imperio!

  Julián ESCUBET


Revista FUERZA NUEVAnº 625, 30-Dic-1978

 

martes, 20 de enero de 2026

En defensa del cardenal Gomá

 Artículo de 1970 

 EL CARDENAL GOMÁ, DIFAMADO

 Actualmente (1970) el fenómeno se repite en gran escala con el cardenal Gomá, confluyendo contra su titánica personalidad los más bajos fondos y las bilis más repelentes de todas las sectas, esbirros y cipayos de la leyenda negra de nuestros días. Podemos recordar al P. Arsuaga y a Ángel Zumeta, que, en su día, pretendieron refutar, por ejemplo, su apodíctica “Respuesta obligada a José Antonio Aguirre”.

También ha circulado por aquí el infame amasijo de patrañas titulado “L’Esglesia contra la República Espanyola”, seudónimo de un sacerdote catalán y rojo de remate que se exilió voluntariamente, que dedica diez viperinos capítulos del mismo contra el cardenal Gomá, y cuyo nombre verdadero es preferible olvidar.

 Lo que todavía no se había intentado contra el cardenal Gomá es presentarlo como hombre desleal a sí mismo. No pueden refutarse válidamente sus argumentos, sus escritos, su ejecutoria. Como dijo Blas Piñar “trata de oscurecerse la figura del cardenal Gomá. No sólo porque fue el cardenal de la Cruzada, sino porque fue un sacerdote catalán que defendió siempre a capa y espada, en España y fuera de España, entre católicos y contra católicos, la causa nacional, el esfuerzo de unos hombres que no regatearon nada, ni siquiera sus vidas para que la fe cristiana perdurase en nuestro pueblo”.

 Pero si la granítica fortaleza de la obra del cardenal Gomá no puede ser destruida y el único daño que es posible causarle es su desconocimiento, quedaba un recurso calumniador por estrenar…

 Y ahora “Sempronio”, seudónimo del director del seminario catalán “Tele-Estel”, nos ha descubierto la táctica que, por lo visto, actualmente se pone en circulación. En el número del 27 de marzo del año en curso, el citado semanario y bajo su rúbrica, escribe literalmente: “Refiriéndose a la famosa carta colectiva del episcopado español, el cardenal Gomá, primado de España, terminada la guerra, dijo a dos personas cuyo testimonio es irrecusable: “Si se pudiera jugar dos veces, os aseguro que a la segunda jugaría de muy distinta manera”.

 En el año 1940, en La Riba, su pueblo natal, Gomá, en franca conversación, dijo a unos sacerdotes tarraconenses: “El único que tuvo visión de este asunto fue vuestro cardenal”.

 Ahí están las acusaciones… Pero resulta que el cardenal Gomá había escrito:

“¿Con quién estaría el Papa? ¿Con los que se han empeñado en destruir en España el reino de Cristo, de quien es Vicario, matando a sus sacerdotes y destruyendo sus templos y persiguiendo el nombre cristiano con saña digna de los primeros perseguidores de la Iglesia?” Y había añadido: “Es patente el hecho de la religiosidad de nuestros combatientes, que se lanzaron al campo de batalla para combatir al comunismo por antiespañol y también por anticatólico y ateo; brilla con claridades de mediodía en nuestra historia político-religiosa que la causa de haber puesto pie la bestia asiática en nuestro suelo hispano es la última consecuencia de una serie de desviaciones de los principios católicos…; se refleja con luces de cielo en el lago de sangre de miles y miles de sacerdotes asesinados por el odio del marxismo, que debieran merecer más respeto de ciertos escritores libelistas”.

 Había enjuiciado nuestra historia reciente con estas palabras: “La loca temeridad de los gobernantes durante el quinquenio que precedió el estallido de 1936 fue otra de las causas culminantes de la guerra. El Estado español entró en quiebra en 1932; de ahí vino, a no largo plazo la quiebra de la Nación… Fue un régimen de alevosía que hirió de un golpe a la Nación y al Estado”.

 Enfrentándose con los que buscaban falsos pretextos con que denigrar nuestra contienda, el cardenal Gomá intrépidamente afirmaba:

 “Queden relegados a la categoría ínfima de afirmaciones embusteras los motes que se han conjugado en cancillerías y tertulias políticas, en discursos y trabajos de prensa, como causas y soportes de la guerra. En todo hay escorias en este pobre mundo; pero ni la injusticia social, ni la prepotencia del clero, ni el espíritu “faccioso” de algunos militares, ni la necesidad de salvar las esencias democráticas tienen nada que ver con la raíz profunda del inmenso trastorno que ha pasado España. Este nos vino porque manos procaces, al servicio del nihilismo ruso, se empeñaron en remover los profundos sillares en que se asentaba hacía ya siglos el espíritu natural: Dios y el sentido de justicia del que es Dios el único soporte”.

 Solemnemente escribía al Generalísimo Franco: 

 “Pudimos hundirnos para siempre, y Dios, que ha hallado en V.E. digno instrumento de sus planes providenciales sobre la Patria querida, nos ha concedido ver esta hora de triunfo. Que Dios y la Patria paguen al glorioso Ejército español, y especialmente a V. E. que tan espléndidamente lo ha llevado a la victoria, el colosal esfuerzo que han debido realizar para dar cima a la gigantesca empresa. Y se lo paguen con lo que más estiman las almas nobles: con las fecundidad del sacrificio para bien de la religión y de la Patria; el amor del pueblo, que es la mejor corona de un gobernante; y largos años de vida para seguir trabajando en la paz como lo ha hecho en la guerra”.

 Concretamente, en “La Vanguardia” del 18 de julio de 1939, nos adoctrinaba el cardenal Gomá a los catalanes: 

“¿Quién desencadenó la tormenta trágica?, ¿los ricos?, ¿los pobres?, ¿el hambre?, ¿la falta de trabajo?, ¿la democracia, la política, en ansia de reivindicaciones sociales? Es un catalán que escribe para un diario de Cataluña. Y en Cataluña, la inteligencia, el trabajo, la sobriedad de sus hijos habían llegado a realizar la promesa, falaz en sus labios, del viejo político: la promesa de la caseta y l’hortet para cada ciudadano, que nos ha recordado muchas veces la frase idílica de la Biblia: Cada cual vivía feliz debajo de su higuera y su parral… Porque en Cataluña, queridos paisanos, se comía y se vestía mejor y con más economía que en sitio alguno del orbe… Pero, en un momento, súbitamente, aunque después de años de preparación, faltó, por omisión de unos y por acción de otros, lo que es el nervio del mundo, Dios, que, con su presencia y su ley, lo aglutina todo en el mundo físico y moral. Omisión de casi todos, que dejamos vaciarse nuestras conciencias de la verdad religiosa, y nuestra vida de la moral cristiana y nuestra sociedad de la presencia de Dios en todas las cosas de la vida colectiva. Y la acción ejercida por gente profesional del error y del trastorno político y social, en el taller, en el club revolucionario, en el periódico explosivo y ácrata, en los altos puestos de la administración y gobierno”.

 Sería interminable si quisiéramos reseñar el continuado magisterio, coherente e irrefutable del cardenal Gomá, en perfecta consonancia con Pío XI y Pío XII, y con centenares de obispos de toda la Iglesia universal, manteniendo la tesis de la imperecedera Carta Colectiva del Episcopado Español, de 1 de julio de 1937, bajo cuyos postulados sagrados y altísimos millares de hombres entregaron sus vidas, convencidos plenamente de que la Iglesia como Iglesia, y no como simple opinión personal ni siquiera de un cuerpo social al estilo de los partidos políticos o de las corporaciones públicas por respetables que fueren, había hablado y enseñado.

 Al cardenal Gomá hay que enjuiciarle por la robusta continuidad de todos sus escritos sólidamente doctrinales y comprometidos, y también por los consejos y consignas que, como el que escribe, innumerables veces habíamos recibido particularmente en el Asilo de las Josefinas en Pamplona, durante la Cruzada, en donde se hospedaba y nos había tenido la inmerecida confianza de encomendarnos misiones delicadas de gran trascendencia. Cuantos conocimos y nos honramos con su intimidad sabemos de su indomable firmeza intelectual, de su gran corazón y de cómo férreamente mantenía frente a presiones de toda clase la verdad de la Cruzada Nacional. Lo que es inimaginable en el cardenal Gomá es la mentira, la doblez, los paños, calientes las sinuosidades…

 Por eso, frente a las graves imputaciones que “Sempronio” atribuye al cardenal Gomá, sólo cabe este dilema: o el cardenal Gomá realmente se sintió equivocado, y desmentido en lo que había enseñado en sus documentos pastorales que habían corrido el mundo y arrastrado a toda la opinión católica mundial digna de este nombre, y en este caso no bastaban unos desahogos amigables a estas innominadas personas de que nos habla el director de “Tele-Estel”, en cuya circunstancia en buena moral estaba obligado públicamente a rectificarse, o “Sempronio” inventa tales afirmaciones y, en todo caso, la ética periodística obliga a decir y a presentar paladinamente los testigos de ambas afirmaciones que pone en boca del cardenal Gomá. El cardenal Gomá, a estas horas, no tiene más defensa que la fidelidad histórica que debe velar también por el prestigio de los muertos. Máxime en esta ocasión en que se escarnece la honorabilidad más íntima y más elemental de un cardenal como tal y en su más característica actuación como primado de España, y la legitimidad de la Cruzada como Pío XI, Pío XII, y el Episcopado español y mundial había definido, ensalzado y ponderado en actos de magisterio repetido.

 Esperemos que “Sempronio” presente las pruebas objetivas y convincentes de lo que, a primera vista, puede calificarse como insidias.  No basta callarse a darse por no aludido. O se rectifica sin atenuantes de cuanto ha escrito, declarando que ha calumniado o que ha sido informado por personas insolventes a las que se debe citar sin excusa alguna, aunque con la maligna ligereza que supone entregar a la publicidad acusaciones infamantes de tal índole, o cita con nombres y apellidos y con todos los pelos y señales a los que, bajo juramento, puedan certificar verazmente lo que ponen en boca del cardenal Gomá.

 No marginamos, en un Estado de Derecho, lo que corresponda a otras jurisdicciones. Sería de una insensibilidad imperdonable que no se exigieran las aclaraciones pertinentes ante asertos tan vejatorios contra el cardenal que, rotundamente, en la hora más crítica de España, como se ha dicho, no fue ni un Richelieu ni un Mazarino. Sólo puede parangonarse con el propio cardenal Cisneros. Si en esta ocasión se permite el insulto escrito o la no justificación de lo afirmado, otra vez se habrá cumplido el diagnóstico del propio cardenal Gomá: 

De las grandes conmociones de la Patria querida nunca hemos sacado el bien que era lícito esperar. Siempre España tuvo que coger en el árbol de su historia los frutos en agraz. Ni correspondió la mezquindad de sus partos al dolor de sus alumbramientos”. Y aún más: “Una guerra santa pide, a lo menos, un santo esfuerzo para que no sea estéril la sangre en ella derramada. Los que la dieron tan generosamente, por Dios y por España, clamarían venganza contra quienes no pusieran estos santísimos nombres en la base, en el corazón y en la cumbre de la España que renace”.

 A quien firmaba y entregaba su vida por estos ideales, hoy, impunemente se le denigra presentándole en actitudes inconsecuentes, canallescas e indignas de un hombre, de un cristiano y de un prelado. ¿Es posible? Esperamos la rectificación indeclinable de “Sempronio” o que quien deba haga reparar el honor insultado y maltrecho del cardenal Gomá. Que cada palo aguante su vela. La inconsciencia y la frivolidad tienen sus límites. Inexcusablemente y sin dilaciones.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 176, 23-May-1970

 

domingo, 18 de enero de 2026

Carlistas “separados” dialogaban (3)

 Artículo de 1967

 ¿A FÁTIMA O A SANTA GADEA?

 Por J. ULIBARRI

 He esperado que se celebrara la peregrinación de los seguidores de don Javier a Fátima para publicar estas reflexiones; no me podrán así acusar de haber restado ambiente al acto, ni de labor destructiva (como si destruir lo malo fuera censurable). Contesto con ellas a muchas cartas que recibí con este motivo; en todas latía, explícita o soterrada, una ansiedad común: ¿iba a ser éste un acto realmente importante que se pudiera tomar como indicio de resurrección del Carlismo?

 Desde los albores de la humanidad ha sido preocupación permanente de los peregrinos de este valle de lágrimas, tratar de adivinar el futuro, escrutar en él los heraldos de la llegada de sucesos venturosos que cambiaran su condición en mejores tiempos. A lo largo del Antiguo Testamento se ve cómo los hombres tratan de conocer las señales que les permitirán identificar al Mesías; cuando El llega, sus seguidores le preguntan por los sucesos que anunciarán, el final de los tiempos y por los que caracterizarán el Reino de Dios, etc... Después, hasta nuestros días, es conocida la expectación que suscitan las profecías religiosas, más o menos auténticas, y las profanas, supersticiosas o de historiadores, políticos y técnicos. La espera, y la esperanza, por lo que tienen de expectación resignada o de ilusión ante un cambio, se cultivan y florecen mejor cuando las cosas van mal; cuando van bien, el hombre prefiere pensar y hablar en presente de indicativo.

 Como ahora (1967) las cosas del Carlismo van mal, cualquier novedad, cualquier cambio de postura en esta cama de enfermo produce un alivio, siquiera sea tan fugaz como el de la ilusión que se desvanece en unas horas. Alivio e ilusión que surgen de una secreta esperanza de que con la novedad anunciada aparezca la constelación de circunstancias que determine una nueva era mejor.

 Se daban estas circunstancias en la ya celebrada peregrinación a Fátima? No. ¿Se darán en el rumoreado cambio de Jefe Delegado? No. ¿Y en las reorganizaciones que indefinidamente se suceden? Tampoco. Ni en el fácil expediente de concesión de condecoraciones, que es mirar al pasado. ¿Por qué no? Porque la resurrección del Carlismo no puede venir igualmente de una cualquiera de entre media docena de constelaciones causales posibles, sino que sólo puede venir, y necesariamente, de una sola. ¿Cuál? La de la vuelta a su ser, a su naturaleza. Decir esto ¿es lanzar el balón fuera del campo a perderse en la filosofía de la historia, en la historia del siglo XIX, en largos manifiestos, códigos y protocolos? No. Volver el Carlismo a su naturaleza, y saber que ese es el auténtico retomo salvador, consistirá, ni más ni menos, solamente en esto:

 En que vaya el Abanderado de la Tradición en entredicho, como Alfonso VI ante el Cid, a Santa Gadea, a llorar y arrepentirse de haber defendido la libertad de cultos y las libertades del Derecho Nuevo, y a jurar que las combatirá, cueste lo que cueste, como sus antepasados y los nuestros. Solamente después de este acto podrá ser consagrado Rey. Si entre los testigos asistiera el Decano del Cuerpo Diplomático, mejor.

 Todo lo que no sea esto es ir tirando, de reorganización en reorganización. Se dice que no se avanza por culpa de las desuniones, pero es al revés: hay desuniones porque no se avanza. No vale decir que el Rey no hace más porque se siente desasistido, sino que se siente desasistido porque no hace más.  En un orden cristiano, los reyes van en cabeza, guardan, defienden y desarrollan el depósito de la Tradición nacional, y así resulta que los pueblos tienen mejores gobernantes de los que se merecen. Era Rousseau el que pretendía que las masas configurasen a sus gobernantes. Pero el Eclesiastés dice que es al revés, que según es el Rey así es el pueblo. Los gobernantes son los que modelan al pueblo; las divisiones de éste reflejan la incoherencia mental de aquéllos.

 Ninguna labor auténticamente rectora puede hacer el sedicente Abanderado de la Tradición, porque después de abandonada la Causa de la Unidad Católica, ha quedado desorientada. «Si Dios no existe, todo es posible», firmaba Dostowieski. Igualmente, si el error y la verdad van a tener los mismos derechos sociales, sobran los gobernantes a la usanza tradicional. ¿A qué discutir—permítaseme esta concesión a la actualidad—, si se va a autorizar o no el juego en San Sebastián, si se autorizan templos espiritistas?

 Insisto: el Norte está en Santa Gadea.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967