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“No os
engañéis: de Dios nadie se burla” (San Pablo)
Me gusta entretenerme hojeando viejas
revistas, con las cuales me recreo mucho a veces. Hallo en ellas un oxígeno
espiritual difícil de encontrar en publicaciones actuales, incluso
religiosas. Hace poco estuve releyendo la colección de «Avanzar», órgano de
la Obra de Cooperación Parroquial de Cristo Rey, al que estoy suscrito desde
su primer número. En el correspondiente a enero de 1949, di con este título:
«El cardenal Pie y Napoleón III». Es un artículo que no tiene
desperdicio y que da de lleno la explicación, sencilla y profunda a la vez,
de los males que destrozan a la sociedad moderna. Fue escrito con ocasión de
la Fiesta de los Reyes Magos. Me ha parecido que podría interesar a muchos
lectores de FUERZA NUEVA. Helo aquí, casi íntegramente:
LA fiesta de los
Reyes Magos evoca siempre enseñanzas tradicionales precisas y en la Iglesia, al ponernos ante los ojos el
edificante ejemplo de tres hombres que, investidos de la suprema autoridad
temporal, se postran a los pies del Rey Divino recién nacido, tributándole el
vasallaje que le deben todos los reyes, príncipes y señores de la tierra. Porque
El es Rey de reyes y Señor de los que gobiernan. «Rex regum et Dominus
dominantium.»
Nos ha
parecido oportuno en esta ocasión dar a conocer, como compendio admirable y
lección severa de la doctrina católica, según la cual los dirigentes de los
pueblos deben acatamiento y sumisión a Jesucristo Rey y a su Iglesia, las
relaciones que mediaron entre el cardenal Pie, obispo de Poitiers. y Napoleón
III, emperador de los franceses.
El cardenal
Pie tuvo varias entrevistas con Napoleón III. La más célebre fue la del 15 de
marzo de 1859. Monseñor Pie hizo en ella el proceso de la política del siglo
XIX, que sistemáticamente excluyó de sus consejos y deliberaciones a
Jesucristo y al Papa.
Hablando de
esta entrevista, decía después el obispo a sus sacerdotes: «Nuestro
apostolado nos ordena llevar la verdad delante de los reyes lo mismo que
delante de los particulares. «Ut portet nomen meum coram regibus.» Ni yo
tengo el honor de ser San Hilario, ni el príncipe, ante el cual he
comparecido, tiene la desgracia de ser Constancio. He hablado con respeto,
pero con autoridad y con independencia, y con esto he liberado a mi alma.»
El resumen de
esta entrevista lo dictó el mismo obispo a su secretario, quien mandó pocos
días después a Roma una copia, que los cardenales, de mano en mano, se fueron
pasando unos a otros.
El cardenal
empezó por protestar enérgicamente contra el reciente Congreso Europeo de
París, que había excluido al delegado del Papa para admitir en su lugar al
sultán de Constantinopla.
El emperador,
viendo la animación del obispo, se le iba acercando poco a poco. Escuchaba
ávidamente, pasándose a menudo la mano por la frente. Luego dice, desviando
el tema de la conversación: «Pero, después de todo, monseñor, ¿no he dado yo
bastantes pruebas de buena voluntad en favor de la religión? ¿Acaso la misma Restauración hizo más que yo?»
El obispo de
Poitiers se hallaba conducido, con esta última pregunta, a lo que constituía
su gran tesis: la cuestión de las relaciones necesarias entre la Religión y
los gobiernos y la del reinado de Jesucristo en la sociedad.
Por lo mismo,
respondió al emperador: «Me apresuro a hacer justicia a las disposiciones
religiosas de vuestra majestad y sé reconocer los servicios que ha prestado a
Roma y a la Iglesia, especialmente durante los primeros años de su gobierno.
Pero permítame añadir que ni la Restauración ni vuestra majestad han hecho
por Dios lo que convenía hacer, porque ni aquélla ni vuestra majestad han
levantado de nuevo su trono, porque ni aquélla ni vuestra majestad han
renegado de los principios de la Revolución - cuyas consecuencias prácticas
combaten, sin embargo -, porque el evangelio social en el cual se inspira el
Estado es aún la declaración de los derechos del hombre, que no es otra cosa
que la formal negación de los derechos de Dios. Ahora bien: Dios tiene derecho
a gobernar sobre los Estados lo mismo que sobre los individuos. Es por esto,
precisamente, por lo que Jesucristo vino a la Tierra. El debe reinar en ella
inspirando sus leyes, santificando las costumbres, ilustrando la enseñanza,
presidiendo los consejos, ordenando los actos, tanto de los gobiernos como de
los gobernados. Donde Jesucristo no ejerce este reinado hay desorden y
decadencia.
Ahora bien:
yo tengo derecho a declarar a vuestra majestad que Jesucristo no reina entre
nosotros y que nuestra Constitución dista Constitución mucho de ser la Constitución
de un Estado cristiano y católico. Es verdad que nuestro derecho público
establece que la religión católica es la religión de la mayoría de los
franceses; pero añade que los otros cultos tienen derecho a una protección
igual. ¿No es esto declarar de un modo equivalente que la Constitución
protege lo mismo a la verdad que al error? ¡Pues bien! ¿Sabe vuestra majestad
qué responde Jesucristo a los gobiernos culpables de semejante contradicción?
Jesucristo, Rey de cielos y tierra, les responde: «Yo también, gobiernos que
os sucedéis derrumbándoos los unos a los otros, yo también os dispenso una
protección igual. He dispensado esta protección a vuestro tío el emperador:
he dispensado la misma protección a los Borbones; la misma protección a Luis
Felipe: la misma protección a la República, y la misma protección dispensaré
a vuestra majestad.»
El emperador
interrumpió al obispo: «¿Pero cree vuestra excelencia que la época en que
vivimos consiente este estado de cosas y que ha llegado el momento de
establecer ese reino exclusivamente religioso que me pide?¿No se da cuenta,
monseñor, de que esto sería desencadenar todas las malas pasiones?»
«Señor
-respondió monseñor Pie-: cuando grandes políticos como vuestra majestad me
objetan que el momento no ha llegado, no tengo más que inclinarme, porque yo
no soy un gran político. Pero soy obispo, y como obispo le respondo: Si no ha
llegado para Jesucristo el momento de reinar, tampoco ha llegado para los
gobiernos el momento de durar.»
Desgraciadamente,
esta doctrina de verdad no fue ni comprendida ni aplicada. Los sucesos dieron
razón al obispo de Poitiers, y pocos años después lo hacía constar, no al
emperador, desaparecido con su Imperio deshecho, sino a los franceses mismos,
que seguían indiferentes respecto a los derechos de Jesucristo.
• • •
A la luz del
diálogo que precede me voy a permitir unas consideraciones bastante
elementales.
El Parlamento
español ha elaborado una nueva Constitución, de la cual ha eliminado toda
idea de Dios, con graves atentados a la ley natural y divina, ni más ni menos
que si Dios no existiera.
Si el
cardenal Pie habló con tanta valentía y entereza a Napoleón III porque no
había hecho por la Religión todo lo que debía haber hecho, ¿qué no les diría
a los actuales legisladores españoles que acaban de fabricar y aprobar una
Constitución atea?
Yo no creo en
el catolicismo de los diputados y senadores de UCD y otros que han elaborado
una tal Constitución; menos todavía, naturalmente, en el de algunos del PSOE
que, militando en un partido que es ateo porque es marxista, se declaran a sí
mismos católicos, como si marxismo y catolicismo pudieran ser compatibles.
Algunos
obispos, con el cardenal primado a la cabeza, han levantado la voz. Se les ha
despreciado, se les ha vilipendiado, se les ha caricaturizado. El documento
hizo impacto. Los de UCD no se lo esperaban. Por eso, temiendo sin duda el
efecto que en muchas conciencias rectas iba a producir, se apresuraron a
contrarrestarlo. Así pudimos oír a algunos afirmar en sus mítines que, aunque
la Constitución no nombre a Dios, está llena de la idea de Dios; que está de
acuerdo con el Vaticano II, especialmente con la «Gaudium et Spes» (Sánchez
Terán, en Avila); que es un conjunto de valores cristianos que derivan del
Evangelio y que contiene los valores básicos del humanismo evangélico
(Arias-Salgado, en Toledo), etc. Suárez, en una larga parrafada de su
discurso final, ha pretendido hacer creer que la Constitución se ha basado en
el Concilio Vaticano II. Claro está que Suárez ha dejado bien patente su
desconocimiento de la doctrina de la Iglesia, por ejemplo, sobre la
indisolubilidad del matrimonio, tanto sacramental como natural. Un poco más,
y hubiésemos tenido que recibir la nueva Constitución de rodillas, como si se
tratara de un quinto evangelio o de una segunda imitación de Cristo. Así, con
esa desvergüenza, soltando falsedades a diestra y siniestra, se ha estado
recabando el voto afirmativo del pueblo católico - el de los no católicos ya
se han encargado de conseguirlo socialistas y comunistas- , pueblo engañado
una vez más por políticos sin escrúpulos, pueblo, por otra parte,
indefenso y abandonado a sí mismo, porque la inmensa mayoría de los pastores,
mientras afirmaban la obligación de votar conforme a conciencia, no
hacían nada por formar y orientar esa conciencia popular. ¡Dios mío,
cuánta responsabilidad ante tu tribunal y ante el tribunal de la Historia!
Una mayoría
de diputados y senadores católicos que en este caso se han comportado como
renegados, con el consenso al menos tácito de decenas de pastores inoperantes,
han producido para una nación católica una Constitución sin fe y sin moral.
Es la hora de recordarles a todos ellos lo de San Pablo: «No es engañéis; de
Dios nadie se burla» (Gal. VI 7).
• • •
Política sin
Dios, mala política. Ya pueden ser o creerse a sí mismos grandes estadistas,
grandes políticos... No pasan de ser unos pobres hombres que se han impuesto
la triste y desgraciada tarea de fabricar una legislación sin base ninguna,
porque, deliberadamente, de ella han eliminado a Dios y a su Ley santa. Que
lo haya hecho Carrillo, se comprende; al fin y al cabo es una actitud
coherente con sus principios materialistas. Que lo hayan hecho los
socialistas, marxistas como Carrillo, se comprende también. Pero que hayan
hecho ese juego los católicos de UCD y otros, gracias a los cuales se ha
aprobado esa Constitución aconfesional, acristiana, amoral, atea; no, no se
entiende. Caben sólo dos hipótesis: o que del catolicismo han retenido
solamente el nombre, con vergonzoso desconocimiento de su contenido y de sus
exigencias, y en este caso han pecado por ignorancia; o bien que, como-
hombres sin fe o con fe muerta, se han sentido atenazados por el respeto
humano y. se han avergonzado de reconocer públicamente a Cristo Rey de reyes
y Señor de los que gobiernan, en cuyo caso han pecado por miedo y por
cobardía. iPobres enanos! Han olvidado que Cristo dijo hace cerca de dos mil
años: «Todo aquel que me negare delante de los hombres, yo le negaré también
delante de mi Padre que está en los cielos» (Mat. X - 33). Y «quien se
avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre»
(Luc. IX - 26).
Repito lo de
San Pablo: «No os engañéis; de Dios nadie se burla.» Vosotros, políticos de
esta hora trágica, os habéis burlado de Dios, porque, al elaborar la
Constitución, que, según vosotros, ha de regir a la sociedad española que es
católica, habéis prescindido de Dios, habéis eliminado a Dios, os habéis
reído de Dios... Pues bien, tenedlo por cierto: «El que habita en los cielos
se reirá también de vosotros.» (Salmo II - 4).
El gran poeta
Jacinto Verdaguer sintetiza magistralmente esta verdad temerosa en un verso
de su inmortal «Atlántida»: «Qui enfonsa i alça els pobles, és Déu, que els
ha criat» («Quien hunde y levanta a los pueblos, es Dios, que los ha
criado»).
Políticos,
¡no lo olvidéis! ¡No juguéis a hacer de Napoleón III, porque desapareceréis,
como desapareció él con su Imperio!
Julián ESCUBET
Revista FUERZA NUEVA, nº 625, 30-Dic-1978
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